viernes, octubre 31, 2008

Identificación, desidentificación, identidad



Por Kim Pérez


Publico aquí de nuevo un texto del 29 de marzo de 2001, que me parece la visión más completa de la transexualidad o la disforia a la que llegué antes de redactar el "Manual de Transexología".


RESUMEN. En este artículo bosquejo solamente el debate sobre las causas profundas de lo trans y me ciño a las causas inmediatas. Aunque parezca demasiado obvio, la causa inmediata de lo trans es una cuestión de identidad, más o menos definida. Describo la formación de una identidad como un proceso de “identificación-desidentificación”, por medio de sentimientos de “homoempatía” y “heteroantipatía” o bien de "vacío de identidad", con los que pueden generarse barreras identitarias muy funcionales en la estructura de la personalidad; valoro la "especularidad" como una solución identitaria frente a un "vacío de identidad". Describo las variantes de lo trans como procedentes de una mayor eficacia de la desidentificación o de la identificación. Pienso que el resultado del proceso trans corresponde a la definición de un estado de salud, y que la justificación de la cirugía trans es holística.


HIPOTÉTICAS CAUSAS PROFUNDAS

Muchos han visto en el origen de lo trans un condicionamiento biológico (Dörner, Diamond) Se habla en particular del hipotálamo, la zona cerebral que rige la conducta sexual. El embrión empieza por ser asexual o feminoide, pero en su gestación, la presencia o la ausencia de andrógenos, determina un proceso de configuración masculina o femenina. Un proceso: los genitales internos, los externos, el hipotálamo, deben conformarse sucesivamente, lo que supone que el flujo o la ausencia de andrógenos debe ser constante.

En nuestro caso, en el que no hay intersexualidad fenotípica, habría habido una variación androgénica en el momento de la configuración del hipotálamo. En fetos ya caracterizados como niños, habría cesado en ese momento el flujo androgénico (causas posibles: estrés intenso de la madre -estrés de guerra-, medicación con estrógenos...) o se habría producido un repentino flujo en fetos de niñas (causas: hiperplasia adrenogenital congénita, medicación con andrógenos...)

El efecto habría sido la configuración femenina de un cerebro en una persona de fenotipo masculino o la configuración masculina de un cerebro en una persona de fenotipo femenino. En ambos casos, se trataría por tanto de una intersexualidad real, orgánica, pero imperceptible a simple vista. Pero por ser el cerebro el órgano que habría resultado cruzado, el regidor de la conducta, las consecuencias de esta forma de intersexualidad serían muy considerables.

Hipoandrogenismo en personas de fenotipo masculino e hiperandrogenismo en personas de fenotipo femenino se situarían sin embargo dentro de una campana de Gauss, en la que habría que suponer la existencia de un umbral para llegar a las actitudes trans.

La normalidad gaussiana hace que también existan millones de varones que son relativamente hipoandrogénicos, en los que sólo es perceptible una conducta tranquila, reflexiva, poco activa, poco agresiva, más bien asexual, dentro de un cuadro heterosexual u homosexual o millones de mujeres algo hiperandrogénicas que son decididas, activas, expansivas, seguras, deportivas e intensamente heterosexuales u homosexuales (los andrógenos determinan la intensidad del deseo) Unos y otras se comprenden con gusto como hombres o como mujeres.

Hace falta por lo tanto algo más para llegar a lo trans. Puede ser un umbral biológico de hipo o hiperandrogenización o puede ser algo de naturaleza biográfica. Harry Benjamin calificó el condicionamiento biológico como "suelo fértil" para lo trans, pero no como su causa decisiva. En términos escolásticos, podría hablarse quizás de causa necesaria, pero no suficiente (aunque sólo quizás)

En este caso, la causa decisiva sería la propia vida, con sus condicionamientos emocionales, con sus relaciones interpersonales. La transexualidad, configurada primero biológicamente, terminaría de adquirir su forma definitiva por razones biográficas, analizables en términos psicológicos.


IDENTIDAD

Empezaré por algo que parece obvio, pero no lo es: La transexualidad es una cuestión de identidad. Puede haber condicionamientos bióticos o biográficos, pero hasta que se cruza el umbral de la identidad, no existe lo trans.

Porque la identidad es un concepto. Se forma descubriendo lo que hay de común y lo que hay de diferente entre las personas individuales y los conjuntos. Por tanto, tiene que formarse en la conciencia, es un hecho de conciencia.

En estos términos, identidad es lo que sé que soy y lo que sé que no soy. Lo que quiero ser y lo que no quiero ser.

Es lo que yo sé de mí. Un sentimiento íntimo que nace de lo que veo en mí misma y en otras personas. En lo que me parezco y en lo que no me parezco. En lo que quiero parecerme y en lo que no quiero parecerme.

Me comparo con determinados conjuntos sociales, formo conceptos, siento mis afinidades y mis desafinidades, hasta el punto en que pueda decir: yo soy así, yo soy esto.

Este proceso se llama identificación, lo que significa que consiste en mirar hacia fuera, pero nace primero de la percepción del propio interior, y de su parecido o diferencia con lo que veo en otras personas.

En la formación de la identidad hay, con más exactitud, identificaciones y desidentificaciones. Es necesario que lo uno vaya con lo otro; el conocimiento funciona con un sí y un no; el resultado es una identidad.

Kohlberg piensa que la identidad de género se forma hacia los tres años de manera irreversible; yo añado que se forma mediante un proceso de sí y no (identificación/desidentificación) que genera una identidad primaria que puede ser lineal o cruzada, hacia los tres años, pero sobre la que la dinámica identificatoria/desidentificatoria sigue operando, generando distintas situaciones identitarias, que se superponen sobre la identidad primaria, que subsiste en su primariedad, pero da lugar a nuevas formas que llegan a adquirir plena realidad en la estructura total de la personalidad.

Por tanto el esquema que postulo aquí es el de un proceso de identificación/desidentificación, permanente a lo largo de la vida, que genera hacia los tres años una identidad primaria (lineal o cruzada), que al seguir expuesta a nuevas identificaciones/desidentificaciones da lugar a formas nuevas, sin dejar de gravitar sobre ellas.

El conjunto del proceso de identificación/desidentificación, más la identidad que deriva primariamente de él, más la acción ulterior de la identificación/desidentificación sobre esa identidad, forma la estructura conjunta de la identidad de género en la edad adulta.

Poder afirmar una identidad es un sentimiento grato, tranquilizador, porque me inserta en lo existente y, más aún, en un grupo humano. Pero en este proceso de identificación/desidentificación hay quienes llegan a sentir más fuerza el “no quiero ser” que el “soy”. Lo que sigue entonces es un vacío de identidad, un sentimiento angustioso, una pérdida o extravío de sí en el mundo de los conceptos; es preciso colmarlo como sea.

El proceso de identificación/desidentificación es muy complejo y sutil; intervienen en él no solamente las propias cualidades, sino las de las personas que forman el entorno más inmediato, más operativo. Las variaciones de la condición personal y de la condición de las personas del entorno están infinitamente matizadas, bien lo sabemos.

Las explicaciones que se puedan dar acerca del origen de la identidad cruzada fundándose en lo biótico o en lo social, en el entorno personal, son probablemente acertadas para determinadas personas o conjuntos de personas; su valor es biográfico, personal. Si queremos generalizar, conceptualizar a partir de ellas, podemos decir sencillamente: un proceso de identificación y desidentificación que resulta cruzado en relación con los de la mayoría de las otras personas, entre quienes lo usual es que una persona nacida varón se identifique con los varones y se desidentifique de las mujeres o una persona nacida mujer se identifique con las mujeres y se desidentifique con los varones.

Entre nosotras y nosotros, sucede al contrario. ¿Por qué? Puede haber razones bióticas, que frisen con la intersexualidad, en ciertas personas; puede haber razones del atractivo presentado por algunas personas, de la fuerza modélica de su ejemplo, de su fascinación, de la animadversión hacia otras; todo esto tiene que ver con la variabilidad personal de lo trans; la resultante general, donde unos y otros nos encontramos, debe de ser la misma: un proceso de identificación y desidentificación cruzado, más o menos intenso.

Creo que se produce lo trans cuando la persona siente nítidamente una identidad cruzada (resultado de un proceso de identificación/desidentificación bien definido) o bien cuando hay un vacío de identidad (resultado de un proceso de identificación/desidentificación poco resuelto); en este segundo caso, suele ser lo que llamo especularidad lo que colma el vacío de la identidad.

Quien no tiene una identidad definida, quien no cuenta con una imagen o representación de sí que pueda amar, puede encontrarla en el espejo cuando se superpone o se funde su figura propia con la de una mujer (esto les sucede a algunas trans femeninas) Por eso se llama especularidad: porque requiere la presencia física de un espejo, con sus dos partes: la de quien mira y la de lo que mira. Si la figura que se ve es la de una mujer, quien se mira y no tiene identidad puede verse como mujer. En ese momento crucial, el ansia de identidad se suma a la plenitud imaginada en la figura fantasmática en un deseo único. Por eso, la especularidad es un sentimiento de identidad, puesto que tiende a llenar un vacío necesitado. Va asociada frecuentemente, o generalmente, a un placer alucinante, que tiene el efecto de reforzarla.

Este placer nace, por lo que entiendo, colateralmente: es el placer de ver unida una figura del sexo que se desea a la propia figura. Pero este deseo no es exactamente el deseo de otra persona, sino de ser como ella, de ganar así una identidad, lo que me falta. Por eso este proceso puede ayudarnos a comprender que el placer que se siente es esencialmente la expresión de la alegría hallada al encontrar la solución de un conflicto, la colmatación de un vacío.

Puede describirse como parafilia, pero es que en mi opinión las parafilias son exactamente eso: soluciones simbólicas a problemas reales que producen placer porque son soluciones y se repiten porque son sólo simbólicas, mientras subsista el problema.

Puede comprenderse que las variedades de lo trans proceden de la forma de llegar a la identidad: unas, porque se ha definido desde muy pronto, desde los tres años incluso, una identidad cruzada perfecta, sencilla, sin necesidad alguna de especularidad; otras, porque el proceso de identificaciones y desidentificaciones ha generado un vacío de identidad que ha sido corregido mediante la especularidad; y no pocas que son estados intermedios en los que predomina quizás la niebla del vacío mientras va tomando forma una identidad poco definida y una especularidad no muy intensa.

TRANSIDENTIFICACIÓN

La identificación, en todas las personas, muchas veces es un proceso difuso, medio inconsciente, que tiene lugar con la naturalidad y la poca consciencia de muchos hechos importantes de la vida, aunque otras veces puede estar muy determinado y ser muy enfático y consciente. Se siente como esa afinidad por los afines, a la que llamaré homoempatía y vaga desafinidad hacia los desafines, a la que llamaré heteroantipatía, que hacen que a los niños les guste estar con los niños, a las niñas con las niñas, o decir “los niños son tontos”, o “las niñas son tontas”, que impulsa a hombres y mujeres a formar círculos separados y a distanciarse, desahogarse e ironizar sobre el otro sexo.

Puede señalarse el carácter inverso que la identificación tiene en relación con la heterosexualidad. A los hombres heterosexuales les suele gustar la compañía de hombres (reuniones de hombres solos; incluso es una prueba de masculinidad), a las mujeres hetero les ocurre lo mismo, lo que hace ver que son hechos situados en planos distintos de la evolución personal.

El sentimiento de homoempatía y heteroantipatía es común a heterosexuales y homosexuales; es el gusto de ser hombre y de ser mujer; se forma entre los tres o cuatro años, edad de la percepción del género, y la pubertad, edad de la genitalidad. De hecho, constituye un aprendizaje y afirmación de sí mismo en cuanto al género y el sexo, por la fuerza de la simpatía con las personas que lo comparten, que forma una barrera frente a la admiración o deseo de imitación hacia el otro sexo.

Las personas trans son quienes realizan una transidentificación. Unas han sentido siempre que realmente son afines a quienes no parecen serlo, y desafines de la misma manera; en este caso podría decirse que experimentan una homoempatía/heteroempatía cruzada.

En ellas, la transidentificación puede ser tan intensa, que la barrera diferenciadora está construída como en los heterosexuales y homosexuales, no hay lugar para la especularidad y la atracción sexual salta por la sensación de la diferencia, por la polarización de la distancia, lo mismo que en las personas heterosexuales, o puede suponerse que, por la fuerza de la homoempatía, como en las personas homosexuales, creando sentimientos fortísimos de compañerismo y comprensión mutua.

Otras personas trans parten más bien del vacío de identidad: carencia de sentimientos positivos o confusión relacionada con el género. En todo caso, en su personalidad no existe una barrera que les impida querer ser como quienes han nacido con otros genitales. Creo que la presencia o ausencia de esta barrera es como la presencia o ausencia de un órgano anatómico.

De acuerdo con estas hipótesis, al carecer de barrera frente a la fuerza como modelos de las personas de uno de los sexos, estas personas trans se entregan aún más plenamente a su admiración, hasta desear ser una con ellas; la identidad queda intensificada por la especularidad, que se convierte en un segundo motor, no el más profundo, pero sí el más acelerador de lo trans.

En las personas homosexuales, en cambio, la homoempatía es tan intensa, tan absorbente, tan consciente, que no deja lugar a sentimientos heterosexuales. Los compañeros queridos se convierten en amantes, el amor por la afinidad es la regla universal; a esto lo llamó Freud, devaluándolo, fijación en un estadio del desarrollo, pero puede entenderse mejor como un efecto de la singularidad de las condiciones en que se desenvuelve cada persona, de la interacción entre su propia forma de afectividad, su propio temperamento y las personas que su destino ha puesto a su lado; si el cariño, la admiración, la identificación por los propios compañeros han sido profundísimos, si se han compartido cuerpos y almas, creo que la persona que ha sentido esto puede evolucionar en sentido homosexual.


Distingo por tanto entre homosexual, hombre que se siente hombre y que ama a los hombres, mujer que se siente mujer y que ama a las mujeres, y trans homosexual, persona en quien se ha de suponer una transidentificación muy intensa, a la vez que una honda docilidad para aceptar en la edad adulta su sexo, o bien para limitar su identidad al ámbito de lo soñado o de lo íntimo más que al de lo compartido. Estas personas suelen ser consideradas desde fuera como homosexuales, o transvestistas homosexuales, puesto que no plantean en público sus cuestiones de identidad, más que en todo caso en el plano de las actitudes, de los gestos y la voz, de la pluma, o de transvestimientos ocasionales, pero creo que deben ser consideradas como trans detenidas en su proceso por una interiorización muy profunda de la represión y del miedo.


TRANS VARIANTES

Una clase única de experiencia, la de la transidentificación, con sus elementos de identificación y desidentificación, genera una variedad de formas e intensidades, cuyos efectos en la formación de la identidad son también muy variados, generándose a veces una identidad en línea con el fenotipo, en la que sólo son trans algunas conductas, o diferentes formas de identidad dialéctica o unificadora de lo distinto, o una identidad sin fisuras.

Como la identidad es la resultante de un proceso en movimiento, efecto de las mil formas de sentimientos identificatorios y desidentificatorios que pueden llegarnos, experiencia siempre abierta, aunque lo natural sea que su mayor intensidad y fuerza configuradora se presente en la niñez, se debe suponer que estas variedades no están del todo fijas, sino que pueden transformarse en la misma persona o bien permanecer estables.

La experiencia confirma que es posible transmigrar de unas actitudes identitarias a otras, dentro de algunas pautas, por lo que creo que debe entenderse que las denominaciones de transvestismo, transgenerismo o transgenitalismo corresponden a estadios de la transidentidad que pueden fluctuar en cada persona, según sus experiencias emocionales, no a una definición de las mismas personas. Por eso, me parece que estos términos deben usarse con un valor descriptivo de una situación de hecho, no con valor explicativo ni especialmente predictivo, puesto que no se puede predecir el curso de la experiencia personal ni de la afectividad unida a ella.

Creo que la experiencia trans se desenvuelve siguiendo dos líneas, según el sentimiento que tenga la primacía sea un “no” a una identidad lineal primaria, o el “sí” de una identidad cruzada originaria. Estoy describiendo, no estoy explicando las causas. En algunas historias personales, puede suponerse que una misma causa ha podido escindirse en esas dos líneas, lo mismo que otras veces podrá pensarse que cada una de ellas nace de causas diferentes.

Puede recordarse que las personas intersexuales tienen mayor tendencia a formar identidades trans (Klinefelter, por ejemplo), pero también pueden formar identidades alineadas con su fenotipo más perceptible o con su educación; la intersexualidad puede ser por tanto un factor común de variadas formas de identidad, que pueden decantarse, dinámicamente, a partir de ella en cualquiera de los sentidos; parece también que algunas personas que se desarrollan en unión con su madre y en ausencia del padre forman también más fácilmente identidades trans, aunque otros factores imponderables pueden orientar a la persona en sentido lineal; etcétera...

LA PRIMERA LÍNEA: MEDIANTE LA DESIDENTIFICACIÓN

La línea más fuerte y operativa a veces es un “no quiero ser”. También hay un “quiero ser”, pero la fuerza del sentimiento está en la rebeldía.

Entonces hay una desidentificación. Para que exista un “no quiero ser”, consciente y resuelto, debe suponerse que ha habido la constatación previa de un “soy” que es lo que se quiere deshacer.

Debe haber también un conflicto profundo que suponga el paso del concepto “soy” al de “no quiero serlo”. Pero los conflictos son creadores. De las crisis surge lo nuevo. Pueden ser dolorosas, pero son dolores de parto.

Este conflicto ha sido descrito como disforia de género, o desagrado por el papel de género que la persona se siente obligada a representar. Término que resulta insuficiente, porque es puramente negativo. Describe sólo la parte que corresponde al "no"; pero luego viene un "sí"

Mientras todo se afirma sobre un "no", hay un vacío de identidad, que puede llegar a poner a quien lo experimenta en peligro de psicosis. En este caso, la especularidad es la defensa que puede colmar el terrible vacío de la pérdida de sí. Es conocido, psicológicamente, que el vacío de identidad produce reacciones narcisistas que deben ser consideradas entonces como funcionales y adaptativas. Especularidad es un concepto más matizado que el de narcisismo: supone el espejo, pero también la nueva figura que viene a superponerse sobre el reflejo de quien mira. No es sólo que quien mira se ve a sí mismo; ve su figura transformada.

En esta línea, lo más sencillo es el efecto sobre una primera identidad lineal (una alineación entre identidad y fenotipo), más o menos estable, de un conflicto del que surge una desidentificación que no llega a ser del todo comprendida ni conceptualizada ni pasa del plano de lo emocional, ante la barrera opuesta por la identidad previa, por lo que se expresa sólo como pulsiones o automatismos inexplicados, que pueden dar forma a un transvestismo parafílico, expresado ocasional o cíclicamente.

Este transvestismo hace sentir generalmente un placer intenso, casi alucinante. Esto surge precisamente de que es una respuesta frente al conflicto que ha dado lugar a esta secuencia, una solución. En la medida en que sea una respuesta sólo imaginaria o simbólica, el conflicto quedará latente, por lo que se tenderá a repetirla una y otra vez, en busca del placer que representa la solución soñada.

(Recuerdo que la parafilia es una solución simbólica de un conflicto mientras no se encuentre otra, y por tanto es una reacción útil y adaptativa)

Los conflictos que hayan generado esta desidentificación no conceptualizada, tampoco verbalizada, pueden ser, lo primero, muy variados y también surgir en muy diferentes edades

En nuestro ambiente se habla a veces de conflictos graves con el padre, lo que ocurre en la niñez o la adolescencia; o de fracasos sexuales que cuestionen el concepto que se tenga de lo masculino, lo que suele ocurrir en la juventud o madurez, o del cansancio por un papel masculino demasiado duro, o del estrés ante un grado de autoexigencia excesivo que se piensa que sería menor de ser mujer, que se pueden producir en cualquier edad (transvestismo de quienes han tomado un papel hipermasculino...)

En la medida en que se conceptualiza o descubre el significado desidentificador (liberador) del transvestimiento, puede producirse un transvestismo dual, o de doble identidad, en el que se oscila continuamente de la identidad primaria masculina a la femenina o se va llegando a una identidad andrógina con dos formas altenativas de expresión; puede permanecerse en este estado, especialmente si las circunstancias sociales o emocionales favorecen la estabilidad o impiden llegar más lejos, aunque se desee. El transvestismo dual es la primera y más definida experiencia de identidad creadora, dialéctica entre sus términos, no fragmentada porque no es inerte, no está rota, sino que se mueve, crea, inventa, disfruta continuamente.

La especularidad se manifiesta en muchas personas transvestistas, quizás en la mayoría, por una orientación sexual hacia la figura andrógina de sus pares (seno femenino y genitales masculinos), que no puede ser llamada por eso mismo homosexualidad ni heterosexualidad y su existencia (quizás un dos por ciento de la población) no parece haber sido todavía apenas reconocida por la teoría.

El sentimiento que expresa puede ser la esencia de la figura en el espejo, la fusión de lo femenino y lo masculino, o lo femenino deseado y lo masculino deseante; quizá despierte una intensísima y específica homoempatía, o quizás expresa el miedo masculino al sexo femenino, entendido como vacío, como abismo, contrarrestado por el deseo de la mujer fálica, materializada en el espejo o en la realidad.

El transgenerismo es la estabilización en el género cruzado, a la que se llega en esta línea por la conversión en conciencia de sí (o identidad) de las pulsiones transvestistas.

A veces, la fuerte dinámica de la desidentificación produce cansancios o sentimientos de culpa. La dialéctica entre los dos o tres estados de identidad, puede provocar movimientos de vuelta hacia la identidad primitiva o adelante hacia la nueva identidad. La naturaleza del conflicto que ha generado este cambio determinará el resultado de estos movimientos. Un estrés puede calmarse. Unos recuerdos de niñez no pueden anularse. En este punto creo que en cualquiera de las direcciones hay un margen para que las mismas personas trans, o los expertos, puedan prestar un apoyo o una ayuda pedagógica o terapéutica, hacia la que parezca más fuerte, atractiva y viable, o incluso para permanecer en el dualismo; creo que en algunos casos, suficientes (verdaderamente suficientes) compensaciones emotivas pueden permitir reasumir la primitiva identidad, no olvidar pero superar o incluso sublimar la desidentificación realísima que el conflicto haya producido; pero si el conflicto sigue siendo la realidad emocional básica, hay que ayudar a que la persona no se rinda, por cansancio confundido con el deseo de normalidad, o por acusaciones sociales confundidas con culpas reales; si se rinde (de momento) perdería años, acumularía amarguras, pero no habría conseguido encontrar una solución verdadera a su crisis.

Por eso, el transgenerismo permite en ocasiones encontrar la unidad de la persona en una unidad androgínica, en la que se unen dinámicamente, sucesiva o innovadoramente juntas, sus dos potencialidades; también puede encontrarse la unidad sencillamente en una identidad trans. La persona en estado transgenérico puede entenderse a sí misma como andrógina, o como trans, y aspirar a la fascinación que surge de una condición u otra.

Pero si la crisis ha generado una desidentificación aguda que llega hasta lo genital, un aborrecimiento de los genitales como causa y símbolo de todo lo que se quiere negar, el transgenitalismo será compulsivo y la única ayuda deseada y efectiva será la necesaria para llegar a él en las mejores condiciones. Las pruebas de que se ha llegado a esto pueden ser la disposición a afrontarlo todo con tal de conseguir la liberación, incluso el riesgo de muerte o la pérdida de cualquier placer, la pulsión de automutilación, el sentimiento de que los genitales son ajenos o repulsivos, la negativa a mirarlos o tocarlos, que puede llegar a una masturbación sin contacto directo, a no querer verlos en la ducha, a fajarlos y ocultarlos con verdadera ansiedad...

Por su carácter doloroso, por proceder de un conflicto, todos estos comportamientos suelen ser compulsivos. La compulsión se entiende como respuesta presionante, profunda, que llega a ser casi refleja. La persona trans por desidentificación está huyendo de algo que le duele y asiéndose a lo que sabe que le permite rehuir ese dolor. Por eso mismo, la conducta trans desidentificatoria se perfila como una reacción más apremiante que racional; no sería inexacto decir que es una conducta de supervivencia (o de reequilibrio emocional; pero los desequilibrios pueden cuestionar la supervivencia personal) No habiendo otra alternativa, debe respetarse por ese valor. Sin embargo, su carácter más pasional que racional, puede cargar a la persona con sentimientos culposos añadidos que dificultan todavía más su situación y deben ser superados.

En cambio, como se verá enseguida, en la línea identificatoria no hay un conflicto originario, por lo que los comportamientos que derivan de ella son no compulsivos. Los conflictos que lleguen después, cuando la identidad ya está formada, no llegan a afectarla, y por tanto todas las decisiones que se tomen sobre ella serán reflexivas, libres. La persona trans identificatoria no sentirá nunca el terrible vacío de identidad que afecta a la persona trans desidentificatoria, y por tanto podrá jugar con una identidad cruzada que siente en el fondo segura.

Por estas razones, es más difícil equivocarse con el transgenitalismo compulsivo que con el reflexivo o no compulsivo en cuanto a la decisión de la cirugía. Mientras que el compulsivo, nacido de una negación radical, tiene el éxito que necesita y encuentra en la intervención de cambio de sexo el bienestar y la paz, el no compulsivo, nacido de la reflexión y cálculo de pros y contras, depende más de los posibles errores que cualquier proceso de valoración racional comporta. La discusión, la evaluación de sí, tienen que ser mucho más afinadas en este caso.

LA SEGUNDA LÍNEA: MEDIANTE LA IDENTIFICACIÓN

Hay veces en que lo fundamental es un “soy”, o un “quiero ser”, o un “puedo ser”.

No hay nada conflictivo en esto. Es una constatación agradable y apacible. Los conflictos llegarán después, a la hora de decirlo o socializarlo, pero este sentimiento ha surgido por adhesión, por afinidad o simpatía.

Se establece una identidad trans temprana, la primaria, para lo que deben considerarse los tres años de edad, cuando se forma la identidad de género. La persona se siente naturalmente, plenamente, equilibradamente dentro del género que los otros creen que no es el suyo. Puede averiguar más o menos pronto esta opinión ajena, pero eso no puede alterar la convicción de su identidad, aunque puede dolerle mucho.

Tampoco voy a tomar en cuenta ahora las causas de esta identidad trans precoz, que pueden ser muy variadas, sino a observar que puede permanecer estable a lo largo de los años, sin fisuras, quizás sólo con un sufrimiento debido a que no hay margen para escapar mediante sentimientos de dualidad de la contradicción entre su intimidad y su condición de género y de sexo. No puede considerarse andrógina; se considera mujer u hombre y sufre porque su cuerpo se le opone. No se puede recomendar ninguna acción pedagógica ni terapéutica que pretenda someter la identidad a la corporalidad; sería dañar la identidad de la persona, la que es su única identidad.

Pero lo que no deben hacer las personas, lo pueden hacer los acontecimientos; una identidad trans precoz está expuesta también a procesos de desidentificación, con más riesgo incluso por razones de presión social que una identidad lineal, y en este caso, la consecuencia será la crisis, acaso finalmente creadora, pero desde luego más dolorosa que el estado inicial.

Creo, deductivamente en este caso, no por evidencia empírica, que muchas personas de identidad trans precoz se habrán entendido a sí mismas, tal como son, como integrantes de uno de los dos géneros, sin conceder relevancia alguna a sus genitales, por lo que también podrían pemanecer en el transgenerismo, seguir siendo lo que siempre han sido, sin necesidad de cambios genitales.

Con los años, y la percepción de la realidad social, esto puede dar lugar también a un transgenitalismo, que a veces, supongo que a veces, podría ser reflexivo, no compulsivo. El deseo de aceptación y de atracción puede llevar al deseo de cambiar de genitales, que en este caso sería reflexivo, no compulsivo, por no proceder de un conflicto interno, sino de la simple necesidad de coherencia externa, social; sería entonces susceptible de consejo y libre opción, en cuanto a decidir la operación misma. La prueba de que este transgenitalismo no es compulsivo estará en la capacidad para valorar razonablemente ventajas e inconvenientes, como en un cálculo de pros y contras.

Pero si la presión social, el miedo, el deseo de ser como todos para evitarlo, es muy fuerte, puede producirse una desidentificación que haga entrar en crisis la identidad primitiva. La salida de esta desidentificación es muy variada, como se puede probar por estudios de seguimiento: lo más frecuente es una salida aparentemente homosexual, que encubre los sentimientos de identidad cruzada, lo que antes he llamado trans-homosexualidad o seudohomosexualidad; también puede llegarse a la heterosexualidad, a costa de quién sabe qué violencias e inestabilidades; pero también son posibles reidentificaciones que conduzcan a un transvestismo dualista o de nuevo al transgenerismo o al transgenitalismo.

Cuando una persona que ha tenido una identidad primaria cruzada ha pasado por estas fases de posible negación de identidad, que a veces le han costado incluso fuertes depresiones, pero ha conseguido recuperarla, suele ser muy intransigente en cuanto al carácter inequívoco de su identidad, por ser un bien muy valioso que ha estado a punto de perder. Se define a menudo como "mujer, nada más que mujer", o como "hombre, nada más que hombre", rechazando incluso la consideración como trans, que considera cancelada en cuanto ha podido realizar su identidad. Este punto de vista es psicológicamente cierto: si su identidad primaria es de mujer u hombre, es una mujer o un hombre, definidamente.

En cambio, las personas desidentificatorias, cuya identidad primaria es lineal, tienen que armonizarla con las formas que derivan de su vacío de identidad, por lo que tienden a entenderse dualmente o a insistir en el carácter trans de su naturaleza. Esta diferencia de actitudes suele dar lugar a polémicas muy intensas entre las personas que transitan de género, que podrían calmarse si se tuviera en cuenta la diferencia de los procesos de transición.

Como recapitulación de lo expuesto, con pocas palabras, un itinerario frecuente de las transexuales por identificación femeninas puede ser el siguiente:

Desde los tres años a los diez (aproximadamente), afirmación de una identidad cruzada.

Desde los diez a los trece (también aproximadamente), negación de su identidad e intento de reidentificación lineal.

Hacia los catorce o los quince, emergencia de actitudes homosexuales o heterosexuales (en este caso, muy superyoicas)

En un momento indeterminado, dos años o veinte años después, crisis de la reidentificación y regreso a la identidad originaria cruzada, con actitudes transvestistas, transgenéricas o transgenitales, no compulsivas, y generalmente con orientación andrófila (que puede retornar, después de años de ginefilia)

El itinerario de las transexuales femeninas por desidentificación suele ser casi opuesto simétricamente :

Entre los tres y los trece años (aproximadamente) identidad lineal, progresivamente amenazada (mientras en el otro se genera una identidad cruzada).

Desde los trece años, emergencia de una reidentificación cruzada, sobre base especular (cuando en el itinerario identificatorio se suele negar esa identidad cruzada)

En los años siguientes, puede haber una vacilación entre ambas identidades, resuelta como transvestismo dual, transgenericidad o transgenitalidad compulsivas.

Más adelante, puede decidirse una actitud transgenéricas o transgenital con orientación frecuentemente ginéfila.

Los transexuales masculinos parecen seguir muy mayoritariamente itinerarios identificatorios, con orientación ginéfila como parte muy sólida del mismo, pero hay una minoría cuyo itinerario parece desidentificatorio.

GÉNERO

En la descripción del itinerario desidentificatorio he empleado en otros parágrafos la expresión disforia de género, como algo fundacional, casi la causa de las causas. En el itinerario identificatorio no tiene una función tan esencial, pero sobreviene: la persona se encuentra con problemas debidos a su identidad cruzada.

Por tanto, estamos hablando de género. Este concepto nos traslada a una dimensión que ha estado latente en toda la exposición anterior, pero que no ha quedado suficientemente explicitada: la colectiva.

El género es la dimensión cultural y social de la sexualidad; es la parte de la conducta sexual que no está determinada biológicamente; por tanto es variable.

El género se manifiesta bajo un código, no escrito, pero tan real como la Constitución británica, tampoco escrita. En la medida en que la estructura de género es una de las fundamentales de la sociedad, el código de género debe ser considerado como una ley fundamental.

No hace falta escribirlo, porque socialmente aprendemos pronto sus normas. Enumera los derechos y los deberes de las personas en esta materia.

Es un código penal, que puede ser pesado cuando sanciona gravemente las contravenciones.

Entre las sanciones que suele prever, la menos grave es la condena a la irrisión pública. Otras pueden ser la pérdida del empleo, la expulsión de la familia, la marginación... En algunas sociedades se llega a la pena de muerte para ciertas transgresiones. Por eso, puede hablarse hasta ahora de una situación de opresión de género, cuyas víctimas son las mujeres y las minorías sexuales.

En nuestro código de género, por ejemplo, una de las normas es que sólo existen dos sexos. Esto no corresponde a la realidad biológica, abundante en intersexualidades que llegan a un dos por ciento de la población, según se cree.

Otra regla relacionada con la anterior es que los sexos son inmutables. Otra más, que las personas que se encuentren poco definidas sexualmente, tienen que acomodarse lo más que puedan a su sexo fenotípico.

Nuestra disforia de género se enfrenta instintivamente con el código de género. El carácter cultural, variable, de las normas de género, hace que no puedan ser consideradas como la referencia suprema.

No puede enjuiciarse nuestra conducta a partir de las normas de género, que no son naturales, sino artificiales; al contrario, pueden enjuiciarse las normas de género a partir de nuestras pulsiones.

No nos acomodamos al código de género vigente (hasta ahora) en el que no encontramos lugar para nuestra manera de ser. Por el contrario, estamos contribuyendo a crear un nuevo código, quizá limitado a una norma, que prohiba la opresión de género.



APOYO MUTUO, PEDAGOGíA O TERAPIA



Siendo la identidad cruzada un equilibrio de afectos y desafectos, identificaciones y desidentificaciones, formado por lo que sé de mí y de los demás, por lo que quiero y lo que no quiero, puede comprenderse que, como tal equilibrio, no necesite de por sí terapia; al contrario, ha sido unas veces la única forma de superar un estado de confusión o de vacío de identidad, o bien, es lo más natural de todo, dadas determinadas circunstancias personales y ambientales.

De hecho, cuando la identidad cruzada consigue expresarse, la persona encuentra un sentimiento de bienestar general, que corresponde a la definición de salud y que antes no le era posible. Por paradójico que parezca, ésta es nuestra sensación común. Esto determina que, desde dentro de la experiencia trans, se suela rechazar cualquier terapia que pretenda curar esta condición, probablemente porque se entiende como un ataque a la identidad, que es el bien más básico de cualquier persona humana; el entendimiento de lo que significa ser yo. Únicamente estamos dispuestos de buena gana a aceptar terapias paliativas de daños colaterales, y por supuesto, la de seguimiento y apoyo durante la transición; es decir, terapias pedagógicas o pedagogías terapéuticas. El apoyo mutuo de otras personas trans, si se consigue, es lo más valioso de todo.

La justificación de la cirugía es holística. La identidad es un factor suficientemente central en la conciencia, y la conciencia suficientemente central en el ser humano, como para que puedan subordinarse a ellas otras consideraciones.

Los problemas de identidad pueden afectar tan fuertemente a la estabilidad afectiva, a la capacidad de inserción familiar, laboral y social (retraimiento) de la persona, y a sus posibilidades de ese bienestar general en que consiste la salud (riesgos de depresión, distimia...), como para justificar la ablación de unos órganos que, aunque estén localmente sanos, son holísticamente no sólo no funcionales sino perjudiciales.

Puede argüirse que, con un criterio externo, se trataría de una identidad errónea. Pero la identidad no es un fenómeno cognitivo, sino afectivo. Versa sobre realidades de hecho, pero las valora. Es imposible negar al ser humano la necesidad y capacidad de valorar los hechos. Esta valoración está formada por una secuencia de sentimientos positivos y negativos que se han formado por razones sutiles, que sólo el sujeto puede conocer en su justa fuerza, y por tanto estos sentimientos son bien reales, y no pueden ser erróneos porque el error versa sobre los conceptos, y estos sentimientos son lo que son. La definición de lo trans incluye no cometer error sobre el hecho de haber nacido hombre o mujer, pero valorarlo negativamente.

Puede aducirse también que quizás se encuentren terapias menos radicales. No es así, ni por la observación empírica, ni por principio.

Empíricamente, puede demostrarse que si se pretende tratar con psicoterapia lo trans como hecho central, se falla constantemente. Incluso puede ser que parezca dar resultados momentáneamente, pero no se puede olvidar nunca que el proceso transexual puede reaparecer más tarde, con la sensación de un desquite o con el problema añadido de la pérdida de años y de la posibilidad de una buena inserción social, que suele ser más fácil cuanto más temprana.

Este fallo constante debe de atribuirse al mismo principio implícito en el concepto de aplicar la psicoterapia a lo trans en sí. Lo trans no es una patología psíquica, que pueda ser curada. Es una estructura afectiva, formada frecuentemente durante la niñez y la adolescencia en su lógica y su virtualidad, como consecuencia de determinadas condiciones que pueden ser personales, ambientales o ambas; también es una estructura buena, puesto que permite dar una solución real a un conflicto profundo, o bien ceñirse al sentimiento de la autenticidad personal.

Por lo temprano de su formación, ocurrida durante los años de configuración de la personalidad, no puede ser rehecha porque es imposible rehacer las condiciones de la niñez y la adolescencia, hacer de una persona adulta un niño y dirigir sus pasos: la estructura afectiva es un hecho con el que hay que contar, comparable a la formación anatómica de los órganos.

El apoyo mutuo, la pedagogía o la terapia pueden centrarse en procurar el equilibrio y la dignidad de la persona trans, no en anular su condición de trans. En determinados momentos del proceso de identificación y desidentificación cruzadas es posible proponer o ayudar a formar un equilibrio distinto; pero no es posible negar el hecho de ese cruce de los fenómenos de identidad ni el de que la identidad es una forma de equilibrio.



VALORACIÓN

El concepto de campana de Gauss nos muestra que lo normal en la naturaleza es mucho más amplio que lo que hemos considerado normal como sinónimo de mayoritario.

El hipoandrogenismo de las personas con fenotipo masculino o hiperandrogenismo de las personas con fenotipo femenino se sitúan en zonas minoritarias de una línea doblemente acampanada en la que vuelven a ser minoritarios el hiperandrogenismo masculino (hombres sumamente activos o agresivos) y el hipoandrogenismo femenino (mujeres extremamente pasivas y tímidas)

Pero la vida real nos muestra que cada una de estas experiencias humanas determinan modos de ser variados y distintos que configuran las mil formas de nuestra creatividad. Contra los eugenistas (entre ellos el propio Dörner) hay que decir que calificar a cualquier segmento de la curva de Gauss como indeseable, y tender a suprimirlo aunque sólo fuera por detección prenatal e intervención medicamentosa, sería perder alguna de las formas de la variedad y la inteligencia humanas.

Cada forma de ser se transforma en una forma de experiencia; cada forma de experiencia, en una forma de acción. Algunos seres humanos expresan lo más intenso de su naturaleza componiendo versos o canciones; otros, en el combate (real o simbólico: en el deporte) Todos formamos la humanidad.

Esto se puede aplicar exactamente a la experiencia trans, tenga o no que ver con los andrógenos prenatales. Pero la manera de vivir la vida, las formas de nuestros sentimientos y nuestras acciones son necesariamente distintas. Si alguien creyera que lo trans no debiera existir y tomara las medidas médicas, psicológicas o políticas para cumplir su pensamiento, y lo consiguiera, la humanidad habría perdido una parte de sí misma.

lunes, mayo 19, 2008

De la transexualidad a la intersexualidad



En la semana del 11 al 18 de mayo de 2008, publiqué este comentario en el Diario Digital de Información Transexual, http://carlaantonelli.com/


La transexualidad es un hecho que ocurre en el plano de la consciencia. Independientemente de que ocurra por razones biológicas, o psicológicas, no hay transexualidad mientras no haya consciencia de la transexualidad, es decir, consciencia de un deseo de cambiar de sexo.

Esta condición de hecho de conciencia pone la transexualidad muy cerca de los hechos de cultura, si no es un hecho de cultura ella misma. En la medida en que la cultura es un proceso de aprendizaje, siempre revisable, podemos preguntarnos si no debemos revisar el hecho que llamamos transexualidad.

Porque el nombre y el concepto son recientes; se crearon hacia 1955, por David O. Cauldwell, divulgador sexológico, y los recogió y prestigió su gran colaborador, Harry Benjamin. Quiero decir que si este nombre y este concepto tienen una historia dentro de la cultura sexológica, corresponden a la historia de la cultura, cuyas formulaciones son variables, y por eso es lógico que deban ser revisados.

Transexualidad es la traducción de nuestro primer deseo, el de transitar de un sexo a otro, el cambio de sexo, el paso de A a B (o a veces, el de afirmar un sexo mental definido y distinto del aparente) Sin embargo, un análisis más cuidadoso muestra que este esquema mental depende de un concepto previo: el de que "hay dos sexos, A y B". Pero la realidad muestra a la reflexión que la sexualidad no está tan nítidamente definida: hay A, hay B, y hay AB o intersexuales. Por otra parte, dentro de A y dentro de B hay una gama real que va desde la mayor intensidad a cierta indefinición o ambigüedad.

Por tanto, si en la realidad, más allá de nuestros conceptos, además de A y B hay AB (simplificando), cabe la posibilidad de que el deseo de cambio de sexo, sabiéndolo, se dirija a AB, como más propio de quien siente ese deseo.

Este cambio de perspectiva tiene algunas ventajas. En primer lugar, es más conforme a la realidad. Como sabemos, hay que admitir que, hoy por hoy por lo menos, la transición de género no equivale a un cambio de sexo pleno, sino a una aproximación. Las personas que transitamos quedamos, objetivamente, en una situación AB. Por tanto, es más realista considerarse AB que considerarse plenamente B o A. Es realista subjetivamente, para entendernos nosotras mismas, y es realista objetivamente, para que nos entiendan los demás.

Identificarse como AB tiene también ventajas prácticas. No hay que obsederse por una mimetización perfecta de las cualidades de B o A, puesto que no se pretenderá ser B o A. Se llegará hasta donde se pueda o hasta donde se quiera. Cada cual se expresará a su manera, dando a los demás un ejemplo de autenticidad. Serán concebibles, en particular, todas las situaciones ambiguas, como intergenéricas o intersexuales, por ejemplo aquéllas en las que se engendra o se concibe un hijo, y a la vez se vive intergenéricamente. Las experiencias drags o rompegéneros han intuido y señalado el camino.

Es verdad que lo difícil será hacerle comprender al resto de la sociedad este concepto de intergeneridad o intersexualidad. Pero es necesario, dado que nuestra sociedad, como conjunto, está culturalmente equivocada en este punto, y también aprendiendo mucho en este punto. No hay "dos sexos, dos géneros", hay más de dos sexos biológicos y más de dos géneros culturales, y ésta es una verdad objetiva que debe aprenderse y quienes debemos enseñársela somos precisamente las personas transexuales, porque estamos situadas en el punto crítico de este error. Lo conseguiremos; éste debe ser nuestro próximo esfuerzo y nuestra próxima reivindicación, por nuestro bien y el de todos.

Por cierto, es posible, a efectos prácticos, seguir usando el término transexual, pero no necesariamente en el sentido de tránsito de A a B, sino en el sentido de transición o intermediaridad dentro del sistema sexo-género. De aquí que tengan razón muchas personas de entre nosotros que afirman su identidad, no como hombres ni como mujeres, sino como transexuales, no como "transitadas", sino como "transeúntes" o "en tránsito", lo que a todas luces está muy cerca de afirmarse como intersexuales o intergenéricas.

La consciencia transexual surge inmediatamente, directamente, de complejos procesos afectivos de identificación y desidentificación, que se dan por una gran variedad de circunstancias, tales como problemas con el padre del mismo sexo, que estorban identificarse con él, problemas con otros hombres y mujeres, o niños y niñas, problemas de fracaso, incluso de estrés. Pero mediatamente, indirectamente, a veces puede surgir también de cierta intersexualidad o ambigüedad biológica, AB, que produce un desajuste con el sexo considerado como propio, A o B, y por tanto una disforia que conduce a la transexualidad.

Hablo aquí de una transexualidad en sentido amplio, que incluye a los homosexuales variantes de género y a las tres formas que es frecuente reconocer en la transexualidad, transvestismo, transgenerismo y transgenitalismo, que no me parecen realidades diferentes, sino expresiones circunstanciales del mismo sentimiento, en las que cada persona puede pasar de una a otra, hacia más o hacia menos, con el paso del tiempo.

(Intersexualidad como adaptación e intersexualidad biológica)

Hemos visto ya que el origen de la transexualidad está muchas veces en un proceso afectivo, originado en traumas o carencias realísimas de la niñez y la adolescencia, especialmente la imposibilidad de identificarse con el progenitor del propio sexo, por su ausencia, distancia o actitud hostil, o bien con los pares de edad, por las mismas razones.

Otras veces, son los traumas de la edad adulta, especialmente los fracasos afectivos o el estrés laboral o familiar los que desencadenan el proceso, pudiendo estar preparado por otros traumas o carencias infantiles y adolescentes que no resultaron determinantes en su momento.

Pero en ambos casos, la salida transexual produce una intersexualidad psicogénica que debe ser valorada como solución a esos traumas o carencias, precisamente por su función de equilibrio y adaptación. Otra cosa es que los problemas externos, sociales, sean tan grandes, que estorben o impidan la funcionalidad de esta salida, convirtiéndose en un nuevo problema y trauma por sí mismos; pero esto no debe ser atribuido a la transexualidad en sí, sino a un entorno intolerante.

Otra cosa es también que la salida transexual sea la única concebible. Hablando por mí diré que mi experiencia es que en mi adolescencia se me presentaron de hecho tres soluciones, pero la transexual fue la única viable.

La transexualidad como proceso afectivo puede proceder también de una intersexualidad biológica más o menos acentuada. En este caso, discernible por test proyectivos, como el "test de los Reyes Magos" del que he hablado ya, o por observaciones sobre la sexualidad o conducta sexual, puede que la intersexualidad produzca una inadaptación profunda al esquema binarista de los sexos A y B, y por tanto una disforia. Puesto que la persona disfórica participa de la cultura binarista, es natural que se diga "si no puedo ser A, seré B", o viceversa. Sólo un estudio más profundo de sí misma y de la realidad de los sexos puede permitirle decir "soy AB".

Por tanto, resulta importante estudiar aquí la intersexualidad biológica, con la perspectiva que puede dar la experiencia transexual. El primer efecto de esta experiencia es percibir que la intersexualdad puede referirse en sentido estricto a quienes tienen órganos genitales no definidos, o bien a la vez órganos masculinos y femeninos, pero que en sentido amplio puede referirse a la amplísima gama de los seres humanos situados entre un polo de masculinidad máxima y otro de máxima feminidad.

Si representamos esos polos por personas como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe, es fácil ver que la mayoría de las personas no llegamos a tal polaridad. Pero quien se vea como definidamente masculino o femenina no debe preocuparse por este hecho. Intuyo que la repartición de las personas sigue dos grandes campanas de Gauss, cuyas cumbres están cerca de los extremos, aunque no en ellos, pero que están unidas por un seno cuyos valores mínimos no llegan nunca a cero.

Los grados de masculinidad y feminidad pueden o podrán medirse por la intensidad de los flujos de andrógenos recibidos en la edad prenatal. Como se sabe, los embriones son en un principio indiferenciados anatómicamente, aunque no cromosómicamente. Los embriones XY dan vía libre a un gran flujo de andrógenos, mientras que los XX reciben pequeños chorros. Parece que los flujos no se dan de una vez, sino espaciados. Los primeros diferencian el fenotipo, el cuerpo visible, y posiblemente, los últimos diferencian el cerebro.

Pero estamos hablando de flujos, y por tanto de intensidades o cantidades variables. Si los flujos que reciben los cuerpos XX son mayores de lo habitual (hiperandrogenia) o los de los cuerpos XY son menores (hipoandrogenia), los primeros se masculinizarán o diferenciarán más, y los segundos menos, lo que dará lugar a formas intermedias, al hermafroditismo humano. Pero incluso si el cuerpo se ha diferenciado plenamente, puede ser que el cerebro se diferencie parcialmente, formándose niñas relativamente masculinas y niños relativamente femeninos.

Así puedo formular una hipótesis: Una gran parte de las historias de homosexualidad y transexualidad puede explicarse por una intersexualidad cerebral relativa.

Ciertamente, otra parte de la homosexualidad y la transexualidad se debe a factores afectivos muy complejos, relacionados sobre todo con la identificación o desidentificación, e incluso puede ser que toda homosexualidad y transexualidad derive inmediatamente de la afectividad identificatoria y desidentificatoria, pero una parte de ellas puede proceder mediatamente de esa intersexualidad cerebral.

Más en concreto: una niña relativamente masculina y un niño relativamente femenino tendrán dificultades para identificarse con la feminidad y la masculinidad mayoritarias, lo que provocará procesos de identificación y desidentificación que conducirán a sus propias formas de identidad y afectividad-sexualidad.

(Evaluación bioética)

El punto de vista que sigo difiere completamente del que postula la "perspectiva de género", que niega valor a la diferencia de los dos sexos, lo que vengo llamando A y B y pretende unificar, con métodos culturales, a todos los seres humanos en una condición intergenérica o AB.

Yo mantengo aquí la realidad de A y B y la realidad de AB.

Pretendo también responder a la pregunta por el valor de salud de AB. ¿Se trata de una patología que deba ser prevenida o curada o de un hecho natural y sano, que debe ser respetado?

Cuando la transexualidad-intersexualidad procede de procesos afectivos que siguen a graves traumas o carencias, hay que señalar su función de equilibrio y adaptación. Pueden ser prevenidos, mediante la observación cuidadosa de la persona en edad de formación, intentando compensar esos traumas o carencias, pero si no se consigue, hay que respetar la formación precisamente por su función equilibradora y adaptativa. Cuando la persona transexual-intersexual muestra voluntad de salir de este proceso, se le puede ofrecer ayuda profesional en dos sentidos: primero, explorando la existencia o no de traumas o carencias que puedan explicarlo, y la posibilidad o no de compensaciones conscientes diferentes de la transexualidad-intersexualidad; segundo, en el caso de que esta exploración resulte negativa, mostrándole la función positiva de la transexualidad-intersexualidad.

Cuando la transexualidad-intersexualidad tiene origen biológico, fundado en una hipo- o hiperandrogenia comprobable o bien en la sexualidad o bien en las inclinaciones conductuales, su valoración debe ser la de la intersexualidad en general.

En principio, debe ser entendida como un hecho natural, que aporta variedad adaptativa a la vida. A veces, ha sido aprovechada para estructurar incluso a ciertas especies, como sucede con las abejas y las hormigas, en las que hay hembras, machos y una mayoría de hembras no definidas, que no se reproducen directamente, pero crean las condiciones de reproducción de la especie. En el caso de los seres humanos, las características intersexuales modulan y diversifican las que serían muy rígidas de los extremos masculino y femenino, y en los puntos más centrales se podrían definir, parafraseando una célebre definición de la bisexualidad, como "ni hombre ni mujer, ni medio hombre ni medio mujer, sino completamente neutro", es decir, distinto. Se puede decir que el interés de las funciones neutras para las potencialidades humanas es complementario del que tienen las funciones femeninas y las masculinas.

Pensemos de nuevo en los arquetipos de extrema masculinidad y extrema feminidad que he representado como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe. Pueden ser muy atractivos, pero sería muy monótono un mundo formado sólo por personas como ellos. Más aún, supongo que sería un mundo en el que no habría posibilidad de comunicación profunda entre los sexos, más allá de la edad del atractivo. Pues bien, de hecho hemos contado siempre con las posibilidades de la intersexualidad de la que vengo hablando. En personas XY, de la actividad y la agresividad ligadas con los altos niveles de andrógenos, se pasa a cierta tranquilidad, reflexión y sensibilidad ligadas a los niveles medios de estas hormonas, lo que permite por ejemplo la creatividad científica y artística. En personas XX, de la pasividad y la coquetería ligadas con los bajos niveles de andrógenos, se pasa a la sobriedad y energía ligadas también a los niveles medios. En resumen, la humanidad no podría pasarse sin hombres relativamente femeninos, sin mujeres relativamente masculinas, y sin personas definidamente neutras. Por cierto, no existen sólo personas XX y XY, aunque sean la mayoría, sino personas que tienen XO y combinaciones de más de dos cromosomas, y esto forma parte de la realidad. Ni siquiera el sexo cromosómico es dual.

miércoles, abril 02, 2008

Nuevos planteamientos




El fundamento real de las actitudes trans (transvestistas, transgenéricas, transexuales) está en:

I. La naturaleza hipo- o hiperandrogénica de algunas personas XY o XX, que no puede expresarse en el código de género vigente, que sigue siendo rígidamente binarista. La rigidez del código favorece una solución rígida, en términos de binarismo transgenérico, aunque son posibles otras formas de expresión: ambigüedad, rompegenerismo, etcétera.

II. Y, o alternativamente, en la falta o debilidad de un proceso homoafectivo en la niñez y en la adolescencia (relación difícil o inexistente con el progenitor del mismo sexo o los compañeros) que impide una homoidentificación y favorece una identificación alternativa con el otro sexo.

En este segundo caso suele producirse una disforia de género o hasta una fobia hacia los propios genitales, como símbolo del conflicto vivido, que tiende a una solución quirúrgica, cuya eficacia suele ser estable, por la memoria del conflicto.

Será más estable todavía la propia afirmación como persona más o menos neutra, más o menos hipo- o hiperandrogénica, y la expresión del hipo- o hiperandrogenismo como tal, que ensancha por sí misma el código de género.

Estos fundamentos reales deben ser distinguidos de una formación paralela que los acompaña con frecuencia en las personas XY, consistente en un deseo de fusión con la “imagen de la mujer en el espejo” o autoginefilia.

Es una tendencia erótica de base heterosexual que se desarrolla como fantasía y puede llegar a generar una seudoidentidad, muy intensa por su fundamento erótico, pero precaria porque depende de la intensidad de la libido. Procede de causas muy variadas: débil homoafectividad y homoidentificación; frustración sexoafectiva; estrés ante la difícil afirmación masculina; simple fascinación en circunstancias de aislamiento.

Paradójicamente, su materialización mediante la hormonación o la cirugía hace decaer la intensidad de la libido que la mantiene, por lo que pierde fuerza como estímulo y provoca un estado de desconcierto y depresión, que sólo puede ser superado por la afirmación de la propia identidad, hipo- o hiperandrogénica, o bien disfórica.

Estas consideraciones me permiten saber lo que quiero hacer en adelante:

Afirmar la realidad de la naturaleza neutra y de formas de género neutro.

Distinguir los procesos de autoginefilia y alertar sobre sus contradicciones.

viernes, febrero 15, 2008

Mi desacuerdo con el perspectivismo de género



En la perspectiva de género cuenta más el radicalismo que el feminismo. Llamada también feminismo de la igualdad, se contrapone al feminismo de la diferencia, que comparto. Es un error, por falta de suficiente contraste con la realidad, hoy muy presente en la cultura española y cuyas interpretaciones sobre los hechos homosexuales y transexuales tengo que rebatir, como persona interesada.

La encrucijada que lleva al error está en la afirmación de que todo el género (o conducta sexual) es cultural, lo que permitiría transformarlo del todo culturalmente, con un criterio de lucha de clases sexuales. Entre el todo y una parte hay una gran diferencia. De aquí se entra en terrenos a los que la falta de comprobación hace que se muevan bajo los pies: la aspiración a la reproducción sistemática mediante ingeniería biológica, la negación de la maternidad, el matrimonio y la familia y la afirmación del aborto y de que la vida privada debe ser controlada por la pública.

Ante todo esto, me siento en contra, porque yo no estoy contra la familia, que en la práctica me parece la mayor fuente de amor sólido con que contamos los humanos, aunque haya familias desastrosas; no estoy contra el matrimonio, que me parece que puede ser un compromiso de amor o afecto entre personas que se ven mutuamente como únicas, aunque haya tantos matrimonios fallidos (por eso defiendo también el matrimonio homosexual); estoy contra el aborto, porque es una invasión de la subjetividad por la objetividad; y afirmo que una garantía de la libertad personal está en que el Estado respete y se detenga ante un espacio de vida privada.

Todo esto no tendría demasiada importancia si sólo fuera una especulación, pero en España es una ideología hegemónica, que usa premisas correctas pero llega a conclusiones disparatadas, y que tiene la fuerza y el prestigio de los departamentos universitarios de estudios de género y la de los partidos que la han incorporado a su programa.

Se convierte así en nuestra nación en parte esencial del programa del nuevo socialismo, en política practicada por el poder y en adoctrinamiento por el Estado, en puesta en práctica obligatoria de la perspectiva de género y en un nuevo derecho sostenido en tan frágiles bases racionales.

Yo he aprendido el valor de la razón, por una educación fuerte, lo que me ha permitido permanecer bastante lúcido en este ámbito donde se ha llegado a la locura (sorprendentemente para mí, puesto que mi vida es tan radical; me encuentro de pronto parecido a Neo, de “Matrix”)

Sé que una parte del género es natural, lo que se llama sexualidad, y que todo lo natural se puede transformar como artefacto, pero debe estar justificado por la ley de la razón. Ésta tiene exigencias como el respeto en principio a la lógica de lo natural, cuyas implicaciones se nos escapan, y que cambiemos sólo lo que vaya siendo sin duda y sin inconvenientes un bien humano (como el parto sin dolor, por ejemplo)

Mi crítica al perspecivismo de género se centra entonces en que sus principios no son suficientemente críticos, sino que están distorsionados por partir de axiomas no confirmados y más bien falsados por la Neurología, y en particular la afirmación de que todo lo genérico es social o cultural (lo es en parte, pero no del todo); proceden de una disforia de género o disgusto por las insuficiencias del código de género, que comparto cálidamente; pero mientras las personas transexuales buscamos a un desajuste particular una solución particular, y las feministas saben que el código de género debe ser transformado profundamente, el radicalfeminismo (más radical que feminista) extrapola la transformación al límite, omitiendo todo control de racionalidad, excepto ese límite, llegando a afirmar que el género no debe existir. Muerto el perro, se acabó la rabia, decimos.

Las insuficiencias en el control racional de sus principios, su voluntarismo, limitan al perspectivismo de género, convirtiéndolo en una ideología, no mantenéndolo como teoría científica, aunque lo aparenta; siguiendo sus orígenes remotos en el existencialismo, es sólo aparentemente lógico, retórico y dogmático. Es ideología en el sentido en que éstas son intentos incompletos de racionalización voluntarista. Pero ha conseguido instalarse en las convenciones occidentales, alcanzar un estatuto de corrección política, parecer indiscutible, y de ahí extrae su fuerza política.

Ante la fuerza de esta equivocación, y sus terribles consecuencias lógicas, ahora me toca transformar mi activismo gay-lésbico-transexual, incluyendo la afirmación explícita de que los derechos gays, lésbicos y transexuales, se deben defender sin contar con la ideología perspectivista de género y aun declarándome claramente en contra de ella, por utilizar nuestra realidad al servicio de sus fines. Por ejemplo, mientras yo veo el matrimonio homosexual como una consecuencia lógica del amor o la amistad extrema, el perspectivismo de género lo ve como un medio para vaciar de significado el matrimonio heterosexual y, por medio de ello, demoler la diferencia de los géneros.

lunes, diciembre 31, 2007

Del año viejo al año nuevo



A veces es conveniente simplificar. Estoy entrando en distinciones obsesivas y debo volver a lo principal. Esto es lo que he descubierto y analizado muchas veces sobre mi personalidad:

Ambigüedad:

¿Es verdad que soy una persona algo ambigua? Sí, es verdad. Hay ciertamente un pequeño porcentaje de varones hipoandrogénicos -sensitivos, sensibles, sentimentales-y yo figuro entre ellos. El "test de los juguetes" que he inventado me lo demuestra. (Lo he puesto en CarlaAntonelli.com)

Disforia:

¿Es verdad que soy una persona disfórica? Sí, lo soy y mi disforia se centra en lo masculino muy definido y en la genitalidad masculina quizá como símbolo de todo ello. Esta segunda es la que me ha llevado a la operación. La inadaptación que es la disforia está entre lo más sólido que hay en mí y vuelve continuamente, aun cuando intento superarla.

Intentos de adaptación:

¿Es verdad que en mi niñez y adolescencia reaccioné ante el sistema ambigüedad-inadaptación o disforia, generando una serie de fantasías adaptativas -el Esclavo, el Príncipe, el Cambio de Sexo, el Grumete-, con las que pretendía conseguir aceptación y cariño? Sí, es verdad, y también que en tres de ellas subsistía la identidad masculina y sólo en una soñaba con un cambio de identidad.

Homoafectividad:

¿Es verdad que soy básicamente heterosexual, pero la falta y necesidad psicoevolutiva de afecto masculino, hace que sea muy homoafectivo -Walter, Philippe, Equis-, pero no homosexual, aunque la homoafectividad se deslice a veces hacia la sensualidad? Sí, es verdad; mis sentimientos se han relacionado siempre con varones.

Débil heterosexualidad:

¿Es verdad que mi agrado por la mujer no ha llegado a ser verdadero deseo, fuerte y estable, por lo que no hubiera podido establecer una relación duradera ni mantener una relación sexual con ella más allá de las caricias? Sí, es verdad y por eso no he podido ni querido casarme.

Transición positiva:

¿Es verdad que he conseguido cierto bienestar, estabilidad y equilibrio desde que he hecho mi transición y me he operado? Sí, es verdad. Esto es un hecho, que debe ser respetado como hecho, y también que, para situarla en sus términos reales, no puedo pretender asumir una identidad de mujer, que no es propia de mí, sino una identidad ambigua, que puede designarse con palabras como travesti o trans.

Pues ya está. Tengo que mantenerme firme en estos hechos, que no son hipótesis, ni interpretaciones, sino los hechos entre los que vivo.

domingo, diciembre 02, 2007

Reivindicación del travesti



Comienzo a dedicar esta página, especializadamente, a la identidad travesti. Va a ser una página para personas que se reconozcan como travestis, más que como transexuales. Un travesti puede quitarse la ropa de mujer y volver a vivir como un hombre. Pero sigue siendo travesti.

Entiendo esta palabra de la siguiente manera. Se refiere a una persona XY que mantiene una identidad masculina pero necesita expresarse con algunos elementos femeninos.

Los travestis -empleo deliberadamente el género masculino- pueden ser desde transformistas a drag queens, o transvestistas en la intimidad, o transgeneristas, e incluso en algunos casos pueden emprender diversas operaciones de reasignación de género.

Lo que les caracteriza no es la intensidad o la permanencia de los cambios de género que emprenda. sino la subsistencia de su identidad masculina de origen a la que se une la conciencia de los elementos femeninos que incorpora.

En eso se diferencia de la identidad de las transexuales, que propiamente son las personas XY que mantienen una identidad femenina y se identifican completamente con las mujeres.

La palabra traveti es la que primero aprendí a decir para describirme y la que más ternura despierta en mí. Ahora, al haber pasado ya dieciséis años desde que empecé una transición de género, es en la que me identifico.

Me alegro mucho de que siga utilizándose en la Argentina, para referirse a todas las trans que viven la terrible épica de la prostitución. Eso me hace hacerla mía aun con más fuerza, como un honor

Conferencia en la Universidad de Granada



Publicado previamente en http://CarlaAntonelli.com



No soy partidaria de la falsa modestia (se es lo que se es, ni más ni menos), de manera que voy a contar cómo fue la conferencia del otro día en la Facultad de Pedagogía de Granada.

La clase estaba llena de alumnos. La profesora me presento diciendo que “mis alumnos me adoraban”, lo que me alegró y pensé que era casi verdad: me querían y eso es más que suficiente.

Me senté en el borde de la mesa, costumbre de profesora, y empecé a hablar, rápidamente, de que ya se sabe cuál es la diferencia entre homosexualidad y transexualidad, la expliqué en pocas palabras para quienes no se hubieran enterado, y me metí en lo que he descubierto hace pocos días: que hay una identidad fáctica y una identidad desiderativa, pero que ambas son identidades (lo podéis ver explicado con más detalle en el “Comentario de la Semana” anterior)

También en pocas palabras, la fáctica es el concepto de lo que soy, que a veces es muy frustrante, y la desiderativa es el de lo que quiero ser, a veces como respuesta a esa frustración, por lo que no es un deseo cualquiera, es un ansia muy fuerte.

Lo que quería hacer, al empezar de esta manera, es que vieran que el fundamento de la transexualidad es común a todos los seres humanos; que no se creyeran que somos personas raras, sino que comprendieran que nuestras motivaciones son las de todos, aunque sean más intensas y radicales en nuestro caso: el descontento por lo que se es (algo normal), el deseo y hasta la necesidad de ser algo mejor.

Les expliqué que las identidades desiderativas pueden ser realistas o no realistas, pero siempre expresan lo que la persona es, aunque sea simbólicamente, y lo que le falta y por tanto desea.

Les puse como ejemplo de identidad desiderativa poco realista la de las muchachas que sueñan con ser modelos; les dije que, a lo mejor, novecientas noventa y nueve de cada mil no lo consiguen, pero que eso expresa una realidad afectiva: necesitan ser reconocidas como bellas por todos, necesitan ser deseadas y queridas para sentirse vivas.

También les expliqué que la misma persona puede tener varias identidades desiderativas, y les dije que en mi adolescencia formé tres, muy diferentes, unas más realistas que otras, pero no les concreté cuáles, porque no era el momento y para dar más suspense a la conferencia.

Ya entonces pasé a la segunda parte, más centrada en la transexualidad, y les dije que una decisión tan difícil se explica sólo si hay un verdadero conflicto (en la identidad fáctica)

Les insistí en que la palabra “conflicto” suena mal (nadie queremos tener conflictos), pero es algo profundamente natural, la vida es conflicto, e incluso para vivir necesitamos entrar en conflicto: para alimentarme, necesito por ejemplo comer gambas, lo que me hace entrar en conflicto con las gambas, pero tendría que decirles: “perdonadme que os mate, pero os necesito para vivir” (dicho sea de paso, lo mismo nos pasa cuando comemos vegetales, son células vivas las que tenemos que comernos para vivir, lo que es un conflicto también para las coles)

Por eso, que algo nazca de un conflicto es plenamente natural, y a los conflictos puede aplicarse en general el principio de que “lo que no mata, engorda”. Es verdad que pueden acabar con nosotros, es algo profundamente serio, pero si los superamos, crecemos en humanidad.

A mi entender, el conflicto más general para las personas transexuales es el de no sentirnos suficientemente valoradas, queridas o admiradas en lo que somos (lo que nos dice nuestra identidad fáctica) y buscar con ansia los medios para conseguirlo (nuestra identidad desiderativa)

Si por medio llega el pensamiento, para un muchacho, por ejemplo, de que las mujeres son más deseadas, queridas, valoradas, protegidas, admiradas que los hombres y que si él fuera así, los hombres lo mirarían con mejores ojos, ya está construido el esquema de la transexualidad (y más si en su situación fáctica se siente rechazado, no querido, desvalorado, amenazado, despreciado por los hombres)

Si la situación es duradera, su respuesta será también duradera y formará una transexualidad estable, que se queda formando parte de la personalidad, que es un recurso de supervivencia ante un conflicto grave.

Por ahí más o menos (por lo que recuerdo más lo que ahora añado) terminé mi exposición y pasamos a las preguntas. Los estudiantes me sorprendieron por su madurez y por los conocimientos previos que permitían que el diálogo fuera entre personas que sabían de lo que hablaban. Todas las preguntas, empezando por la que hizo para romper el fuego, una chica de negro de la primera fila, fueron interesantes.

En dos de ellas, planteadas por chicas que estaban más al fondo, mis respuestas fueron –ahora me doy cuenta- verdaderas, pero algo inexactas.

Planteé que el conflicto que genera la transexualidad puede deberse a que la persona, tal como es no se halla dentro de los estereotipos de género. Dije que el género es un continuo que va desde Schwarzenegger a Marilyn Monroe y que está claro que la mayoría de las personas no estamos en esos extremos, pero que en nuestra actual cultura funcionamos como si lo estuviéramos; hacemos de uno el modelo “varón” y del otro “mujer” y nos empeñamos en meternos en la casilla. Las personas que luego seremos transexuales nos sentimos más lejos del extremo y con menos ganas de meternos en él, “yo estoy aquí” (señalé más o menos cerca del medio, pero a la vez en la mitad masculina) y entonces, simplificamos también, y decimos “si no soy A, o si no puedo ser A, entonces sere B”, con lo que nos vamos de un extremo a otro.

Entonces, una de las alumnas vio que, si en la cultura del futuro estuviera más clara la idea de continuo, y cada uno pudiera decir con naturalidad dónde está, la transexualidad dejaría de tener razón de ser, porque por ejemplo los varones más femeninos se sentirían reconocidos y valorados como tales varones más femeninos y yo le dije que sí, creo que equivocándome en el momento. Es cierto que, si las variaciones de género son reconocidas por una cultura, los conflictos motivados por ellas se acabarán, y habrá menos razones para ser transexual, porque se podrá ser ambiguo con toda naturalidad, sin tener que dar el salto de identidad; pero he pensado ahora que tampoco quiero poner el énfasis en lo del continuo, porque sé que existen a) personas muy ambiguas que no son transexuales y b) personas transexuales pero que no son nada ambiguas, que son varoniles, vaya, y sin embargo necesitan cambiar de sexo, por ejemplo. Esto hace ver que lo decisivo no es lo del continuo, sino lo del conflicto; esas personas transexuales que digo, varoniles y como sea, han tenido en su niñez gravísimos conflictos que les han hecho rehusar cualquier forma de masculinidad.

Luego, un alumno de las primeras filas, casi treintón, me preguntó por lo de mis identidades alternativas. Le conté que, en mi niñez, formé tres ideales de futuro: uno, el cambio de sexo; otro, la admiración por los príncipes (tal como vi la vida de príncipe en “El Príncipe Estudiante”, una película que me hipnotizó), y que me hizo desear haber sido un príncipe, porque era admirados, deslumbrantes y queridos, lo que yo no era; y el tercero, el ser marino mercante, lo que yo me imaginaba en el puente de mando de un barco surcando las olas de noche.

Analicé los otros dos sueños; el segundo, evidentemente es irrealista, pero si se hubiera realizado en algún grado, siendo yo por ejemplo el hijo de un marqués ¿hubiera satisfecho suficientemente mis ansiedades afectivas? No lo sé, pero creo que sí.

El segundo, me parece arquetípico, según el concepto de Jung, un símbolo básico de la vida: el barco es un símbolo fálico, sin duda, y el mar es un símbolo femenino. Es un arquetipo masculino, se mire como se mire, y expresa la parte masculina de mi personalidad (aunque también había la necesidad de ser querido: quise ser también grumete, como el niño de “Capitanes intrépidos”, que encontró el amor de un padre en el marinero portugués que hacía Spencer Tracy)

Entonces lo dejé ahí, pero ahora añado: me voy a lo que dije antes sobre personas viriles que son transexuales debido a hondos conflictos. En mí puede haber esa forma de virilidad, pero también ha habido fuertes conflictos que son lo que me ha hecho transexual.

La profesora me pidió que hablase de mi militancia y de cuáles son las tareas que nos quedan, y respondí que ahora, en España, hemos conseguido todos los cambios legales que necesitábamos, o estamos cerca de conseguir los que nos faltan (cirugía por la Seguridad Social en todas las Comunidades), pero que la sociedad ha cambiado mucho menos, y todavía hay muchas discriminaciones en el ambiente; pero haber conseguido ya lo legal nos permite tranquilidad para centrarnos también en la tarea de estudiar lo que somos (que es la que nos puede dar fuerza moral)

Terminamos y los estudiantes empezaron a aplaudir. Yo estaba un poco triste, pensando en que otras veces, después de estas conferencias, esos aplausos han servido para poco. Les saludé con cortedad, pero los aplausos seguían y mis amigos, que estaban allí, me dijeron luego que fue un aplauso largo. La profesora me ha dicho después que la conferencia les había impactado y espero que eso sirva para conseguir lo que todavía no hemos conseguido, lo que le insistí a la profesora antes, a todos durante y a la profesora de nuevo después: la necesidad de que la Universidad española, como las anglosajonas, incorpore plenamente la transexualidad dentro de los estudios de género. Me ofrecí para cooperar con cualquier estudiante que lo quisiera. “Eso es poco usual”, reconoció la profesora, valorándolo. Hasta ahora, he podido cooperar a fondo sólo en una tesina. Ojalá dentro de poco lo pueda hacer en decenas de memorias, tesinas y tesis.

Compañeras



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Lo más parecido a las terribles experiencias de la mística que se puede tener en la vida diaria es la música. Hoy lo he comprobado una vez más metiéndome en un documental sobre los blues en Inglaterra, en el que ha participado gente como Tom Jones o Van Morrison, cantando, haciendo música y todo eso.

Digo que me he metido, porque como tengo la suerte de tener ahora un amigo músico, y sé cómo funciona su banda, todo lo he visto lleno de vida, a todos unidos en la percepción de algo que está por encima de sus vidas, esa música larga y lenta, quebrada y levantada, suave y rota, que te hace entender de verdad la vida y sentimientos tan hondos que no sabías ni que los tenías, realísimos, clarísimos, y a la vez inexpresables e inexplicables con palabras y por eso, y porque te saca de este mundo y a veces no te importaría ni morirte, digo que es lo más parecido a la mística que tenemos a nuestro alcance la gente corriente.

Como ahora sé cómo funcionan mi amigo y sus compañeros, que son músicos profesionales y muy entendidos de técnica, sé que cuando se reúnen por gusto en cualquier ocasión, no descansan de la música, sino que ponen sus guitarras por medio y aprovechan para tocar y cantar con todo su placer y dedicación, como si no lo hubieran hecho una y otra vez actuando los fines de semana.

Me doy perfectamente cuenta de que, entre bromas y risas, sentados espatarrados en los sofás, hartos de verse desde hace veinte años y sabiéndose de memoria, están unidos por su gusto, pasión, enamoramiento, por algo común a los cinco o seis, común y más grande que ellos, un infinito corriente abierto a todos, la belleza de cualquier vida vista desde dentro, entre cervezas y cubatas, y eso los hace de verdad compañeros y amigos, porque aman lo mismo.

Como sus personalidades están rotas por el amor, se ríen con facilidad, se abren, no entran en los juegos de poder y prepotencia de otro, no fardan, no son engreídos, lo cuentan todo con toda naturalidad, amores, ligues y fracasos, saben situarlo todo en una canción y por eso les dije una vez que, siendo un grupo de heteros, eran lo más parecido a los gays que he visto.

Y de vez en cuando me gustan y los deseo, simplemente porque me gusta lo que hay en sus cerebros, detrás de sus ojos, porque sé que lo comparto.

Me he dado cuenta de que mi sentimiento principal es el compañerismo, seguramente porque me faltó cuando hubiera debido sentirlo por primera vez, entre las cañas verdes de mi niñez.

Yo deseaba por encima de todo tener compañeros que me quisieran y a quienes querer y no lo tenía. Por eso los busco continuamente, en todo momento, de una manera tan natural que no me doy cuenta.

Recuerdo cuando me sentí compañera por primera vez y con orgullo de otros profesionales jóvenes como yo, en un intento de movimiento social o de sindicalismo, en los últimos años de Franco, quizá porque era la primera vez en que me sentí plenamente aceptada y con un sitio en la sociedad. Estoy viendo el aula acristalada en la que nos reunimos y han pasado cuarenta años.

Luego he sentido muchas veces lo mismo, una emoción suave, una fraternidad, cuando me he visto en las Asambleas de nuestra cooperativa, cuarenta personas unidas en un mismo destino laboral, los mismos problemas, las mismas alegrías y los mismos orgullos.

Me gustaba contar los años que me quedaban para estar con mis compañeros y constatar que eran muchos. Cuando ya fueron pocos, sentía la presencia de un corte como el de quien por una carretera se acerca a la barandilla que da a la playa y luego al mar.

Con esto, os podéis figurar mis sentimientos cuando por fin pude vivir en compañía mi transexualidad. La locura de los primeros años, cuando nos vimos entre amigos y amigas transexuales en Zaragoza, a San Sebastián, a Sevilla. La alegría de viajar en un auto en el que los cuatro ocupantes éramos transexuales, una condición tan poco frecuente fuera, y allí estábamos cuatro y de ver cómo nos saludaban los cerros y los llanos a nuestro paso. La paz, la íntima felicidad de convivir con mi amiga y mi amigo, como una familia, casi todo el tiempo juntos, de dormir en su casa, de viajar con ellos, de levantarme e ir a desayunar a la calle entre los árboles con ellos, de que estuviéramos juntos y fuéramos muy felices en la playa.

No creía posible vivir lejos de los y las trans. Eran mi mundo, mi aire, mi vida.

Cuando mis sentimientos se fueron depurando y me conocí mejor, esta unión se extendió a los amigos gays con quienes compartí muchas hermosas y cariñosas horas, sin ser yo gay. Pero nuestras niñeces se habían parecido y también nuestras adolescencias desconcertadas y nuestras juventudes locas y temerarias y reprimidas y sufridoras, todo a la vez.

Luego, la necesidad de ser yo misma o yo mismo por encima de todo me alejó de mis compañeras trans, dejándome vacía y como desamparada, lejos pero a gusto, olvidándome de todo, metida en otras cosas que no tienen nada que ver con las trans: política, historia, filosofía, etcétera.

Hasta que encontré la puertecilla por la que he podido volver a entrar en el jardín de la compañía trans. Ahora sé cómo soy y siento a muchas trans y travestis muy parecidas a mí. También, como con los gays, pero con mayor precisión, rememoro niñez y adolescencia y juventud. Me quiero figurar que todas, en más o menos, hemos compartido las mismas indecisiones y confusiones. Me digo que todas nos parecemos más de lo que nos diferenciamos. Una travesti pone su foto en blanco y negro de cuando tenía doce años delante de ti, y eres tú. El compañerismo, para mí, es casi como el amor. Desearía que nuestras almas entraran una en otra y saber cada vez más de mi compañera, aspirar a saberlo todo y ver parecidos y diferencias conmigo.

Eso es unión. Seguramente, no todas las personas sienten eso, ni siquiera es necesario. El noventa por ciento de mis compañeros en el aula acristalada, el sesenta por ciento de mis compañeros de la cooperativa, el treinta por ciento de mis compañeras y compañeros trans, supongo, me figuro, temo, a lo mejor me equivoco, que no saben lo que es esto y prefieren vivir por libre y por su cuenta. Pero les deseo que lleguen a sentirlo, porque es bello.

martes, septiembre 18, 2007

Desgracia o gloria




Publicado previamente en http://CarlaAntonelli.com




Agarraré el toro por los cuernos para hablar como tienen que hablar las personas. A primera vista, resulta sensato decir que ser transexual es una desgracia como otra cualquiera.

Una condición en la que, si no te decides o si no puedes, sufres toda la vida de una necesidad irrealizada, de un ansia esencial frustrada, tan fuerte que a algunas las lleva al suicidio o al intento de suicidio y, si te decides en la edad adulta, puede significar la pérdida de un buen empleo (o la renuncia voluntaria) y la subsiguiente subsistencia en una situación precaria; o el alejamiento de la familia; o la rotura de un matrimonio y el distanciamiento de los hijos, y a veces todo eso junto, o por separado en el mejor de los casos, parece desde luego una desgracia.

Y luego puede llevarte también a una mesa de operaciones en la que serán amputados órganos perfectamente sanos, lo que te dejará completamente estéril, aunque contenta.

Y que, en general, dificultará que formes pareja, por lo que en la vejez, como yo, será fácil que te encuentres sola y sin hijos.

Hoy, gracias a nuestra lucha, han desaparecido o se han atenuado muchos de los problemas sociales con que nos encontramos las y los transexuales. Hemos conseguido que los padres de los y las transexuales jóvenes les comprendan y que con su apoyo puedan ser tratadas con consideración en los institutos y las universidades, que puedan vivir como varones o como muchachas en ellos, hacer sus estudios, etcétera. En fin, un paraíso desde nuestro punto de vista de las generaciones anteriores. Pues bien, incluso así surgen los inconvenientes: al haberse acostumbrado a que les traten por igual, no se acostumbran a asumir que tienen limitaciones con relación a otros varones o muchachas y sufren angustiosamente por ello.

Algo de esto, mutatis mutandis, y desde luego atenuado con relación a lo nuestro, lo viven también los homosexuales, que pueden también querer no serlo por considerarlo igualmente una desgracia.

Es posible hacer una distinción fina y verdadera. En nuestro caso, la desgracia es la disforia que te hace sentirte inadaptado a un sexo que social y físicamente te corresponde; la transexualidad es la respuesta adaptativa a esa disforia y en este sentido es buena.

Pero lo único que hemos hecho es trasladar la desgracia un paso atrás. ¿Por qué me ha tocado tener que sufrir esta disforia?

Encima hay que aguantar sentimientos de culpa por las barbaridades reales que podemos haber hecho o imaginado y por el proceso en general, en la medida en que consideremos que hemos cedido y que hubiéramos debido mantenernos firmes; en fin; una desgracia.

(Desde luego, sinceramente lo digo, por todo eso, durante los años en que es posible, los de la niñez y la adolescencia, intentaría prevenir la transexualidad. Si es cierto, como supongo, que procede de problemas en la homoafectividad, que provocan la disforia, haría todo lo posible, al primer indicio, para ayudar al niño o la niña a mantener una homoafectividad equilibrada)

Sin embargo de todo lo dicho, es posible mantener una posición opuesta: la transexualidad es una condición difícil, pero positiva e incluso gloriosa.

Para comprenderlo, es preciso subirse hasta la filosofía, pero una filosofía que está en la calle, aunque no lo sepamos, en el día a día de nuestra cultura.

Para Foucault y los foucaultianos, que hoy inspiran la teoría de género dominante, la homosexualidad y la transexualidad no existen como tales, sino que son una forma extrema de transgresión.

Liberan al individuo de los códigos sociales opresivos, de la temática del poder y la conservación del poder que hay tras ellos, abren nuevas perspectivas humanas, indefinidas pero nuevas. Los y las homosexuales y transexuales no somos personas definidas por una condición y limitadas por ella, sino personas que tenemos una práctica sexual determinada como podríamos tener otra. Somos heraldos de la libertad.

No cabe duda de que se respira al oir esto. El aire fresco entra en nuestros pulmones. Y por otra parte, es real en el sentido de que está por doquier en nuestra cultura, de la GLBT primero, pero también de la general. Vas por Chueca o por cualquiera de las zonas gays de nuestras ciudades y lo ves en la forma de la cultura arcoiris. Lo ves al abrir el “Zero” o la “Shangay” o… Lo ves al entrar en esta Revista Digital. Lo ves el Día de Orgullo Gay y Trans.

Es cierto que todo esto es arriesgado, pues desafía incluso el orden natural de la procreación. Aunque se puede decir que el orden natural es mucho más flexible de lo que suponemos. Hablando de nuestros parientes próximos, los chimpancés y los bonobos, quienes siguen un orden natural estrictamente, los primeros son muy promiscuos y los segundos disuelven las tensiones con prácticas homosexuales y, sin embargo, están organizados de modo que procrean con naturalidad y aseguran la crianza de sus niños.

Por otra parte, sin libertad no hay amor. Quienes creemos que el amor pleno y absoluto es el único futuro que da sentido a nuestra existencia, hemos de ver nuestra disforia como, en efecto, lo que rompe los ataderos de códigos supuestamente naturales pero que no lo son, y al hacerlo nos libera y nos posibilita una vida verdaderamente amante sin constricciones sociales sobre cómo debemos amar.

El amor verdadero es libre y surge como surge, enfrenándose a menudo a todo. Jesús pagó su voluntad de amor enfrentándose con todo el orden legítimo o natural de su sociedad, con reyes, políticos y sacerdotes, códigos civiles y leyes religiosas. Quien no lo vea como Dios, puede verlo como arquetipo de la libertad del amor. Al final fue aplastado, como es lógico, por todos ellos, pero resucitó por lo menos en nuestra memoria. Se puede entender a Jesus Christ Superstar y sólo a él

jueves, septiembre 13, 2007

En orden



Pensé ayer en que sería bueno hacer un Manual de Transexología, lo redacté en sus líneas generales, unas pocas páginas, y lo puse en una página que tenía abierta, cuya dirección es http://transexologia.blogspot.com

Esperaba que se pudiera tener a la mano un resumen de lo que hoy se sabe con cierta seguridad, que es relativamente poco, como lo demuestra el hecho de que se pueda describir en pocas páginas (aunque quiero ir añadiéndoles otras)

Poner estas ideas en orden me ha sorprendido a mí misma. Por ejemplo, en la cuestión de las causas (la etiología), llevaba mucho tiempo oscilando de unas a otras, escribiendo de una manera que me parecía errática. Al poner en orden las hipótesis que se usan, he visto con claridad que todas son verdaderas, pero en ese orden.

Las primeras, las biológicas, son las menos importantes aunque no lo parezca. Hay montones de personas que son muy ambiguas corporalmente y no son transexuales.

Pero éstas primeras pueden ser la causa de que se pongan en marcha las segundas, de naturaleza psicológica: conflictos o traumas con el padre o los compañeros del mismo sexo.

Sin embargo, ni aun así es segura la transexualidad; para que se produzca, esos conflictos deben alcanzar un tercer plano, consistente en que toquen la identidad sexual, lo que hace necesario adaptarse, siendo la transexualidad esta adaptación.

Así me explico que haya personas nada ambiguas que sin embargo son transexuales. Sé de alguna que tuvo graves conflictos con su padre y debieron de llegar al punto de hacer casi necesaria la adaptación transexual.

martes, septiembre 11, 2007

Soy una amazona




A las 5.30 de la madrugada pienso que estoy más cerca de los homosexuales como varón ambiguo. Los siento parecidos, me siento a gusto con ellos, los deseo como compañeros aunque no deseo como ellos. Por tanto, si me puedo considerar un varón ambiguo, la lógica requiere que deje de llevar falda, cuyo significado ya no siento, que use pamtalones, que entre en los aseos de caballeros… Pero estas perspectivas ya me resultan insoportables. Quiero una consideración como varón ambiguo pero a condición de que estuviera reconocido que un varón ambiguo no es un varón como los otros. Y no es así.

A las 5.45 me pregunto con angustia cuál puede ser mi modelo de vida.

A las 6, me acuerdo de Isabelle Eberhardt, pero con escepticismo. Eberhardt vivió entre los tuareg del Sahara, cabalgó y galopó y guerreó con ellos. La imagino pequeña,esbelta, nervuda, vestida con sahariana -una chaqueta de campaña con grandes bolsillos, de lona ligera- y calzones de montar, polainas o botas, etcétera. Poco a poco me va interesando su imagen. No es la de la mujer apocada, oscura, febril. Es la de quien habla de igual a igual con los hombres, sin ser un hombre… y encima es admirada por ellos, deseada por ellos, sutilmente protegida por ellos. Erguida y fina como una planta silvestre.

Esta imagen cumple todas mis expectativas. Me sitúa en la ambigüedad, pero en otra. Mientras que la ambigüedad masculina es recesiva, porque tiene que expresar delicadeza, timidez, encierro, ésta es expansiva, se abre a la inmensidad del mundo y de las batallas. Es turbulenta y yo también soy turbulenta, aventurada, metida en mil combates, pero esperando siempre la delicadeza final, el beso que los selle y concluya.

No está sola Isabelle en mi memoria, también Amelia Earhardt, la aviadora, y Carolina, mi amiga, la princesa-guerrero de su imaginación. Me puedo meter con placer en las tormentas.

Resuelvo también una contraposición que me dolía, la de caballero, palabra noble y altiva, frente a dama, suave y pasiva. Recuerdo una contraposición mejor, la de las pruebas hípicas: jinete frente a amazona. Y me siento afín incluso a Safo, amante de ls mujeres y de los hombres, a unas y otros de distintas maneras y por distintos motivos, siempre grandiosamente.

domingo, septiembre 09, 2007

Valoración de la homosexualidad y la transexualidad




Ya sabemos que la homosexualidad y la transexualidad han sufrido una larguísima historia de ataques que culminaron cuando los católicos, violando cualquier caridad, nos quemaban vivos; no es que no hicieran nada por defendernos; es que incitaban a encender las hogueras; los islámicos, todavía hoy, nos ahorcan; todos, abusando del nombre de Dios y que Dios les perdone.

Eso apenas acaba de cambiar. Hay una corriente sexológica que ve la conducta homosexual como una alternativa de la heterosexual en una bisexualidad natural y generalizada. Puede ser; pero ese criterio, aplicado a la transexualidad, tiene que entenderla como proclamación de ambigüedad o como oscilación perenne entre los géneros, con lo que la definiríamos como una forma extrema de transvestimo.

Puede ser también. Es lo que yo estoy intentando, aunque me produce muchas tensiones, quizá porque no existe un ambiente cultural que favorezca este intento. Todo sigue siendo hoy demasiado binarista: o eres heterosexual u homosexual; o eres hombre o mujer, incluso como transexual. No se entiende en el fondo que seas bisexual y de género ambiguo (que es lo que me parece que yo soy)

Por otra parte, el constructivismo de Foucault nos pone por las nubes como modelo de transgresión contra el poder, que es lo que valora. Pero eso es más o menos como elogiarnos por gamberros.

También es posible otro punto de vista, más fuerte y eficaz. Nuestras historias personales muestran a menudo un daño afectivo muy fuerte sufrido durante nuesra niñez y adolescencia, edn relación con la lejania de nuestro padre o con la imposible integración con nuestros compañeros.

Sabemos que ese daño ha estado a punto de descomponernos. Pues atención: La homosexualidad y la transexualidad no son ese daño, sino la respuesta a ese daño, una reacción adaptativa, un acto de supervivencia.

¿Es eso malo?

Por eso, cuando los transhomófobos, en relación con el Día del Orgullo, nos preguntan "¿orgullosos de qué?", yo siento que la respuesta es: "¡De haber sobrevivido!"

Si este planteamiento es verdadero, debe tener muchas ventajas. Una de ellas es que elimina la discusión sobre si la transhomosexualidad debe prevenirse. Si fuera de origen biológico o psicológico, estaría llamada a desaparecer incluso la ambigüedad, porque en el futuro existirían técnicas para corregir desequilibrios prenatales o postnatales.

Pero si es una respuesta útil y reequilibradora frente a un daño, ¿es que los humanos estamos libres de daños? ¿Y no es bueno que instintivamente sepamos recomponernos, usando recursos tales como la homosexualidad y la transexualidad?

sábado, septiembre 08, 2007

Asexualidad





El centro de mi transexualidad es el rechazo al genital que había en mi cuerpo, del que no puedo entender ni aceptar la desagradable fuerza que lo afectaba de raíz. No podía ser un medio para relacionarme con otra persona, porque falseaba mi manera de ser, a la que le era ajeno y extraño.

Tampoco lo entiendo en otras personas: es un órgano que, si no existiera, me haría más aceptable y comprensible la naturaleza, aunque puede ser que lo que no entiendo sea la sexualidad misma o división de las personas en sexos y preferiría que nos reprodujéramos asexuadamente, en un puro abrazo de amor, en el que la mezcla de todos los fluidos del cuerpo trajera la generación.

Estos sentimientos me parece que son originarios de mí, correlativos a los planteamientos de mi soledad infantil, que duró siete años, y anteriores a los contactos sociales llenos de conflictos sexuales y afectivos que empezaron entonces. Son sentimientos asexuales y la transexualidad es una interpretación adquirida y posterior.

Es verdad que sólo la posibilidad de un amor perfecto y de un deseo intenso me hace querer que los cuerpos se interpenetren y las personalidades se fundan mediante un puente de carne que supere el simple contacto superficial de la piel con la piel. Pero no estoy segura de desear que las personas que se fundan sean distintas, sexuadas.

domingo, agosto 26, 2007

Un punto de equilibrio




No sé, pero conviene no exagerar. Yo estoy fundamentalmente bien y tranquilo ahora, dedicado fundamentalmente a temas que no tienen que ver con la transexualidad: historia, filosofía, incluso genealogía.

Vivo equilibradamente y en líneas generales mi vida, incluso como transexual, es agradable.

Sólo que no puedo evitar los efectos de una disforia multiforme y plurivalente en cuanto me pongo a pensar sobre cuestiones concretas de género.

Claro, que hay una respuesta obvia: pues no le des vueltas a la cabeza sobre esas cuestiones. Si puedes vivir agradablemente, en líneas generales, dedícate a las cosas que te agradan, mantén la idea de cierta ambigüedad que parece que tiene su fundamento, y déjate de complicaciones...

Pues eso haré. Como digo, soy fundamentalmente una persona equilibrada aunque la disforia supona un foco de desequilibrio, turbulencias e interés. Bien, pues soy una persona equilibrada y disfórica. Y a otra cosa.

lunes, agosto 20, 2007

Vacío e imágenes



Esta línea de pensamiento, la de que soy un varón ambiguo, me lleva al desastre psicológico.

Porque no impide que la disforia reaparezca una y otra vez. Me encontré, anoche, gritando en silencio:

"¿Qué soy? No quiero ser varón; no quiero ser mujer; (o no puedo ser varón; no puedo ser mujer)

"¿Qué soy entonces?"

Buscaba con angusta una definición y no la encontraba, porque ni siquiera la de varón ambiguo me dejaba en paz. Y ya no tengo tan fuerte la parte de instinto hetero que me hacía senir con placer mi fusión con una imagen de mujer.

El vacío aparecía ante mi mente al querer definir mi género. "Sólo soy una persona, un alma". Pero es triste, llegar a eso. No se puede amar el propio cuerpo, cuando lo ves tan desencarnado, ni pensar en que alguien pudiera amarlo.

Esta mañana, me desperté no menos angustiadamnte pensando en el vacío de la noche anterior. Pero hacis fresco, que me ayudó a pensar de otra manera.

Hay dos solas imágenes que me son gratas para asumirlas como mías.

Una es la que llamo de la solterona y que veo como una mujer alta, cincuentona o sesentona o lo que haga falta, el cabello canoso y con poco trabajo de peluquería, ropa práctica, algo descuidada, más bien sobria, que vive sola o casi sola en una casa entre limoneros y lleva en la mano una gran carpeta con acuarelas que pinta con gran dedicación. Es decir, prácticamente yo.

Entonces, el pensaminto de esta mañana fue: "Pues si me gusta ser como la solterona, seré como la solterona".

Ya me salvaba del vacío, ya podía definirme de alguna manera, realista.

Incluso puedo entender así mi parte bi, aquélla en que me interesan los hombres. Porque, con la idea de ser un varón ambiguo, me explicaba que me gustasen los muchachos ambiguos, como imagen de mí, por homoafectividad. Pero la verdad es que no me interesan sólo ellos. También me atraen los hombres muy fuertes, muy fuertes, temibles. El temor pone en mí un cosquilleo de entrega.

Y también los muy altos, los que son más altos que yo, aunque ya sea decir. He observado que se me debilitan las corvas ante ellos. Y eso no es una reacción masculina.

La otra imagen que me gusta para entenderme bajo sus trazos es la de aquella foto del muchacho que estaba sentado en un amplio sillón, bajo una casera lámpara de pantalla (todo eso es importante para mí), sonriente cn una sonrisa que expresaba cierta melancolía y cierta alegría, guapo, cara más bien cuadrada, suavemente angulosa, cabellos negros ´caídos sobre su frente, elegantemente vestido con traje, chaqueta y corbata. Lo que me fascinaba es que había sido educado como niña, por una cuestión de intersexualidad, hasta que a los dieciséis o dieciocho años sus genitales habían descendido espontáneamene.

Lo que me atrae de esa imagen sé que es la intersexualidad, la ambigüedad. Quizá pueda reconocerme más adelante en ella, aunque de momento, es suficiente imaginar el componente masculino de la ambigüedad, aunque haya también un componente femenino, para que la imagen me repela, para que resurja mi disforia, mi fobia a ser yo masculino.

¿Es más dinámica, de todos modos, esta imagen que la de apacible y querida solterona Sí. ¿Tiene más posibilidades de futuro y de entendiminto para mí que la de ella? También. Quizá me atreva a hacerla mía. ¿Pero cómo puedo evitar que lña disforia total, a dos bandas, me lleve de nuevo a la sensación de vacío que he sufrido esta noche? La única manera será quizás acentuarla conciencia de lo femenino que hay en la intersexualidad, más que la de lo masculino.

sábado, agosto 18, 2007

Madre Teresa



Durante meses o años me he ido separando gradualmente de mis amigas transexuales, hasta el punto de que ahora sólo mantengo algo de relación con una... dos... tres... cuatro... y de lejos.

Si me hubieran dicho hace años que esto llegaría, me hubiera parecido imposible.

La razón es que no me hallo en lo que se vive en el medio trans actual de España. Para mí, la transexualidad es una realidad dura, ¡y parece tan fácil lo que oigo!

Es un desgarramiento. Ojalá yo hubiera podido o sabido entrar en una vida corriente. Mi posición hubiera sido mucho mejor, hubiera tenido una compañera e hijos, sobre todo, hijos. No he podido y menos mal que a trancas y barrancas he salido adelante.

La operación ha salido bien y estoy en paz, ¿pero qué soy? ¿Una mujer? Yo digo que no. ¿Un hombre ambiguo? Sí, pero con muchos problemas.

Para mí, ser transexual es sufrir y por lo menos, sufro mucho menos después de la transición que antes. Por eso digo que es un desgarramiento y que su utilidad es la de vivir desgarradamente: sin asentarse, sin conformismos, sin bienestar, sin dormirse.

Es curioso que cuando pienso en las compañeras que lo tienen todo poco claro es cuando me siento solidario de ellas, por ejemplo, de las travestis de Argentina, travestis, es decir, de identidades no muy claras, como la mia, y que se ven obligadas a hacer vidas muy complicadas, para vivir a su manera.

Me gustaría estar con ellas y no digo que sufrir sus mil acosos, pero sí sentirme unida con ellas por algo más material que un pensamiento o unas letras. Sé que con mis años no puedo hacer mucho práctico, pero también que lo mejor que les podría ofrecer sería una amistad y un mate, yo en lo mío y ellas en lo suyo. Me interesaría todo lo que me contasen. Para mi, eso sería ser su Madre Teresa, es decir, encontrar por fin la paz.

Sueño



Hoy he tenido un sueño que me ha sorprendido porque hace tiempo que no tenía otro por el estilo.

Estaba en una azotea con una amiga. Yo llevaba un vestido verde camisero, apretado con un cinto, y los grandes bolsillos de sus lados, como los de los pantalones camperos, lo hacían tan ancho que era como si tuviera caderas.

Parecía guapa y atractiva con él. Mi cabello, castaño no muy oscuo, caía en una larga melena lacia.

Vagamente pensaba que ahora, aquello podía ser verdad en cualquier momento. Visto como mujer, es verdad que con ropas que no tienen nada de sexy, por lo que cuando quiera sólo tengo que salir de compras y buscarme uno de talla suficientemente grande para mí.

La amiga me manifestaba gran confianza y quería que fuéramos al vestidor para probarse no sé qué y que le diera mi opinión. Me daba remordimiento que ella creyera que su cuerpo me era indiferente, cuando no me lo era. El malestar de ese equívoco me ha acompañado siempre con las mujeres.

viernes, agosto 10, 2007

Reflexiones del día siguiente






Estoy asombrado al constatar que me agrada imaginarme que no tuve una circuncisión y que el órgano que había en mi vientre está intacto, cubierto con la piel por completo hasta formar un pequeño pellizco, ahusado, de color grisáceo. Es agradable andar por el pasillo pensando que está ahí, sentido como una pequeña presencia amigable.

(Todo esto es como un experimento mental, provocado por una imagen que ha llegado de pronto a mi cabeza, inesperadamente, aparte de que después de la operación de reasignación de sexo ya no sea real; pero me lo puedo imaginar)

También me agrada pensar que otros varones pueden tener un órgano semejante; me hace sentir la pertenencia de grupo, una afinidad cordial.

Mis sentimientos homoafectivos afloran con tanta facilidad –como sé desde hace quince años-, que en cuanto se centran en los genitales pueden dar lugar a una homosexualidad, basada en el orgullo por compartir esa presencia.

¿Es posible que éste sea el trauma originario, primigenio, fundamental, un trauma estético, pero eso es capital para mí, la fealdad resultante después de la operación de fimosis, con la ira subsiguiente y muy mía por deshacerme del todo de lo así estropeado?

¿Puede ser que esta ira me angustiase desde la fimosis, con ocho o nueve años, hasta la reasignación de sexo a loscincuenta y tres, como un rencor sordo, de fondo?

¿O puede tener razón Lacan en su estupefaciente y clarividente hipótesis de que la transexualidad, o mi transexualidad, no es más que el intento de convertirse entero en el falo, erguido y esbelto, incitado por el daño sufrido por el falo real?

¿En ese caso, ni las difíciles relaciones con mis compañeros habrían sido el trauma decisivo, como siempre me he imaginado?

¿He podido pensar que rechazaba mi órgano por ser como el de ellos, pero suponiendo que en ellos seria más o menos como el mío?

jueves, agosto 09, 2007

La transexualidad post-traumática




Al despertarme hoy a las 5.30, después de recordar a Dios, a quien le habia pedido esta claridad de pensamiento, se me viene a la cabeza una reflexión decisiva sobre mi manera de entender los genitales, tan básica para mi transexualidad, puesto que está fundada en rechazarlos intensamente.

El día que primero pensé en ellos en mi niñez, cuando se hablaba de la "pilila", un nombre inocente, me parecio pequeña e inofensiva, un órgano secundario que servía sólo para orinar, y que por eso merecía cierta ternura o condescendencia.

Lo que hoy me trastorna es comprobar por primera vez que, si hubiera permanecido siempre ahusada, cubierta por el prepucio, tal como era al principio, me hubiera agradado que estuviera en mi cuerpo y me hubiera seguido pareciendo una forma ligera y tierna.

Pero con ocho o nueve años tuvieron que hacerme una fimosis un poco más complicada de lo corriente, no sé por qué, incluso con una anestesia de éter (fue antes de 1950) que me aturdió y después me obsesionaba cada vez que veía colores agrios. La circuncisición me hizo ver aquel órgano como feo y ridículo y sentirlo como ajeno, como incompatible con las formas de mi cuerpo, finas y delicadas.

La transcendencia de este sentimiento es que me demuestra que mi rechazo a mis genitales no es originario, como debido a una incompatibilidad con una "imagen corporal" procedente de un cerebro poco masculinizado, como creia, sino post-traumático.

Hay dos traumas en la génesis de mi transexualidad, uno, el de los resultados de la fimosis, inaceptables como forma estética, pero inaceptables; el otro, la asociación de ideas entre esa forma y la experiencia de un rechazo profundo a ciertos varones.

La noción de la transexualidad como recurso post-traumático es interesante, porque la emancipa de lo directamente biológico y la convierte en un recurso adaptativo como tantos otros. Puedo ser algo ambiguo, como sensible y estetizante, pero no es eso lo que me ha hecho transexual, sino la reacción ante determinados traumas, cuya importancia para mí sólo yo puedo valorar, que han necesitado unas respuestas extremas para readaptarme y compensarlos.

miércoles, agosto 08, 2007

¿Por qué discuto conmigo misma?



¿Por qué discuto conmigo misma, por qué me contradigo de un día para otro?

Primero, porque tengo actitud científica o espíritu crítico hacia lo que yo misma me planteo, que me incita a revisarlo.

Más profundamente, porque me culpabilizo mucho con mi transexualidad; y a quienes se culpabilizan demasiado, les gusta encontrar culpas para poder arrepentirse o purificarse, que es lo que desean; en este sentido, las explicaciones psicológicas, como la de la homoafectividad, parece que dejan más margen al cambio que las biológicas, como la de la ambigüedad.

Pero también me deja insegura -o inseguro, ya sabéis que puedo decir cualquier cosa- sobre ésta su carácter aparentemente patológico. Una hiperandrogenia o hipoandrogenia en la edad prenatal, que en el futuro, de ser detectadas, podrían ser corregidas con una medicación. ¿Todo el complejo proceso emocional de las personas transexuales no sería más que esto? ¿A la humanidad le interesa tener sólo varones definidos y mujeres definidas?

La respuesta es no. La ambigüedad biológica lubrifica la vida social, al crear puentes o regiones intermedias entre Schwarzenegger y Monroe. En particular, genera sensibilidad en los varones y da determinación y energía a las mujeres. ¿Se puede definir el punto en que de una ambigüedad integrable se pasa a la ambigüedad transexual o radical? ¿Es bueno que se defina?

Por otra parte, este planteamiento no es muy apoyado por los estudios de género actuales por ser biologista. Cuando se piensa que el género es una construcción cultural, esta explicación de la ambigüedad como causada biológicamente contradice todos los supuestos, imcluso sobre la no-ambigüedad, o definición sexual. Pero la evidencia de estas afirmaciones está en la experiencia, y si ésta obliga a corregir las teorías, habrá que hacerlo, como se ha hecho siempre en la historia de la ciencia.

Me olvidaba

Al hablar del mecanismo homoafectivo de la homosexualidad y la transexualidad, olvidaba el papel que puede tener la ambigüedad de género o hiperandrogenia femenina e hipoandrogenia masculina, respectivamente, que me parecen irrefutables.

En la historia de un amigo transexual FtM no puedo dejar de reparar en su hiperandrogenia física y caracterial; su homoafectividad creo que fue cruzada -jugaba al fútbol con sus compañeros como uno más-, y su amor por las mujeres se sustenta n fantasías de protección, de tipo Tarzán y Jane, según el modelo heterosexual.

Aquí la causa es claramente la hiperandrogenia y sus efectos son la ginefilia, la homoafectividad cruzada y la transexualidad.

En mi caso, la conciencia de mi ambigüedad es precoz, aunque insegura y confusa, no me sentía mujer, sino varón diferente. Hay causas médicas que la explican en mi gestación. Eso es lo que impide mi homoafectividad hacia la mayoría de los varones, aunque permite una homoafectividad parcial hacia los varones ambiguos como yo o hacia los claramente protectores.

Esta homoafectividad parcial o condicionada explica también mi llanto al leer la novela de los guardiamarinas, limpios y autocontrolados. Pero mi homoafectividad no encontraba suficientes semejantes reales, ambiguos o correctos, por lo que el rechazo profundo hacia la mayoría de los vaones acabó coincidiendo con el rechazo funcional, hipoandrogénico, hacia mis genitales, que favoreció la operación, aun sin conciencia de feminidad.

Aunaue soy en principio heterosexual, mi hipoandrogenia me impide también una pulsión firme y constante, lo que favorece la reversión del impulso sobre la imagen femenina en mí, expresada en un transvestismo que se ha esfumado paradójicamente con la pérdida casi total de la pulsión heterosexual, dejándome insegura en cuanto a mi naturaleza.

Pero la ambigüedad o la hipoandrogenia me parecen verdadera la causa de todo; una masculinidad poco definida; mi especial homoafectividad es el efecto, no la causa de mi historia.






domingo, agosto 05, 2007

Explicación de la homosexualidad y la transexualidad mediante la homoafectividad




Me está pareciendo que el mecanismo que explica la homosexualidad tanto como la transexualidad es el de homofilia u homoafectividad, pero en un caso por intensidad y en el otro por carencia.

La homofilia u homoafectividad es un mecanismo de pertenencia o de grupo, común a todas las personas, que tiene como efecto formar la identidad de género, que es una identidad de grupo, o imposibilitarlo, si queda frustrado.

Es el sentimiento de "los niños con los niños y las niñas con las niñas", y el que explica que los hombres estén a gusto en las reuniones de hombres y las mujeres en las de mujeres.

La homofilia es un mecanismo necesario por tanto para afirmarse primero como persona sexuada y para formar después la conciencia de la heterosexualidad que, en los seres humanos, no es sólo un reflejo, sino un complejo pulsional.

En la homosexualidad, la homofilia es tan intensa, por haberla experimentado positivamente, que se sexualiza convirtiéndose en necesidad y se absolutiza, excluyendo del todo las experiencias heterosexuales. En los homosexuales varones se simboliza en el falo, como imagen que une todos los significados homófilos.

En la transexualidad, la falta de experiencia homoafectiva o la experiencia negativa de los sentimientos homófilos, produce una falta de identidad y por tanto una carencia de autoafirmación, que se compensa mediante una identificación cruzada que, si se forma antes de la pubertad, no está sexualizada, y si se forma después, se sexualiza.

Pero los sentimientos homoafectivos primarios pueden subsistir más o menos y expresarse también sexualizados en forma de amor a personas en las que es posible reconocerse o verse a sí mismo idealizadamente.

Si todo esto es cierto, añadiré que comprender una explicación no sustituye a una experiencia, pero la relativiza al comprender sus mecanismos. Homosexuales y transexuales vivimos una experiencia de plenitud en un caso, y hambre de llegar de nuevo a ella, y de frustración en el otro. No es posible renunciar a la plenitud ni hacer como si no existiera la frustración.

La experiencia homoafectiva existe o falta, estructura la personalidad, pero su interpretación se transforma. Un "te amo" se convierte en un "te necesito para existir" o un "quiero ser mujer" en un "quiero que me quieras".

Yo he llorado de emoción identificándome con unos guardiamarinas británicos, perfectamente uniformados de blanco, que navegaban por los Mares del Sur. También he llorado, repitiéndole "quiero ser mujer" a una amiga entre las pitas y chumberas de un monte de Granada. Es el mismo sentimiento, aunque parezca contrario, y comprenderlo, unifica la personalidad y ayuda a expresarlo relativizadamente.