jueves, agosto 17, 2006

Juegos




Estoy en desacuerdo con la sexología hegemónica, la de la ideología de género, porque sostiene que casi todo en el sexo y el género es aprendido, cultural, político, por tanto.

Tengo muy claros los recuerdos de niños que he conocido cuyos juegos, que se ven divididos por sexos, han surgido de su propio interior, especialmente de aquella niña criada muy aislada en el cortijo, antes de la radio y la televisión, que tomó una piedra para acunarla como una muñeca, o mi sobrino, jugando incansablemente, concentradamente, sólo, a guerras, sin que nadie le incitara (de mayor es el hombre más pacífico y apacible que se puede imaginar)

Los niños son soberanos a la hora de jugar, en la que se expresan como quieren, y deciden por sí mismos lo que les interesa y lo que no les interesa, independientemente de lo que crean los mayores que deben ser los juegos para resultar educativos.

Mis propias preferencias, que sé que salían de lo más hondo de mí, son una prueba para mí de lo que hay en mí, como aquel sueño en que me ví feliz por poseer un tranvía muy grande, amarillo, de madera, con asientos y todo, casi de un metro de largo por una altura proporcional, un juguete que sé que tenía muchísimo significado y fuerza sentimental para mí, casi inexplicable.
Luego los barquitos que yo me hacía, con seis o siete años, con los corchos de los flotadores que usábamos, poniéndoles un mástil de caña y cordajes de croché, y que sé que expresaban mis sentinmientos y mis maravillamientos por el mar.

O aquel avioncito de caza, con una hélice y sus alas bajas, como los de la Segunda Guerra Mundial, que vi en “El 95” y me enamoró y que no pude tener, pero que desde entonces busco en todos los escaparates de las jugueterías, sección niños, sin encontrarlo.

(Y en un grado inferior, aquella canoa de lata que navegaba por el baño oliendo a aceite quemado, o mi tren eléctrico)

También recuerdo desde luego mi rechazo y desinterés radical por otros juegos de niños, como el abstracto meccano, o los balones.

Me interesaban los vehículos, cosa muy de niños, pero no los autos, ni la mecánica de los juguetes, lo digo para que se vea hasta qué punto era todo personal y selectivo.

Tampoco me hubieran gustado, lo sé, los fusilotes de plástico ni los muñecos musculosos y guerreros que salieron después.

Sé que muchos de los juguetes que les gustan a muchas niñas expresan el sentido del cuidado tan hondo en muchas mujeres.

Por ejemplo, el amor y la atención a los bebés (que a mí no me motivan), o los cuidados del hogar entendido como un nido, tierno y encantador.

O por otra parte, la concentración y el interés por la propia fuerza de seducción, expresada sobre todo en la belleza del cabello, o el atractivo de la ropa (para mí era inconcebible que la ropa se considerara un regalo de Reyes)

Bien, pues nada de eso me ha interesado nunca, o incluso me ha parecido ligeramente desagradable.

Esta relación que he hecho me sirve para convencerme de que mi mente es masculina no muy definida pero masculina y por tanto de que mi transexualidad viene de un trauma, más que de una predisposición, si se lleva esta palabra hasta entender una feminidad natural.

No hay feminidad en mí, sí una masculinidad poco definida, hasta el punto de no poder incorporarme a los juegos de mis compañeros y de suscitar equívocos en ellos, lo que constituyó el trauma.

Recuerdo que cuando empezaron a tratarme de mariquita, a los diez años, yo me sorprendí mucho.

3 comentarios:

Andrea dijo...

Que cosas Kim, mira yo recuerdo que en mi casa, la calefacción era de aquellas de carbón, como las de las locomotoras de las películas de indios y vaqueros, que había que primero limpiar ya todas las cenizas, con una paleta de acero, que para mi edad, que te estoy hablando quizás con 4 o 5 años, era algo pesada e ir vaciando todo en una bolsa de basura hasta casi llenarla. Después había que ponerle mucho papel de periódico que previamente ya lo había leído mi padre y supongo que también mi madre y parte de la retaila de hermanos; después tenía que poner unos cartones de cajas que yo pedía a un estanco que tenía cerca de mi casa, todo lo hacía muy minuciosamente, me gustaba muchísimo hacerlo me sentía como el conductor de las locomotoras de las películas, era como tener mi propio tren, después había que colocar las astillas de madera que traía el carbonero junto con el carbón, una vez por semana, y lo metía en un cuartito, que siempre me hizo reír, ya que mis padres lo llamaban el cuarto oscuro, algo curioso, cuando a ninguno de mis hermanos se nos metía ahí para castigarnos, e incluso el propio cuarto tenía bastante luz, pero cuando te acercabas a la carbonera y veías el carbón tan negro y a la vez tan brillante aun era más alentador y más alentador seguir siendo el maquinista de mi propio tren; cogía las astillas totalmente rectangulares como de la largura de un lapicero pero rectangulares como un pequeño remolque de un camión de juguete o incluso de un vagón de una locomotora, las colocaba como creando una torre en la calefacción, las colocaba con mucha minuciosidad, tenía que arrancar el tren a la primera!! Después echaba solo una paleta de aquel maravilloso carbón, tan negro y tan brillante el cual me pasaba unos minutos mirándolo y no puedo recordar en que pensaría, pero seguro que pensaría en que aquello era lo que me hacía ser mi propio héroe de mi locomotora. Cerraba la trampilla y encendía una puntita de un periódico enrollado en si mismo a modo de antorcha de papel, lo introducía cuidadosamente entre las rendijas de la trampilla, me asombraba ver que diferentes elementos iban empezando a arder y coger una fuerza increíble, medio cerraba la compuerta de la trampilla para que aspirase el oxigeno, ya que sino, pues se ahogaba, habría la puertita de más arriba para poder ver como allá abajo las cosas que yo había colocado minuciosamente se iban formando en un solo elemento en fuego, todo iba cogiendo una fuerza para mi asombrosa y correteando me iba a la carbonera a recoger con la paleta y con mis dos manitas una paleta de carbón que echaba por arriba, despacito, para que fuera prendiendo, y después otra, cerraba la tapa y el estruendo del fuego ahí encerrado era asombroso, ya que todos los elementos incluida mi mano de obra funcionaba!! El tren arrancaba, lo veía por el contador de presión de la calefacción. Mi padre asombrado y supervisando, doy por echo que por mi edad, me decía que lo había echo perfecto. Mis manos llenas de carbón y sucias no las lavaba, me gustaba ver el trabajo realizado con mis propias manos y satisfecha (a veces hablo de mi niñez en masculino y otras en femenino, esto no me aturde, ni me traumatiza, ya que como bien sabemos es importantísimo recordar nuestro pasado porque nos va a valer para el futuro), cuando terminaba me iba a la carbonera me hacía con un buen puñado de aquellas astillas y tumbada en el suelo del hall de mi casa, creaba de cuatro en cuatro, un cuadrado y unas encima de otras fantásticos edificios (he decir que me hubiera gustado muchísimo ser arquitecto) y con el resto de astillas jugaba con unas a que eran grandes camiones con remolque y con otras y clavándolas una grapa me creaba una locomotora, que movía a mi antojo como una pequeña ciudad, hoy día supongo que la ciudad en la que yo me encontrase algún día.

Todos los años, cuando era época de Reyes Magos, sinceramente, pedía carbón, pero nunca me lo traían, al contrario me traían cosas bonitas (para los Reyes Magos), pero no me satisfacían demasiado menos los camiones. Un año no pedí nada porque aquellos Reyes Magos, no me convencían en absoluto, y el día que todos mis hermanos nos poníamos a ver que nos habían traído los Reyes Magos, y como yo no había pedido nada, pues no le di mucha importancia y ni me acerqué al árbol de Navidad, mi madre me dijo que había algo para mi; y cuando lo vi se me saltaron las lágrimas de no solo recordarlo hoy día, sino, también de ver que aquellos Reyes Magos, algo habían comprendido, quizás con mis actitudes de niño callado pero a su vez inquieto por la vida, me encontré con algo muy significativo, que aun hoy día lo recuerdo, una muñeca de trapo de Mafalda del dibujante de comic´s Quino, ya sabes la niña existencial de comic Argentino, una bicicleta, para moverme por el mundo (y mi mundo) y un espejo en el cual me podía mirar entera, me pasaba minutos mirándome, montada en mi bicicleta con mi Mafalda de trapo en aquel espejo, en resumen, quizás mis padres (o los Reyes Magos), ahí ya descubrieron que yo era diferente.

Mis juegos en el colegio eran solo míos, era solitario, y si alguien desearía jugar las reglas se ponían a medias y si no me convencían, pues me iba. La primera vez que me llamaron mariquita, y descubrí su significado, al ser educada en un colegio total y disciplinadamente masculino, la verdad ni me asombró ni me sentí ofendida, ya que yo ya tenía claro que no era como el resto de los niños, así que casi por la “diferencia” que me hacían sentir por aquella palabra, hasta me sentía cómoda y sobretodo diferente. Claro está que con los años descubrí que mi “mariquitidad”, no era tal, pero esto es otra historia.

Particularmente, no pienso que mi mente sea ni masculina, ni femenina, en todo caso serán ambas, tampoco es algo que realmente me preocupe.


Un fuerte besote Kim, por ayudarme a recordar esto.

Kim Pérez dijo...

He leído tu comentario con mucho interés y me ha fascinado tu imaginación y creatividad con esos años.

¡Qué maravillosa estufa! A mí también me hubiera gustado jugar contigo. Anda, hazme sitio.

¡Y las astillas! Yo me quise hacer con astillas... una bicicleta, a la vez que sabía que era imposible.

Y a ti y a mi nos han llamado mariquitas... Y que sobre todo quisieras sentirte diferente... lo mismo que yo.


Kim

Kim

Andrea dijo...

También se puede hacer en chimeneas, son más grandes y cabemos las dos, eso sí, en cuanto nos pongamos a arrancar la locomotora, el espacio se nos hará enorme. En algun sitio por el monte de nuestras ciudades habrá casa con chimeneas, ¿No? Tu llevas el carbón y yo las astillas.

Yo siempre me he sentido diferente, y ante el máximo interés de que mi entorno me hiciese sentirme diferente, pues la verdad, aun era más comodo, ya que no tenía que luchar contra nada, todos estabamos de acuerdo en que yo era diferente.

El caso es que aun, hoy en día me sigo sintiendo diferente y eso....me gusta.