Un Manual de Transexología (en borrador)
Hace varias semanas que estoy publicando en el Diario Digital Transexual CarlaAntonelli.com este Manual de Transexología (en borrador)
Se titula así, porque es la primera versión, que voy mejorando con las sugerencias de los lectores.
Hasta aquí está todo lo que va publicado hasta ahora.
PREÁMBULO
Me ha animado una querida amiga para que escriba lo que empiezo ahora, que es un “Manual de Transexología (en borrador)”
Todas las palabras del título tienen su razón de ser. “Manual”, porque espero que sea un utensilio manejero para los y las transexuales, en primer lugar, y también para quienes tengan que ver con nosotros: en el segundo e inmediato lugar, nuestras parejas, que son quienes más ligan sus vidas con las nuestras; nuestros hijos; nuestros padres y hermanos; nuestros amigos.
En tercer lugar, para los profesionales cuya ayuda requerimos a veces: psicólogos, médicos y cirujanos, incluso abogados, fiscales y jueces, profesores e investigadores y también periodistas y políticos, recordándoles siempre que la mayor autoridad sobre una persona es ella misma, y que, por lo que a la ayuda psicológica se refiere, defiendo con todo énfasis que un protocolo de reconocimiento sustituya al de autorización que hasta ahora se ha empleado.
La palabra “Transexología” designa una rama de la Ciencia, que deriva de la Sexología, y que parte como ella de la Historia, Antropología, Sociología, Psicología, Biología, Medicina y Lingüística.
“En borrador”, se refiere a que, si toda Ciencia está permanentemente en revisión y eso es propio del racionalismo crítico que la inspira, en el presente Manual esto es tanto más verdad, porque se está escribiendo según aparece en el Diario Digital Transexual de Carla Antonelli y está abierto a la reflexión sobre todos los comentarios, sugerencias y críticas de los lectores.
Una tercera observación lingüística es necesaria. Estas palabras están en castellano, y puede ser que este Manual sea uno de los primeros en esta lengua y en cualquier otra.
Parto del enunciado del “sistema sexogénero”, creado justamente a partir de la reflexión sobre las personas transexuales en “Sex and Gender”, la obra de Robert Stoller. Pero mi propia reflexión sobre la transexualidad me hace darle matices heterodoxos.
Finalmente, una cuestión de estilo: yo no uso lo de poner siempre “a” y “o” binarios; por principio, por una parte, e irónicamente, por otra, tendríamos que incluir la “e” ternaria. Me acojo al uso tradicional del idioma y a usar las formas femeninas y masculinas juntas cuando sea cuestión de cortesía, análogamente a en la regla del “tú y yo”.
ANÁLISIS LINGÜÍSTICO DE LA TRANSEXUALIDAD
GUIÓN. Un hecho de comunicación. Significado y significante. Significado múltiple y significante único. Crítica del significante: el binarismo.
La concepción más aventurada a la que he llegado sobre esta cuestión tan crucial para mí y para mis compañeras y compañeros, se funda en la “Teoría Semántica de la Transexualidad”, que formulé en 2000.
La transexualidad sería un hecho de comunicación; la práctica de la persona transexual consistiría en querer comunicar algo, usando el lenguaje de palabras y gestos que tiene a su disposición y no otro; este lenguaje usa a su vez conceptos, proposiciones y juicios que están determinados o limitados históricamente.
Nuestro lenguaje transexual es lo que usamos en nuestra transición para que vaya más allá de lo personal y tenga alguna forma de relevancia social: palabras, hechos, manera de vestir, manera de identificarnos en la red o en la calle y hasta intervenciones psicológicas o médicas en distintos planos: apoyo, hormonación, cirugía plástica o genital. Con todo ello, comunicamos a los demás lo que queremos que sepan.
Al formular esta teoría, situé la cuestión en el terreno lingüístico, el del significado y el significante, y al hacerlo, se desdobla el hecho transexual en dos planos: el de lo que se quiere transmitir y el de lo que se transmite, división muy útil para el análisis.
Desdoblémoslo.
En la primera parte, la del Significado, encontramos una multiplicidad de hechos que se pretende comunicar. Pondré en primer lugar los que corresponden a la definición tradicional, creada en el siglo XIX, “anima mulieris in corpore virile inclusa” (“alma de mujer encerrada en un cuerpo de hombre”), que habría que completar con un “animus viris in corpore mulieris inclusus”, adoptando de paso la terminología de Jung ("anima" y "animus")
En su simplicidad, de alguna manera expresa un sentimiento común a las personas transexuales, más estable o menos, el de que nuestra manera de ser se ajusta más a la del sexo que no nos corresponde que al que externamente parece el nuestro.
Es un hecho que las transexuales sentimos en nosotras, en más o en menos, más definida o no, un "anima mulieris", o alma más o menos femenina, y que los transexuales sienten, también en más o menos, más definido o menos, un "animus virilis", o ánimo masculino.
La expresión completa, con la palabra "inclusa", encerrada o encerrado, desde luego sugiere un drama metafísico, el del ser interno encerrado dentro del ser externo, el alma o el ánimo limitado por el cuerpo, atemperado por la verdad del sentimiento, que podría ser que un análisis más contemporáneo encontrase que puede ser menos extremado.
Pero hay que mencionar esta frase no sólo porque es una definición histórica que ha tenido un éxito inmenso, sino porque todavía es la dominante, incluso dentro de nuestra propia manera de entendernos. Y para hablar de transexuales (o de homosexuales, a quienes en principio se aplicó) me parece que pensar en un encierro es una enorme simplificación. La impresión que puede deducirse de "no-naturalidad", de drama, vendría de entenderla así, no de que la transexualidad sea un drama.
En lenguaje moderno, tal expresión intuitiva puede traducirse en términos acordes con la lógica biológica, con lo natural, diciendo que se refiere a la hipoandrogenia en personas XY e hiperandrogenia en personas XX, todavía no suficientemente estudiada fisiológica ni anatómica ni conductualmente, pero ya afirmada suficientemente, y comprobable fácilmente en la práctica.
En general, este hecho se sitúa objetivamente dentro de la intersexualidad, aunque subjetivamente se siente a menudo como una feminidad o una masculinidad en el plano cerebral, cruzadas en relación con el fenotipo masculino o femenino, respectivamente. Hasta aquí, es posible entenderlo dentro de la fórmula tradicional del “anima mulieris” (o “animus virilis”)
Entra dentro de los parámetros naturales que exista una diferencia de flujos androgénicos en la gestación, lo que llamo hipo- e hiperandrogenia en relación con los valores medios. Mi idea es que si esta diferencia es bastante definida, genera naturalmente disforia con respecto a un modelo binario abstracto, no real, y entonces surge la transexualidad, que por tanto es natural, pues lo no-natural es el modelo binario. La consecuencia inesperada, más natural todavía, es que las personas transexuales no debemos seguir el modelo binario en nuestra manera de expresión.
Hablando de hipo- e hiperandrogenia hablamos por tanto de “anima mulieris” o “animus virilis” con diferencias sólo de grado.
La identidad cruzada primaria, que se forma hacia los tres años, puede ser un efecto de la hipo- o hiperandrogenia casi inconsciente o incluso producirse sin que haya esta diferencia.
En el primer caso, se habla de niños que les parecen niñas a sus mayores o de niñas que les parecen niños; se puede suponer una interiorización profunda de tales percepciones externas, testimoniadas por frases como “¡Qué niño tan guapo! ¡Qué lástima que no sea una niña!”, memorizadas a través de los años (esta concreta la recuerda de sus cuatro o cinco años quien luego fue transexual)
El hecho de que el aspecto infantil pueda parecer del otro sexo se debe sin duda a una hipo- o hiperandrogenia. Pero en estas historias, llama la atención la precoz asimilación de esta circunstancia en forma de identidad cruzada, o de fisuras en la identidad lineal.
Otras veces, la identidad cruzada se puede deber a una identificación afectiva, sin necesidad de que exista hipo- o hiperandrogenia. En historias en que existe una fuerte afectividad cruzada, no compensada con la lineal, es posible que se genere una identidad cruzada muy temprana, incluso desde los tres años, que sería la identidad primaria de esa persona, que en opinión de Kohlberg es irreversible.
La edad de formación de la identidad cruzada, como se verá, resulta muy importante para entender las modalidades de la transición de género. Puede hablarse de una simple identificación, cuando no se ha formado una identidad lineal previa, hacia los tres años, o de una desidentificación, cuando se ha formado y hay que negarla, de los ocho a los catorce años, aproximadamente.
También se incluye en el Significado un mecanismo psicosocial de resistencia a las exigencias del binarismo, que tiene que ver con el estrés o la frustración que pueden gravitar durante años sobre hombres ¿y mujeres? heterosexuales, cargados de responsabilidades de género –trabajos agotadores, angustiosos- o fracasos sexuales, que llevan al extremo y a la práctica una reflexión muy frecuente sobre la fatiga de ser hombre o mujer y el deseo de verse en la otra función para liberarse de tantas tensiones.
Es posible que esta reacción extrema se dé en particular en personas débilmente identificada con su género y su sexo, como puede darse en hijos que no han llegado a querer parecerse especialmente a su padre o su madre, según el caso.
Pero estas personas pueden no ser en absoluto hipo- ni hiperandrogénicas, y a veces recurren sólo a un transvestismo ocasional, entendido como evasión o desahogo; pero si el estrés o la frustración son suficientemente graves y duraderos, este transvestismo ocasional puede también estabilizarse, formar una identidad secundaria y asumir las formas del Significante Transexualidad.
En la escuela psicoanalítica se ha formulado también, que yo sepa, al menos una hipótesis sobre una dinámica profunda que puede estar presente en algunas formas de empleo del Significante Transexualidad, sola o junta con alguna otra. De acuerdo con el psicoanálisis, es preciso disponerse a entrar en dimensiones de la realidad muy básicas e inconscientes para entenderla. Jacques Lacan, en efecto, postuló una identificación con el Arquetipo de la Forma del Falo (arquetipo es el símbolo de una realidad mental, no la cosa en sí en que se inspira), entendido como el símbolo del Uno frente a la multiplicidad, el Ser frente a la nada, el Poder frente a la impotencia, el Yo frente a lo que no es yo. Esta identificación requiere la forma pura y paradójicamente los genitales masculinos suponen una ruptura de esa línea pura, por lo que se desea eliminarlos para que no impidan su impulso; eliminar el falo físico para poder identificarse con la forma simbólica del falo universal, que representa el Yo, el Ser, el Poder.
Esta concepción, que procede de Jung más que de Freud, tiene a su favor algunas experiencias que parecen abonarla, que espero explicar en su momento. Jung, descubridor del concepto del inconsciente colectivo, que ve los mismos símbolos expresados culturalmente en formas muy distintas, habría reconocido este símbolo, de acuerdo con Lacan, en formas como el “lingam” o monolito o la “stupa” o santuario de la tradición budista.
Si en el campo del Significado se da una pluralidad de hechos, la transexualidad se da como un Significante único.
La Comunicación se realiza usando los medios disponibles que siempre están limitados por los conocimientos y las técnicas disponibles en cada momento histórico. En nuestro tiempo, el Significante Transexualidad se define así: Personas XY que viven como mujeres y personas XX que viven como hombres.
En estos fines del siglo XX y principios del XXI sobrevive un concepto exclusivamente binarista del sistema sexualgenérico, según el cual no hay nada más que Hombre y Mujer, Masculino y Femenino, y nada en medio (o lo que hay se niega)
Éste no es un concepto universal, puesto que no corresponde a la realidad (continuamente nacen personas intersexuales), sino propio de nuestra civilización particular, de alguna otra y no de todas.
La falta de una concepción no-binaria o continuista en nuestra civilización ha provocado en particular todos los conflictos sociales vividos por homosexuales y transexuales; pero también ha provocado que la reacción ante los hechos antes descritos haya sido particularmente rígida.
Las personas que sufren las consecuencias del binarismo disponen en nuestra cultura sólo de los mismos conceptos binarios para liberarse de él. Si no soy Hombre, tendré que ser Mujer, o viceversa, sin que se vea el casillero Intersexo. Si la hipo- e hiperandrogenia configuran una de las innumerables formas de intersexualidad, las personas que están en este caso no tienen referencias ni nombres ni ropa ni palabras para una conducta apropiada más exactamente a su naturaleza y disponiendo sólo del esquema Hombre-Mujer, han de acogerse a la transición total de género o a la operación de reasignación de sexo, la más extremadamente binarista. Otras culturas, como algunas indias de México, y la de Samoa, proveen con naturalidad de un estatuto de la persona intermedia, que vive tradicionalmente respetada y útil, sin necesidad de plantearse operación alguna.
(La cirugía de reasignación de sexo puede ser deseada y hasta necesaria para el equilibrio y el bienestar personal, por determinadas razones; pero cuando esta necesidad no se dé como tal, será mejor eludir la CRS por la simple razón de que será un acto quirúrgico menos en la historia personal)
Dentro de la estructura de Significado y Significante, cabe estudiar ahora si el Significante “Transexualidad” es el mejor.
Puede aducirse en contra que indica el cambio de una situación sexual a otra, y en este sentido es binarista. Pero también se puede leer poniendo el énfasis en el significado de transición, referido a personas que sexualmente se encuentran en el espacio intermedio entre los dos extremos, y entonces el término es ternario y no-binarista.
Dado que todo lenguaje es convencional, se puede aceptar esta convención, cuyo contenido puede ser suficientemente lógico.
Puede plantearse, de acuerdo con la práctica anglosajona, la sustitución de la palabra “Transexualidad” por “Transgenerismo” y “Transexual” por “Transgénero”.
Este cambio no funciona en castellano. La desinencia –ismo suele referirse a opciones en ideas o estilos artísticos y la transexualidad no es una opción ni es una idea filosófica o religiosa ni un estilo.
Por otra parte, “Transgénero” es una palabra lingüísticamente masculina, y por tanto difícil de aceptar identitariamente para las personas feminizantes. En cambio, la palabra “Transexual” acepta lo mismo el artículo masculino que el femenino.
Se puede también discutir el alcance de la palabra “Transexualidad” y preguntarse si puede incluir las prácticas transgeneristas y las transvestistas.
Pensando en primer lugar en el fondo de la cuestión, se observa que estas prácticas a menudo no son excluyentes ni definitorias en cada persona, sino que con frecuencia se dan sucesivamente, incluyendo las prácticas transgenitalistas, y en cualquiera de los sentidos: de más a menos o de menos a más.
Pero también en cuanto a la forma, a la palabra en sí. Si damos a la palabra “sexo” el sentido contemporáneo de “sistema sexogénero”, quiere decirse que incluye todas las dimensiones del sexogénero, más allá de la genitalidad. Y por tanto es posible usar la palabra “Transexualidad” en el sentido antes indicado de transición dentro del sistema sexogenérico.
SEXO, SEXUALIDAD Y GÉNERO
1. SEXO BIOLÓGICO
GUIÓN. Las variaciones del sexo. En el plano cromosómico. En el plano hormonal. Hipoandrogenia. Hiperandrogenia. El binarismo. El no-binarismo o secuencialismo. Conjuntos difusos.
Puesto que hablamos de la transexualidad o bien como estado de transición entre dos sexos o bien como movimiento de transición o paso de uno a otro, es preciso recordar algunos conceptos para entender bien el significado de esta transexualidad.
Sexo es biológicamente una forma de reproducción más avanzada que la reproducción asexual de los organismos primitivos. En éstos, la carga genética se reproduce indefinidamente, sin más cambio que las mutaciones. En la reproducción sexual, los genes se intercambian y recombinan a cada generación.
En la reproducción sexuada se distinguen cromosómicamente individuos XX y XY, y dos funciones, la fecundación y la concepción, macho y hembra. Pero ambos factores no van siempre unidos. En los insectos, el macho es XX y la hembra XY, mientras que en los vertebrados, el macho es XY y la hembra XX.
Pero no todos los individuos son XX o XY. En la especie humana, se conoce una gran variedad de dotaciones cromosómicas individuales: X (0), XXY, incluidos los llamados mosaicos, en los que hay varias X y varias Y.
Este nivel cromosómico del sexo (palabra que significa separación, escisión) produce a continuación un nivel hormonal.
En los vertebrados, el embrión es inicialmente indiferenciado. Si tiene el cromosoma Y, genera andrógenos que lo diferencian en sentido masculino. Es decir, la forma inicial es la femenina y la masculinización la transforma. Pero la corriente de andrógenos puede ser menos o más fuerte. Si es menos fuerte, el embrión se masculiniza menos (es la hipoandrogenia)
Como también el embrión XX genera andrógenos, en menor proporción que el XY, esa corriente, ese chorro, puede ser físicamente menos o más fuerte. Si es más fuerte de lo habitual, el embrión XX se masculiniza más (es la hiperandrogenia)
Hablaré más adelante con más detalle de la hipoandrogenia en personas XY y de la hiperandrogenia en personas XX.
De momento, señalaré que todas estas realidades dividen a los animales sexuados, incluídos los humanos, en dos conjuntos difusos (conjuntos sin una línea clara que separe a sus elementos, sino que están formados por una agrupación mayor de elementos en el centro, que se van diluyendo gradualmente hacia la periferia)
Esos dos conjuntos son el que podemos llamar Macho y el que podemos llamar Hembra. Pero como son difusos, muchos de los elementos del prmero se van acercando al segundo y muchos de los del segundo al primero, hasta llegar incluso a la existencia de algunos que no pertenecen ni a uno ni a otro.
La existencia de esta aureola de elementos distantes del centro, hace que no se pueda hablar de que existen sólo Machos y Hembras, Hombres y Mujeres. Se puede decir, en cambio, que hay seres más o menos masculinos, seres más o menos femeninos, y seres más o menos intermedios.
Por eso, suponer que sólo hay Hombres y Mujeres es erróneo. A este error se le puede llamar Binarismo. La verdad es más compleja, puesto que tiene que integrar a las personas más cercanas y más lejanas de los centros de ambos conjuntos difusos. Se le puede llamar No-Binarismo o, quizás, Secuencialismo.
2. LOS SEXOS BIOLÓGICOS COMO CONJUNTOS DIFUSOS
GUIÓN. Teoría de los Conjuntos Difusos. Más o Menos. Un gráfico imaginario. La diversidad biológica es adaptativa. La intersexualidad es natural.
Con este primera reflexión, se observa que queda sitio en la realidad para los animales y las personas que estamos más o menos en medio de los centros de estos conjuntos difusos de los sexos.
En la Teoría de los Conjuntos Difusos, descubierta por Lotfi A. Zadeh en 1965, la expresión Más o Menos se vuelve un concepto central; se es más o menos hombre, más o menos mujer, más o menos intersexo, y esto es un hecho generalizado.
(Aquí debería haber un gráfico de los Conjuntos Difusos Sexuales que voy a describir, pero cuya realización es todavía hipotética, puesto que, según creo, nos faltan las medidas de la androgenización en la edad prenatal y sobre todo en poblaciones cuantitativamente significativas. Pero lo que yo creo que veríamos, cuando tuviéramos esas medidas, sería lo siguiente:
Sobre una ordenada que representaría las hipotéticas cantidades de andrógenos recibidas por cada ser humano en la fase prenatal (dato que no es todavía mensurable) se representarían los individuos mediante puntos. Analizando una población estadísticamente bastante grande, se observaría que el centro de esos Conjuntos no estaría en los extremos de su representación gráfica; hay hombres hiperandrogénicos y mujeres hipoandrogénicas, en relación con las pautas estadísticas centrales de unos y otras; pero quizá, la mayoría de los hombres y la mayoría de las mujeres, aun estando más cerca del centro propio que del opuesto, naturalmente, ocupan las zonas centrales del gráfico.
Y la verdad es que la especie humana necesita esa gran variedad de impregnaciones androgénicas, sin que se pueda decir que ninguna cantidad es la ideal y la que debería ser la única. No está el ideal en que todos los hombres, mujeres e intersexos seamos iguales, ni siquiera dentro de estas situaciones. Biológicamente, se puede decir que conviene la diversidad porque es adaptativa. Intuitivamente, se puede considerar que conviene que haya camioneros, supuestamente hiperandrogénicos, y conviene que haya bailarines, supuestamente hipoandrogénicos; y cuidadoras de enfermos, quizá hipoandrogénicas, e investigadoras, quizá hiperandrogénicas)
La importancia de estas consideraciones reside en ver que las situaciones intermedias entre los valores centrales de los sexos son la regla, no la excepción. Y conviene decirlo con toda claridad, que no son contranaturales, sino completamente naturales; no se trata de enfermedades, ni de vicios o pecados, sino de una realidad inscrita en las reglas de la naturaleza y que conviene a la especie.
2. SEXUALIDAD
CONSIDERACIONES GENERALES
Al hablar del sistema sexo-género, no se suele aludir a la sexualidad, que sin embargo tiene entidad propia dentro de él.
La palabra “sexo”, dentro de ese sistema, alude a lo genético, lo anatómico y lo fisiológico, es decir, a lo corporal, en forma y funcionamiento interno.
La “sexualidad”, dentro de ese mismo sistema, sería la conducta genéticamente determinada y por tanto invariable una vez establecida.
El “género” sería la conducta culturalmente determinada, y por tanto variable.
La escuela de Foucault, muy seguida desde los años noventa, considera únicamente la existencia del sexo y el género, por lo que llega a la conclusión de que toda la conducta sexual humana es cultural y por tanto variable. Por eso cree que debe ser deconstruida o analizada en términos culturales y transformada con criterios racionales, fundados en la racionalidad colectiva o política.
Esto vale para el género, pero es inadecuado para describir la sexualidad y entenderla.
Los contenidos de la sexualidad son muy pocos, pero muy fuertes, poderosos y constantes, como arraigados en la misma estructura genética y hormonal del ser individual.
Entre ellos, pueden mencionarse las pulsiones, o impulsos biológicamente determinados, como puede serlo el hambre en otros ámbitos corporales, cuyo equivalente es la líbido en el espacio sexual.
Pero aquí deben ser registradas las pulsiones sexuadas, es decir, aquéllas que son diferentes según los sexos, por ejemplo, la pulsión de penetración activa y la pulsión de penetración pasiva.
En los humanos, como en muchas otras especies, aunque quizá no en todas, la mayor cantidad de andrógenos va unida a la mayor acometividad o agresividad. Ésta debe considerarse, por tanto, como una pulsión sexuada. Para comprobar la realidad de la misma, fuera de lo cultural, mencionaré sólo la distinta acometividad de las focas machos en comparación con la de las hembras, o la de los toros en comparación con las vacas. Ciertamente, no se trata de que focas hembras o vacas no sean agresivas: es que son menos agresivas.
Éste es un punto que la escuela de Foucault, presente en el feminismo de la igualdad, no en el de la diferencia, no está dispuesta a aceptar para los seres humanos. Pero se trata entonces de negar la realidad, por coherencia ideológica, no científica, y la negación de la realidad no puede ser útil.
Recordaré en este punto solamente, para el ser humano, la extensa formación de deportes competitivos masculinos, que interesan a miles de millones de varones en estadios de todo el mundo, porque suponen una canalización de la acometividad, en relación con las menores dimensiones del mismo fenómeno entre las mujeres. Y no basta con aducir razones culturales: en Occidente hace mucho tiempo que las mujeres tienen abierto el deporte de competición y no se interesan por él tanto como los varones.
Puede también mencionarse otra realidad más hipotética, que no sería una pulsión, sino una forma de conciencia biológicamente determinada, que ha sido denominada como “imagen corporal” y que corresponde a la conciencia del propio cuerpo sexuado, formada en paralelo con su sexuación, es decir, que conforme se va formando el cuerpo sexuado, se va formando la conciencia del mismo, como base de la conducta que se formará a continuación.
LA SEXUALIDAD DE LAS PERSONAS TRANSEXUALES
En algunas personas, su transexualidad puede tener que ver directamente con la sexualidad, entendida la palabra en los términos precedentes.
Se puede observar empíricamente que en muchas personas homosexuales la pulsión de penetración puede estar cruzada, siendo pasiva en muchos varones homosexuales y activa en mujeres homosexuales. Está claro que, como estas personas homosexuales no son transexuales, el cruce en la pulsión de penetración no explica por sí solo la transexualidad.
En las personas transexuales, para serlo, debe haber un elemento de identidad cruzada que analizaremos después al tratar del género y que no se da en las personas homosexuales. Pero este cruce pulsional puede ayudar a que se forme la identidad de la persona transexual.
Para que las personas transexuales que sigan este Manual puedan partir exactamente de los términos de esta argumentación, diré que pulsión no es igual a capacidad. Todas las personas transexuales son fenotípicamente –externamente- normales y eso las diferencia de las personas intersexuales que pueden presentar singularidades fenotípicas. Por tanto, la capacidad de penetración activa o pasiva, de manera lineal, o coherente con el fenotipo, existe siempre. Otra cosa es que exista un hambre de ella, una pulsión.
Puede ser incluso que exista un hábito de penetración activa o pasiva, sin que exista la pulsión, puesto que existe la capacidad. Puede ser incluso que el hábito sea estimulante, en cuanto que produce un placer físico, aunque no se desee en si y sea hasta desagradable moralmente –pero tristemente placentero.
La experiencia secular de tantos homosexuales, obligados culturalmente a casarse heterosexualmente, muestra que en la práctica esto es posible. Pero insisto en que esto no es todavía el punto en el que empieza la transexualidad.
La transexualidad parte de una cuestión de identidad. Por eso, sólo si el cruce de las pulsiones de penetración activa y pasiva, precisamente por verlas cruzadas, contribuye al sentimiento de desajuste con la identidad asignada, podrá hablarse de ese cruce en la sexualidad como una de las explicaciones de esa transexualidad.
Es decir, reduciéndolo a una especie de fórmula, cruce de las pulsiones de penetración + disforia = una forma de transexualidad .
(Y aún hay que suponer que haya otras formas de transexualidad compatibles con una pulsión de penetración lineal)
Si no existe, en este punto, una disforia (desajuste, disgusto, desadaptación) no habrá una transexualidad, sino una forma de homosexualidad (puesto que también hay, ciertamente, homosexualidades lineales desde el punto de vista de la pulsión de penetración, hombres que desean penetrar homosexualmente, muy en especial; desconozco si existe la realidad simétrica en las mujeres homosexuales)
En este punto, puedo aducir precisamente el testimonio de un amigo, transexual masculino, muy hiperandrogénico, que siente profundamente la pulsión de penetración activa y sufre fuertemente la frustración correspondiente, lo que debe contribuir sin duda a su disforia y explica que sea transexual.
En cambio, la mayor o menor acometividad o agresividad, aun estando sexuadas como ya expuse en las Consideraciones Generales sobre la Sexualidad, y aun pudiendo estar cruzada, no parece contribuir directamente a la disforia y, por tanto, no parece tener que ver con la transexualidad.
La razón de esto puede estar en que es una cuestión cuantitativa, más que cualitativa. Los sexos masculino y femenino son ambos acometedores y agresivos, aunque en distintas proporciones. Pero no existe una línea clara de diferenciación, y por tanto, nadie se sabe como masculino o femenino a partir de la acometividad, que también es muy difícil de medir en cada persona (depende de las circunstancias, a veces tan aleatorias como el estreñimiento, que provoca mayor agresividad)
Por tanto, la propia acometividad o agresividad es difícil de medir y, por consiguiente, no provoca directamente disforia.
Sin embargo, mencioné antes una derivación de la agresividad, de la que no suele haber conciencia de que lo sea, y que puede alentar indirectamente las cuestiones de identidad y por tanto la disforia.
Me refiero a los deportes de competición, en los que la pulsión de agresividad se transforma en juego y por tanto se canaliza inofensivamente. Su misma estructura muestra las fantasías sexuadas que hay tras ellos: se trata de dos equipos –dos ejércitos- que combaten (incluso en el aparentemente tranquilo ajedrez) y se trata de ganar o imponerse.
Su significado masculino está en las muchedumbres muy predominantemente de varones que rugen ante ellos. La mayoría de las mujeres se sienten indiferentes ante tales combates.
No hay que excluir que haya también varones a quienes no le interesen, generalmente porque pueden desahogar su acometividad de otra manera –por ejemplo, practicando ellos mismos deportes de riesgo, motociclismo o escalada, por ejemplo, en los que se pelean contra la naturaleza, o en su misma actividad profesional, que puede ser un verdadero combate diario.
Sin embargo, un varón al que no le interesen estos combates deportivos ni se muestre especialmente combativo, puede ser hipoandrogénico, condición que no excluye su masculinidad ni su heterosexualidad.
Pero si la ausencia de interés por los deportes se vuelve una cuestión de identidad, por sumarse a otros hechos de conciencia, entonces puede reforzar la identidad cruzada, o transexualidad.
Más decisiva es, para eso, si podemos incluirla en la sexualidad, la cuestión de la imagen corporal.
Se refiere a la que podemos formarnos mentalmente de nosotros mismos y, en este contexto, de la relacionada con nuestros caracteres sexuales primarios –los genitales- y secundarios –mamas, timbre de la voz, barba, etcétera.
Se supone, porque esto todavía es sólo una suposición, que desde que la persona nace y crece va aceptando esos caracteres y sus cambios como coherentes consigo misma. Sus pulsiones cerebrales coinciden con el funcionamiento de sus órganos, lo que le hace aceptarlos y disfrutar de ellos.
La hipótesis siguiente postula que en algunas personas, la hipo- o hiperandrogenia con la que se forman en la edad prenatal, determinaría la formación de estructuras cerebrales incompatibles con la forma y funcionamiento de esos órganos, lo que le haría rechazarlos y sufrir con ellos.
Desde luego, aquí tendríamos la explicación de la más profunda disforia, la genital, que empuja hacia la mesa de operaciones. Sin embargo, hay que recordar que hay otras clases de disforia, que producen una transexualidad que no necesita la operación. Una de ellas puede ser la ya expuesta que deriva de las cuestiones identitarias añadidas al cruce de las pulsiones de penetración. Otras tienen que ver con cuestiones de género que luego expondré.
En el ejemplo antes mencionado de un transexual masculino, pude entender que su hiperandrogenia muy marcada, su pulsión de penetración cruzada, su ginefilia, tuvieran también que ver con una imagen corporal en la que no había lugar para las mamas, que deseó operarse y se operó con gran alegría.
Esta conducta, biológicamente determinada de una manera patente y por tanto, parte de la sexualidad, muestra diferencias cualitativas con las mujeres homosexuales, incluso hiperandrogénicas, que aceptan plenamente su imagen corporal; en ellas no hay diferencia entre las estructuras cerebrales y las del resto de la realidad sexuada.
3. EL GÉNERO
CONSIDERACIONES GENERALES
GUIÓN. El género es un hecho cultural. El Código de Género. Los cambios culturales. Fases de la evolución social y cultural. Variaciones del Código de Género en cada fase.
El género es la conducta culturalmente determinada asociada al sexo.
Cultural quiere decir aprendida, variable; la sexualidad en cambio es innata o no aprendida y fluye con la fuerza y la fijeza del instinto.
La distinción entre sexo y género viene, como es digno de ser anotado, de la obra de Robert Stoller “Sex and Gender” (1968) sobre la masculinidad y la feminidad, en el que partió de su experiencia con personas transexuales. En efecto, es entre las personas transexuales donde más claramente se puede ver la diferencia entre lo uno y lo otro: personas de un sexo fenotípico que siguen la conducta cultural o de género que corresponde al otro.
Sin embargo, como podemos saber precisamente nosotros, las personas transexuales, la diferencia entre lo uno y lo otro no es tan nítida; suelen existir intersexualidades ocultas a simple vista que la pueden explicar; el espacio entre el sexo y el género lo forma la sexualidad, conductual como el género, pero innata como el sexo.
Por ser cultural, el género constituye un código en el sentido propio de la palabra. Es un código no escrito, como la Constitución británica, de los técnicamente clasificados como consuetudinario, pero un código real, y más específicamente un código penal, con sus prescripciones y sus penas.
Como el género es cultural, es también social, puesto que la cultura es social. Para entender el género, hace falta por tanto entender previamente cómo funciona la sociedad. Estas reflexiones, en este Manual, resultan por tanto completamente necesarias aunque parezca que se alejan de la cuestión central. Se alejan, sí, pero para comprenderla mejor y más profundamente.
El género, hecho cultural, es variable por definición, diferenciándose según las distintas fases del desarrollo cultural de una sociedad.
Puede verse en sus cambios una estructura, como la que definió Vere Gordon Childe (siguiendo y rectificando a Marx), que distingue entre una infraestructura tecnoeconómica (sociedades recolectora, cazadora, agraria, mercantil, industrial; hay que añadir la informática) y una superestructura de formas de conciencia, de gobierno y costumbres, entre las que se incluiría el Código de Género.
En lo que al Código de Género se refiere, se puede observar:
1), una relativa indiferenciación, igualitaria, en las sociedades recolectoras primitivas, en las que todos consiguen el alimento con técnicas elementales comunes;
2), una fuerte diferenciación en las cazadoras, en las que las dificultades de la mujer (embarazo y crianza) para las técnicas de caza de grandes animales llevan a la primera división del trabajo, entre varones y mujeres, y a la primera subordinación de unas a otros;
3), la invención de la agricultura por las mujeres y la formación de sociedades agrarias más igualitarias e incluso matriarcales;
4), la nueva pujanza de los varones en las sociedades mercantiles o urbanas, que requieren duros trabajos en minas y talleres y largos viajes, y la consiguiente inhabilitación económica de las mujeres;
5), el principio de la liberación de la mujer en las sociedades industriales, donde el trabajo en las fábricas se puede hacer casi por igual por unos y otras; y
6), la más profunda igualación en la sociedad informática, cuyas tecnologías son accesibles por igual a hombres y mujeres.
Esta verdad es la base de estas reflexiones sobre el género y sobre la relación de la transexualidad con el género.
En cada una de estas fases se observa por tanto que el Código de Género varía, e incluso que forma una parte esencial de la constitución no escrita de esa sociedad.
Más adelante, se verá cómo las personas variantes de género se acomodan también a esa división estructural.
Pero aún dentro de cada fase social, se pueden distinguir diferencias importantes en el Código de Género debidas a diferencias en las formas de conciencia que pueden surgir en ese plano tecnoeconómico.
En especial, más allá de los conocimientos estrictamente científicos y técnicos, se producen variaciones fundadas en la religión y la filosofía.
En las sociedades modernas, y en el mismo seno de cada una de ellas, se pueden observar estas diferencias religiosas y filosóficas en relación con el entendimiento del género, más cerrado o más abierto, más severo o más relajado, aunque también se observa la tensión estructural, que hace que en todas ellas, por necesidades económicas que superan los planteamientos ideológicos, las mujeres se vayan incorporando a la enseñanza y las profesiones técnicas y humanísticas.
El Código de Género siempre es variable por tanto, y sus variaciones pueden ir de la mayor diferenciación de los papeles de género a la mayor equiparación.
Recuérdese que en nuestra misma sociedad, en su fase mercantil o preindustrial, el Código de Género era tan severo que muchos de sus preceptos se convertían en ley escrita, en los ámbitos civil y penal: la minorización de la mujer casada, que necesitaba de la firma del marido para todos los negocios civiles e incluso para viajar; la penalización del adulterio, que afectaba exclusivamente de hecho a la mujer; en épocas recientes, la homosexualidad estaba penada con la cárcel (Oscar Wilde) y, en otras más antiguas, con la muerte (hogueras de la Inquisición)
Junto con las leyes escritas, había también como es lógico estrictas reglas no escritas que determinaban incluso unas formas de hablar femenina y masculina y unas formas de moverse muy diferenciadas. La pena de reprobación social se aplicaba en épocas casi contemporáneas a las mujeres que fumaban y que usaban pantalones. Los varones afeminados eran mucho más duramente reprimidos o humillados.
En resumen, para entender las variaciones del sistema sexualgenérico es preciso entender primero las del conjunto de la sociedad. Los datos históricos aportados, del autor de los conceptos de Revolución Neolítica (o Agraria) y Revolución Urbana (o Mercantil), basados en el de Revolución Industrial y que han dado después paso al de Revolución Informática, son particularmente útiles para entender la parte de la transexualidad que tiene que ver con los hechos de género, que son sociales, culturales e históricos.
2. EL GÉNERO DE LA TRANSEXUALIDAD
GUIÓN. La transexualidad en los códigos de género. Formas variables históricamente. En la sociedad recolectora. En la sociedad cazadora. En la sociedad agraria. En la sociedad mercantil: la marginalidad transexual. En la sociedad industrial: técnicas médicas y quirúrgicas. En la sociedad informática: actitudes rompedoras y nuevas tecnologías.
Según lo expuesto hasta ahora, dentro de un sistema sexualgenérico que no sea binarista, la transexualidad es un hecho que tiene dimensiones en el sexo, en la sexualidad y en el género.
En el sexo (lo anatómico y lo fisiológico) la transexualidad puede estar en condiciones corporales no observables a simple vista pero sí en estudios más detallados que descubran una feminización del cerebro XY o una masculinización del cerebro XX.
Estos estudios se están planteando hace ya tiempo, sus conclusiones no son irrebatibles (todavía) y corresponden en general a las situaciones fisiológicas que aquí hemos simplificado con los nombres de hipo- e hiperandrogenia.
En la sexualidad (la conducta pulsional asociada al sexo) se puede observar una diversidad de reacciones asociadas especialmente con la hipoandrogenia, tales como debilidad de la líbido, u orientación cruzada en relación con el sexo fenotípico o externo.
Estas condiciones se expresan en el género (como conducta cultural asociada al sexo) y, como era de prever, varían según las variaciones culturales.
En la actualidad, quizá no por mucho tiempo, sobreviven todavía, en nuestro mismo planeta, culturas de todas las fases de la evolución histórica, por lo que se han podido estudiar antropológicamente muchas de las variaciones de la transexualidad en cuanto al género.
Se puede decir que todas las culturas reconocen la existencia de la transexualidad, aunque sea para condenarla, pero la transexualidad muestra algunas variantes notables según las culturas.
No tenemos datos de la transexualidad en la cultura recolectora primitiva. Si la desnudez es la regla, y su evidencia irrefutable, ¿cómo se expresa la disidencia? Sin embargo, parece que en un pueblo tan desnudo y primitivo como los patagones, que vivían en la transición entre recolección y caza, se daba una asombrosa feminización ritual, quizá fundada sólo en las pinturas corporales, que mostraría que algo tan abstracto como el convencimiento era capaz de superar la evidencia de los sentidos.
Sí tenemos muchos datos de la transexualidad en la cultura cazadora, procedentes de los indígenas americanos, y recogidos desde el siglo XIX. Recordaré de entrada que en ella no se distinguía entre transexualidad y homosexualidad, pero que eran las actitudes transexuales las que creaban la pauta de la forma de integración social. También se debe observar que estas culturas no fueron binaristas, aunque fueran muy sexistas, pues estuvieron siempre dispuestas a reconocer la existencia y la forma de vida de personas divergentes de la sexualidad mayoritaria.
Esas culturas, que se extendieron a lo largo de miles de siglos –una cifra inimaginable para quienes estamos acostumbrados a hablar de veinte siglos-, fueron muy sexistas pues en ellas se produjo la primera división del trabajo social, que fue entre el varón y la mujer, el primero, proveedor de alimentos –la carne- y defensor del pueblo, y la segunda dedicada a tareas secundarias, como la elaboración de las pieles. En estas condiciones técnicas se produjo la primera devaluación de la situación de la mujer, que pasó a ser menospreciada por sus dificultades para la caza y la guerra.
En ese cuadro cultural, la aceptación voluntaria de un papel femenino significaba generalmente una fuerte degradación social para las transexuales feminizantes, lo mismo que la simétrica reclamación de un papel masculino significaba un realce social de los transexuales masculinizantes, plenamente aceptados como guerreros y cazadores.
No compensada la situación de las mujeres transexuales por la maternidad, la humillación que les reservaba esa cultura sexista se interiorizaba como abyección y ridiculización. Así se creó también la pauta que luego ha vuelto a formarse en otras culturas sexistas. Sin embargo, hay algún relato de una transexual que cabalgaba y combatía, señal de que las formas culturales se pueden adaptar a las circunstancias.
Hace diez mil años, cien siglos, se elevó el primer respiro para las mujeres genéticas y las transexuales. Las mujeres genéticas, o quién sabe si unas y otras, en unos tiempos de crisis climática que afectaron a la caza, inventaron la siembra de la semilla, convirtiéndose en las principales suministradoras de alimentos, y desplazando los vegetales a la carne, hecho técnico de tan inmensas consecuencias, que dio lugar a la Revolución Agraria, considerada la más transcendental de la Historia.
En su nuevo papel de suministradoras principales de comida, la consideración de las mujeres creció mucho, quedando los hombres y la caza en una función secundaria, no exenta, por parte de las mujeres, de cierta condescendencia. Esas sociedades, si no matriarcales, se volvieron matrilineales y las abuelas marcaron su existencia.
Pero al mismo tiempo, en otras sociedades, fueron los hombres quienes crearon la ganadería, como forma de emanciparse de los límites de la caza. Estas sociedades cambiaron poco, en relación con las cazadoras, en cuanto al Código de Género, y llegaron a formar un patriarcalismo sexista que acabó por condenar la transexualidad-homosexualidad, una actitud cultural que acabó pasando por encima de otros cambios técnicos.
Porque la siguiente fase, la de la Revolución Mercantil o Urbana, hace unos seis mil años o sesenta siglos, acabó favoreciendo de nuevo a los varones. Centrada económicamente en la existencia de excedentes agrarios –superproducción de semillas- creó el intercambio y con él la industria, la minería, los mercados y la vida urbana o de mercado. Hacía falta realizar largos viajes, navegaciones y trabajos duros en los detalles y las minas, incompatibles con el cuidado de los niños. Así, los varones se convirtieron de nuevo en los principales aportadores a la economía familiar y las mujeres fueron recluídas en la casa.
En esta fase, las tradiciones ganaderas concordaron con las mercantiles nuevas, mientras que las agrarias diferían. La transexualidad fue negada, o rebajada socialmente de nuevo, acompañando las transexuales la suerte general de las mujeres y acentuándola por no ser capaces de maternidad.
Sin embargo, las formas de género de las transexuales en esta fase tomaron muchas formas, aunque todas marginales: desde la prohibición total, acompañada del exterminio (Inquisición) a las hieródulas o prostitutas sagradas de muchos templos, tanto mujeres genéticas como transexuales, a las galas de Cibeles en la Roma antigua o las jayras (en grafía inglesa, “hijras”) de la India, que viven en comunidades, “las más marginadas de los marginados”.
Menos dramática en apariencia fue la situación de los “mariquitas” de Andalucía, de los siglos XIX y XX, viviendo en una sociedad atrasada y preindustrial, que conseguían un último sitio social y hasta cierto cariño condescendiente usando las habilidades sociales de la gracia y, cuando mucho, las del artista del cante o el baile. Sin embargo, siendo la mayoría de ellos homosexuales y no transexuales, su afeminación era interesante porque exploraba un tercer camino.
En esos tiempos, las técnicas para la transformación sexual eran sólo cosméticas y de vestido, aunque en algunas sociedades se recurría a la castración o incluso a los durísimos procedimientos de las jayras de la India, consistentes en la emasculación total con un cuchillo, expuesta después a toda clase de infecciones, incluso mortales -riesgo asumido por tantas personas, durante siglos, que se puede ver, dicho sea de paso, como una prueba de la fuerza de la disforia.
Sin embargo, estos recursos eran en el fondo binaristas, aunque las sociedades que los reconocían fueran, por reconocerlos, continuistas. Recurrir a tales formas de cirugía primitiva significa concebir sólo la existencia de hombres y mujeres y aceptar que, si no se puede ser hombre, habrá que ser mujer y asemejar el cuerpo lo más posible al de la mujer (la alternativa complementaria, de mujer a hombre, sólo se planteaba por medio de las ropas)
Ha habido que esperar a que avanzara la siguiente fase, la Revolución Industrial, comenzada hace sólo trescientos años, tres siglos, para que desde fines del XIX comenzaran a alzarse voces más respetuosas, que llegaron incluso a distinguir entre homosexualidad y transvestismo (el grande y valiente Magnus Hirschfeld, en el siglo XIX) y transexualidad en fechas siguientes, ya del siglo XX. Harry Benjamin lanzó este nombre en 1953, tomándolo de David O. Cauldwell, que lo creó en 1949.
Pero fueron los hechos de Stonewall, en 1969, iniciados por travestis, los que empezaron a crear respeto para homosexuales y transexuales. Nuestras condiciones de género cambiaban. Nuestras Asociaciones se defendían. La imagen de género válida durante siglos del homosexual-transexual humillado y ridiculizado terminaba. Nuevas formas de expresión de nuestra realidad de sexo y de sexualidad se hacían posibles.
La tecnología de la sociedad industrial ha creado la endocrinología y la cirugía transexual, haciendo posible por primera vez en los largos siglos de la historia humana una transformación corporal segura y regular. Sólo hace unos decenios que han empezado a generalizarse las técnicas de hormonación y de cirugía estética, plástica y de reasignación genital, en condiciones médicas reguladas y normalizadas. La primera operación conocida fue la que se realizó en Alemania en 1930 a Lili Elbe, aunque la unión de hormonación y cirugía comenzó con la serie de operaciones que Hamburger efectuó a Christine Jorgensen en 1952.
Acelerándose el cambio técnico a grandísima velocidad, hemos entrado hace una treintena de años en una nueva fase de la Historia, la Revolución Informática, que ha creado un nuevo sector de la economía, el Cuaternario, información más telecomunicaciones. Accesible esta forma tecnoeconómica por igual a hombres, mujeres e intersexos, puede romper, aprovechando estos sentimientos aurorales, radicalmente con las formas de género ya arcaicas. Transexuales fuertes, seguras y respetadas empiezan a verse por todas partes y los transexuales conquistan los derechos que les eran negados. Incluso una nueva definición de transexualidad se entrevé, no la que signifique la transición desde un extremo del sistema sexualgenérico al otro, sino la que se instale como transición, diferente del uno y del otro.
En la forma informática de la sociedad en que vivimos se vislumbran otras posibilidades. Desde la aplicación a la transexualidad de la biotecnología –hermanos/hijos por clonación, y en un inmediato futuro desarrollos de órganos por células madres- hasta vivencias virtuales por hologramas de sucesivas generaciones y más adelante en aplicaciones cibernéticas o ciberbiológicas; en este cuadro de potencialidades que romperán los límites del sentido común, que no es más que lo que hemos considerado habitual en la época industrial, se puede prever también una redefinición del mismo concepto de transexualidad.
En un contexto presidido por la individualidad –que lo diferenciará del colectivismo de la sociedad industrial, no será desusado que se multipliquen las actitudes rompedoras del género (o rompegéneros, anuladoras del Código de Género), individualistas, en las que cada cual creará o adoptará su propio modelo de género, o lo socializará por el estilo de las actuales tribus urbanas, en modelos de red.
La difusión de la Teoría Queer, desde los años noventas, presagia esa liberación de las formas binaristas, tanto en cuestiones de orientación como de identidad. Formulada sobre la base de Foucault, postula que los conceptos de homosexualidad y heterosexualidad, homosexual y heterosexual como categorías excluyentes, son constructos culturales. Por extensión, lo mismo se puede decir de los conceptos de “cisexual” (todavía casi inexistente como concepto: la persona que permanece y quiere permanecer en su sexogénero de origen) y transexual; la rigidez de la distinción entre uno y otro es también binarista.
El nuevo modelo sexualgenérico lo ha visibilizado Cesc Gay en su película “Kránpack”, cuyos personajes viven de forma completamente desinhibida y hasta despreocupada sus relaciones afectivas y sexuales; lo mismo se podría ver en actitudes identitarias que partan del primer “fuckgenderism”, todavía beligerante y desafiante, para llegar a formas tan definidas como indefinidas, pero distendidas y socialmente reconocidas.
Este reconocimiento social de la indefinición, puede disminuir la necesidad, todavía sentida actualmente, del reconocimiento mediante la hormonación y la cirugía y abrir puertas para la reconciliación personal con la disforia. Cuando las realidades sexualgenéricas personales puedan ser expresadas con naturalidad y reconocidas con respeto desde la escuela, sin necesidad de encajarse a la fuerza dentro de un rígido .
binarismo, se habrá pasado del actual dramatismo de las expresiones transexuales a una vivencia verdaderamente libre.
SEGUNDA PARTE. LA EXPERIENCIA TRANSEXUAL
=I. LÍNEAS GENERALES DE LA EXPERIENCIA TRANSEXUAL
Hay personas transexuales que lo son desde alrededor de los tres años, edad en la que se forma la conciencia de sí y por tanto la identidad de género. Estas personas se han sentido por tanto del otro sexo desde siempre, con toda naturalidad. Kohlberg piensa que la identidad formada en ese momento es irreversible (aunque yo pienso que puede desarrollarse, aunque no se pierda, en una segunda identidad)
Hay personas transexuales que lo son desde la adolescencia, edad en la que es preciso enfrentarse con la realidad del sexo. En medio de las turbulencias de esa edad, pueden añadir la inadaptación a su primera identidad y la necesidad de transformarla o desarrollarla en la segunda identidad a la que antes me refería, lo que suele suceder en medio de grandes sufrimientos personales.
Hay personas transexuales que lo son desde edades superiores, desde la juventud a la madurez y la vejez, en las que empiezan a tomar conciencia de que querrían cambiar su posición en el sistema sexualgenérico. Las formas de esta transición son muy variadas, y los motivos para necesitarla pueden ser muy distintos, por lo que deberán ser analizados con detalle.
Sigo en esta exposición los criterios que expuse en un largo artículo, titulado “Identificación, desidentificación, identidad”, que se puede consultar en la red, y que sigo considerando acertado
Las tres edades en que puede comenzar la experiencia transexual siguen procesos de desarrollo algo distintos.
Antes de seguir aclararé que se trata de procesos mentales o psíquicos, más que biológicos. Como se verá, no es cuestión de que la persona sea “más mujer” o “más hombre” por el hecho de haber empezado primero su evolución transexual. Es sólo que han tomado conciencia de su necesidad de transitar antes o después, por razones que todavía no comprendemos suficientemente. Estamos hablando por tanto del reflejo que se forma en la mente de una realidad, no de la realidad misma.
TRANSEXUALIDAD POR IDENTIFICACIÓN
Empezando por la más temprana edad de su formación, la primera niñez, la identidad que se forma es completamente natural y primaria. Los niños y niñas que la forman suelen esperar que, creciendo, se desarrollarán como las otras niñas o niños que ven a su alrededor. No hay sensación de disforia (disgusto, desajuste, desadaptación) en sus sentimientos. Con naturalidad, se integran a jugar con las otras niñas o los otros niños, de manera cruzada, quieren tener sus juguetes y se sorprenden cuando sus padres se los niegan o les regañan.
Los niños fenotípicos que están en este caso juegan con los grupos de niñas y rehuyen los de niños, mientras que las niñas fenotípicas suelen distinguirse jugando al fútbol o en otros juegos entre los niños. Sin embargo, pronto empiezan los choques con la realidad social, que no es otra que el Código de Género vigente. Los niños fenotípicos pueden empezar a ser insultados por los otros niños, persuadidos de que su feminidad es una debilidad, y lo que es más grave, regañados e incluso rechazados por sus propios padres, imbuídos del Código de Género binarista. Las niñas fenotípicas, que suelen tener más éxito entre sus compañeros por su masculinización, entendida como fortalecimiento, suelen tener problemas sin embargo en sus familias al negarse obstinadamente –e indignadamente- a ponerse ropas de niña.
Las presiones del Código de Género binarista pueden ser tan fuertes, que estos niños fenotípicos, al llegar a la adolescencia, suelen ceder, considerando haberse equivocado, e intentar adaptarse a su sexo fenotípico. No es raro que empiecen procesos de hipermasculinización, eligiendo profesiones hipermasculinas, como militar o camionero, entregándose a la gimnasia culturista o dejándose crecer la barba. Historias paralelas no suelen darse en las niñas fenotípicas, por no experimentar tantas presiones del Código de Género para el cambio.
Es decir, estas personas transexuales, desde una edad temprana, pueden intentar, al llegar a la adolescencia y la juventud, una transición a la inversa, integrándose en la sociedad conforme a su sexo fenotípico. Tal proceso de negación, aunque no libre de amargura, se hace con criterios racionales y no compulsivos y, llegado el momento, puede culminarse de buena fe con un matrimonio heterosexual y con la procreación de unos hijos.
Sin embargo, este intento no se sostiene en profundidad y suele llegar a su término en unos cuantos años. Entonces, la persona transexual tiene que deshacer las capas protectoras con las que se ha revestido frente a las amenazas del Código de Género, lo que no suele ser fácil y da lugar a una fase de verdadera disforia (o angustia radical, al ver que se derrumban las defensas construidas y todo un modo de vida)
Sin embargo, una vez aceptada la propia primera identidad, el resultado es de extrema seguridad, y la persona transexual volverá a encontrarse con naturalidad en su primer entendimiento de sí.
TRANSEXUALIDAD POR DESIDENTIFICACIÓN
La evolución de quienes forman su conciencia transexual en la adolescencia es casi la opuesta simétrica de la anterior.
En la niñez, forman una identidad lineal con su fenotipo con toda naturalidad, Pero gradualmente pueden encontrar razones para la disforia de género, que no es más que el desajuste, disgusto o desadaptación ante el Código de Género vigente.
Esta inadaptación llega a su grado máximo en la adolescencia, cuando el descubrimiento de la vida sexual y las transformaciones sexuales del propio cuerpo generan profundos rechazos.
Tales sentimientos tan nuevos como intensos entran en conflicto con la propia identidad primaria, que es lineal, y que supone la referencia básica para enfrentarse con el mundo. Se añaden por tanto a los anteriores, otros sentimientos injustificados de culpa y de vergüenza. Al mismo tiempo, el conocimiento ya más suficiente de la vida social y del Código de Género que la rige, provoca una fuerte angustia, ésta más que justificada, ante el propio porvenir, marcado por la transgresión.
La fuerte disforia, la angustia social, la culpa, la vergüenza, la humillación, generan una conducta compulsiva, en la que se anda, no racionalmente (en términos subjetivos), sino bajo la acción de fuertes pulsiones, que expresan sin embargo una racionalidad profunda.
Con estas compulsiones, se puede pasar desde la represión absoluta y demoledora hasta la expresión total. Se puede decir que su ventaja es que dan fuerzas para afrontar las grandes dificultades que presenta la transexualidad en una sociedad binarista: la clandestinidad, la doble identidad, la ruptura de las situaciones familiares o laborales construidas bajo la identidad primaria.
La disforia es un rechazo tan compulsivo que puede llevar a intentos de automutilación, y llegando más allá, al suicidio. Sería deseable que la presencia de estas fuerzas compulsivas fuera acompañada de una racionalidad tranquila, especialmente para tomar las grandes decisiones: la salida del armario (la más difícil de todas) y, llegado el caso, la cirugía de reasignación de sexo, que se debe emprender sólo valorando todo lo que sabe de sí.
La autoginefilia, como la llama el Dr Ray Blanchard (de “autós”=sí mismo; “giné”=mujer; “philía”= amor, o “amor de sí como mujer”) suele ser en estas historias turbulentas un motor muy fuerte. En ella, la persona desidentificada de la masculinnidad, encuentra una imagen de sí como mujer, que también ha sido llamada la Imagen de la Mujer en el Espejo (Catherine Millot, siguiendo a Lacan) Si la persona desidentificada es más o menos ginéfila, ve surgir un fuerte deseo de materializar esa imagen y de que se materialice para los demás. Los automatismos corporales producen una excitación que la persona desidentificada entiende como no adecuada, contradictoria con sus sentimientos profundos, aumentando así la turbulencia.
Ray Blanchard y Anne Lawrence, transexual que siguió esta observación, pensaron que la autoginefilia es el factor principal en la evolución de algunas personas transexuales, a las que llamaron autoginéfilas. Se equivocaron (y creo que si Ann Lawrence me lee, se alegrará), porque no es el factor principal, es sólo un incidente en medio del camino, que aparece y luego desaparece.
La prueba es que, cuando la hormonación en transexuales feminizantes disminuye la líbido, la autoginefilia desaparece del todo o casi del todo, y sin embargo sigue la desidentificación de la identidad primaria y la necesidad de una identidad secundaria.
La transexualidad, para resumir estas observaciones, es siempre una cuestión de identidad, y la autoginefilia es un hecho paralelo que sin embargo muestra una gran potencia como motor para tomar decisiones, aunque compulsivas.
En esta turbulencia, no están excluidos los pasos atrás, movidos por la conciencia de identidad primaria (que sigue siendo lineal), la culpa, la humillación o la pérdida de todo lo conseguido bajo la identidad lineal. Adecuadamente, estos periodos han sido llamados purgaciones.
Por efecto de la compulsividad, en la purgación se tiran, rompen o queman ropas, libros, fotografías, intentando empezar desde cero, viviendo un sueño de limpieza y pureza. Dependiendo de los sufrimientos que las hayan provocado, las purgaciones duran semanas, meses, años o decenios (conozco a quien sufrió una de casi dos decenios)
Por su propia naturaleza reactiva, las purgaciones terminan sin embargo, y se reanuda la evolución transexual.
TRANSEXUALIDAD POR DESIDENTIFICACIÓN DEBIDA A ESTRÉS O FRUSTRACIÓN
Cuando la conciencia transexual se forma en la juventud o la madurez, lo que implica que se han vivido años o decenios sin problemas de género, dentro de una identidad lineal, pueden suponerse varias posibilidades:
O bien es la consecuencia de una identidad cruzada primaria muy temprana, olvidada y reprimida por completo, lo cual nos devuelve al proceso ya analizado.
O bien, es la elección racional de personas andrófilas feminizantes, o ginéfilas masculinizantes, no disfóricas, que piensan que su adaptación al Código de Género será más fácil en estas condiciones y podrán ser más fácilmente amadas por los varones o por las mujeres heterosexuales, respectivamente.
O bien es la consecuencia de procesos de grave estrés ante la condición masculina o femenina y sus responsabilidades específicas, unida al sueño de que el cambio de género puede suponer una liberación. O bien el resultado de una grave frustración sexual, que lleva a soñar que en la posición opuesta se alcanzará una compensación.
En estos dos casos está claro su carácter circunstancial, por lo que, desaparecidas las circunstancias que la provocan, desaparecería la reacción transexual.
Sin embargo, una reacción tan radical ante circunstancias relativamente menores, requiere suponer que existe una memoria personal de cuestionamiento de la identidad de partida.
Seguramente ha sido menor o pasajera, pero existe y por eso se propone como salida de emergencia ante la crisis personal. En el relato autobiográfico de Kathy Dee, fue la experiencia infantil de que una hermana mayor muy responsable le fuera propuesta como modelo ejemplar y que después muriera, lo que le creó el sentimiento de que de alguna manera tenía que sustituirla. Pero vivió como varón y se casó, hasta que su esposa le fue infiel. El enorme daño que sufrió le llevó a la transexualidad como escape.
Puede pensarse en efecto que, pasado el tiempo, calmados los primeros sentimientos, este escape dejaría de cumplir su función y poco a poco se regresara a la identidad primaria, lamentando entonces lo que se hubiera hecho por el camino. Hormonación, formación de pechos, operación de genitales.
Pero estas circunstancias pueden quedar arraigadas en la conciencia en forma de traumas, y entonces la evolución duraría años, y no se abandonaría esta solución, en circunstancias análogas a las de la transexualidad por desidentificación.
TRANSEXUALIDAD POR ORIENTACIÓN SEXUAL
Quiero tratar aquí con más extensión las experiencias en que la transexualidad viene determinada por la androfilia o la ginefilia, porque son muchas las personas que pueden reconocerse en ellas.
Como se ve, se trata de unas historias personales en las que el factor dinamizador más importante es la orientación, antes que la identidad, aunque también hay cuestiones de identidad. Estas personas, como se puede observar, son bastante femeninas, si son XY, o masculinas, si son XX, lo que denota una hipo- o hiperandrogenia verdaderas.
He dicho cuestiones, preguntas sobre el propio género, más que una disforia intensa, un rechazo definido. No se han planteado en primer lugar la cuestión del “¿quién soy?”, la cuestión radical de la identidad. Han podido crecer como niños o como niñas, sabiendo eso sí, que se parecían más a sus madres o a sus padres, cruzadamente, pero sin hacerse problema de esta realidad.
Ha sido con el nacimiento de la pulsión sexual, al darse cuenta de que también era cruzada, y fuerte, cuando han empezado a plantearse racionalmente su futuro. No hay disforia, no hay desidentificación, no hay compulsividad, simplemente hay una evaluación racional.
Que teniendo en cuenta la feminidad o la masculinidad de base, en maneras, gustos e incluso apariencia, y la orientación definida hacia los hombres o las mujeres, concluye que lo mejor, en la práctica, incluso lo más deseado como consecuencia de esa orientación, es cambiar de género.
A esta conclusión, que no es una pulsión, sino una reflexión, se puede llegar en cualquier momento, cuando se alcanza la madurez necesaria: en la adolescencia, en la juventud, en la madurez o en la vejez.
Como la identidad lineal de base no ha sido nunca negada, es preciso construir una identidad secundaria cruzada que no resulta muy difícil, puesto que hay numerosos hechos en los que sostenerla. La decisión por la operación o no operación, no será tampoco compulsiva, hecha de violentos rechazos, sino reflexiva, y dependerá de las circunstancias de cada persona y de las exigencias de su orientación, no de cuestiones de identidad.
ESQUEMAS
Poniendo ahora juntos, para cotejarlos, los esquemas de estas tres formas de evolución serían los siguientes, con las reservas correspondientes a su esquematismo y simplificación:
Transexualidad por identificación:
Niñez: identidad cruzada primaria unida a una hipo- o hiperandrogenia Adolescencia: Negación Juventud o madurez: Fatiga de la negación. Reidentificación reflexiva Transición reflexiva (no es necesaria la operación, pero puede que se haga, reflexivamente)
Transexualidad por desidentificación:
Niñez: identidad lineal primaria unida a una hipo- o hiperandrogenia Adolescencia: Desidentificación; formación de una identidad cruzada secundaria; turbulencias compulsivas (disforia, autoginefilia, purgaciones) Juventud o madurez o vejez: transición compulsiva, disforia genital que puede llevar a una operación compulsiva.
Transexualidad por desidentificación debida a estrés o frustración:
Niñez: identidad lineal primaria sin hipo- o hiperandrogenia Adolescencia: orientación sexual lineal Juventud o madurez: Graves situaciones de estrés laboral o de frustración sexual Desidentificación: formación de una identidad cruzada secundaria; turbulencias compulsivas (disforia, autoginefilia, purgaciones), transición compulsiva, disforia genital que puede llevar a una operación compulsiva, pero dependiendo de la permanencia del estrés o la frustración.
Transexualidad por orientación cruzada:
Niñez: identidad lineal primaria unida a una hipo- o hiperandrogenia Adolescencia: Definición de una orientación sexual cruzada Juventud: Formación de una identidad cruzada secundaria, reflexivamente, muy ligada a la orientación social cruzada; transición reflexiva, con o sin cirugía de reasignación de sexo.
Todas estas formas de la evolución transexual se expondrán con mayor detalle, en capítulos sucesivos.
II. LA TRANSEXUALIDAD POR IDENTIFICACIÓN
NIÑEZ: IDENTIDAD CRUZADA
(Dedico esta sección a mi amiga Dolores Rodríguez Sánchez, que tanto me ha ayudado a elaborarla, porque su experiencia en este punto es distinta de la mía)
GUIÓN. La identidad cruzada primaria. Causas. El Test de los Reyes Magos. Adolescencia: afirmación o negación. Matrimonio, hijos. Juventud, madurez o vejez: negación de la negación. Equilibrio.
Aplicaré ahora mayor aumento al microscopio con que estamos estudiando la transexualidad.
La identidad es un hecho de pensamiento y de memoria; no es un hecho biológico, no es un órgano, como el pulmón, ni una función, como la respiración; es un hecho estrictamente humano que requiere una conciencia desarrollada de sí y por eso los otros animales no tienen identidad.
La identidad cubre todos los espacios que, en cada momento histórico, la persona necesita para definirse frente a otras, porque la identidad supone siempre un “yo soy” frente a un “yo no soy”, aunque éste no es binario: mi ser puedo definirlo frente a una multiplicidad de otras realidades que no son la mía. Afirmo mi nación frente a otras muchas o mi religión frente a otras.
Uno de los primeros campos identitarios es la identidad de género; hay también identidades de grupo social (familia, tribu, nación, que van sustituyéndose según el grupo social necesario para la supervivencia va ampliándose, o si se usa el criterio de las ideas, religiosas y filosóficas por encima incluso de la nación), y dentro del grupo mayor pueden ser de clase social, de partido político o sector de pensamiento, laborales, de aficiones, incluso de segmentos deportivos, como los rojos y los azules del hipódromo de Bizancio o los actuales madridistas y barcelonistas.
Pero en esta multiplicidad de identidades, bien jerarquizadas, que configuran a una persona, debe observarse que la identidad de género es básica y que su división suele darse por supuesta en muchas de las otras. No en vano, en los formularios informáticos suelen aparecer las casillas “hombre” y “mujer” aunque no se entienda por qué: lo diré; porque es una referencia básica en la vida social.
La identidad de género se forma hacia los tres años. Antes no existe porque no hay conciencia suficiente de sí y del género. Cuando se forma, en nuestra cultura actual es de género y no de sexo, porque lo primero que se asimila son las consideraciones sociales. Se sabe al género que se pertenece, por el que se debe usar en el lenguaje y las ropas que hay que vestir.
Hay por tanto la posibilidad de que se forme una identidad cruzada de género, desde esa edad, y así sucede a veces. Una vez formada la identidad primaria, queda retenida en la memoria. Nunca se perderá, porque nunca se olvidará.
Pero tampoco es preciso que se forme una identidad cruzada definida. A veces, se forma como “diferente”, y la diferencia se va acentuando y definiendo según pasan los años, con la acumulación de la experiencia.
En todo caso, llama la atención la convicción y la naturalidad con que se vive esta identidad cruzada en la niñez. Los niños fenotípicos tienen sobre todo amigas, que suelen aceptarlos sin reservas, juegan con las niñas, y por mucho carácter que tengan, pues pueden ser líderes de su grupo, es inútil esperarlos en los campos de fútbol donde juegan los otros niños. Allí luchan, y corren y sudan con energía las niñas fenotípicas, y generalmente son bien acogidas por sus compañeros y tratadas con el respeto correspondiente a sus hazañas. Hay quien espera ingenuamente que, cuando sea mayor, se desarrollará como todas las niñas o todos los niños. Hay quien se sume en terribles rabietas cuando, en la Primera Comunión, ese primer momento solemne de la socialización, resulta que no puede llevar un vestido blanco como sus compañeras o un traje de marinero como sus compañeros.
EL TEST DE LOS REYES MAGOS
Visto desde fuera, o desde lejos, cuando ya somos mayores, el que llamo Test de los Reyes Magos (o de Papá Noel) suele ser muy eficaz para reconocer esa identificación. Para confiar en él, parto de que los niños son muy autónomos para decidir lo que quieren, al contrario de lo que sostienen las corrientes constructivistas (foucaultianas) hoy dominantes.
Éstas mantienen que la identidad de género se construye desde fuera, culturalmente, por impregnación social, y por tanto califican como sexistas ciertos juguetes y pretenden que no se regalen juguetes a las niñas ni camiones a los niños, porque eso los condicionaría en las cuestiones de género.
Por mi parte, estoy convencida de que el niño, más instintivo e intuitivo que social y cultural en sus primeros años, pide lo que desea y ha soñado largamente. Él pide primero y los padres regalan después. Por eso, el niño variante de género se sorprende cuando, si es XY pide una muñeca, y si es XX, pide un camioncito, y los padres se escandalizan y se lo niegan. Las rabietas vienen de la frustración de un sentimiento profundo personal y no del desacuerdo con uns norma social.
Por eso llamo Test de los Reyes Magos a la observación de los juguetes que deseábamos en nuestra niñez y que pedimos en nuestras cartas a los Reyes. Esos juguetes fueron una proyección de nuestra naturaleza profunda, nuestras perspectivas y nuestros anhelos. A veces, soñamos literalmente con ellos o los deseamos durante años. Nos hicieron definirnos por lo que queríamos y lo que no queríamos.
No se trata de los que tuvimos, de hecho, quizá impuestos con la mejor intención por nuestros padres, los que quisimos tener. Son un indicio de nuestra identidad profunda y de nuestra feminidad, masculinidad o ambigüedad sexual
Los decidimos nosotros mismos, al margen de la opinión de nuestros padres, en el ejercicio espontáneo de quedarnos fascinados ante el escaparate de una juguetería, o de apartarnos con desagrado de otro.
Se trata, pues, de una prueba que pasamos, que, si se toma conciencia de su valor, se convierte por sí sola en un test proyectivo de primer orden y muy simple.
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Los juguetes pueden dividirse en femeninos, masculinos y neutros.
Femeninos: Muñecas (a quienes arreglar), muñecos bebés, casitas de muñecas, cocinitas, peluquerías, caballitos de largas crines que peinar.
Masculinos: Vehículos (autos, camiones, trenes, barcos, aviones, naves espaciales), armas, muñecos (musculosos), balones, construcciones y mecanos, dinosaurios.
Neutros: Juegos de sobremesa, animalitos, granjas, ositos (“Teddy Bear”).
No sólo cuentan las preferencias definidas, sino también los rechazos definidos. Para visualizar unas y otros, pueden subrayarse los juguetes preferidos y tacharse los rechazados.
Al aplicarnos retrospectivamente el Test de los Reyes Magos, las personas transexuales encontraríamos que nuestras preferencias fueron, o claramente cruzadas, o una mezcla de unos y otros. Nuestras preferencias medirían nuestra feminidad, masculinidad o ambigüedad mental. Las personas transexuales por identificación mostrarían preferencias muy cruzadas; las personas transexuales por desidentificación u orientación, mostrarían preferencias en todos los sectores y también rechazos definidos en todos ellos. Las personas transexuales por estrés o frustración mostrarían preferencias muy alineadas con su fenotipo.
La cuestión requiere desde luego un análisis fino: hay muñecas y muñecos, hay ositos, hay maneras de jugar con unos y otros; la elección de los avioncitos puede ir acompañada de la negativa a los juegos físicos fuertes. La precocidad en la formación de una identidad cruzada o ambigua va unida a la elección cruzada muy definida de juguetes y juegos; muñecas, comba, de un lado; guerreros, fútbol, de otro. Es verdad que una hipo- o hiperandrogenia moderadas, menos definidas, irá unida a la formación de una identidad cruzada más tardía, más secundaria, formada según se van definiendo los problemas de género y asumiéndose como problemas de identidad.
Por cierto, quiero señalar que los juguetes de guerra no educan para la violencia, como mantiene el constructivismo. Son una forma de expresión de la agresividad androgénica, necesaria para aprender a canalizarla. La negación de esa agresividad natural sólo conduce a la frustración y quizá a la violencia explosiva. Por otra parte, el niño que pide juguetes de guerra no se conformará con que sus padres se los nieguen. Haciendo uso de su creatividad, transformará un simple bolígrafo en pistola, y disparará tiros con la boca en todas direcciones. La represión no sólo es inútil y está fracasada de antemano, sino que puede ser contraproducente.
RAZONES DE LA IDENTIDAD CRUZADA
La hipótesis principal sobre la que se funda este Manual, todavía pendiente de ser completamente comprobada, es que las razones para que se forme una identidad más o menos cruzada primaria pueden tener una base orgánica (hipo- o hiperandrogenia), que a su vez puede ser más o menos intensa, influyendo en una toma de conciencia más o menos temprana.
Hay ya algunas investigaciones cuyos resultados apoyan este supuesto, pero todavía no son concluyentes. Por ejemplo, el estudio de Zhou, Hofman, Gooren y Swaab, “A sex difference in the human brain and its relation to transsexuality”, que apreció equivalencias entre los cerebros de transexuales feminizantes y de mujeres en el área del cerebro llamada BSTc. Fue publicado en 1995 en “Nature” y en 1997 en el “International Journal of Transgenderism” y, entre nosotros tan valorado que dio lugar al nombre de una excelente revista, “BSTc”. Sin embargo, la muestra estudiada era muy pequeña, sólo seis cerebros, y eso relativiza el resultado (Nota: debe añadirse otro estudio más reciente)
Para medir con más facilidad la intensidad de la hipo- o hiperandrogenia puede ser útil analizar con cuidado el test de los Reyes Magos, o estudio de los juguetes y juegos en que el niño o niña proyecta su personalidad.
En resumen, la identidad de género procede del interior de la persona, más concretamente de su feminidad, masculinidad o ambigüedad cerebral, determinadas por su mayor o menor hipo- o hiperandrogenia, entendidas hipotéticamente a su vez como la menor o mayor impregnación cerebral de andrógenos en la edad prenatal.
Una hipo- o hiperandrogenia muy definidas, motivarán una identidad cruzada muy temprana, que será entonces primaria.
Una hipo- o hiperandrogenia menos definidas, favorecerán una inserción relativa en una identidad lineal y retrasarán la formación de una identidad cruzada, que será secundaria, o no darán nunca lugar a ella.
Lo que la experiencia muestra es que la relación con los padres no es determinante, por más que estudios anteriores hayan insistido en ella.
Se suponía que podía estar fundada en:
=Lejanía o falta física o moral del progenitor del mismo sexo: hostilidad y agresividad que se responden con las mismas reacciones y dificultan identificarse con él.
=Gran intensidad del amor hacia el progenitor del sexo opuesto.
Pero este esquema básico es el que se da tanto en personas heterosexuales como homosexuales (complejos de Edipo y de Electra)
Por otra parte, hay personas transexuales que se han criado en medio del cariño de su padre y su madre, por lo que este afecto natural no puede ser la causa de su transexualidad. O incluso, hay transexuales feminizantes cuyas relaciones con su padre han sido mejores que con su madre (el esquema inverso del que se ha llegado a considerar como clásico)
Lo que sí puede ser es que la hipo- o hiperandrogenia, como causa primera, dé lugar a veces a relaciones de la primera clase, pasando como su efecto. La hipoandrogenia puede causar, en hombres muy enérgicos, una hostilidad marcada hacia la feminidad relativa del hijo, causando una espiral de sentimientos y acelerando la formación de una identidad cruzada secundaria.
Por su parte, frecuentemente, es la hiperandrogenia la causa de las dificultades con la madre, que no puede reconocerse en una persona tan inquieta, activa, deportiva y descuidada como la que tiene por hija, en la que no puede proyectarse. En estas historias es frecuente la negativa rotunda a usar ropas claramente femeninas, por lo que la madre se queda desconcertada en sus expectativas. También es frecuente que los padres obliguen a la niña a asumir esas ropas, sin más resultado que acentuar el rechazo.
ADOLESCENCIA: AFIRMACIÓN O NEGACIÓN
Al acercarse la adolescencia va siendo preciso enfrentarse con la realidad de los sexos. Las antiguas compañeras y compañeros van creando proyectos de vida cada vez más sexuados, van sintiéndose mutuamente atraídos, acentuando su feminidad o su masculinidad, y dejando a un lado a aquel niño tan femenino o aquella niña tan masculina.
En esos años en los que debe formarse plenamente la identidad sexual, a menudo exagerando las diferencias, los antiguos compañeros o compañeras de género cruzado dejan de interesar y surge un distanciamiento. Los varones no pueden soportar verse al lado del adolescente femenino que es para ellos un ejemplo de contravirilidad, y empieza la edad de las burlas, los insultos y las agresiones; respecto a las adolescentes masculinas, ya no pueden compartir con ellas el despertar de la sexualidad, que es lo que más les interesa en este momento.
El adolescente femenino, la adolescente masculina, quizá por primera vez humillados y rechazados, se encuentran entonces ante un cruce de caminos: o encuentran fuerzas para afirmar su diferencia o la niegan y se integran.
Suelen encontrarse muy solos y sin suficientes ejemplos para lo uno y para lo otro. Deben afirmar su propia naturaleza (¿y dónde hay otros iguales que no se vean atacados?) o contradecirla (¿y dónde hay otros iguales que la contradigan?)
Las tormentas universales de la adolescencia, en ellos se ven potenciadas hasta el caos. Es una edad sumamente delicada, en la que hay que prevenir hasta el suicidio.
En medio del caos social, se produce además el desarrollo de una naturaleza que se entiende como contradictoria con la propia identidad. Esta diferenciación sexual puede ser desde luego mayor o menor, dependiendo de condiciones genéticas que lleven a un menor o mayor dimorfismo, pero entre los grupos mediterráneos, este dimorfismo suele ser muy marcado.
La adolescente masculinizante ve con angustia el desarrollo de sus mamas, que le impiden mantener el aspecto ambiguo que tanta seguridad pudo darle en los años precedentes; se empeña en disimularlas con ropa deportiva o fajándolas con fuerza, pero su cuerpo le desobedece.
El adolescente feminizante ve con repugnancia el desarrollo de sus genitales, que tanto enorgullece a sus compañeros; la barba o el cambio de la voz, la evolución de sus facciones, acaban gradualmente con la imagen ambigua que tanto podía gustarle. También su cuerpo le traiciona.
Están solos por tanto no sólo frente a su sociedad, sino frente a su propio cuerpo. En estas circunstancias, la afirmación sostenida de la propia identidad es muy difícil. Puede ser que dependa del apoyo y la comprensión que se encuentre en la familia, que es entonces el único espacio en que el adolescente pueda verse seguro.
Sin embargo, las dificultades con el resto de la sociedad pueden ser extremas. Incluso en plena cultura oficial de la libertad en la diferencia, pueden encontrarse acosos escolares desmesurados, burlas y aislamiento en las clases, agresiones fuera de ellas, apedreamientos, golpes. A veces ha sido necesario literalmente el exilio de una víctima desde una ciudad a otra.
En estas circunstancias, la conciencia de la hostilidad social puede conducir al adolescente a negar su identidad o a atenuar su expresión.
Un estudio de seguimiento de niños variantes de género muestra que la mayoría evolucionan como homosexuales, algunos como heterosexuales y sólo una pequeña minoría como transexuales. Puede verse en esta estadística la fuerza de la negación. (Nota: Debe insertarse la cita)
Un homosexual puede hacer vida masculina plena, una homosexual puede vivir del todo como mujer, com lo que se ahorran un montón de conflictos diarios. Pueden modular la expresión de su feminidad o su masculinidad según el momento y la compañía y a veces pueden expresarlas en gran medida. Pero esto requiere que la orientación del adolescente feminizante sea andrófila y la de la adolescente masculinizante sea ginéfila, lo que no es siempre el caso.
En las historias personales en que la orientación no está cruzada, la negación puede desarrollarse como heterosexualidad. En estos casos, no es difícil ver que el adolescente feminizante adquiere un aspecto alternativo, dejándose crecer la barba, o incluso hipermasculino, practicando culturismo o por cualquier otro medio.
El horror a la marginación social puede ser tan grande que la persona que niega su identidad cruzada primaria construya una identidad lineal secundaria que sea fuerte y se refuerce constantemente con mil recursos.
MATRIMONIO HETEROSEXUAL E HIJOS
Con absoluta buena fe, la persona que se está negando puede querer doblegarse llegando hasta el matrimonio heterosexual. Con esta expresión no me refiero aquí a la otra persona, sino al entendimiento de sí dentro del sexo de origen y sin más. Los remanentes de sus sentimientos, sus recuerdos, los acalla con un “Me caso y esto se me pasa”. En las personas XY ginéfilas o en las XX andrófilas, esta orientación, lineal con su fenotipo, puede ayudarle, aunque creo que en las personas transexuales por identificación, esta orientación es minoritaria.
Si llega a esta decisión, su convencimiento de que es la acertada será tan grande, que puede que no le diga nada a su pareja, por miedo de perderla, o por la seguridad de que no será necesario. Incluso si se lo dice, otros mecanismos se activan porque la pareja, a su vez, puede responderle, con total convencimiento: “Yo te haré cambiar”.
Luego llegan los hijos y el amor hacia ellos.
Es posible que en algunas personas este proceso de negación tenga relativo éxito. No podremos saber si son pocas o muchas porque, por definición, la persona negadora tiende a callar. Ha negado por autodefensa, ha conseguido un buen resultado autodefendiéndose y debe callar su historia porque rompería sus defensas.
Pero debo decir claramente que esta manera de constituir una familia la considero sumamente arriesgada. Está basada en una fuerte tensión personal y en una negación de la naturaleza, y no es fácil mantener una y otra.
No puedo aconsejar envolver a otra persona, la pareja, y a otras, los hijos, en la problemática personal de la negación; sus efectos, que son los de la represión, pueden conducir a distintas formas de obsesión, depresión o parafilia, en particular a la sadomasoquista.
(Completamente distinto sería el caso de constituir una familia partiendo de la aceptación de la propia identidad, en la que la persona masculinizante o feminizante vive como tal y encuentra a otra persona que la acepta del todo como tal; los hijos se educarán en un ambiente no binarista, en el que al menos se gozará del equilibrio de la aceptación de la realidad)
Ante la disyuntiva aceptación-negación, demasiado radical, considero más útil partir de la realidad intersexual de las transiciones de género y realizar una especie de negociación entre la persona transexual y su sociedad para encontrar formas de expresión que no se ciñan al Código de Género binarista.
Quiero añadir una reflexión poco usual. En nuestra cultura, la transición de género queda dificultada por el fuerte dimorfismo sexual de los mediterráneos. Varones y mujeres se diferencian corporalmente mucho más y mucho más pronto que en otros pueblos. Barbas cerradas, caras que se vuelven angulosas, grandes diferencias de estatura, grandes caderas y grandes mamas hacen que el desarrollo corporal sea muy diferenciado.
Tengo la impresión de que esto hace que la transición de género sea estéticamente más difícil entre nosotros y por tanto socialmente también. Es curioso que los pueblos más abiertos en cuanto a las transiciones son también los que tienen menos dimorfismo. Es notable la general ambigüedad del tipo corporal tailandés, de facciones generalmente suaves y estaturas parecidas, figuras andróginas de poco pecho en las mujeres y lampiñas en los varones; algo parecido se podría decir de los samoanos y polinesios y de los indios americanos. En estos pueblos,las transiciones de género son matizadas y generalmente aceptadas.
En nuestro caso, mientras se mantenga la duda entre afirmación y negación, mientras dure la adolescencia, sería conveniente emplear las técnicas de Detención de la Pubertad, que hacen que los y las adolescentes conserven su aspecto ambiguo durante unos años, y disminuya la presión sobre ellos del cambio corporal intenso, precisamente en esos años. De esta manera, podrán madurar intelectualmente algo más y hacer sus opciones más libremente.
JUVENTUD , MADUREZ O VEJEZ: NEGACIÓN DE LA NEGACIÓN
En todo caso, si ha habido un proceso de negación, es difícil de mantener. En un principio, las ventajas sociales de la negación parecen indudables y la persona negadora se siente incluso contenta de su decisión. Pero poco a poco, aunque sea al cabo de decenios, se va instalando la disforia (disgusto, desajuste, desadaptación)
La persona negadora se siente disfrazada precisamente en su identidad social, que por fuera parece coherente. Puede sentir que no vive, sometida a ese disfraz.
Hipotetizo que la mayor parte de las personas XY transexuales por identificación son andrófilas y la mayoría de las personas XX en este caso son ginéfilas.
La negación puede haber dado paso, lo más frecuentemente, a una conducta homosexual o asexual, según los estudios de seguimiento.
La liberación de la identidad, el reconocimiento de la propia feminidad o masculinidad, lleva a vivir relaciones con hombres o mujeres que resultan fáciles personalmente (aunque, en el primer caso, encuentren muchos obstáculos sociales)
Pero la persona transexual por identificación, una vez asentada en su identidad, encuentra que puede vivir con naturalidad una orientación sexual que puede llamar con igual naturalidad heterosexual.
Es muy distinta del hombre que ha elegido como pareja o muy distinto de la mujer que le acompaña y asume fácilmente el papel de género más acorde con el Código de Género binarista, y en especial la subordinación o dirigencia correlativas, por lo menos aparentemente.
Recuérdese que, ante el test de los Reyes Magos, estas personas XY o XX habrían mostrado que todas sus proyecciones son femeninas o masculinas, respectivamente y que, en mi hipótesis, esto viene causado por una definida hipo- o hiperandrogenia cerebral.
No hay lugar en ellas para proyectos masculinos o femeninos, respectivamente. Pueden asumirse como “mujeres como cualesquier otras” o como “hombres como todos los demás”, desde un punto de vista psíquico, aunque sería conveniente que asumieran con realismo, para evitar expectativas demasiado irreales, que desde el punto de vista corporal no lo son, ni siquiera después de la operación.
Respecto a la cirugía de reasignación genital, su actitud suele ser reflexiva y no compulsiva. Pueden desearla, como medio mejor de afirmar ante todos su identidad, y si llegan a ella, lo hacen también con naturalidad y sin riesgo de arrepentimiento. Pero recuérdese que siempre se han sabido hombres en su género o mujeres en su género, al mismo tiempo que siempre han sabido cómo era su cuerpo, por lo que no sienten una contradicción personal entre uno y otro, por lo menos en su estado prepuberal.
Recuerdan, en cambio, con espanto, la transformación puberal. Los hombres transexuales por identificación pueden aborrecer las mamas y sentirse profundamente liberados cundo desaparecen. Las mujeres transexuales por identificación pueden aborrecer en particular las funciones masculinas pospuberales, la erección y la eyaculación.
Pero pueden acomodarse a una nueva realidad en que se reconozca socialmente su género profundo, aunque el hombre transexual renuncie a la cirugía de reasignación genital, por las insuficiencias que presenta actualmente, y la mujer transexual acepte unos genitales de nuevo infuncionales como lo eran en el principio de su vida.
Notablemente, las personas transexuales más definidas genéricamente pueden no necesitar la operación de reasignación genital (aunque, si la emprenden, es muy adecuada para ellas)
En los casos menos frecuentes en que la identificación cruzada primaria, una vez negada, puede haber dado lugar a un matrimonio heterosexual, los afectos de la vida familiar que puede haber construido, el amor hacia su pareja, el amor a sus hijos, quedan expuestos a esta revisión. Pueden ser firmes y seguros, pero lo que se cuestiona es la relación mental que debe acompañar a la relación corporal como esposo y padre. El dolor en esta situación es extremo. El peligro de pérdida, terrible.
Puede ser que las obligaciones como padre empujen moralmente a esperar determinado número de años cuando ya se ha aclarado la realidad. De esto quiero hablar más adelante con mayor detalle.
En resumen, se puede decir que la persona transexual por identificación, reconocida por haber formado una identidad cruzada o diferente desde sus primerísimos años, puede continuar afirmándola siempre o negarla en la adolescencia; en este caso, puede hacer un gran intento por acomodarse a una identidad lineal secundaria, pero generalmente no la podrá mantener, produciéndose una represión y graves consecuencias mentales; si llega a la negación de la negación, se equilibrará y recuperará su identidad básica.
II. LA TRANSEXUALIDAD POR DESIDENTIFICACIÓN
GUIÓN: Identidad lineal primaria. Alguna hipo- o hiperandrogenia. Conflicto de género. Vacío de identidad. La Imagen de la Mujer en el Espejo. Compulsividad. Ciclotimia: afirmación y purgación. Solución suprabinaria. La transición de género como creación personal y colectiva.
NIÑEZ: IDENTIDAD LINEAL
Hay otras historias, que pueden llegar en la práctica tan lejos exteriormente como las anteriores, pero que interiormente son distintas.
En ellas, el niño o la niña forma una identidad lineal con su fenotipo. Es decir, se siente varón o mujer con naturalidad.
No muestra conductas variantes de género muy visibles. Sus pulsiones entran dentro de las pautas de lo masculino o lo femenino. Ama a su madre y tiene conflictos con su padre, si es niño, o ama a su padre y tiene conflictos con su madre, si es niña, como en cualquier complejo de Edipo o Electra, respectivamente.
Todo lo más, resulta un niño más bien delicado o una niña más bien enérgica. Pero estos matices se integran dentro de la variabilidad de lo masculino o lo femenino.
El análisis del Test de los Reyes Magos, hecho a posteriori (porque durante la niñez no suelen presentarse conflictos de género) puede confirmar esta impresión, al mostrar que el niño, por ejemplo, eligió juguetes masculinos, como cochecitos, o trenes, o aviones, pero no los más definidamente masculinos, como balones, o muñecos musculosos, que le resultaron desagradables, y también juguetes neutros, como animalitos, o incluso alguno femenino, como las casitas, pero tampoco los más definidamente femeninos, que puede recordar como extraños y también desagradables.
La niña pudo elegir casitas, o alguna muñeca adulta, pero tampoco muñecos bebés, y algún camioncito, pero no desde luego un lanzador de rayos láser, y también juguetes neutros, como granjas con sus animalitos (en esta parte, tengo que hablar deductivamente, y no por observación, porque me parece que estas historias son poco frecuentes entre transexuales masculinizantes)
En todo caso, el Test de los Reyes Magos mostraría una hipo- o hiperandrogenia cerebral moderadas, frecuentes también en otras personas que luego no llegan a la transexualidad; quizá sólo son más bien asexuales y permanecen solteras sin dificultad. A veces pueden llegar a casarse y tener hijos, y llevan en general una vida poco sexuada: intelectual, artística, en el caso de los varones, deportiva o de liderazgo profesional o político en el caso de las mujeres.
Por tanto, quiero señalar que estos grados de hipo- o hiperandrogenia no conducen por sí solos a la transexualidad, y que hace falta algo más para que se defina una reaccción transexual. Ese añadido está en los conflictos de género.
ADOLESCENCIA: DESIDENTIFICACIÓN Y NEGACIÓN
En la socialización es donde se presentan los primeros problemas para estos niños y niñas, al cotejar las reglas del Código de Género vigente y comprobar que no encajan en ellas. Tal desajuste se debe conceptuar como un conflicto de género.
Suele ser una prueba gradual y sutil. Un niño no muy masculino, una niña no muy femenina, suelen tardar en darse cuenta de su desajuste, verificado en mil pequeños incidentes.
Para el niño, el desajuste puede empezar por su desinterés por los juegos mayoritarios (físicos y turbulentos) También en su extrañeza por la manera de ser masculina. No quiero ser victimista: el desajuste puede empezar por un rechazo enérgico, por parte del niño hipoandrogénico frente a los otros, que se va acentuando con el paso del tiempo. Paradójicamente, es algo de origen masculino, pues es como si la incompatibilidad intermasculina se exasperara. Es un desagrado muy definido del niño hipoandrogénico por los niños que le rodean. Ésta es una de las primeras encrucijadas del niño hipoandrogénico: o encuentra un amigo a quien querer y que le comprenda, en cuyo caso su evolución será masculina, o no lo encuentra.
Pero en una edad en que los otros niños están construyendo su masculinidad social y su identidad masculina, usan como sus modelos personales a deportistas u otros héroes y el niño hipoandrogénico es muy diferente de lo que quieren ser, más parecido objetivamente a las niñas que a ellos mismos.
En este caso, la consecuencia será el aislamiento, puesto que no son posibles los terrenos de encuentro. Faltará la experiencia del compañerismo, puesto que no hay nada en que ser compañeros, y por tanto cualquier homoafectividad, una de las bases de la identidad (“estoy orgulloso de ser como mis amigos”) Lecturas, reflexión, sensibilidad, complejidad, de un lado. Acción, deporte, agresividad, simplicidad, de otro. Como no se comparte casi nada, el niño hipoandrogénico es sentido como un extraño y observado hostilmente. Cuando la hipoandrogenia es suficientemente definida como para propiciar en él alguna languidez, en gestos o inflexiones de la voz, fácilmente puede surgir el insulto, que se convierte en una sentencia definitiva de alejamiento. Nadie puede acercarse a él, so pena de participar del mismo insulto.
En las niñas algo hiperandrogénicas, no intensamente hiperandrogénicas, los efectos de la relativa masculinización, dentro también de una feminidad suficientemente perceptible, son una relativa actividad física, deportiva y cierta agresividad, por lo que también gozan del privilegio de la masculinidad previsto en el Código de Género vigente. Si la hipoandrogenia es entendida en este Código como debilidad (ignorando la vitalidad de la luna), la hiperandrogenia es comprendida como la única fuerza concebible. Irradia como el sol en los gimnasios, los campos de deportes y en las aulas. Experimentarán compañerismo con otras muchachas hiperandrogénicas o incluso con los muchachos. Es más difícil que se queden aisladas, puesto que no ser´san tímidas, sino más bien muy sociables y con dotes para el liderazgo. Las muchachas hiperandrogénicas alcanzan prestigio, aunque si son andrófilas suelen pagarlo en sus relaciones afectivas con los muchachos. Pero su buen acomodo social permite que eludan el desajuste de género, la disforia y por tanto la reacción transexual. Supongo que hay menos transexuales masculinizantes por desidentificación que feminizantes.
Estos niños y niñas pueden encontrar también problemas en sus casas, aunque menos acusados que en las historias que hemos visto antes, porque su hipo- o hiperandrogenia es menos definida. No da lugar a reacciones muy visibles. Todo lo más se puede decir que decepcionan las expectativas de los padres, y que esto favorece, según los casos, cierto grado de frialdad o incluso hostilidad sobre todo por parte del padre, que suele ser mucho más sensible al Código de Género que la madre, que encuentra otros recursos para mantener su cariño.
El niño ligeramente hipoandrogénico, una vez aislado en la escuela, más o menos aislado en casa, sin poder hablar con nadie de un problema que no acierta a conceptuar y que por tanto no sabe expresar (y a la vez, es demasiado humillante para expresarlo; quién llega a casa diciendo “me llaman mariquita”), puede llegar a verse en la peor de las situaciones sociales, el ostracismo, reaccionando como es natural asustado y deprimido.
La situación es muy grave porque produce un vacío de identidad. La preadolescencia y la adolescencia son edades en las que se socializan definitivamente las identidades primarias mediante la homofilia u homoafectividad. Se valoran especialmente las amistades del mismo sexo, porque con ellas se aprende a ser hombre o mujer. Por eso se forman pandillas del mismo sexo, se dice “los niños con los niños y las niñas con las niñas” y en las aulas hay una separación espontánea por sexos. Freud habló de una etapa homosexual del desarrollo de toda persona, aunque hubiera debido llamarla homoafectiva.
Por eso hablo de un vacío de identidad, porque algunos muchachos hipoandrogénicos no pueden vivir la etapa homoafectiva, en la que se consolida la identidad primaria. Para llegar a la heterosexualidad, es preciso que haya primero una valoración positiva de sí, incluso entusiasta, gracias a la valoración de los semejantes.
Si en vez de conocer la alegría del compañerismo y la amistad, se experimenta en esta edad crucial sólo la soledad, la tristeza y el miedo, no es de extrañar que surjan conductas que intenten compensar tanto horror simbólicamente. Conozco historias de tics, trastornos obsesivos y hasta fantasías masoquistas desde los ocho o los nueve años, que expresan a la vez la intensidad del desajuste de género y, algunas, la búsqueda instintiva de una situación que equilibre tanta angustia.
Recuerdo las edades sumamente sensibles y vulnerables en que sucede todo este proceso. Ni el niño lo entiende, ni sabe expresar su situación, ni quiere. Para los mayores, todo el drama suele pasar desapercibido o suscitar, incluso, cierta hostilidad hacia el patito feo, el niño que no se ajusta del todo a los cánones del Código de Género vigente.
En ese vacío de identidad masculina, va surgiendo en paralelo la atracción por la mujer, como efecto corporal de la pubertad. Entonces es cuando lo que llamamos Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo colma el Vacío de Identidad (se debe usar mayúsculas al hablar de unos procesos que resultan muy definidos y compartidos por muchos de quienes están en este caso)
Se trata de una expresión exacta puesto que responde del todo a la realidad. Es delante del espejo donde la persona travestida ve una imagen de mujer superpuesta sobre la suya. Su resplandor eclipsa la grisura en la que tanta humillación, tanta desestima, han hundido la propia. Resulta tan atractiva que se desearía compartirla con otras personas, que la vieran. Se espera que entonces se merecería ser admirada y querida, algo que parece imposible en la situación actual. Ya está así formada la reacción transexual.
Puesto que no se ha podido formar, en la compañía de los semejantes, una imagen digna de admiración como Varón Adulto, la propia identidad, un concepto necesario, debe formarse sobre la Imagen de la Mujer deseable, inmensamente potente y atractiva. Esa imagen es casi siempre la de la Mujer Arquetípica, que la ve sólo como Joven y Bella, imagen erotizada, porque es la atracción sexual la que la forma. Sin embargo, esta imagen sexual cumple un cometido no sexual: aporta una identidad de género que falta. Por eso, otras clases de mujeres, esta vez más asexuales, pueden ser vistas como modelos a ser tomados en cuenta: solteronas que cuidan su casa y su jardín, ancianas afectuosas.
El primer caso, la Atracción por la Imagen de la Mujer en el Espejo es la esencia de la Autoginefilia que ha definido el Dr Ray Blanchard y difundido la Dra Anne Lawrence, aunque sin darse cuenta de su dimensión identitaria: se trata de una solución sexual de emergencia ante un problema de identidad. En este caso, se puede decir que la transexualidad por desidentificación es tanto una cuestión de orientación como de identidad. Charlotte von Mahlsdorf la definió crudamente: “Yo soy mi propia mujer”, aunque tendría que haber añadido: “Porque no puedo ser un hombre”.
Rechazo radical de los varones, fascinación por la imagen de la mujer, travestimiento, realización en el espejo de esa imagen, excitación, culpabilización, vergüenza, clandestinidad, soledad, forman los elementos de la desidentificación, que con tanta carga emocional, poco comprensible en el momento en que se empieza a vivir, resulta compulsiva.
La compulsión consiste en que los resortes emotivos resultan tan fuertes como contradictorios. Su acción va del frenesí al agotamiento, sometiendo a quien los sufre a períodos de afirmación y negación, cuya misma repetición acaba por ser desconcertante.
En los períodos de afirmación se compran ropas de mujer, maquillaje, incluso se sale a la calle, más o menos fugazmente, en medio de una excitación casi extática. En los períodos de negación, que han sido llamados con acierto purgaciones, se intenta olvidar todo, empezar de cero, se tiran o se queman ropas y maquillajes y se emprenden vidas masculinas más o menos asexuales. La purgación de la desidentificación se parece a la negación de la identificación, pero se diferencia en que es compulsiva, mientras que aquella negación es reflexiva.
Bajo el impulso compulsivo, en cada uno de esos períodos, se pueden tomar decisiones irrevocables, pero hay que ver en cada uno de ellos cómo su fuerza se acaba y cómo va dando lugar al siguiente, lamentándose en ellos las decisiones tomadas en el anterior.
A mi entender, la solución de tan agotadora contradicción está en poder ver los términos verdaderos del problema. Esto requiere contar con los conocimientos sexológicos recientes, especialmente con la crítica del binarismo. Será posible en personas muy jóvenes, envueltas en las primeras oleadas compulsivas, aunque se requerirá que comprendan y acepten su propia naturaleza y que el marco binarista les ha obligado a definirse como “hombres” o “mujeres”, simplificaciones ambas muy excesivas en sus casos. También será posible que personas mayores, cansadas de tanta contradicción, puedan aceptar esta solución, conscientes de su sencillez, verdad y linealidad:
=Comprensión de los esquemas binarios y los suprabinarios.
=Reconocimiento de la propia naturaleza como persona XY hipoandrogénica y aceptación de la misma.
=Experiencia de la homoafectividad con otras personas XY hipoandrogénicas, que la experiencia muestra que es posible y eficaz a cualquier edad.
=Formación de una identidad como persona XY hipoandrogénica.
=Expresión de esta identidad por los medios necesarios y posibles dentro de un Código de Género suprabinarista.
El primero de estos elementos es un acto de reflexión.
El segundo requiere una experiencia viva de amistad y cariño mutuo.
El tercero requiere una separación, puesto que la identidad es también distinción. Mientras la persona hipoandrogénica intente comprenderse como un varón como todos los otros, la disforia surgirá. Hace falta que establezca un cristal entre sí y los otros, que afirme su diferencia.
El cuarto se formará reflexivamente, como obra creativa personal, aprovechando las aportaciones de una sociedad liberada del binarismo. Se trata de expresar mediante la ropa, las actitudes, la vida que se desarrolla, la propia identidad en sus matices personales, que la hacen única. A menudo, la persona transexual llega a la conclusión de que “yo soy yo”, desafiante afirmación que la pone por encima de cualquier Código de Género.
En esta creación puede usar las formas más discretas o las más extremadas. Puede limitarla al uso de ropa más o menos ambigua. Puede contentarse con travestimientos periódicos, que le permiten sin embargo sentirse integrada en la comunidad transvestista. Puede explorar diversas formas de rompegenerismo, valoradas por la Teoría Queer, desde la experiencia como drag-queen (que últimamente se va haciendo cada vez más rompegenerista, prescindiendo de la imitación de los pechos, por ejemplo) hasta las formas más crudas del “fuckgender” o follagéneros, en las que se hace compatible la ropa femenina con el vello masculino o incluso la barba de cuatro días.
En este contexto, la hormonación o la cirugía de reasignación genital son unas formas de expresión entre otras. No se trata de que la transexualidad sea comparable a un metro, en el que las estaciones se suceden necesariamente, test de la vida real (binarista), hormonación, cirugía. La transexualidad es comparable a un paseo urbano en superficie en el que continuamente se pueden elegir plazas y calles.
Concretamente, para quienes duden acerca de estas expresiones médicas, diré de momento que la hormonación puede entenderse siempre como un ensayo. Se intenta, se observan los efectos, se entienden como positivos o negativos, y se sigue o se suspende.
En cuanto a la cirugía de reasignación genital, creo que debe emprenderse sólo cuando la disforia tenga un fundamento genital muy definido, es decir, cuando exista una repulsión muy concreta hacia los genitales, no sólo al género que definen dentro del Código de Género binarista. Hay algunas personas que tendrían que afrontar tan graves dificultades sociales (ruina económica, desastres familiares) que optan por hacerse la operación y no cambiar de género, con lo que consiguen al menos estar en paz consigo mismas. Éste sería un buen medidor para la decisión: “¿Me sentiría bien si hiciera lo mismo?”
Pero también hay que valorar si, segunda opción, unos genitales desactivados y hasta atrofiados por la operación serían una solución suficiente, como de hecho lo son para muchas personas transexuales.
O si, tercera opción, la persona transexual puede desentenderse de la cuestión genital. En todo caso, debe recordarse que lo más arduo es el cambio social, el cambio de género, que nos enfrenta a una cultura binarista y que, en ella, es difícil expesar las singularidades personales.
Y sin embargo, es preciso hacerlo. En sociedades muy creativas, como las latinoamericanas actuales, proliferan las identidades, desde la de travesti a la intersexual y el uso lingüístico de formas como “élella”. Con todo ello, se hace posible una expresión de género verdaderamente personal, fiel a la propia naturaleza.
(Hay quien ha ensayado asentar la negación en una actitud ascética extrema, fundada en una conciencia de la transcendencia que supere toda expectativa terrena; “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, palabras que parecen dichas para nosotros; pero hay que advertir que tal ascetismo requiere tal convicción, tal reflexión, tal voluntad, tal cerramiento de ojos ante la vida social, que no puede ser obligatorio.
Por otra parte, me parece inadecuado llegar a un intento de solución que seguiría siendo binarista: “Quiero ser mujer pero me niego a mí mismo y viviré como hombre”.
El análisis sereno diría “No quiero ser exactamente mujer y no quiero vivir exactamente como varón. Por tanto, viviré como lo que soy, como una persona relativamente intermedia, ambigua, e intentaré que mi sociedad me reconozca como tal”)
III. LA TRANSEXUALIDAD POR ORIENTACIÓN
GUIÓN: Transexualidad feminizante por orientación andrófila. Intersexualidad (hipoandrogenia) + orientación andrófila como sentimiento principal. Identidad masculina o femenina primaria. Homoafectividad intensa o escasa. Cálculo de posibilidades no compulsivo. Negación o afirmación.
Transexualidad feminizante por orientación ginéfila. No intersexualidad (no hipoandrogenia) Identidad masculina primaria, pero escasa homoafectividad. Fusión con la imagen de la mujer en el espejo. Falta de homoafectividad y vacío de valoración identitaria. Intento de orientación andrófila secundaria. La homoafectividad puede desarrollarse en cualquier momento. Posible arrepentimiento y desarrepentimiento.
Transexualidad masculinizante por orientación ginéfila. Intersexualidad (hiperandrogenia) + orientación ginéfila como sentimiento principal. Identidad masculina primaria. Amplitud del Código de Género vigente para canalizar estos hechos. Cálculo fundado en las relaciones con las mujeres, no compulsivo.
Transexualidad masculinizante por orientación andrófila. Intersexualidad (hiperandrogenia) + orientación andrófila como sentimiento principal. Identidad femenina primaria. Homoafectividad cruzada con los varones. Cálculo fundado en las relaciones con los varones, no compulsivo. Identidad masculina secundaria.
FEMINIZANTE POR ORIENTACIÓN ANDRÓFILA
Esta sección mostrará cómo, a diferencia de lo que se piensa habitualmente, la transexualidad y la homosexualidad no están completamente separadas. Se las puede distinguir a efectos de análisis, pero en ocasiones, en igualdad de orígenes, existe una verdadera opción por la salida transexual o la homosexual.
Transexualidad se entiende como una cuestión de identidad mientras que homosexualidad se entiende como una cuestión de orientación, pero en algunas personas ambas cuestiones están juntas y pesan más en sus decisiones, incluso de transexualidad, las cuestiones de orientación.
Hay por lo menos una parte de transexuales y otra parte de homosexuales que llegaron a una encrucijada en la que pudieron haber seguido por cualquiera de los caminos, y tomaron la decisión por razones que tenían que ver más con su orientación que con su identidad. En estas personas, las cuestiones de identidad existen, pero son menos decisivas que las de orientación, y las decisiones se toman teniendo en cuenta las cuestiones de orientación más que las de identidad. Haré mi exposición partiendo de las personas que, en la encrucijada, se definieron como transexuales.
Hay transexuales feminizantes que en su niñez fueron muy femeninos y asumieron o bien una identidad cruzada primaria (femenina) o bien una identidad lineal primaria (masculina), y al crecer llegaron a una orientación andrófila muy definida, de manera que sus amores y sus deseos son el centro de sus pensamientos mucho más que las cuestiones de identidad.
Se parecen a las anteriormente referidas en la intersexualidad (hipoandrogenia), que puede ser muy intensa y visible. El Test de los Reyes Magos puede ser inequívoco: han pedido muñecas u otros juguetes de niñas. Han jugado espontáneamente con niñas. Al llegar a la edad de la Primera Comunión, hacia los siete años, puede que hayan confiado en hacerla como niñas, con sus compañeras.
Se diferencian de las anteriores por identificación o desidentificación en que, según se van acercando a la pubertad, muestran una orientación muy definida hacia los varones, mientras que en las transexuales que hemos visto antes predomina cierta asexualidad, que puede ser vagamente ginéfila o andrófila.
La orientación andrófila de las transexuales que estoy considerando es tan definida que su interés por los varones llena sus pensamientos. Puede ser que se planteen obvias cuestiones de identidad, en vista de la feminidad de sus comportamientos y actitudes, pero quedan en un lugar secundario frente a las cuestiones de su deseo hacia sus amigos y compañeros varones o hacia arquetipos varoniles.
Este segundo plano se puede observar en que sus planes oscilan según sus relaciones: la relación con un homosexual puede hacerles identificarse con él; la relación o deseo hacia un heterosexual, puede hacerles querer feminizarse.
Aunque pueden haber desarrollado también una homoafectividad dirigida hacia mujeres a las que admiran y quieren imitar (característica homoafectiva, que en este caso corresponde a su hiperandrogenia), dirgida por ejemplo hacia una hermana mayor, o una compañera, o una maestra, puede ser que en su preadolescencia, su orientación naciente, les impulse a aprovechar la circunstancia de que fenotípicamente son varones para desarrollar una homoafectividad secundaria muy intensa y llena de sentimientos en la que se identifican con ellos y admiran a los que aman. En este momento, puedn asumir con humor su pasado femenino, considerándolo algo infantil y que ha sido sobrepasado por lo años.
Por eso, en su adolescencia y juventud, pueden vivir un período de negación semejante al de las transexuales por identificación. También se han hecho conscientes de las dificultades prácticas que tendrían de seguir identificándose primariamente como mujeres, y las resuelven identificándose secundariamente como varones, si ya no lo estaban, y viviendo como homosexuales.
Todo esto se debe a la reflexión, no es compulsivo, y les permite expresar su sentimiento principal, que es el amor por los varones. Sus historias son, sobre todo, historias de amor. Su continuación dependerá de los varones concretos a quienes hayan amado, de su suerte o desgracia con ellos, de sus perspectivas.
Un amor apasionado por un varón, que exija a su vez virilidad en su compañero, puede hacerles olvidarse de sus posibles cuestiones de identidad; renunciarán a sus recuerdos por el presente y el futuro. No sólo lo desearán, sino que será para ellos un modelo de homoafectividad, alguien a quien admirar e imitar.
Si este amor es afortunado y duradero, si pasa los años y llena la memoria, esta persona hipoandrogénica se estabilizará en su identidad masculina secundaria y vivirá como homosexual.
Todo lo más, expresará su hipoandrogenia en el momento decisivo de la unión sexual, actuando como homosexual pasivo y sintiéndose mujer exclusivamente mientras la intensidad de las sensaciones elimina todas las cáscaras secundarias superpuestas. Pero, uns vez terminado ese momento supremo, puede volver sin dificultad a su identidad masculina, agradecido a ella porque sabe que le permite ese amor con un varón homosexual.
He oido a un muchacho homosexual, vestido rudamente, masculinamente, decir “yo me siento mujer, pero no tengo necesidad de operarme”.
En cambio, los fracasos amorosos pueden generar en estas personalidades un proceso de reflexión que puede conducir a la transexualidad.
El esquema que se sigue es aproximadamente el que sigue: “Yo he sido siempre una mujer. Si fracaso como varón con los varones, no tengo más que ser una mujer, para ser más atractiva, deseada y tener más suerte con los varones”.
En ese momento, el carácter reflexivo, no compulsivo, de esta decisión, se muestra en la gran cantidad de cálculos que la preceden.
En primer lugar, la evaluación del propio aspecto. Si es suficientemente viril, si dificultaría la transición y el resultar atractiva, si se sabe por experiencia que resulta atractivo para los varones homosexuales, simplemente se renuncia al proyecto, sin mucho esfuerzo ni pena, y se sigue viviendo como homosexual.
En segundo lugar, la evaluación de la transición en sí. Si se ve que la transición es posible, porque el propio aspecto, la estatura, etcétera, son por lo menos suficientemente ambiguos, se desea hormonarse y operarse incluso con intensidad, pero al servicio de las perspectivas de ser deseada y amada por varones heterosexuales.
Entonces surgirá con frecuencia una cuestión que se debe a la preocupación primera por el deseo antes que por la identidad: “¿Se conserva el placer después de la hormonación y la operación?”
Es una pregunta reflexiva que requiere respuestas concretas. De las que se reciban, de su evaluación, dependerá seguir adelante o no con la hormonación o la operación. Si se habla, como es la realidad, de la subsistencia del deseo, aun algo atenuado, después de la bajada de la libido por la hormonación, y de la posibilidad del orgasmo, aun dificultado, después de la operación, la persona feminizante podrá seguir adelante. Si tiene dudas, se detendrá.
Sin embargo, parece que son muchas las que se deciden, y realizan una transición completa con la intención de ser atractivas para hombres plenamente heterosexuales. Sabiendo lo que pretenden, pueden realizar también cirugías complementarias, con la intención de feminizarse y embellecerse máximamente.
Sé que esto a veces da plenos resultados, de los que tengo hermosos ejemplos, porque la sexualidad humana está muy matizada por las variantes circunstanciales. Creo que el esquema que lo hace posible es un varón muy castigado por una relación heterosexual anterior más una persona transexual al lado que muestre su amor y sus buenas cualidades, pero hace falta ver claro que, en general, pueden vivirse amores con hombres heterosexuales, más o menos duraderos, aunque generalmente un hombre heterosexual preferirá unirse establemente con una mujer genética, que incluso puede darle hijos, antes que a una mujer transexual, aunque le parezca bella y la ame, considerando incluso el qué dirán. También es verdad que a veces surgirán sentimientos de rechazo por su parte que sean difíciles de superar.
En cambio, la persona feminizante puede descubrir, al empezar la transición, que la distinción entre heterosexualidad y homosexualidad por parte de sus amantes no es tampoco tan radical como se suele suponer. Puede ser que su aspecto suficientemente femenino pueda atraer a muchos varones para quienes la subsistencia de unos genitales masculinos no sólo no sea un inconveniente sino incluso un aliciente.
Puede ser que se sienta suficientemente deseada, admirada y querida por ellos como para detener su transición en la ropa, el arreglo y todo lo más una operación de cirugía plástica de senos. Su atractivo ambiguo es natural, porque ella es ambigua de nacimiento, como hipoandrogénica y también es natural su renuncia a la hormonación y la cirugía. Es natural todo en ella, sin intervenciones que se podrían entender como artificiales.
También es natural su relación con unos varones que desean justamente lo que ella es: una persona femenina, incluso quizá con un pecho femenino, que tiene a la vez genitales masculinos. Ni les gustaría si fuera enteramente masculina, ni si se hubiera operado genitalmente; habría perdido en este caso todo su encanto específico.
Es difícil clasificar a los varones que la aman en la división binaria entre homosexuales y heterosexuales. La aman precisamente por su ambigüedad y dejarían de amarla si se definiera por un sexo binariamente. Incluso pueden desear ser pasivos ante ella, y ella no tiene mayor inconveniente emocional en complacerlos, lo que la hace única.
La realidad de estos varones de orientación ambigua no ha sido suficientemente reconocida en la Sexología. No son heterosexuales, ni homosexuales, ni bisexuales (entendidos como quienes aman a personas de los dos sexos, pero definidamente masculinas o femeninas) Se les podría llamar ambisexuales, insistiendo en la raíz de ambigüedad, como varones definidos atraídos por las personas ambiguas. Su número es alto, mucho más de lo que se puede suponer, como lo prueban en la práctica las altas cifras del trabajo sexual que sostienen.
Vale la pena insistir en la designación como ambisexuales y no bisexuales, y en que no me refiero a quien se siente atraído por las personas de un sexo y las del otro, sino a personas que presenten caracteres de los dos sexos en un solo cuerpo. La única base empírica que tengo para pensar que pueda ser así, la he conseguido en donde se puede ver mejor este erotismo: en las revistas porno de temática trans, dirigidas precisamente al público atraído y motivado por esta temática, y lo que resulta claro en ellas es la fascinación por personas muy femeninas en todo y sólo masculinas genitalmente.
Este erotismo puede verse por ejemplo en muchos desnudos de la italiana Eva Robin's, muy delicados, y en otros mucho más intensos.
Es notable que este erotismo es muy poco conocido, aunque no me parece que sea muy minoritario. Estoy por decir que es el propio una gran minoría de varones, pero no ha sido suficientemente reconocido, no tiene siquiera nombre. ¿Es heterosexual? No ¿Es homosexual? No ¿Es bisexual? No. Por eso lo llamo ambisexual.
Estoy por decir que su origen es la fantasía de la mujer fálica, señalada en el psicoanálisis. Según esta teoría, está muy generalizado en los varones el temor a la mujer, entendida inconscientemente como un abismo o como unas fauces devoradoras. Cuando este miedo inconsciente es muy intenso, surgiría para compensarlo esta fantasía de una mujer fálica, tranquilizadora, no amenazadora, y las trans la harían real.
Es difícil hablar con los amantes de las trans, para confirmar esta hipótesis, pero es fácil comprobarla indirectamente, en la pornografía que consumen, elegida y desde luego pagada, y cara, por una parte de sus clientes, aunque nadie sepa nada de los sentimientos profundos que se expresan en esos sueños que se intenta hacer verdaderos.
En esta clase de erotismo, las mujeres transexuales son deseadas no porque sean mujeres como otras cualesquiera, sino porque son precisamente mujeres transexuales. Esta afirmación será sólo inquietante para quien siga atrapado todavía en el antiguo Código de Género binarista (sólo hay dos sexos, dos géneros, dos orientaciones), que es ideológico, no real, pero no para quien haya comprendido ya que la realidad no es binarista (continuamente nacen niños intersexuales, etc)
Como resumen, la pornografía trans y las fotos y la redacción de los anuncios de trabajo sexual de las travestis suelen mostrar más que la psicología de la propia travesti los deseos y fantasías de sus clientes, que requieren una corporalidad femenina incluso exuberante, unos genitales masculinos definidos y una funcionalidad sexual tanto activa como pasiva.
En la extrema necesidad económica que está muchas veces tras la práctica del trabajo sexual, las travestis necesitan ajustar su realidad a las demandas de los clientes aunque también puede ser real que muchas de ellas coincidan con estas demandas en su manera de ser.
Superando el caso extremo del trabajo sexual por necesidad de supervivencia, como un factor de marginación en nuestra actual cultura (no por ejemplo en la japonesa, con su valoración de las geishas) es posible concebir que estas transexuales y sus amantes puedan encontrarse en el futuro con toda naturalidad. También ellos tendrán que superar los temores que les hacen preferir los contactos efímeros y pagados antes que los estables y verdaderamente amorosos. También ellos tienen que salir del armario. Hombres a menudo varoniles, tienen que perder el miedo a ser clasificados como mariquitas, pues no lo son, por amar a una transexual tal como es y ha nacido, con todo su ser, con su masculinidad y su feminidad, su ambigüedad.
FEMINIZANTE POR ORIENTACIÓN GINÉFILA
Voy a exponer aquí las ideas de Ray Blanchard y Anne Lawrence, que han generado una gran repulsa por parte de la mayoría de la comunidad transexual, que se ha sentido ofendida por ellas, olvidando que no pretenden generalizar y referirse a todas las transexuales feminizantes, sino a una parte de ellas que define con precisión.
El grupo al que se refieren estrictamente son las transexuales feminizantes no intersexuales (no hipoandrogénicas) Es decir, tal como Anne Lawrence concreta, personas XY que han formado una identidad masculina primaria, no han sido femeninas en su niñez, han podido ser activas, acometedoras y deportistas, se han relacionado masculinamente con otros hombres, han tenido novias sin problemas, se han casado sin problemas y han tenido hijos, y que sintiéndolo como parte de su masculinidad han desarrollado una Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo que yendo más lejos de cualquier fetichismo les ha hecho seguir un proceso transexual.
Este grupo existe, y hablar de él es por tanto hablar de la realidad, lo que Anne Lawrence hace con mucho valor y sinceridad, porque está hablando de sí misma, y metiéndose dentro del subconjunto al que llama, con humor, “men trapped in men’s bodies”, “hombres atrapados en cuerpos de hombres”.
Es verdad que Ray Blanchard y ella simplifican al dividir a las transexuales en dos partes, las andrófilas y las ginéfilas, nada más que por la orientación, sin tener en cuenta que la transexualidad feminizante se decide con mayor frecuencia por cuestiones de hipoandrogenia e identidad, aun en las historias en que la orientación ginéfila tiene un un papel.
Esta simplificación es lo que molesta a personas transexuales que sienten olvidada su radical intersexualidad (hipoandrogenia) y su identidad (identificatoria) o su disforia identitaria (desidentificatoria)
El criterio de Blanchard-Lawrence es enojoso porque generaliza al entender a todas las transexuales ginéfilas bajo la manera de ser de ese grupo, que se autodefine con sinceridad (Anne Lawrence) como varones (men) que siguen una sexualidad masculina, aunque singular; una orientación basada exclusivamente en la Figura de la Mujer en el Espejo, sin tomar en cuenta las realidades de la intersexualidad y la identidad.
Pero esta molestia se disipa cuando nos damos cuenta de que se refiere a una parte de las personas transexuales ginéfilas, que esta parte existe, y que por tanto es preciso entenderla.
Anne Lawrence insiste en que en las integrantes de este grupo la única fuerza impulsora es la ginefilia, pero hace falta revisar esta opinión.
Para partir de su aseveración hace falta pensar en un instinto ginéfilo de tal fuerza que no sólo expresa esa Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo travistiéndose y haciéndola así visible, sino que llega al último extremo del deseo de unión propio de la sexualidad mediante un intento de Fusión total con esa imagen, operándose y convirtiéndose en mujer.
Esta Fusión es tan deseada que su deseo sobrevive incluso con la hormonación, cuando desciende la libido. Anne Lawrence atestigua que se sigue valorando lo que se ha conseguido incluso después de ella.
Y aquí creo que está el punto en que debe revisarse este esquema: ¿por qué se llega a esta voluntad de Fusión?
En los heterosexuales, hombre o mujer, se da también este deseo de Fusión, como se puede ver en la literatura de amor desde hace siglos: tú y yo somos uno. La mayor intensidad del sentimiento llega en la cópula y después se desvanece y cada uno vuelve a su ser.
En los heterosexuales la fusión se desea pero no se realiza porque está compensada por la homoafectividad, el reforzamiento de la identidad producido en la adolescencia por el compañerismo y la admiración por personas del propio sexo.
La homoafectividad es lo que hace sentirse orgulloso de ser varón o mujer, y genera una barrera que impide que el deseo de fusión llegue a su extremo.
Esto permite deducir que, si en estas personas transexuales el deseo de Fusión con la Imagen de la Mujer se lleva hasta el extremo de querer convertirse en una mujer, será porque no existe esa barrera, por haber sido débil la experiencia de la homoafectividad. La identidad masculina primaria (un dato) no ha sido reforzada por la homoafectividad (un valor) y por tanto no tiene intensidad suficiente para compensar la fuerza del deseo.
Esta carencia de homoafectividad se podría considerar una forma de intersexualidad afectiva. Un Vacío de Valoración Identitaria donde debía existir esa valoración. Una carencia no radicada en la fisiología (hipoandrogenia) sino en la historia personal, no biológica, sino biográfica.
Para administrarla, conviene recordar que unida en la misma persona existe desde entonces una dualidad: Yo (quien desea) y Lo que deseo.
En este sentido, se puede desarrollar incluso una androfilia secundaria. Si yo me he transformado en mujer (la palabra trans-formado resulta exacta) yo debo amar a los hombres. Entonces los busco, no porque Yo los desee, sino porque es lo que corresponde a la Mujer que quiero ser.
Numerosos errores, numerosas frustraciones que incluyen a otras personas, pueden derivar de esta confusión. Como diría el novelista John Rechy, he incluido a los hombres en mi sueño. Kant no estaría de acuerdo: instrumentalizo a los hombres. Conviene mantener la lucidez: mi unión ha sido con la Mujer.
Éste es el sentido también de la frase de Charlotte von Mahlsdorf que aquí conviene recordar de nuevo: “Yo soy mi propia mujer”.
Andando el tiempo, casi en cualquier momento, puede surgir la experiencia homoafectivsa que faltó en la adolescencia. Puede encontrarse un amigo al que admirar y querer imitar. Entonces, la persona que ha querido Fundirse con la Imagen de la Mujer encuentra por primera vez razones para limitar esta Fusión. Creo que éste puede ser el origen de muchos de los arrepentimientos siguientes al proceso transexual. Si la nueva identidad se debe sobre todo a la ginefilia, si no hay intersexualidad (hipoandrogenia) de base, aunque haya en la zona media una intersexualidad (falta de valoración homoafectiva), perderá interés y se deseará superarla y volver a la identidad masculina primaria, ya reforzada por la homoafectividad, aunque sea tardía y aunque haya que acarrear las cicatrices del combate.
La gestión del arrepentimiento, si se consolida, llega a ser una cuestión crucial. Hay historias publicadas como la de Renée Richards, célebre tenista, en las que el arrepentimiento parece seguir a un simple cálculo de pros y contras en el ámbito social. Sería preciso profundizar e incluir otras variables.
El arrepentimiento es un sentimiento tan fuerte que debe ser canalizado objetivamente, porque si no, la culpa se vuelve una fuerza muy destructiva. Primero hay que recordar que la decisión no se tomó arbitrariamente, sino bajo las condiciones de una falta de homoafectividad que funciona como una intersexualidad psíquica. En consecuencia, será posible canalizar la nueva situación con realismo como un efecto de aquella situación, que quizá no entusiasme ya, pero resultará aceptable como expresión de la propia historia. Esta aceptación realista se puede llamar desarrepentimiento.
Estas historias tampoco le dan la razón a Janice G. Raymond, histórica enemiga de las transexuales, a quienes acusaba de ser varones que querían invadir el espacio de las mujeres. En las transexuales por orientación se da una carencia de un elemento requerido para la total heterosexualidad y no intentan invadir el espacio de las mujeres sino convertirse, hasta las últimas consecuencias, en una de ellas.
MASCULINIZANTE POR ORIENTACIÓN GINÉFILA
En este caso la transexualidad por identificación es casi indistinguible de la transexualidad por orientación, salvo en un punto: la identidad primaria.
El punto de partida es el mismo, una hiperandrogenia menor o mayor que induce a conductas masculinas y al amor viril de las mujeres.
Es oportuno aquí mencionar que puede haber un amor viril por las mujeres, que incluye el deseo de penetración activa y un amor ambiguo o femenino por las mujeres que no lo incluye. La persona XX hiperandrogénica puede sentir ese amor viril que incluye el deseo de penetración hallando una gran frustración en su anatomía, que traduce como impotencia.
La única distinción que cabe entre esa hiperandrogenia, que también hemos visto en el origen de la transexualidasd por identificación, y la transexualidad por orientación es muy sutil. En la primera clase de transexualidad, por identificación, se ha formado una identidad primaria masculina y la persona, no sólo actúa y ama como varón, sino que se considera varón desde siempre, más o menos secreto, más o menos frustrado.
En la segunda clase de transexualidad, por orientación, la conducta y el amor, la ropa, los gestos, son viriles, pero no se ha producido una identidad primaria masculina, sino de mujer.
Esta realidad es muy importante, como reveladora del amplio margen de género que nuestra cultura permite a la mujer e impide al varón. Una mujer puede vestir ropas definidamente masculinas (chaqueta, pantalón, corbata) sin dejar de ser vista como mujer e incluso muy femenina. Cualquier avance realizado por un varón hacia una vestimenta ambigua, es inmediatamente estigmatizado. Sólo muy paso a paso, muy lentamente, se ha ido abriendo la mano hacia el azul celeste, el rosa, el uso de pendientes, los estampados (hawaianos), los pareos… Como resultado, nuestra cultura actual es mucho más transexualizadora para la persona XY variante de género (la obliga a dejar de definirse como varón y definirse como mujer) que para la persona XX variante de género (a la que le permite vestir con ropa plena de varón y seguir siendo mujer)
Tal flexibilidad de género permite a muchas mujeres variantes de género seguir siendo sexualmente mujeres. Hay que preguntarse lo que permitiría a los hombres variantes de género y concluir que la transexualización es muchas veces una imposición indirecta de una cultura muy binarista: “O eres hombre viril o eres mujer femenina. Elige”.
Por esta razón, beneficiándose en este caso de la mayor libertad (o condescendencia) de género que nuestra cultura actual les concede, muchas mujeres pueden llevar vidas prácticamente de varones, sin necesidad de hormonarse ni de operarse, es decir, de transexualizarse. Su guardarropas puede ser indistinguible del de un varón. Sus gestos, análogos. Sus amores, idénticos subjetivamente. Será admitida y respetada.
Por eso, en estos casos, el paso a la transexualidad puede darse en función sólo de los propios sentimientos de deseo y amor.
Como en el caso de las transexuales feminizantes andrófilas, y sus relaciones con los hombres, en el de los transexuales masculinizantes ginéfilos el paso se dará en función de sus relaciones con las mujeres.
Será un paso reflexivo y dependiente de la experiencia. No será compulsivo y dependiente sólo del interior personal. Se medirá cuidadosamente en todas sus partes.
Una persona XX hiperandrogénica que haya formado una identidad femenina primaria y que sea ginéfila (que es el caso que estamos considerando) puede sufrir determinadas frustraciones muy serias.
Puede enamorarse de una mujer heterosexual que la rechace por ser mujer. Puede que esta historia se repita muchas veces. Puede sentirse literalmente impotente en sus deseos masculinos hacia la mujer.
Todo ello le hará plantearse si le iría mejor hormonándose, teniendo barba y voz grave, musculando sus brazos, incluso operándose, eliminando pechos y formando alguna clase de verga, etcétera
En definitiva, masculinizándose corporalmente, haciéndose semejante a un varón en todo, no sólo en ropa o en conducta.
Pero obsérvese que el impulso hacia la masculinización corporal le viene de fuera, de la evaluación de sus relaciones con las mujeres; de su interior ha surgido la masculinidad de género, pero no esta masculinización sexual, que sin embargo puede decidir en atención a sus posibilidades con las mujeres y por tanto es una transexualidad por orientación.
A partir del momento de la decisión se pone en marcha una identidad masculina secundaria que puede consolidarse dada la conciencia de la notable hiperandrogenia de base y de las experiencias que la han causado.
Estas historias de los transexuales masculinizantes por orientación, por su nitidez y su independencia de las cuestiones de género, permiten comprender mejor las de las transexuales feminizantes por la misma causa. La transgenericidad de base es tan fuerte, que se suele expresar suficientemente en formas ambiguas de género y no actúa como causa directa de las decisiones transexuales, que son reflexivas, no compulsivas, y sujetas al cálculo del deseo.
También la escasez relativa de transexuales masculinizantes entre quienes permanecen como mujeres lesbianas, permite comprobar la eficacia de la distensión suprabinarista del Código de Género. En el momento en que éste permite una expresión ambigua de género dentro del sexo femenino, son una mayoría las personas XX que se acogen a esta fórmula, y las radicales decisiones transexualizadoras quedan como minoritarias, para resolver cuestiones específicas, casi personales.
De la misma manera, cuando el Código de Género permita por ejemplo que las personas XY ambiguas puedan vestir pareos y camisas hawaianas, siendo así reconocidas y respetadas en su ambigüedad, las radicales decisiones transexualidoras serán menos que en la actualidad, cuando un contexto binarista hace que si no se quiere vivir como varón muy definido, haya que vivir la ambigüedad como un estigma y, para superarlo hasta cierto punto, vivir como mujer (porque el binarismo hace desde luego que sea más respetada una mujer transexual que un hombre femenino)
MASCULINIZANTE POR ORIENTACIÓN ANDRÓFILA
Hay poca experiencia de transexuales masculinizantes andrófilos y sin embargo son una parte de la realidad transexual.
Por el momento sólo puedo hacer unos apuntes hipotéticos. Puesto que también parten de la intersexualidad (hiperandrogenia), y ésta permite una buena acogida en las escuelas, liderazgo en las aulas, respeto en el campo de deportes, supongo que una orientación andrófila de base se puede unir a fuertes sentimientos de homoafectividad cruzada, es decir, a una camaradería intensa con los compañeros varones que se traducirá enseguida en deseo sexual, siguiendo pautas muy parecidas a las de los homosexuales masculinos.
La persona XX hiperandrogénica puede haber formado una identidad femenina primaria, como en el caso anterior. Pero la fuerza de su compañerismo con los varones y su propio deseo por los varones, pueden hacerle tomar a uno como modelo para sí, más fuerte que el modelo de mujer con que constituyera su identidad primaria, que aunque permanezca intacto en el fondo de sí, demostrará menos eficacia en la práctica para integrar las experiencias hiperandrogénicas y, sobre todo, el compañerismo con los varones, cuyo amor queda incluso potenciado.
Esta identidad femenina primaria será la única sutil diferencia que diferenciará a esta persona de los transexuales masculinizantes por identificación que formaron una identidad masculina primaria.
A menudo se mantendrá plenamente consciente de que no necesita una identidad masculina para vivir como quiere. Como sus compañeros transexuales, elegirá un aspecto ambiguo, o también masculinizante.
Sin embargo, la conciencia del crack que su expresión supone en medio del Código de Género binario (una mujer de aspecto ambiguo o muy masculino que sin embargo no es lesbiana, sino que se ve atraída por los varones), puede empujar a esta persona a relaciones muy difíciles y al cálculo de lo que puede hacer para encontrar un mejor acomodo social.
Por lo poco que sé directamente de esta forma de transexualidad, esta forma de ser llevará con naturalidad al ambiente gay, donde también llegará con naturalidad a la hormonación y masculinización de su aspecto: barba, voz, musculatura…
Esta decisión no saldrá sin embargo de su interior, sino de un cálculo no compulsivo de sus posibilidades, concediendo la prioridad a sus impulsos andrófilos.
Las dificultades que se puedan suponer a priori para vivir como gay, se desvanecerán ante la complejidad de la sexualidad humana, que en la realidad práctica no es binaria.
El éxito de su transexualidad por orientación le llevará a desarrollar una identidad masculina secundaria, concretamente como gay.
TRANSEXUALIDAD POR TRAUMATISMO
Poco conocida, quizás frecuente pero no identificada en su especificidad por tender a confundirse con otras formas.
La defino como la desarrollada en la edad adulta a consecuencia de un trauma claramente visible, habiendo algunos antecedentes que permiten su confusión con otras formas.
No hay por tanto suficiente documentación para hablar de ella cuando no se ha experimentado personalmente, pero existe un espléndido relato autobiográfico, “Travelling”, de Kathy Dee, que permite estudiarla todavía hipotéticamente, puesto que a mi entender, describe una experiencia de esta clase.
Por otra parte, a lo largo de este estudio, hemos visto también algunos conceptos que podemos usar como herramientas conceptuales para analizar nuestras propias historias, si vienen al caso.
El elemento decisivo es la presencia de una frustración muy traumática, un hecho muy visible, que señala con toda claridad un antes y un después.
Antes, la persona que lo sufre ha podido vivir sin mayores problemas dentro de su género lineal, aunque puede haber algunos antecedentes de fantasías o travestismo. Después, desarrolla súbitamente una transexualidad compulsiva.
En la fase anterior de su vida, ha podido ser una persona XY que formó una identidad masculina primaria, que vivió como varón ginéfilo sin problemas, que se casó heterosexualmente y tuvo hijos, o una persona XX cuya identidad primaria fue femenina, que vivió como mujer andrófila sin problemas, que se casó heterosexualmente y tuvo hijos.
En los dos casos, pudo haber o no algunas fantasías más o menos reiterativas, del tipo “si yo fuera mujer” o “si yo fuera hombre” , e incluso algún travestismo ocasional o periódico por parte de la persona XY o la preferencia por ropas más bien masculinas por parte de la persona XX, pero nada que impida una vida fundamentalmente sin problemas dentro del género lineal. Obsérvese que he dicho que puede haber o no.
También puede haber o no cierto grado de hipo- o hiperandrogenia perceptible al análisis, pero no en forma muy definida. Como se deduce, en algunas historias puede no haber ninguna hipo- o hiperandrogenia perceptible. La persona XY puede ser incluso muy masculina de aspecto y la persona XX muy femenina.
El Test de los Reyes Magos, aplicado retrospectivamente, revelaría la preferencia por juguetes y juegos linealmente masculinos o femeninos.
La frustración traumática puede ser de muchas formas. Yo tengo identificadas sólo dos, en historias que me parecen de esta clase: o un fracaso heterosexual muy doloroso, sentido como profundamente humillante, que significa la pérdida de toda confianza en las propias posibilidades como hombre o como mujer; y el estrés igualmente sentido como definitivo ante las responsabilidades como hombre o como mujer, en un contexto muy binarista.
Otros traumas pueden ser posibles. En todos ellos, puede que la decisión sea tirar la toalla.
Entonces puede empezar un proceso transexual que las circunstancias traumáticas que lo han producido hacen compulsivo, precipitado, poco racional, a veces decidido de la noche al día.
¿Cómo se puede producir un cambio externo tan radical?
A mi entender, debe de tener antecedentes, que hipotéticamente sitúo en la falta o debilidad de la Fase Homoafectiva, en la que el dato de la identidad primaria se convierte en valor.
En “Travelling”, Kathy Dee cuenta que tenía una hermana mayor, profundamente valorada por su madre, que se la ponía continuamente como ejemplo. Cuando su hermana murió, el niño sintió que de alguna forma debía sustituirla, no como niña o adolescente, sino en los valores que representaba. No habla por otra parte de amigos o compañeros a los que él admirase o quisiese imitar.
Por tanto, aunque su identidad primaria fuese masculina, no parece que situase en ella un valor especial. Su valoración era precaria y estaba expuesta a cualquier contratiempo.
De hecho, el muchacho se travistió periódica y clandestinamente, aunque sin que ello afectase a su identidad ni a sus planes de vida. Pasando los años, el joven se enamoró profundamente y se casó heterosexualmente. Siguió travistiéndose en secreto como antes, pero sin ninguna consecuencia en su vida práctica.
El trauma llegó al volver inesperadamente una noche y descubrir a su esposa con un hombre con quien pensó que no podía competir en masculinidad.
Destrozado, profundamente humillado, esa misma noche decidió que sería transexual, abandonó su casa en Bélgica y se trasladó al cercano Hamburgo, donde empezó una vida en el trabajo sexual.
Se puede imaginar que una homoafectividad intensa, rica, fruto de emociones positivas, de historias estimulantes en compañía de otros amigos a quienes se quiere y se admira, que llenan el corazón, hubiera constituido esa barrera identitaria que ya se ha visto en la dinámica heterosexual, que preserva la identidad lineal de cualquier contingencia.
Pero si la experiencia homoafectiva fue más difusa e indefinida, se puede decir que su marca en la personalidad es menos profunda, y estos traumas pueden buscar una salida por encima de la identidad.
He señalado hasta ahora que lo que puede explicar el paso al proceso transexual puede ser cierta labilidad psicológica; también se puede pensar en un origen biológico, una ligera indefinición que no haya llegado siquiera a la conciencia, pero que resulte activa y perceptible en esas condiciones traumáticas, como una tinta invisible que reacciona y se puede leer.
Por cierto, que esta historia se puede parecer a otras de transexualidad feminizante por orientación ginéfila, pero se diferencia en que el factor que decide la transición no es la ginefilia, sino una frustración concreta y muy traumática.
En cuanto al estrés por las responsabilidades como hombre o como mujer, puede ser que en ocasiones se alcance una situación considerada como insoportable.
Puede ser también que muchas más veces, el simple travestimiento temporal, o el uso de prendas de género cruzado, se sienta como un alivio suficiente; pero que pueda llegar el momento en que el agobio sea tan fuerte que se desee compulsivamente un alivio mucho más definido.
Pienso, como ejemplo de lo primero, en la leyenda o la realidad de Edgar G. Hoover, jefe del FBI. Era un hombre muy masculino de aspecto y de hechos, muy duro, de quien se dice que, cuando se reunía con sus ayudantes más cercanos en su propia casa, para relajarse y pensar con mayor claridad en las discusiones, se ponía un vestido de noche y paseaba arriba y abajo fumando un puro.
Esta leyenda o esta realidad es útil porque ilustra el hecho del travestimiento como alivio del estrés. Permite situarse imaginariamente en una situación con menos responsabilidades y a partir de ello disminuye el agobio.
Edgar G. Hoover no fue transexual. Su éxito social, por otra parte, compensaría su estrés. Pero pueden imaginarse situaciones más duras en las que un estrés insoportable genere el deseo de un cambio radical de sexo.
Otras personas pueden abandonar sus trabajos y sus carreras profesionales e irse a vivir al campo. El factor decisivo en estos casos puede ser también si se ha vivido o no una Fase Homoafectiva definida. Hombres externamente tan viriles como Hoover pueden no haberla vivido y entonces la salida del estrés sería la transexualidad.
También supongo, hipotéticamente, que algunas personas XX pueden hacerse transexuales por una frustración simétrica.
La batería de herramientas que hemos visto me permite aventurar una descripción:
Personas XX ligeramente intersexuales (hiperandrogénicas); identidad femenina primaria; Test de los Reyes Magos suficientemente femenino; homoafectividad no muy definida aunque han soñado alguna vez con el “si yo fuera hombre”, común a muchas mujeres, que denota simplemente la conciencia de los privilegios masculinos; andrófilas; quizá casadas y con hijos, felizmente, pero quizá muy fracasadas en su matrimonio y progresivamente muy cansadas de su papel social, enfatizándose el “muy” hasta el punto de romper con su identidad y empezar una aventura transexual, entendida como un acto de libertad.
Puede ser que algún lector, transexual masculinizante, se reconozca en esta historia teórica.
Sin embargo, en unas y otras se recomienda prudencia. La frustración, el estrés, por dolorosos que sean, se alivian con el tiempo, especialmente si quien los padece se aleja de la fuente del dolor.
No conozco estudios de seguimiento sobre estas historias de transexualidad por frustración, ni siquiera descripciones de la misma. Pero es posible que, pasada la fase álgida del trauma, y la compulsividad de la reacción transexual, den lugar a muchos de los arrepentimientos por sus consecuencias sociales.
Se debe ser prudente en las decisiones, cuidar su reversibilidad, no dejarse llevar irreflexivamente por la compulsión. Todo esto es posible, incluso en los traumas más violentos. En estos procesos, el tiempo dirá de su estabilidad, que dependerá de la profundidad de experiencias y sentimientos.
Sólo cabe decir que, junto a los arrepentimientos, que pueden ser tristes, pero estar suficientemente motivados si no son compulsivos, puede haber también esa fase de desarrepentimiento o aceptación realista de la reacción transexual. Se abre a las personas transexuales por frustración un cálculo sereno de la propia realidad, una valoración de lo perdido y lo conseguido por la reacción transexual que permita una adaptación madurada a la realidad.
III PARTE. ELEMENTOS DE LA TRANSEXUALIDAD
I . INTERSEXUALIDAD CEREBRAL POR HIPO- O HIPERANDROGENIA
GUIÓN. La intersexualidad en los conjuntos difusos sexuales. Flujo variable de andrógenos en la edad prenatal. Efectos en algunos casos: intersexualidad fenotípica; intersexualidad cerebral. Definición biológica más que médica.
Hemos visto hasta este momento algunas de las diferentes formas que puede tomar la experiencia transexual en su conjunto, como historias de vida.
Ahora vamos a aplicar al microscopio un punto más de potencia de aumento, para examinar por separado con mayor detalle los hechos que hemos ido señalando.
En primer lugar, la intersexualidad. En casi todas las historias descritas, he mencionado una intersexualidad como base de las mismas.
Entiendo la intersexualidad como el hecho central de la concepción suprabinarista de la sexualidad y tengo que explicarla con arreglo al concepto de los conjuntos difusos o borrosos. No se puede definir exactamente, no se puede señalar un límite definido entre ella y la masculinidad o la feminidad, porque tal límite definido no existe. Es una cuestión de más o menos.
Para comprender esta idea, es preciso partir de la edad prenatal. Los embriones aparecen cromosómicamente diferenciados, hay embriones XX, embriones XY y embriones XO, XXY, etcétera, en una asombrosa variedad de realidades.
Existe por tanto una intersexualidad cromosómica, aunque muy escasa en número. La mayoría de los embriones son XY o XX, pero la realidad cromosómica no es binaria.
La forma del embrión y del feto es al principio única; no hay diferenciación sexual en su fenotipo; existe en todos el germen de un órgano que más adelante se diferenciará en clítoris o pene y el de unas mamas que luego se desarrollarán o no. Hay por tanto una edad en la que el fenotipo o apariencia externa tampoco es binario.
A continuación, llega un flujo de andrógenos; la presencia diferencial del cromosoma Y hace que sea mayor en los fetos que lo contienen, aunque también se da en menor cantidad en los que no lo contienen.
Es un chorro de andrógenos y como todos los chorros, puede ser mayor o menor, más persistente o más corto. Al decir mayor o menor, estamos hablando del más o menos que es la base del concepto de conjuntos difusos. Por tanto, la androgenización tampoco es binaria.
Existen en ella varios puntos decisivos, desde luego. Una determinada cantidad provocará la formación de gónadas funcionales masculinas, otra cantidad formará gónadas funcionales femeninos, y en medio de ambas, otras cantidades no formarán gónadas funcionales, con una gran variedad de hechos. Igual se puede decir de la formación de otros órganos, como los conductos internos y el cerebro. El resultado es que la mayoría de los fetos siguen desarrollándose como definidamente masculinos o femeninos en su fenotipo, pero hay una parte que no lo está. Los fenotipos tampoco son binarios.
Estos fenotipos no definidos son los que son clasificados como intersexuales por los médicos a primera vista, porque son los que se ven en en el momento del parto, cuando no se llevan a la práctica otros análisis, por razones prácticas. Otros serán comprendidos como intersexuales más adelante, cuando la evolución en el tiempo haga que se lleven a la práctica otras pruebas como las cromosómicas, radiológicas, etcétera.
La indefinición cerebral resulta imposible de observar directamente con nuestros métodos actuales, y más porque es, más que cualquier otra, una cuestión de conjuntos difusos. Podemos observarla indirectamente en sus efectos conductuales, y siempre como un más o menos. No podemos señalar límites definidos; siempre parece una cuestión en la que no existe un día ni una noche, sino una amplia gama de crepúsculos, en la que la luz es variadísima y toma diferentísimos colores. Y como se ha dicho con razón, el cerebro es un órgano sexual, en cuanto coordinador de la sexualidad o conducta sexual y organizador de la conducta de género; y este órgano sexual, más que cualquier otro, no es binario.
Describir la variedad de las formas cerebrales, requiere recurrir a un más o menos. En la vida diaria recurrimos continuamente a los más o menos para entenderla, en muchísimos de sus aspectos, éticos, estéticos, económicos, etcétera. Científicamente, se aplican mediante la Teoría de los Conjuntos Difusos.
El efecto de los andrógenos es la mayor o menor virilización del cuerpo y la mayor o menor acometividad o agresividad en la conducta. Es evidente que, en un universo donde hay un amplio lugar para la agresión, incluso para la subsistencia –los carnívoros necesitan agredir para comer- cierto grado de acometividad o agresividad es funcional para la especie humana, lo mismo que otro cierto grado llega a ser perjudicial. Estamos hablando por tanto de grados, de más o menos en la conducta.
Por tanto, indirectamente, el grado de acometividad o agresividad, permite evaluar la hiper- o hipoandrogenia cerebral.
Un grado máximo, será visible mediante formas externas de conducta como su canalización en juegos más o menos violentos físicamente o mentalmente –el ajedrez-, que simbolizan y ritualizan el combate, por el desarrollo muscular gracias al ejercicio físico, por actitudes como la valentía o la audacia, etcétera.
Es evidente que todo ello es cuestión de más o menos. Conforme nos alejamos de la arrogancia hiperandrogénica, nos encontramos con formas de conducta en las que prevalece la sensibilidad, la solidaridad, el sentido del cuidado mutuo, que van unidas a cierta hipoandrogenia, y que también son cuestión de más o menos.
Lo más notable es que esta diferencia no está alineada con los sexos fenotípicos. Hay mujeres fenotípicas muy hiperandrogénicas y varones fenotípicos muy hipoandrogénicos, aunque la mayoría de las mujeres manifiesten conductas más o menos hipoandrogénicas y la mayoría de los varones manifiesten conductas más o menos hiperandrogénicas.
Esto habla indirectamente, por tanto, de la impregnación androgénica diferenciada en la edad prenatal y de la formación de estructuras o pautas de origen androgénico diferencial. El estudio de las diferencias cerebrales está empezando. Probablemente, su resultado dé origen al dibujo de dos campanas de Gauss, una representando la hiperandrogenia definida en más o menos, masiva, unida por la indefinición, minoritaria, a otra que representa la hipoandrogenia más o menos definida, más o menos masiva, pero todo ello ligeramente diferente de la repartición por sexos.
Estamos hablando, por tanto, de una intersexualidad generalizada entre los extremos, probablemente imposibles, de androgenia 100 % y androgenia 0.
Esta definición de intersexualidad es biológica y no es la médica, pero expresa la realidad natural, más allá de la Medicina. En la inmensa mayoría de los casos, no se es consciente de ella, probablemente porque se está en las zonas altas de las dos campanas de Gauss, pero en algunos casos se es muy consciente de la posición personal intermedia o hasta claramente cruzada (varones que están en las zonas altas de hipoandrogenia, mujeres en las zonas altas de hiperandrogenia), y entonces esta posición da lugar a una cuestión de identidad.
El concepto de la intersexualidad cerebral como base de muchas de las formas de la transexualidad se funda en un amplísimo trabajo previo de muchos investigadores. Empecé a tener en cuenta esta posibilidad al leer "Las intersexualidades", ¿Qué sé?, Barcelona, 1973, de Gilbert-Dreyfus, el mayor especialista francés, en la que clasificaba como comportamiento intersexual la transexualidad.
Fui confirmándola con "Prenatal Stress Feminizes and Demasculinizes the Behavior of Males", de Ingeborg L. Ward, de la Villanova University, de Pennsylvania, en Science, 175, 1972; "Adult Erotosexual Status and Fetal Hormonal Masculinization and Demasculinization (...)", de John Money, Mark Schwartz y Viola G. Lewis, de la John Hopkins University, en Psychoneuroendocrinology, 9, 4, 1984; y en "Prenatal Exposure to Female Hormones, Effect on Psychosexual Development in Boys", de Irving D. Yalom, Richard Green y Norman Fisk, de la Stanford University, en "Archives of General Psychiatry", vol 28, April 1973, artículos que conseguí en 1993 mediante la Biblioteca Universitaria de Granada.
Obtuve una visión de conjunto en Anne Moir y David Jessel, "El sexo en el cerebro", Planeta, Barcelona, 1991, excelente obra de divulgación de la que extraigo otras referencias:
La feminización hormonal prenatal del cerebro XY y su relación con la conducta fue estudiada por June M. Rheinisch, desde 1976 a 1984, en diversos capítulos de obras colectivas como "Hormones and Behaviour" o "Sex Related Differences in Cognitive Functioning", y artículos en Nature y Science.
La masculinización hormonal prenatal del cerebro XX y también la feminización del cerebro XY y su relación con la conducta han sido estudiadas por A.A.Ehrhardt, entre 1979 y 1987, en un capítulo de "Sex Differences and Behaviour" y artículos en Science, Archives of Sexual Behaviour, Psychology and Gender y Annual Review of Medicine.
VACÍO DE HOMOAFECTIVIDAD
GUIÓN. La fase homoafectiva en la preadolescencia. Función de la homoafectividad: la valoración de la identidad. Barrera de identidad frente al deseo de fusión. El proceso mayoritario de la homoafectividad a la heterosexualidad. De la homoafectividad muy intensa a la homosexualidad. El Vacío de Homoafectividad: la transexualidad. El vacío de homoafectividad puede ser reversible, pero subsiste la intersexualidad de base. Validez de este esquema en la Transexualidad por Identificación, Desidentificación y Traumatismo, pero no en la Transexualidad por Orientación. La homoafectividad cruzada.
Por tanto la intersexualidad (hipo- o hiperandrogenia) por sí sola no explica la transexualidad. Hay muchos varones hipoandrogénicos y mujeres hiperandrogénicas que mantienen de forma natural una identidad lineal.
Hay que pensar en algo más, que es el vacío de homoafectividad.
Ya Freud comprendió que en el desarrollo de todo ser humano, lo corriente es pasar por lo que llamó una fase homosexual, entre los ocho y los doce a catorce años, que es la edad que ahora se llama preadolescencia.
El nombre no es exacto, porque en esa fase no suelen darse contenidos sexuales. Más aún, la preadolescencia es una edad en que la sexualidad queda en un estado de latencia, no manifestándose hasta el punto de parecer que falta por completo.
Por eso, es más correcto hablar de homoafectividad, porque en tal edad suele ser en cambio muy intensa afectivamente la relación afectiva con las personas del mismo sexo.
Es la edad de “los niños con los niños y las niñas con las niñas”, en la que se crean fuertes lazos de compañerismo y aun de admiración por algunos o algunas que resultan modelos de vida y a los que se imita. Esta admiración e imitación es particularmente intensa hacia quienes parecen ejemplos perfectos de masculinidad o feminidad: deportistas, actores, profesoras, actrices, generalmente.
Los y las preadolescentes intentan imitar a sus modelos hasta en sus gestos o su manera de andar. Los preadolescentes valoran jugar con muñecos duros y musculados, en los que se ven a sí mismos en el futuro, y las preadolescentes con muñecas atractivas, de largos cabellos y vestuario glamuroso, en las que proyectan sus propias perspectivas.
La función de la homoafectividad es valorar positivamente la propia identidad de género. Hasta ese momento, se puede decir que la identidad es un simple dato; se sabe que se es varón o mujer y nada más; desde entonces es un valor.
Este valor, profundamente arraigado, configura incluso una barrera de identidad que impide que, en la fase siguiente, la pubertad, cuando por fin se desarrolla la sexualidad, y la admiración se dirige volcánicamente hacia las personas del otro sexo, haya un deseo de imitación y aun de fusión con ellas. Tal barrera de identidad, en pocas palabras, permite amarlas y amarse a sí mismo o sí misma.
Puede haber un sentimiento de unidad y fusión total en el momento más fuerte de la unión sexual (que ha sido expresado con fórmulas como “Yo soy Tú”), pero cesa inmediatamente después.
Este proceso que va de la homoafectividad a la heterosexualidad puede ser mayoritario, pero hay que observar que no es general, porque hay importantes minorías en las que no se da.
En primer lugar, hay personas que viven una fase homoafectiva tan intensa y duradera que, cuando llegan a la pubertad, simplemente la sexualizan, llegando a ser homosexuales.
Con menos frecuencia, hay personas que no pasan por la fase homoafectiva. Somos las personas transexuales. En nuestras historias, se da por tanto un vacío de identidad, o más bien, de valoración de la identidad lineal que podemos haber tenido, que da lugar va un desarrollo cruzado.
Puede haber habido algunas historias de homoafectividad aisladas, desde luego, pero no dan lugar a una homoafectividad constante y consistente. Más bien se puede dar un rechazo definido hacia las personas del mismo sexo. Este rechazo puede ser mutuo, y sostenerse (pero no necesariamente) en las diferencias de la conducta androgénica; un niño hipoandrogénico tendrá dificultades para comprender y valorar a niños cuya conducta corresponda a las cuantificaciones masculinas medias o altas, y lo mismo les sucederá a estos niños respecto a él; no lo verán como modelo a imitar, no lo verán como aceptable, y la indiferencia dará paso fácilmente a la hostilidad.
La hostilidad mutua es lo contrario de la homoafectividad. No habrá experiencia de compañerismo, de admiración, de imitación. No habrá una valoración de la propia identidad como dato, más bien una desvaloración, seguida de un rechazo mutuo.
En el caso de las niñas se puede dar la misma dinámica, cuando falten modelos a quienes admirar o imitar. Esto se dará especialmente en el caso de las niñas hiperandrogénicas, particularmente activas y turbulentas, que se sentirán expatriadas entre niñas cuyas conductas correspondan a los valores medios o bajos de la androgenia femenina. Ni seguirán sus líneas de acción ni compartirán sus preferencias, encontrándose en una situación de indiferencia mutua que dará lugar fácilmente al rechazo y la hostilidad.
Éste es el papel que puede tener la intersexualidad (hipo-o hiperandrogenia) en la formación de un vacío de identidad; pero aunque esto sea frecuente, no es la única dinámica concebible.
Al fin y al cabo, al hablar de afectividad, hablamos de sentimientos mutuos, y esto depende de las personas concretas que se encuentren o no se encuentren especialmente en la familia y en la escuela. Hablo de situaciones extremadamente circunstanciales. El rechazo mutuo puede surgir de esa relativa intersexualidad, pero también de otras muchísimas variables.
En todo caso, parece que el vacío de homoafectividad puede ser una de las causas de la transexualidad.
En una situación de vacío, de falta de valoración de la identidad lineal, son posibles dos salidas:
O bien se produce una homoafectividad cruzada, una aceptación como modelos a admirar e imitar de personas del otro sexo, incluso desde la preadolescencia, dependiendo de que se encuentren esas personas, de que estén delante y en la vida del o la preadolescente que no encuentra modelos de su sexo.
O bien se pasa directamente y en vacío a la pubertad, cuando la sexualidad se desarrolla, y entonces, la falta de Barrera de Identidad a la que me he referido como consecuencia del Vacío de Homoafectividad hace que la atracción se convierta en deseo de fusión permanente. Entonces es cuando se produce el hecho que se ha llamado Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo, que se ha llamado también autoginefilia.
He pensado, en años muy anteriores a la redacción de este Manual, que el Vacío de Homoafectividad, por ser muy temprano, situable en la preadolescencia, debería ser considerado como constitucional de la personalidad y como irreversible.
Sin embargo, en años más recientes, la experiencia me ha mostrado que ese Vacío de Homoafectividad puede ser reversible; es un dato de la memoria y, como tal, puede volver a hacerse efectivo en cualquier momento, pero puede ser colmado por una experiencia homoafectiva intensa y duradera que también puede producirse en cualquier momento. La Homoafectividad produciría su efecto acostumbrado de valoración de la identidad lineal y entraría en conflicto con los procesos de identificación cruzada, aunque éstos siempre mostrarían una solidez arraigada en la memoria.
Sin embargo, aunque el Vacío de Homoafectividad se haya colmado, subsistirá la Intersexualidad, que es una realidad corporal, cerebral, no sólo de pensamiernto. Si la persona es realmente ambigua, ¿con quiénes puede sentirse identificada, sino con otras personas ambiguas? Puede ser que con personas homosexuales, masculinas o femeninas, y que, dentro del sistema de pensamiento binarista, entienda que es con hombres o mujeres con quienes se ha identificado, olvidando que comparte con ellos armarios y salidas del armario, angustias y desafíos, y que de ahí puede venir su identificación, o que además se identifica con los homosexuales más femeninos o las homosexuales más masculinas.
En todo caso, conviene entender estos complejos procesos para no sorprenderse ni culpabilizarse de los cambios que se puedan observar en ellos. A través de ellos, se puede llegar a un entendimiento más perfecto de sí y a una identidad más propia, que muchas veces será de persona intersexual. “No soy hombre ni mujer”, se definía audazmente una amiga transexual.
Estos esquemas corresponden a los procesos de Transexualidad por Identificación y por Desidentificación, y en un grado menos definido, a la Transexualidad por Traumatismo.
Sin embargo, no corresponden a la Transexualidad por Orientación. Recordaré que en ella, a una intersexualidad por hipo- o hiperandrogenia, puede suceder una homoafectividad cruzada, seguida en las transexuales feminizantes por una intensa androfilia y en los transexuales masculinizantes por una no menos intensa ginefilia.
En estas historias de Transexualidad por Orientación puede haber una identidad lineal primaria, pero precaria. La persona se habrá sentido siempre sólo un poco masculina o femenina, o sencillamente distinta. La homoafectividad cruzada puede haber sido intensa, y haber determinado una experiencia significativa, dirigida por ejemplo hacia una hermana mayor o una profesora tomada como modelo, pero no puede decirse que haya habido vacío de afectividad. Es un esquema muy semejante al heterosexual, pero cruzado.
Como ya vimos, el desarrollo transexual en estas historias transexuales por orientación depende más de la intersexualidad (hipo- o hiperandrogenia), como hecho, más que como sentimiento, y de la orientación, que de la identidad.
FASCINACIÓN POR LA IMAGEN DE LA MUJER EN EL ESPEJO
GUIÓN: Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo, tras el Vacío de Homoafectividad. Una descripción literaria. Querer ser esa Imagen: Una solución simbólica de un problema real (parafilia) Solución real: aceptación de la propia intersexualidad. Muchas historias transexuales se convertirán en historias intersexuales. Líneas de acción del Movimiento GLTB. Cuatro autopreguntas sobre la Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo, y cuatro respuestas. La solución de la cuarta está fuera del binarismo. Una trampa ante la que hay que estar alerta. Pero la intersexualidad y el vacío de identidad son más firmes que la Imagen de la Mujer en el Espejo. Formas rompegéneros.
Voy a tratar en esta sección de una experiencia cuyos recuerdos y renovaciones acompañan con frecuencia a la transexualidad feminizante: la Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo. No la acompañan siempre; no son su causa cuando aparecen, como suponen Ray Blanchard y Anne Lawrence, que la llaman autoginefilia, sino que sigue a una causa anterior, más decisiva, el Vacío de Homoafectividad; pero cuando se da, constituye un motor de gran fuerza, que sin embargo puede faltar más adelante.
Leí en mi juventud una novela italiana que guardé y luego perdí y de la que por tanto no sé el autor ni el título, que contaba la historia de un adolescente enamorado de su prima que en un carnaval, no sé por qué, tiene que vestirse con la ropa de ella. Se ve entonces reflejado en el espejo del armario y se queda fascinado al ver la imagen de su prima aparecer en el cristal.
No sé cómo terminaba la novela, pero se puede pensar que continuara de dos formas. Si el adolescente contaba en su memoria con una imagen positiva de sí mismo como varón, conseguida en la convivencia con sus compañeros, esa experiencia, fascinadamente vivida en la tarde de Carnaval, llegada a su cima al encontrar de verdad a su prima, se desharía como una nube de verano, dejando sólo un dulce y misterioso recuerdo que se podría representar por las palabras “tú eres yo”.
Si el adolescente, sentimental y reflexivo, se hubiera encontrado antes solo, si no hubiera llegado a vivir una verdadera amistad con sus compañeros, si no hubiera llegado a valorar positivamente su identidad como varón, aquella experiencia se quedaría insistiendo en su recuerdo como “yo hubiera podido ser ella”.
En esta historia y sus comentarios se recoge lo fundamental de la experiencia de la Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo.
Su fuerza es inmensa, porque calma a la vez un vacío afectivo, y cuenta con la intensidad biológica de la libido.
Su efecto es querer ser esa Imagen de Mujer. Llegar a una visión de sí idealizada, en la que la propia persona aparece revestida de la forma perfecta que se ama.
Si esa visión se puede materializar, si la propia forma juvenil puede representar realmente con la ropa y el arreglo la imagen deseada, la intensidad del deseo se vuelve arrolladora.
Si no se puede materializar porque la propia imagen esté alejada de la soñada, seguirá actuando como sueño, tanto más deseado cuanto menos realizable.
El espejo del cuarto de baño, la cámara fotográfica, serán los medios de esa materialización.
La gloria de la experiencia hace sentirla insuficiente, por ser solitaria. Se desea salir a la calle para poder ser vista, para ser admirada preferiblemente por los hombres, pensando que la admiración en sus ojos será el sello de la fusión.
Si se consigue salir, pasear, despertar miradas, ver en ellas el mismo sueño, una admiración absoluta, es que entonces la fusión total se habrá conseguido.
De paso se habrá solucionado la falta de estima propia que ha producido el vacío homoafectivo. Antes se era gris y ahora se resplandece. El muchacho tímido e inseguro da paso a la muchacha luminosa.
Quien no era querido ni valorado, ahora puede ser admirada y deseada.
Se ha conseguido una solución simbólica a un problema real. Es simbólica, porque no se es una muchacha. El problema era real porque la propia naturaleza, probablemente algo intersexual, hipoandrogénica, no era entendida ni valorada como tal por los demás.
He llegado a pensar que esa unión de solución simbólica y problema real es el verdadero contenido de las llamadas parafilias. Quizá excite y produzca placer porque el problema producía una angustia profunda. Tiende a repetirse, porque es solución, pero tiene que repetirse porque no es solución real, sino simbólica.
¿Cuál debe ser la solución real? Creo que consistirá en la aceptación de la propia naturaleza intersexual, tal como es, que será posible en la medida en que se pueda conseguir una homoafectividad con otras personas semejantes.
No se trata de definirse como varón, porque la falta de homoafectividad con los varones ha demostrado que no se lo es; tampoco como mujer, porque la propia dinámica, tal como se ha expuesto, no es una dinámica de mujer. Se trata de definirse no binariamente, como persona más o menos intersexual, que debe encontrar su propio camino en la vida y tiene el derecho de ser reconocida socialmente como lo que es.
Como mantengo, muchas historias transexuales de ahora mismo se convertirán en el futuro en historias intersexuales. El prefijo “trans”, que indica paso, dejará lugar al prefijo “inter”, que indica entre. Puede ser incluso que el prefijo “trans” se mantenga, pero cambiando de significado, pasando de indicar transición completa desde un polo a otro, a señalar la propia situación de transición, de intermediariedad.
Para que todas estas posibilidades se cumplan, hace falta que nuestra cultura pase de ser binarista a ser continuista. Debe señalarse que el binarismo es ideológico, porque representa un desideratum que se confunde con la realidad, mientras que el secuencialismo representa esa realidad, que trae continuamente niños intersexuales a los paritorios, unos visibles y otros invisibles a primera vista.
En tal sentido, este Manual no señala sólo lo que hay, sino lo que debe ser. No es sólo un manual de funcionamiento, sino un manual de instrucciones. No explica sólo nuestras historias personales, sino que trata de aclarar la historia colectiva y de señalar cuál puede y debe ser el futuro.
En particular, pretende hacer énfasis en las líneas futuras de acción del actual movimiento GLTB, señalando que deberá trabajar por la superación del actual binarismo ideológico. El binarismo señala que sólo hay –o que sólo debe haber- dos sexos (varón y mujer), dos géneros (masculino y femenino), y dos orientaciones (ginéfila y andrófila), y que estas tres consideraciones deben de estar en completa correlación unas con otras.
El secuencialismo, siguiendo en esto las grandes aportaciones de la Teoría Queer, observa que entre varón y mujer hay muchas realidades intermedias que, naturalmente, tenemos derecho a la existencia, que entre lo masculino y lo femenino están las innumerables formas de expresión de la realidad personal y que no se puede hablar de heterosexuales y homosexuales, como dos bloques marmóreos, sino de conductas también infinitamente variadas y matizadas.
Con esta perspectiva, se aclaran también algunas de las cuestiones secundarias relacionadas con la Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo.
La primera sería la de si quien lee estas líneas la ha sentido. “¿Soy autoginéfila?”, se podría preguntar.
La respuesta sería: Sí, en el caso de que la imagen de la mujer te haya fascinado realmente, es decir, si te ha provocado una inmediata admiración, un deseo de ser como ella, si su figura específica, sus senos, sus nalgas, sus piernas te han provocado a la vez un deseo indecible y un ansia de identificación con ella, si eso te ocurre sólo con mujeres jóvenes y bellas, el arquetipo de la deseabilidad, y no con mujeres fuertes, o sabias, o santas.
La segunda pregunta sería: “Si soy autoginéfila, ¿soy una verdadera transexual?
La respuesta sería: Sí, puesto que la autoginefilia se da después de que se hayan definido otros elementos de la personalidad transexual, tales como la intersexualidad por hipoandrogenia y el vacío de homoafectividad.
La tercera pregunta podría ser: “Si me excito, ¿es señal de que soy una persona masculina?”
La respuesta sería: Es señal de que uno de los elementos de tu personalidad compleja es la ginefilia, compatible con cierto grado de intersexualidad y con el vacío de homoafectividad intermasculina. Y también es señal de que se ha producido una parafilia, entendida como solución simbólica de un problema real.
Otra pregunta, la cuarta, sería: “Pero deseo el amor de los hombres, y por tanto, ¿soy andrófila?
La respuesta sería: La autoginefilia puede dar lugar a una androfilia secundaria. La identificación con la Imagen de la Mujer en el Espejo puede dar lugar a querer:
=ser admirada y deseada como tal por los hombres; el ser atractiva para un hombre será la confirmación de la propia identidad, y por tanto, se desea comprobarla continuamente; los coqueteos y el ligue serán su manifestación usual.
=sentir como una mujer (con arreglo a los esquemas binaristas) y por tanto querer ser andrófila, poniendo todo por tu parte para llegar a sentir así.
La primera salida, permite compensar la falta de estima propia que produce el vacío de identidad y en este caso puede ser positiva.
Pero para llegar a una solución verdadera, hay que advertir que esa atracción por el varón no es inmediata, espontánea, sino que pasa por la mediación de la propia imagen como mujer. Se desea al varón no por sí mismo, sino en la medida en que este deseo es necesario para construir la propia imagen como mujer.
La solución verdadera está fuera del binarismo. Es verse a sí mismo como se es, intersexual por hipoandrogenia y desarrollar una verdadera homoafectividad con las personas que son verdaderamente semejantes, no con los varones definidos ni con las mujeres definidas, sino con las personas más o menos intersexuales, más o menos indefinidas.
De otra manera, se corre el riesgo de utilizar a los amantes que se pueda encontrar, sin amarlos por sí mismos, sino en la medida en que confirman el discurso binarista que nos arrastra; si no soy varón, tendré que ser mujer; si soy mujer, tendré que amar a los varones. No es así. La realidad abre otras perspectivas más amplias, más verdaderas y más seguras.
No se olvide, a este respecto, que la Fascinación por la Imagen de la Mujer en el Espejo oculta una trampa ante la que hay que estar alerta (Pero hay una solución) Está determinada por la libido ginéfila, y cuando la libido ginéfila disminuye como consecuencia de la hormonación y/o de la operación de reasignación genital, la persona transexual se puede encontrar en la situación de que, justo cuando ha alcanzado lo que pretendía, le interesa menos. La depresión puede ser la consecuencia inmediata.
También puede quedar, es cierto, un agrado atenuado por la Imagen de la Mujer. No una fascinación activa y absorbente, sino una satisfacción al pasar casualmente junto a un espejo o un escaparate, que colma ciertas inquietudes, pero que suele ser operativa sólo en ese momento físico.
La solución está en que será preciso que recuerde que lo que la llevó a la autoginefilia pudo ser cierto grado de intersexualidad por hipoandrogenia y/o un vacío de homoafectividad. Estas circunstancias subsisten y son más operantes y firmes que la autoginefilia. Sobre ellas se puede construir una identidad transexual o intersexual sólida y matizada, que reconozca verdadaramente las propias circunstancias personales y las desenvuelva de una manera personal.
Por supuesto, esta evolución transformará la comprensión de sí como transexual. Ya no se pretenderá ser, como al principio, la mujer idealizada que despierte pasión entre los hombres, sino que será suficiente y más verdadero identificarse como una persona intersexual, que por serlo no se ha hallado en el lugar binarista de los varones, y que debe encontrar la manera de expresar su intersexualidad con su manera de vestir y hallar las relaciones afectivas que verdaderamente desea.
Pueden ser con las mujeres, dada su pulsión ginéfila; o con los hombres, dada su necesidad de confirmar su identidad mediante la aceptación por parte de ellos, pero ahora mucho más matizadamente: aceptación como intersexual, más que como mujer; relación afectiva, más que sexual; descubrimiento de la existencia de varones hipoandrogénicos y establecimiento de relaciones homoafectivas con ellos (una parte de los gays son hipoandrogénicos) y no con los demás, etcétera.
El descubrimiento de la intersexualidad por hipoandrogenia como base de la transexualidad y el de la estructura no-binaria de la sexualidad permiten desenvolvimientos inesperados, mucho más variados y flexibles, de la transexualidad, expresándola de formas rompegéneros.
DISFORIA
GUIÓN. Transexualidad con disforia y sin disforia. La disforia como desagrado, disgusto, desajuste o desadaptación, hasta un grado de repugnancia o rechazo radical. Disforia de género, disforia de sexualidad, disforia de fenotipo, disforia genital, juntas o por separado. La disforia de sexo. Las clases de disforia no permiten jerarquizar la masculinidad o feminidad de la persona. Disforia por intersexualidad (hipo- o hiperandrogenia) o por traumatismo. Pero la disforia por intersexualidad es más profunda que un trauma. La disforia por hipoandrogenia en personas XY. La disforia por hiperandrogenia en personas XX. La disforia por traumatismo.
Al Vacío de Homoafectividad suele acompañarle la Disforia, antes o después. Señalaré, de entrada, que no todas las personas transexuales son disfóricas, por lo que no se puede usar esta palabra como sinónimo de transexualidad. No lo son, en un sentido profundo, las personas transexuales por identificación, aunque les desagraden las circunstancias en que los demás esperan que vivan, naturalmente; pero es una incomodidad, más que un rechazo profundo, una repugnancia. Lo son en cambio las personas transexuales por desidentificación; su transexualidad viene de una disforia. No lo son las personas transexuales por orientación, en quienes la transexualidad es sobre todo uns forma de placer o de expectativas de placer. Lo son las personas transexuales por traumatismo, para quienes su trauma produce precisamente una disforia.
Disforia es el sentimiento de desagrado, disgusto, desajuste o desadaptación ante las realidades del género, la sexualidad, el fenotipo o los genitales. Quizá convenga ser hablar con mayor precisión de repugnancia y angustia. No se trata de una mera incomodidad más o menos difusa; se trata de un verdadero y radical rechazo. Puede ser un rechazo de todo ello junto, o de cada una de estas partes por separado.
Se podría hablar de disforia de género, disforia de sexualidad, disforia de fenotipo, disforia genital, o, si fuera por todo ello junto, disforia de sexo.
Sería un uso nuevo de la expresión, pues la forma usual, disforia de género, en realidad se referiría sólo al desagrado por los aspectos culturales del sexo (que es lo que se llama género)
La disforia de género se centra por tanto en esos aspectos culturales; en la expectativas de otras personas respecto a nuestra ropa, nuestro nombre, nuestra manera de vivir; si la clasificación masculina o femenina de todo ello nos resulta desagradable al sernos aplicada, estamos hablando de una inadaptación en los hechos culturales, y por tanto, de género.
También lo que puede sernos insoportable son las expectativas de los demás en cuanto a nuestras funciones sexuales, que es lo que se llama sexualidad; que esperen que seamos penetrativos, por ejemplo, y no lo seamos, o receptivos, y no sea así. Sería una disforia de sexualidad.
O puede ser que podamos aceptar eso, pero nos desagrade la forma general de nuestro cuerpo sexuado, la contextura de nuestra piel, su pilosidad, su musculación o sus desarrollos. Sería una disforia del fenotipo (no limitada a sus aspectos estéticos, sino a su forma sexuada general)
Y la disforia podría centrarse especialmente en los genitales, que parezcan feos y extraños, casi incomprensibles, tanto en sus formas como en sus funciones, hasta el punto de que se desee claramente suprimirlos, con lo que la imagen corporal resultaría más apropiada. Sería la disforia genital.
De hecho, estas distintas clases de disforia pueden darse juntas o por separado. No parecen tener que ver con la mayor o menor feminidad o masculinidad de la persona que las siente, porque de hecho hay por ejemplo personas XY relativamente masculinas que sin embargo sienten una disforia genital muy definida. Y esta disforia puede ser el elemento más intenso de su personalidad transexual, por encima de cualquier disforia de género, por lo que pueden optar por ejemplo por operarse sin que nadie más lo sepa y sin que su forma de vida cambie en ningún otro aspecto.
No se trata, por tanto, de que estas clases de disforia se puedan jerarquizar en un esquema de menor a mayor feminidad o masculinidad. ¿Qué es lo que pueden indicar? Sin duda, como hemos visto en la misma definición de la palabra, un desagrado, desajuste o desadaptación a las realidades sexuales, variable según la biología o las historias personales.
Como sentimiento, la disforia es efecto de alguna causa; yo diría que las causas primeras de este sentimiento pueden ser o bien la intersexualidad (hipo- o hiperandrogénica) o bien un grave trauma afectivo.
Ambas causas pueden producir ese desagrado, disgusto o desajuste. La persona disfórica se encuentra extraña entre quienes parecen los suyos, casi literalmente en país extranjero y hostil y no puede establecer los lazos afectivos, de admiración y reconocimiento propio en los que se funda la homoafectividad y la valoración de la propia identidad. Lo más fácil de pensar es que el sexo asignado responde a criterios binaristas y no corresponde a los muchos matices de la realidad.
Probablemente, es un sentimiento mutuo de la persona disfórica hacia las otras que aparentemente son de su sexo (binario) y viceversa; quien es diferente, teme o rechaza a quienes le son diferentes; por su parte, éstos, en el momento de la socialización, al llegar una persona nueva a su grupo, la observan, la tantean, y si no es conforme a lo que esperan, la rechazan.
Esto es particularmente cierto en la hipoandrogenia y tanto más cuando es una contradicción de la virilidad que otros están aprendiendo y potenciando en esos momentos. Los adolescentes hipoandrogénicas hemos sido por definición más pasivos, menos belicosos que los otros. Éstos nos tantean con mil pequeñas provocaciones y, si no hay la respuesta que esperan –retadora, violenta-, simplemente nos dejan de lado o se acuerdan de nosotros sólo para probar su aparente dominio.
Los años de la preadolescencia y la adolescencia son largos y en ellos hay tiempo a que estos sentimientos se afiancen en la memoria y lleguen a ser constitucionales de la personalidad.
Hay razones para considerarlos objetivos: el adolescente hipoandrogénico, sensible, reflexivo, introvertido, aficionado al dibujo o la lectura, poco o nada deportivo, no tiene nada que hacer entre otros que son todo lo contrario, bulliciosos, peleones, extravertidos, entregados a los deportes y están reconociéndose y aceptándose a sí mismos en la formación de su masculinidad.
Todo ello se instala gradualmente. El día a día de una clase, la rutina de una hostilidad mutua, las miradas poco benevolentes de parte y parte (no hay que suponer que la persona hipoandrogénica no sea capaz de ira), el menosprecio mutuo (son unos brutos, es un maricón) pueden llegar a formar un modo de vida y aun de ser.
Sin embargo, está claro que las relaciones concretas están mediadas por los rasgos personales de unos y otros. Es posible que el adolescente hipoandrogénico encuentre algún compañero con quien establecer lazos de homoafectividad; o que entre unos y otros pueda establecerse un “modus vivendi” más o menos satisfactorio. Todo ello evitaría la disforia. Pero las circunstancias pueden hacer también que todo sea traumático, suficiente para crear un sentimiento de agobio con tan dura compañía, de temor y de rechazo. No es difícil poner todo ello bajo la etiqueta de “masculinidad” y rechazar la masculinidad.
Al mismo tiempo, la persona hipoandrogénica observa que los demás la consideran masculina, por lo que el siguiente paso es el rechazo a ser considerada masculina ella misma.
La disforia de las personas XY puede ser calificada de antimasculinidad, consciente, intensa. Es un sentimiento persistente, que incluso puede desaparecer ocasionalmente, en presencia de un modelo masculino a quien admirar y aceptar, pero que vuelve una y otra vez.
La dinámica de la disforia por intersexualidad se parece a la de los traumas, según el modelo de condicionamiento y refuerzo (Skinner), pero es más profunda. Puede pensarse en un descondicionamiento, pero hay que tener en cuenta que sus causas no son ocasionales, accidentales, como lo son por definición los traumas, sino estructurales, pues parten de una intersexualidad (hipoandrogenia) y del desarrollo en un medio cultural que es binarista y que por tanto reconoce de hecho sólo la masculinidad y la feminidad y no sus formas intermedias.
Por tanto, el condicionamiento no es aleatorio, caprichoso, palvloviano, sino que tiene fundamentos biológicos y culturales. Los primeros, por tener que ver con las estructuras del cerebro, no son reversibles; los segundos se pueden cambiar, pero harán falta esfuerzos y generaciones para cambiar la cultura binarista (recordaré que el actual feminismo es potencialmente antibinarista, pero de hecho sigue todavía los esquemas binaristas en sus planteamientos de una dialéctica mujer-varón, que nos olvida)
Pero aunque esta tarea colectiva sea laboriosa y lenta, la persona hipoandrogénica puede comprender fácilmente, por su propia experiencia, el valor real de la actitud no binarista, y a partir de ella, superar su disforia y encontrar nuevas formas de expresión personal.
Tengo que señalar aquí una limitación de este Manual en borrador. Mientras que conozco bien el proceso que lleva de la hipoandrogenia a la disforia, conozco menos el de la hiperandrogenia a la disforia. Me baso en la historia de un solo amigo al que conozco bien, pero sé que deberá fundar mi estudio en más personas.
Daré sólo unas pinceladas, a la vez que pido a los lectores masculinizantes que me hagan llegar sus propias observaciones. En general, encuentro que los conflictos de los que viene la disforia proceden o bien del medio escolar o bien del medio familiar, según el carácter de las personas y las circunstancias que se den en cada uno de esos medios.
Pero mientras la hipoandrogenia en personas XY suele encontrar los mayores choques en el medio escolar, la hiperandrogenia en personas XX puede encontrar mayores dificultades que en la escuela en la propia familia.
En la escuela, las cualidades hiperandrogénicas que hemos visto –actividad, bulliciosidad, belicosidad, capacidad para los deportes- son un mérito. La adolescente “marimacho” puede ser rechazada por las otras adolescentes, pero desprecia alegremente este rechazo y lo compensa ampliamente por su aceptación entre los varones.
Al participar con energía y convicción en los deportes más duros, se gana su respeto, tan valioso. Puede incluso conseguir el liderazgo de la clase, gracias a su arrojo y a su sentido común. Puede obtener puestos como la delegación de curso. Discute de igual a igual con los más duros. Incluso puede enamorarse de una compañera, protectoramente (“me sentía como Tarzán con Jane”), y ser amada por ella.
Todo ello es tan positivo, que puede no dar lugar a una disforia de género, aunque la persona hiperandrogénica constituya de hecho su propio género, tal como es, se acepte a sí misma y esté orgullosa de ser como es. Podría evolucionar sencillamente en sentido homosexual.
Pero la disforia, la conciencia de disgusto, de desajuste, de desagrado, puede venir de no satisfacer las expectativas creadas en la familia al nacer una niña, cuando el pensamiento convencional, el binarismo, interfiere con la buena voluntad paterna, y las mejores intenciones resultan contraproducentes por lo inexpertas.
Rápidamente, resulta evidente que no es la niña soñada. No es apacible y cuidadosa, sino inquieta y bullanguera como un niño. No hay manera de que se quede en casa, sino que siempre está en la calle, envuelta en mil aventuras.
Pero si los sueños familiares son tenaces, la figura de la niña aparece en ellos revestida literalmente de una forma que a ella le horroriza y le avergüenza. Imaginemos al futbolista, al líder de la clase, a Guillermo el Proscrito, vestido de mininovia para la Primera Comunión para juzgar su espanto y su profunda humillación.
Imaginemos imposiciones paternas y maternas, castigos incluídos, para hacerle aceptar ese disfraz. Imaginemos la presentación en sociedad del joven Tarzán ante compañeros y compañeras teniendo que aceptar como propia esa imagen.
Puede imaginarse la rebeldía, los llantos infantiles de rabia e impotencia, el desgarramiento del vestido enemigo y costoso a la menor oportunidad, los gritos y castigos paternos, porque todo ello sucede.
Esa confrontación entre la propia imagen, real, y la imagen familiar, puede durar toda la niñez y la adolescencia. En cada ocasión más o menos solemne en la que se supone que no se puede dejar a la niña con sus vaqueros y su blusilla, es la lucha amarguísima ante un vestido que se pone y se quita, o se rompe, o el esfuerzo fallido porque feminice sus maneras desenvueltas.
Paralelamente a lo que habíamos visto para las personas hipoandrogénicas, hay en el aitre un modelo de vida que no es aceptable, y ese modelo subsiste a través de los largos años de la niñez y la adolescencia como una amenaza persistente. Es una despersonalización, que obliga a ser como no se es. Se identifica con la “feminidad” y puede provocar un rechazo definitivo a la feminidad.
Es un condicionamiento reforzado una y otra vez a lo largo de esos años, pero tampoco es pavloviano, fácil de descondicionar con la simple extinción del estímulo, sino que tiene fundamentos estructurales, tanto biológicos (la hiperandrogenia) como sociales (el binarismo que sólo entiende que haya varones masculinos y mujeres femeninas, contra toda evidencia real)
Se forma, por tanto, una disforia persistente e intensa. La persona hiperandrogénica que había gozado de su condición en la escuela, puede sufrirla ante los estereotipos familiares.
La disforia llega a su climax con el desarrollo biológico. La formación de las mamas viene a ser la proclamación ante todos de esa feminidad que se ha llegado a aborrecer. No se aborrecerían si en la familia se hubiera vivido la misma aceptación que en la escuela, de mejor o peor gana.
Pero si se ha formado la disforia, las mamas se rechazan con rabia e impotencia. Se entienden como una máscara permanente, como la victoria del disfraz. Se tiende a fajarlas violentamente, a negarlas, y cada transexual masculinizante encuentra la manera de hacerlo a costa de una permanente incomodidad.
(Su victoria final sólo llegará con la mastectomía, una liberación. Sólo entonces podrá ponerse semidesnudo, frente al mar, en la playa)
Cabe pensar que, en el futuro, la extensión a todos de la cultura suprabinarista evite quee los padres caigan en el error de exigir que su hija cumpla con un modelo que no le corresponde. Mientras llega ese momento, es también verdad que el propio transexual masculinizante puede llegar a esa convicción suprabinarista, y seguir viviendo con naturalidad y convicción lo que puede que ya viviera en la escuela, sin necesidad de llegar más lejos.
Es verdad que sólo se puede llegar a eso en la medida en que se haya podido superar la disforia, entendida como un trauma o una fobia más arraigada y profunda que los traumas o fobias ocasionales.
En esa disforia se expresa la rabia de una vida y el horror a un papel social objetivamente extraño. Si se mantiene, será comprensible. Puede ser que, en la práctica, haya llegado a ser una parte de la propia personalidad, orgullosa y rabiosa, una expresión de la propia hiperandrogenia, intransigente, una prueba de la combatividad masculina.
La disforia puede deberse también a un trauma, el estrés, un fracaso afectivo o cualquier otro que sea muy intenso y de efectos duraderos. En este caso sí tienen valor los efectos del condicionamiento, la conducta condicionada, el refuerzo y el borrado del condicionamiento (Pavlov, Skinner) Recuérdese el esquema: el condicionamiento viene de la repetición de un estímulo condicionante (por ejemplo, las situaciones de estrés) y se refuerza mientras se repite. Puede determinar toda una respuesta, una conducta condicionada (por ejemplo, la transexualidad como evasión del estrés)
Un refuerzo muy intenso y duradero, determinará una respuesta intensa y duradera. La disforia puede ser muy fuerte y las aspiraciones a la transexualidad muy radicales.
Pero la otra parte de la realidad, que debe ser muy tenida en cuenta por las personas que estén en este caso, es que si cesa la repetición del estímulo, se borra también la respuesta condicionada.
Terminada la situación estresante, puede terminar la respuesta transexual, y se vuelve apaciblemente a la situación anterior. Conviene ser prudente, por tanto, cuando la persona disfórica observa en sí a la vez un estrés casi insoportable y el deseo de transexualidad como evasión. Por el contrario, se puede decir que, en situaciones de estrés, si éste termina, y pasado un tiempo la persona observa que sigue sosteniendo las esperanzas transexuales, es que no se trata de una transexualidad por traumatismo, sino de algo más profundo.
IV PARTE. EXPRESIÓN DE LA TRANSEXUALIDAD
LA EXPRESIÓN MARGINAL
GUIÓN: La expresión de la transexualidad es un hecho social. La salida del armario es un hecho social. El desafío al antiguo Código de Género y la formación de uno nuevo. Condiciones de marginalidad y de integración. Sufrimiento. Creatividad en las condiciones de marginalidad. El liberacionismo.
Hemos visto las condiciones biológicas, psicológicas o sociales, incluido el binarismo, que explican la transexualidad. Pero al tratar de la expresión de la transexualidad entramos en lo social.
Es social por cuanto significa el encuentro con otras personas. La persona transexual desea, más que nada, compartir su vida con otras personas. Al mirarse en el espejo en la soledad del armario (“en la soledad del ropero”, García Lorca) lo que más puede ansiar es que otras personas la vean como mujer o como hombre.
Mientras no consigue dar ese paso, siente que no vive; está como en la sala de espera. El momento de salir del armario es sublime, porque es el de empezar la vida. Es el momento en que puede hablar de lo que más le interesa y vivir conforme al género deseado a la vista de todos. Se abandona el mundo de los sueños y se entra en la realidad. Podrá haber dificultades, pero se está ya en un lugar cualitativamente diferente: el de la realización como trans.
Por tanto, este momento en que por primera vez otros ojos ven la imagen que se siente dentro, es de socialización; y son sus aspectos sociales lo que debe ser considerado en él.
Es un momento glorioso, que ahora mismo, en España, a principios del siglo XXI, puede ser relativamente fácil, pero muestra sin embargo más o menos dificultades siempre sociales.
La dificultad procede de que la actitud transexual es un desafío que transgrede el Código de Género todavía vigente, no escrito, pero que constituye el mismo centro de la vida social, su constitución más básica y conocida por todos.
La esencia del Código de Género arcaico es el binarismo (“sólo dos sexos, dos géneros, dos orientaciones”) En la actualidad, poco a poco, está formándose otro Código de Género, no-binarista, mucho más distendido, pero la transformación no ha culminado todavía, por lo que rige el antiguo en los medios conservadores y el nuevo en los innovadores.
Esto nos lleva a las condiciones sociales de expresión de la transexualidad. De hecho, se dan dos, las de marginalidad y las de integración.
Y en ambas, se debe considerar por separado las condiciones o bien en sociedades conservadoras o bien en sociedades en fuerte proceso de cambio. Éstas últimas, al escribir este Manual, son las de América Latina. En ellas se da un “cambio sexual en el cambio social” lleno de oportunidades, que me hace tratar de ellas en primer lugar.
El punto de partida es la represión que lleva a la marginalidad más extremada. Pero el Continente entero está hoy en los márgenes postcoloniales del sistema global, en una situación de represión y liberación.
La represión sexual procede de que el Código de Género vigente en esas sociedades es muy patriarcal, sumamente arcaico y binarista. El modelo idealizado de varón lo cualifica como dominante, duro y poligínico, lo que lleva a la descalificación agresiva y violenta de las personas XY que no se ajustan al modelo.
Esto expulsa a muchas de casa incluso en la adolescencia, entregándolas al trabajo sexual obligado como travestis o chaperos, y a la violencia social, incluso policial, que actúa literalmente como representante de la sociedad y aplica el Código de Género bajo la forma de pena de muerte.
El resultado es la prostitución forzada de menores de edad, la delincuencia, las drogas y como consecuencia la muerte de las travestis con frecuencia alrededor de los treinta años.
Esta marginalidad se ha vivido también en España, especialmente en los que fueron sus territorios más subdesarrollados, más coloniales, como Andalucía o Canarias, en los que se creó en otro tiempo la figura del mariquita, que podía ser entendido hoy, a la vez, como homosexual, travestista o transgénero, todo junto (no existía la cirugía), y que conseguía cierta posición social al durísimo precio de hacer reír, la posición del bufón.
Pero cuando aquí se aprendió a ser travesti, se encontró lo mismo que en América Latina: expulsión de la familia, vagabundeo por las calles, prostitución obligada, drogas, delincuencia, acoso policial, sida, muerte prematura, vidas en las que salvarse de alguna de estas amenazas ha podido ser sólo a fuerza de inteligencia y energía, con muy poco o nigún apoyo por parte de nadie o de casi nadie (asociaciones como Transexualia, de Madrid, fueron una excepción)
Las imágenes de transexuales muy jóvenes destrozadas físicamente por la droga, de juventudes consumidas, fueron muy frecuentes aquí, terribles en los detalles, hasta los años noventa y todavía los peligros principales amenazan a quien no vea más solución que la marginalidad. El desarrollo económico y político civilizó la situación, pero las travestis y luego las transexuales no llegamos a plantear aquí una alternativa de civilización.
Muy otra es la situación en América Latina. Las formas de vida derivadas del Código de Género vigente están entre las últimas que corresponden al régimen colonial. Pero recuérdese que América tiene también una profunda tradición liberacionista, gemela y contemporánea por cierto de la española, desde principios del siglo XIX.
El liberacionismo permite ver que en la marginalidad también hay oportunidades, al representar las fisuras donde quiebran las sociedades establecidas. La falta de instrucción formal se traduce en informalidad de las identidades, mostrada en la misma preferencia por la palabra “travesti”, generalizada en América Latina y que incluye un matiz de desafío y combatividad.
Una travesti, un travesti (género gramatical que también se acepta) puede ser homosexual, travestista, transgénero, transgenital (identidades cultas o formales, elaboradas por la cultura dominante, que ignora del todo), lo que le permite pasar despreocupadamente de unas a otras. En el vestuario puede transitar en cambios casi imperceptibles de los vaqueros y la camiseta con la cara lavada al maquillaje, el sostén, los zarcillos, la mini. Su práctica se salta cualquier Código de Género. Incluso el nombre puede personalizarlo hasta tal punto que sea difícil decidir si es masculino o femenino.
Puede trabajar por la mañana en cualquier mercado marginal, convivir por la tarde con mujeres genéticas, arreglándose mutuamente, quizá ir contoneándose por la noche a una zona de trabajo sexual, todo ello en perfecta compatibilidad con su identidad personal, que puede acentuar o menguar cada una de esas actitudes, según le convenga.
Las travestis, acosadas por la Policía establecida, o por los paramilitares ideologizados, o por la violencia cuasi universal, contando sus muertes y sus víctimas casi rutinariamente, han desarrollado en toda América Latina actitudes de militancia política y social que insisten en su autodefensa y en la reivindicación de su derecho a la vida y al respeto social.
En Ecuador, se ha dado un paso más por parte del “Proyecto Transgénero” al aliar el movimiento trans con el de los indígenas, porque son dos marginalidades que pueden entenderse y porque las culturas indias fueron históricamente muy respetuosas de las formas intersexos, en las que veían una misteriosa vocación personal. Frente a aquel respeto hacia los mujerados, los conquistadores patriarcalistas y binaristas respondieron lanzándoles sus perros asesinos. En esta hora de restablecimiento de esas culturas, en sus mayoritarios espacios en muchos de los pueblos indolatinos, esta decisión del movimiento trans es estratégica.
En México, los muxe plantean a los teóricos occidentales problemas por su difícil comprensión. ¿Son travestis, transgéneros, transexuales? La respuesta está en que son no-binaristas y por tanto están libres de las identidades mencionadas, que proceden del binarismo y que muestran su huella, incorporando una jerarquización de lo más masculino a lo más femenino, que no es real: personas que somos más masculinas en muchos lados de nuestra personalidad somos más femeninas en otros, generando un tornasol de posibilidades que, a fin de cuentas, es estrictamente personal y poco clasificable.
En resumen, la marginalidad de las travestis latinoamericanas o indolatinas, abre entendimientos de la transexualidad extraordinariamente versátiles y no-binaristas, que deben ser vistos como el fundamento de la transexualidad futura, mucho más allá de las concepciones vigentes desde Harry Benjamin, meritorias por ser las primeras formulaciones, pero impregnadas de binarismo, del Código de Género vigente en los cincuenta, con sus varones exclusivamente masculinos y sus mujeres exclusivamente femeninas, Código de Género en el que hoy nos ahogaríamos todos.
Sólo la Teoría Queer de los noventas descubrió el no-binarismo y con él la superación de las dualidades tajantes homosexual/heterosexual, varón/mujer, masculino/femenino.
Hoy es posible pensar en un continuo que vaya de la extrema masculinidad a la extrema feminidad pasando por mil formas y grados de intersexualidad, con profundo respeto a todas esas manifestaciones vitales. A esto lleva lo que se debe llamar la Práctica Trans Indolatina.
LA EXPRESIÓN INTEGRADA
GUIÓN. La integración en la sociedad. Integración de género e integración laboral. Atractivo de la integración de género e inconvenientes. Dificultad de la integración laboral y ventajas. Lo conseguido y lo por conseguir. La transformación práctica del Código de Género binarista: el trabajo de las personas transexuales como agente de cambio cultural y social.
La expresión integrada es la voluntad de integrar el propio proceso transexual en las estructuras sociales y culturales existentes.
Pueden distinguirse dos formas de expresión integrada: aquélla en la que la persona ansía integrarse como una mujer o un hombre en el sentido pleno de estas palabras, es decir, respetando el Código de Género binarista, y aquélla en que se trata sólo de respetar las estructuras laborales en que se tiene que vivir y se acepta ser vista como una persona transexual.
Muchas veces son las circunstancias las que instan a tomar una u otra. No se encuentra en las mismas condiciones una persona que puede ir por la calle como mujer o como hombre, entrar en una tienda y ser saludada como tal, estar en un vestuario o unos aseos sin problemas, que una persona que en todas esas ocasiones va diciendo en voz alta, aunque sin palabras: “Soy transexual”.
Sin embargo, la reflexión nos incita a considerar muy seriamente las posibilidades que se abren ante cada una de esas clases de circunstancias.Adelantaré que, a mi entender, es mejor decir que se es transexual, casi de entrada, aunque pareciere que no fuera necesario. Llamaré a estas dos formas expresión integrada de género y expresión integrada laboral.
En la expresión integrada de género, puede anotarse que es natural como deseo, porque parece menos conflictiva a primera vista, pero supone la sumisión al Código de Género vigente, que por no comprender el hecho transexual, plantea otros problemas a plazo medio.
En la integración de género prevalece el respeto a lo existente por delante de la propia expresión, que se hará en la medida en que no dañe mucho la estructura existente.
Como el Código de Género vigente es binarista, se respetará el binarismo, y por tanto, si hubiera aspectos no binarios, ambiguos, de la propia personalidad, no se expresarán.
Esto significa y ratifica la aceptación del Código de Género binarista a toda costa, incluso enfatizando a menudo su binarismo y yendo más lejos que las mujeres y hombres genéticos. Es conocido, por ejemplo, que muchas mujeres genéticas construyen su personalidad sobre sus diferencias con la mayoría de las mujeres. Opiniones entre ellas como “soy mujer pero no soy como las otras mujeres”, son frecuentes y enunciadas alegremente y con seguridad.
En nuestros casos, se asumirá por el contrario el ideal equivocado de que “soy una mujer como otra cualquiera” o “soy un hombre como otro cualquiera”, una voluntad de asimilación rayana en la imitación, con lo que se perderá la oportunidad de hacer valer la propia especificidad, pretendiendo introducirnos así en un terreno en el que siempre tendremos las de perder, pues es evidente, con un criterio realista, que no somos mujeres u hombres como otros cualquiera; en cambio, podríamos decir, y ahí tenemos las de ganar, que somos “transexuales como otros cualquiera”.
En este ámbito, cuando hay dificultades sobre todo para ser vista como una “mujer como otra cualquiera” (estatura, voz, conocimiento por los otros de nuestra historia) son vistas como dificultades insalvables o deprimentes, dada la conformidad con el Código de Género binarista. Lo que más se teme es dar la nota, ser visible como trans, y lo más valorado es pasar desapercibida.
Llegando al máximo en esta línea, se puede producir una “entrada en el armario inversa”. La persona que no tiene esas dificultades, puede decidir entrar en el mundo de las mujeres o de los hombres y ocultar su pasado. Desde ese momento, procurará alejarse físicamente de los lugares de su vida anterior y hasta romper con sus amistades y mostrará una gran ansiedad por la posibilidad de que se descubra que es transexual. Intentará borrar rastros y estará siempre alerta ante la posibilidad de que alguien la saque de su misterio voluntario.
Lo que voy a decir es duro, pero verdadero, y lo digo por si puede servir para que no se tome ese camino. Vivirá con miedo. No podrá comentar con nadie sus sentimientos ni sus experiencias reales, a no ser con un nick en internet. Tendrá que oir confidencias de otras mujeres u otros hombres sobre experiencias que desconoce (desarrollo, menstruación, gatillazos) y fingir que las comparte o las entiende. Podrá hasta tener la sensación en los momentos bajos de que su forma de vida es una mentira, y no lo será, porque expresa los sentimientos tan profundos que conocemos, pero lo parecerá.
Es cierto que el bienestar de la integración puede compensar gran parte de los inconvenientes. Ser una mujer joven y guapa, andando por la calle como tal, consciente de la propia belleza, gracia y atractivo, mirada con admiración y deseo por los hombres, debe de ser una maravilla que está lejos de las posibilidades de quien escribe esto.
No sentir ni rastro de la hostilidad que se suele percibir todavía cuando se sabe que se es transexual, o mejor todavía, no saber siquiera que esa hostilidad existe, verse arrolladora en cualquier espejo y saber que es verdad que se arrolla. Sin embargo, todo lo que digo vale sólo a media distancia.
¿Qué se hace, en el caso de que se esté operada, cuando surge un novio? ¿Se le dice la verdad o se oculta? (Porque en el caso de que se diga la verdad y de que se fracase, el novio frustrado puede ser un propagador de lo que no se quiere que se sepa) ¿Cómo se afrontan las diferencias que pueden quedar entre el propio cuerpo y un cuerpo genético? ¿Se fingen las menstruaciones? ¿Si la pareja llega a saber la realidad y se siente engañado, qué se le responde?
La respuesta a todo esto está clara: es mejor que se sepa la verdadera condición de transexual, aunque cree dificultades que siempre serán menores que su ocultamiento.
En el caso de los hombres transexuales, es verdad también que el binarismo les crea especiales dificultades.
Vivir entre hombres, como hombre, es participar de un medio a veces muy rudo, de interacciones y jactancias, de complicidades y rivalidades, en las que un transexual masculino como tal no tendría sitio. Si quiere compartir chistes y groserías, si quiere tener posibilidades de ser respetado y de no ser acosado por las guasas, parece mejor que sea un hombre “como otro cualquiera”.
Y sin embargo, ¿no está expuesto a que, en cualquier momento, por cualquier circunstancia, alguien que lo sepa lo haga público, arruinándole su esfuerzo de años? ¿No es mejor ser respetado como varón transexual, precisamente en cuanto varón transexual, como diferente pero como afín, y especialmente por su sinceridad y por la audacia de su sinceridad?
Hay otra forma de expresión integrada que no mira a la integración plena como mujer u hombre sino a la integración laboral y social en general.
En ésta, en cambio, se puede decir que la simple presencia de la persona transexual, reconocida como persona transexual, en los distintos ámbitos de la vida social, en el funcionariado del Estado, en el Ejército, en los centros de estudios, en el comercio, en la industria, en los hospitales, es un potentísimo motor de cambio del Código de Género.
No se puede minimizar la dificultad del acceso a esas profesiones. Sólo un hondo cambio cultural y social, actuando quizás desde 1968, lo ha posibilitado. Pero aun así, en esta generación, todos y todas conocemos las batallas particulares que hemos tenido que desarrollar para alcanzar un empleo o para mantenerlo. A veces se ha vencido y con frecuencia se ha conocido la derrota. Estar en la enseñanza secundaria o universitaria, como profesor o profesora o como estudiante, conservar el empleo o el trabajo como militar, guardia civil, peluquera, actriz, comerciante, pintor de brocha gorda, funcionaria de hacienda, funcionaria de prisiones, funcionaria municipal, funcionaria de ministerio, empleada de emisora pública, empleada de sindicato, ingeniera, empresaria, abogada, informática, empleada de ferrocarriles (por decir historias concretas que conozco y otras que olvido y que añadiré según las recuerde), han sido en España y fuera batallas individuales cuyos protagonistas conocemos con nombres y apellidos.
Aunque en todos estos terrenos hemos conocido la victoria, queda todavía otro, mayor, en el que se acumulan todavía hoy día las derrotas: el trabajo por cuenta ajena, que simplemente no existe o tiende a cero para las personas transexuales. Ningún empleador, en la práctica, contrata a una persona transexual (sea cual sea su apariencia, en cuanto sepa que es transexual) Las aprensiones y los prejuicios se multiplican, y el resultado es que se elige a otra persona que pueda no parecer conflictiva. Es verdad que esta situación es común a otros conjuntos de personas, más o menos insospechados y minoritarios, por ejemplo los obesos, y que esto insta a las administraciones públicas a establecer ventajas fiscales a nuestra contratación que superen los prejuicios.
Pero, cueste más o menos llegar a esto, ver a una persona transexual, trabajando con normalidad en cada uno de esos ámbitos, mereciendo respeto y exigiéndolo como es natural, se convierte en una profunda experiencia tanto para el compañero como para el cliente o el usuario, que rompe todos los esquemas binaristas.
Las burlas y chanzas se disuelven por sí mismas en la seriedad del trabajo, no digamos cuando la persona transexual ocupa una posición de autoridad y sabe ejercerla. Es un fenómeno análogo al de la incorporación de la mujer al trabajo y a la vida pública, pero debe recordarse que su valor específico está en incorporarse como transexual a esas funciones sociales.
La simple conciencia de que es una persona transexual quien está en ese puesto, abre por lo menos tres posibilidades a quien no está habituado a pensarlo: hay hombres, mujeres y transexuales trabajando en igualdad.
Se deduce que si hay por lo menos tres posibilidades de género, es que el género no es binario.
La fuerza de esta lección práctica es mucho más evidente que cualquier trabajo teórico. Un cliente que ve a otro consultando con normalidad con una vendedora visiblemente transexual, un novato que ve en su colegio que pasa una profesora transexual, tratada con respeto por los otros alumnos y por sus compañeros, un soldado que debe cuadrarse por primera vez ante un mando transexual y que quizás puede comprobar su valor en el peligro, aprenden en pocos segundos más que en horas y en cursos de lecciones teóricas.
El Código de Género binarista se resquebraja ante estas experiencias, multiplicadas por mil por el número de amigos, compañeros, clientes y usuarios que tienen la oportunidad de compartirlas, y gradualmente va siendo sustituido por uno nuevo, más humano y más real.
Pero conviene insistir en que la fuerza de este motor de cambio consiste en que las personas transexuales sean vistas o conocidas como transexuales. Independientemente de su aspecto o incluso, con más eficacia cuanto más su aspecto como transexuales se acerca a su género de origen.
FRENTE A LA REPRESIÓN, EXPRESIÓN
GUIÓN. Necesidad de expresión. Angustia por la represión de la transexualidad. Nueva definición de disforia. Hacia un entendimiento religioso de la expresión. El servicio al ser humano. Freud: expresión racionalmente canalizada o neurosis. La represión en Europa durante milenios. La expresión en América durante milenios. Hacia una síntesis actual: liberacionismo occidental y tradición indígena.
Hablando de expresión de la transexualidad es preciso recordar la necesidad de la expresión.
Porque el respeto al estado de cosas en la sociedad y a su Código de Género puede ser tan grande que incluso la persona transexual se niegue a sí misma cualquier forma de expresión.
No hace falta poner ejemplos. Todas y todos los que conocemos esta experiencia hemos vivido tiempos más cortos o más largos de armario. Algunos nos quedamos en él toda nuestra vida o casi. La angustia del secreto la conocemos muy bien, sólo que en algunas personas se le suma la de que sea o parezca inacabable.
La consecuencia de esta angustia es sin duda una gran tristeza. Puede ir acompañada de deseo de automutilación, de intentos de automutilación o de suicidio. Es una situación grave que merece toda nuestra atención, tanto personal como de las instituciones sociales.
Sin embargo, obsérvese que lo que produce la angustia no es la transexualidad, sino el secreto de la transexualidad.
Llegamos de nuevo a lo social, pues la problemática de la transexualidad es social.
En algunos casos, se trata de que, en conciencia, no puede ser expresada. Un caso característico de esto son las responsabilidades familiares.
Puede ser que la situación laboral sea tal que de su continuidad dependa por ejemplo el bienestar de unos padres ancianos.
O que la persona transexual haya tenido hijos y tema o bien el impacto que pueda producirles su expresión hasta la adolescencia, o bien la situación económica en que quedarían dada una situación laboral precaria.
En ambos casos, la persona transexual tendría al menos conciencia del valor de su sacrificio. Pero es aconsejable que lo atenúe con formas relativas de expresión y comunicación, cada cual en lo que le sea posible: travestimiento ocasional, internet, participación en grupos de apoyo mutuo.
En otros casos el respeto al Código de Género no está justificado, sólo explicado por el miedo a la ruptura o a la pérdida del status o la comodidad.
Habría que entender por tanto que la disforia es un dolor provocado por la represión, consolidado por los años durante los que ésta puede haberse prolongado. Esta extraordinaria fuente de angustia, sería en último análisis de origen cultural, represivo, lo que explicaría su apariencia patológica, su parecido a las fobias, sus salidas parafílicas, como la autoginefilia, etcétera. Cuando y donde no hay represión, no hay disforia. Hay simplemente constatación de diferencias y de preferencias, y una decisión rápida comprendida y ayudada en el medio social, como ya empieza a existir.
Pero puede haber en algunas personas una motivación más profunda, religiosa, el miedo a romper no códigos humanos, sino la voluntad de Dios.
En este caso es precisa una profunda reflexión personal sobre la voluntad de Dios. Mencionaré sólo, en cuanto al valor de la norma religiosa, el dictamen de Jesús Nazareno: “El Sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el Sábado” (y la observancia del Sábado es la primera norma para un judío)
En este terreno del pensamiento hay que entender cuál puede ser la voluntad de Dios sobre la transexualidad. ¿No cambiar la naturaleza? Pero el hombre viene cambiando la naturaleza desde que es hombre y por ser hombre, usando herramientas que multiplican sus medios naturales, cambiando bosques en campos, etcétera. No puede ser ese el criterio de lo que sea conforme a la voluntad de Dios. Sí puede serlo, conforme a lo que dijo Jesús, el servicio al ser humano. Si lo que hacemos es bueno para los seres humanos será bueno; si fuera malo, sería malo; no puede haber criterio más simple y más general, más compartido por creyentes y ateos, más lógico y hasta más santo. Y si partimos de la realidad de la disforia y sus sufrimientos, de la base que puede tener, incluso natural, no se puede llamar malo aliviar o evitar nuestro sufrimiento como personas transexuales.
En todo caso, cuando existe una pulsión, es preciso encontrar la forma de expresarla, aunque sea simbólicamente. Desde Freud se sabe que las pulsiones humanas deben ser expresadas o más precisamente canalizadas. El hombre es un ser de comunicación y por tanto de expresión. La represión (de la expresión) es causa de neurosis o agresividad o autoagresión o síntomas psicosomáticos graves, infartos, úlceras, depresiones, todas ellas formas de expresión simbólica e involuntaria.
Otra cosa es que la expresión no quiere decir manifestación incontrolada de lo que se siente. Quiere decir comunicación canalizada, no torrencial. El fútbol es una forma controlada de expresión de pulsiones combativas, de ira, de asociación y de enfrentamiento que, si carecieran de esa válvula de escape, serían mucho más peligrosas.
En la experiencia de la mayor parte de las personas transexuales está en una pulsión muy intensa, seguida por una represión, interior o exterior, el silencio obligado, que ha podido durar años y decenios. La dureza extrema de esta situación necesita una expresión y esta debe ser canalizada racionalmente.
Sin embargo, la represión ha sido la única norma vigente en Europa, durante siglos y milenios, desde la implantación de un cristianismo poco cristiano.
A lo largo de ese tiempo inmenso, en determinadas culturas, cuántas han sido las personas directamente quemadas o matadas de otras formas por los organismos oficiales represivos o por los particulares que se arrogan la representación de la moral o de la masculinidad y la feminidad. Cuántas han sido y son obligadas al silencio completo durante su niñez, su adolescencia, su juventud, su madurez y su vejez, o a los travestimientos solitarios y desesperados. Cuántas, por muchas circunstancias y consideraciones, sufren todavía esta represión. Tenemos memoria viva de lo que es la falta de expresión, sus consecuencias –incluidas automutilaciones y suicidios, como el de una querida amiga en 1993- y podemos lamentar que ésta haya sido la suerte de tantas personas desconocidas a lo largo de los siglos.
Su alternativa para expresarse –y podían darse por afortunadas quienes podían o se atrevían a ella- era entrar en la marginalidad total. Todavía en nuestros días, Sylvia Rivera, más joven que yo, la conoció por ejemplo cuando tuvo que dormir en las calles de Nueva York para poder expresar su transexualidad (lo que le dio fuerzas morales para iniciar Stonewall) Es imposible recordar a los miles y miles de personas, antes y ahora, que han tenido que entrar en la marginalidad más completa para vivir como transexuales, muchas de ellas amigas cuyas caras veo en mi memoria o todavía la viven como su presente. Marginalidad en la que se han encontrado las drogas o las enfermedades, las detenciones arbitrarias, el menosprecio de los satisfechos, lo mismo que hasta hace poco, en nuestra misma generación, se encontraban con la cárcel, y antes y ahora, en otras sociedades, con la pena de muerte.
No, no es ninguna trivialidad la represión de la transexualidad, y se puede considerar heroica la decisión de muchas transexuales de expresar sus sentimientos a cualquier costa, especialmente hoy día en el caso de las travestis de América Latina, que afrontan la durísima vida en aquellas calles, el miedo constante a la muerte y una esperanza de vida media de treinta años, que debiera indignar y llamar a la acción a todas las organizaciones humanitarias; y no es el caso.
La expresión es tan necesaria, cualquier avance, por pequeño que fuere, es tan ansiado, la represión es tan grave, que ante ella palidece cualquier crítica por los defectos de la expresión integrada. Que todas y todos hagan lo que puedan y lo que les dejen. Pero sencillamente, que extraigan de estas reflexiones la conclusión de que el Código de Género binario puede ser temido, pero no debe ser respetado. No debe obligarnos por dentro como nos obliga por fuerza. Sólo esta convicción, abre muchas posibidades.
En este punto, tenemos que recordar por su inesperada actualidad, la aceptación de las conductas variantes de género por todas las culturas indígenas de América durante milenios. Tanto las personas XX masculinizantes como las personas XY feminizantes encontraron legítimo expresarse como tales y vivir respetadamente en su pueblo, y las modalidades fueron distintas en cada cual. Podía pensarse que esta tradición había muerto, y no de muerte natural, sino por la agresión binarista de los conquistadores, pero al llegar el siglo XXI, la confluencia del liberacionismo occidental con el no binarismo indígena, está llevando a importantes innovaciones políticas por ejemplo en Ecuador.
LAS FORMAS DE EXPRESIÓN
GUIÓN. El ansis de expresión. El binarismo como represión. El no-binarismo es creativismo. Los conjuntos difusos de género como base de distintas expresiones. La primera transexualidad fue binarista: distinción entre TV, TG, TS. La transexualidad no binarista: los estilos de expresión. Expresión profunda, más allá de los estilos. Formas de expresión conductuales, cosméticas, indumentarias, ornamentales, endocrinológicas y quirúrgicas.
Siempre hemos ansiado expresarnos. Cuanto más fuerte ha sido la represión, más fuerte ha sido el ansia de expresión, aunque haya tenido que ser callada.
El binarismo mismo ha sido una forma de represión, previa, situada en las mentes. No olvidemos que ha existido y todavía existe configurando nuestro Código de Género. Pretendía que la realidad era así y que era obligatorio respetarla, so pena de castigo social que podía llegar hasta la muerte.
En la medida en que nos lo hemos creído, nos hemos reprimido a nosotros mismos con sentimientos de culpa, porque nuestras ansias no se ajustaban al esquema “dos sexos, dos géneros, dos orientaciones”, según el cual nada existía fuera de él, y si existía, no tenía derecho a existir.
Apuntaré aquí, para que se entienda lo que sigue, que lo contrario del binarismo no es el no-binarismo. Al pensarlo, nos damos cuenta de que ésta es sólo una expresión negativa, una forma lógica pero vacía, que indica que hay algo, pero no lo especifica.
¿Qué hay en el no-binarismo? Está la intersexualidad, por supuesto, pero la intersexualidad sola no es suficiente, porque como veremos, muchas conductas binaristas no son intersexuales o no quieren ser intersexuales.
Nos acercamos más a la respuesta cuando nos damos cuenta de que el binarismo supone la sumisión de la conducta humana a un esquema binario de la naturaleza sexual –y el ser humano debe someterse sólo a la razón, no a ningún hecho natural.
Si fundamentáramos el no-binarismo en otro hecho natural, por ejemplo la misma intersexualidad, estaríamos sometiendo nuestra conducta a otro esquema de la naturaleza, fuera ternario, cuaternario, secuencial u otro.
Entonces, lo verdaderamente contrario del binarismo sexual es el creativismo, la afirmación del derecho a crear formas de expresión de género que sean creativas, libres, personales, variadas, la insumisión del sujeto a formas de expresión sexual prefijadas.
Puede elegir las formas más acostumbradas, éstas pueden ser las mayoritarias, pero ya no como únicas, sino como unas entre otras muchas, aunque éstas sean minoritarias, e incluso personales.
Quien se sienta muy viril puede elegir formas de género muy viriles; quien se sienta muy femenina, puede elegir otras muy femeninas, y quien no se reconozca en las formas muy definidas, o ni en unas ni otras, podrá elegir sus propias formas de género personales.
Como ya observó Judith Butler (con quien no suelo estar de acuerdo), no es cuestión de definir cuántos géneros hay, si tres, o cinco (se han dado estas cifras), porque son innumerables, en el fondo, tantos como personas.
Siguen una estructura de conjuntos difusos, cada uno con sus reglas de conjunto, pero reglas amplias, definidas según un “más o menos” y no según un “sí o no” binario. Puede aventurarse que estos conjuntos están estadísticamente polarizados en ciertas reglas de adscripción, que hacen que en algunos entren millones y en otros sólo miles y que algunos sean hasta individuales, por lo que quizá no haya dos polos, sino más de dos, pero con reglas más o menos fluctuantes.
Sabemos, en efecto, que las reglas del conjunto Mujer han fluctuado y se han abierto inmensamente desde el principio de la Revolución Industrial y que práctica de género de las personas identificadas hoy como mujeres se parece poco a la del siglo XIX. Sin embargo, la práctica de género de las personas identificadas como Varones está mucho más bloqueada, por su unión histórica con la voluntad de poder. Pero el ejemplo de fluctuación en el conjunto Mujer hace previsible que esta práctica se desbloquee y que otras aparezcan-
Comprendemos así que la transexualidad, tal como se ha vivido hasta ahora, se ha expresado de forma binarista (“si no soy hombre, seré mujer”, o al contrario), es decir, convencional, sumisa, impersonal, no creativa. Ahora es posible expresarla de forma creativa.
Para llegar a ella, es preciso empezar por revisar conceptos que tenemos tan asentados que ya los damos por verdaderos. En la transexualidad feminizante, la Transexología clásica, iniciada por Harry Benjamin en los años cincuentas, ha distinguido hasta ahora tres clases a las que ha llamado transvestismo, transgenerismo y transexualismo (TV, TG, TS)
El criterio para definirlas ha sido la menor o mayor permanencia de los cambios y la menor o mayor profundidad de las transformaciones.
Así, el transvestismo consistiría en vestir de mujer ocasionalmente y usando medios cosméticos (maquillaje, pelucas)
El transgenerismo, en cambiar de género permanentemente, usando medios cosméticos o bien hormonación o bien cirugías plásticas (de configuración de mamas, de feminización facial, etc)
El transexualismo consistiría en cambiar de género y de sexo, usando los medios anteriores y la cirugía de reasignación de sexo.
Por tanto, se clasificaría a las personas que transitan en el sistema sexogénero en transvestistas, transgéneros y transexuales. Este sistema supone además causas distintas y separadas de cada clase, como la parafilia, o la disforia, o la intersexualidad cerebral, por lo que tiene además una desagradable consecuencia al jerarquizar a nuestra población de menos a más, en menos femeninas o más femeninas, En la práctica, la jerarquización empezaria por los designados como travestistas fetichistas, considerados varones heterosexuales digamos en un 95% y llegaría a su cumbre en las transexuales desde la niñez, amantes de los hombres y hermosas.
Sin embargo, la práctica muestra que esta clasificación no es real; ha estado en la mente pero no en la realidad. Es un sistema de tres armarios, en el que se quiere meter todas las variaciones existentes, desconociendo que son inclasificables al menos dentro de esas solas tres categorias.
¿Cómo clasificaríamos por ejemplo a una persona que ha deseado cambiar de sexo, pero por razones familiares se contenta con actuar cada día en un espectáculo, lavándose la cara al terminar y yéndose a casa en camisa y pantalón?
¿Y a las personas que siguen una cirugía de reasignación de sexo a la vez que son parafílicas o fetichistas?
¿Y a quienes practican una orquidectomía o amputaciónn de los testículos?
¿Y a las personas que se reasignan de sexo pero no cambian de género, porque no lo desean o porque su medio social se lo impide?
¿Y a quienes ansían una emasculación o eliminación total de los genitales masculinos, pero no desean una vaginoplastia?
¿Y a quien se considera transvestista pero evoluciona hacia transexual, o quien se considera transexual pero evoluciona hacia transgénero?
¿Y a quien sigue una o varias de estas experiencias TV, TG o TS, y al cabo de algún tiempo, por evolución personal renuncia a ellas?
¿Y a las drags, que siguen una estética feminizante, pero muy libre, en la que se puede decir que no visten como mujeres, sino como drags?
El problema se resuelve si no consideramos las tres categorías como formas de ser de las personas trans, sino como formas de expresión, añadiéndoles otras nuevas, como la transgresión de género, y todas las que descubriéramos en la inmensa variabilidad de la realidad.
Las más frecuentes formas de expresión del hecho trans serían entonces la transvestista, la transgénero, la transexual, pero también la transgresora de género, siguiendo los estilos drag o fuckgender, la intergénero, que no sería tan rompedora y etcétera. Hablamos de estilos, como en todas las formas de expresión.
Al hablar de estilo, hablamos de arte. En la historia ha habido estilos arcaicos, clásicos, barrocos, románticos, impresionistas, expresionistas, funcionales, vanguardistas y habrá otros. Las actuales tribus urbanas juveniles han practicado los estilos rockero, pop, punky, pijo, gótico, etcétera. Todas son formas de expresión en las que algunas personas se reconocen y otras no. En la práctica trans, el estilo transvestista, el transgénero y el transexual serían más clásicos, respetando más las convenciones del Código de Género binarista: transformar la apariencia, el cuerpo o los genitales lo más parecidamente posible a los femeninos. Los otros estilos lo romperían más o menos, desde la drag que se pone todas las noches supermaquillada y con hiperpeluconas, llevando un vestido de raso liso sobre su torso sin preocuparse de simular pechos hasta las todavía muy escasas manifestaciones en que un muchacho radical que se pone sobre sus músculos y su vello un vestido camisero expresando su desdén por el binarismo. El estilo intergénero, discreto, exploraría todas las posibilidades que pusieran en duda a quien lo viese si estaba ante una mujer o un hombre: pelo largo, ligero maquillaje, pendientes, ropa unisex, posturas ambiguas.
Pero como veremos en la práctica trans masculinizante, la expresión sobrepasa los estilos estéticos (o es estética en sí misma)
Recuerdo una fotografía de Leslie Ferinberg en la que aparecía con su físico de culturista, en una pose standard, en la que no se preocupaba de que el tanga mostrase un vientre liso, que contribuía sin embargo a la fuerza del conjunto. Conviene analizarla. Más allá de su belleza, en este caso situada en la estética de las revistas culturistas, lo que está diciendo es más simple y profundo: “Soy trans masculinizante y no me avergüenzo de ello”.
Entre ellos, muchas de sus expresiones pasan casi desapercibidas, entendidas como simple estética, por lo que paradójicamente pierden fuerza expresiva, dado el amplio margen que el Código de Género vigente concede a la expresión de género del conjunto Mujer. Autoriza al uso de pantalón y chaqueta definidamente masculinos, al cabello cortado a cepillo con toda naturalidad. Sin embargo, la norma del Código de Género incluye una cláusula, clave para esta tolerancia, que diría algo así: “siempre que quede claro que se trata de una mujer” (es decir, que por voz o presencia de mamas, la persona pueda ser clasificada binaristamente)
Conforme se acentúa la inclasificabilidad binaria, aumenta la intransigencia social. Una persona no clasificable como hombre o mujer despierta inquietud en nuestra cultura, que no tiene nombre para ella. Pongamos que sube al autobús una persona en chandal, de pelo muy corto, lampiña, sin pecho visible, de facciones suaves. Nos sentimos inquietos ante ella no por lo que es, sino porque carecemos en la práctica del concepto “intersexual” para comprenderla y quedarnos tranquilos.
Sólo a partir de esa inclasificabilidad binarista podemos hablar de manifestaciones trans masculinizantes. Puede ser transvestista (un simple juego con el fondo de armario), transgenérica, si es permanente, incluyendo por ejemplo un nombre ambiguo o masculino.
Cuando se usan formas de expresión más radicales, llegamos a la transexualidad. En la masculinizante, es posible a veces usar los recursos conductuales e indumentarios para expresar esa radicalidad. Otras veces se recurre a la hormonación para producir efectos más inequívocos (barba, musculación, vello, cambio de la voz) y las posibles cirugías tienen un estatuto distinto de las feminizantes. La más valorada es la mastectomía o eliminación de las mamas, la histerectomía o vaciado es médicamente aconsejable y la faloplastia admite una discusión que espero explicar más adelante.
En general, todas estas formas de expresión masculinizantes llevan a una clasificación binarista como varón. No se duda de lo que sea la persona que sube al autobús con barba y quizá algo calva. El deseo de pasar desapercibido es tan fuerte, como que el trans masculinizante suele aspirar a ser “un hombre gris”, un hombre como cualquier otro.
Las dificultades sociales que encontraría en otro caso aconsejan respetar este deseo por lo que se refiere a lo público. Sin embargo, por lo que se refiere a la vida privada, como ya he explicado antes, es aconsejable e incluso necesaria la sinceridad respecto a la propia historia.
Voy ahora a considerar cada una de estas formas de expresión, o significantes, que se ajustan a las necesidades o posibilidades del medio social de cada cual, a su carácter y a sus pulsiones, y que pueden variar con el tiempo, según todos estos factores cambien. Pero no voy a clasificarlas según las categorías identitarias del transvestismo, el transgenerismo y el transexualismo, sino según las formas de expresión puestas en juego, y abiertas al libre uso de cada cual. Distinguiré por tanto entre formas de expresión conductuales, cosméticas, indumentarias, ornamentales, endocrinológicas y quirúrgicas, preguntándome lingüisticamente cuál es el significado de tales significantes.



