martes, junio 05, 2007

De mi Diario (5 de junio)





El otro día sentí algo respecto a mis postrimerías, que luego he olvidado. Esforzándome y pidiendo a Dios por recordarlo, pienso que es el temor de que me acerco a la muerte sin haber resuelto el problema del valor moral de mi vida, marcada por algo tan tremendo como una emasculación voluntaria, y de lo que hago públicamente y en relación con otras personas.

¿He hecho bien, como razono, o he hecho mal y me he dejado llevar, como temo?

No llegaré a saberlo mediante el análisis racional.

Puede que el sentido de mi vida haya sido otro: la separación entre yo y lo demás, que siempre he sentido espontáneamente y que acaso haya sido favorecida por mi disforia o haya favorecido mi disforia, que viene de la separación entre yo y mi cuerpo, o entre yo y toda mi persona.

Ahora, estoy a punto de entrar por esta puerta a fondo –situación notable, tercer estado de consciencia, según Gurdiaev- y puedo descubrir lo que hay al otro lado. No puedo quedarme quieta ni retroceder, porque sólo esto me sería imposible, como querer no ver lo que se ha visto.

Tengo que perfeccionar mi separación como consciencia de la realidad objetiva. Me empuja a ello incluso mi angustia con el primer estado de consciencia, el sueño, ante el que me veo indefensa, entregándome a él sin poder dominar situaciones como el ahogo o apnea que ya me atacó una vez durante la siesta.

Eso me produce una tremenda claustrofobia, ante la sumisión de mi consciencia a las leyes de mi cuerpo, que de momento eludo poniéndome en manos de Dios cuando me voy a dormir; me angustio demasiado, pero sólo podré vencer si emancipo a mi consciencia de sus condicionamientos materiales.

Todo me empuja a dejar de lado esta ascesis, siento impulsos de amor que a lo mejor lograré integrar, pero no puedo dejar de intentarlo, ahora que estoy cerca de esta grandiosa aventura.

sábado, junio 02, 2007

De mi Diario (27 de mayo)



Anoche, recordaba con tenacidad mi identificación con el niño de “Capitanes intrépidos” y algunos otros recuerdos de mi niñez, como los indios que pintaba o mi sentido personal de la admiración de mi padre como aviador, concluía que mi identidad de género es masculina, pero recordé también que mi identidad de sexo no es masculina y eso es más profundo y sutil. Resumí con una fórmula, tengo identidad generomasculina, pero no genitomasculina.

Me doy cuenta de dos hechos nuevos: pese a mis dificultades de socialización, persistió mi identidad masculina; por eso, mi transexualidad no se debe a ellas. No debo echarle la culpa a nadie.

Y mi identificación con la mujer traduce el masoquismo de sumisión que ya afloró en mis ocho años, cuando ante el miedo a un compañero reaccioné formando la fantasía de que era un esclavo, pero con más intensidad y eficacia, porque era más sugestivo y más imaginable, pese a todo.

Esto significa que no me estimula directamente ser mujer, sino los temas de dependencia que me sugiere y que hago míos. Esta respuesta es una parafilia, que defino como "una solución simbólica a una angustia real, que produce placer porque es solución, y necesita repetirse una y otra vez porque es sólo simbólica".

Mi parafilia de identificación con la mujer es una respuesta subconsciente a un miedo o una angustia social, como la primera, la fantasía que tuve de que era un esclavo, es una tentativa de equilibrarlo y tranquilizarlo, y por tanto, las dificultades sociales no me desidentificaron sino que me parafilizaron.

Puede ser que la angustia procediera de una virilidad insuficiente, es decir, una hipoandrogenia, compatible con la identidad masculina de género, pero no con la identidad masculina de sexo.

sábado, mayo 12, 2007

Una recapitulación de las ideas a que voy llegando



Es preciso comenzar por la distinción entre sexo y género. Sexo es lo biológico, incluído lo conductual. Género es la construcción conceptual acerca del sexo, por tanto variable culturalmente.

La conceptuación más aguda de que somos capaces hoy muestra que el sexo es un continuo desde un extremo de virilidad (Schwarzenegger) a otro de feminidad (Marilyn Monroe), pasando por una variabilidad personal, de menos personas cuanto más definida intersexualidad, que forma una campana de Gauss invertida (debo esta imagen a Fátima Castiglione Maldonado)

Cada persona se sitúa en un punto u otro de ese continuo, más cerca de los numerosos extremos, más cerca del exiguo medio.

Pero los conceptos predominantes en nuestra cultura son binaristas, no continuistas. Entienden la existencia de sólo dos clases de personas, varones y mujeres, como dos bloques escindidos, y aunque se reconoce la existencia de intersexuales o hermafroditas, no se sacan las conclusiones teóricas debidas: simplemente se los ve como una excepción no relevante de la regla binaria (Es de notar que ni siquiera las estructuras XX y XY son binarias. Hay XO, XY sin el gen SRY, lo que propicia un desarrollo femenino, etc)

La realidad biológica se complica cuando se sabe que hay siete niveles del sexo (genético, cromosómico, gonadal, gonofórico interno, gonofórico externo, fenotípico, psicológico), según Gilbert-Dreyfus, todos los cuales pueden hallarse en lugares distintos del continuo masculino-femenino.

Por eso, el lenguaje científico no debería hablar de hombres y mujeres, lo que es una simplificación, sino de personas más o menos varoniles o femeniles (sería mejor usar los adjetivos que los nombres, por cuanto éstos forman sistemas binarios)

Hay la posibilidad de que las personas transexuales estemos biológicamente más o menos lejos de cada uno de los extremos del continuo. Pero al participar conceptualmente del código de género binario (un código penal en el que todos somos educados)lo que sentimos es el desajuste con el género asignado, produciéndose la disforia de género. Pretendemos entonces hacer la transición binaristamente de un extremo a otro: si no A, entonces B, olvidando que no estamos en ninguno de ellos.

Por eso es posible que, con el tiempo, no nos hallemos en A ni en B, simplemente porque no son realidades en el sentido simple en el que hablamos de ellas, sino conceptos, y nuestra realidad necesita el concepto de continuo.

Creo que es nuestra posición bastante intermedia en el continuo la que genera la disforia hacia el código de género vigente, de la que nacen las distintas formas de transición, que no son más que intentos de comprenderse.

jueves, abril 12, 2007

Biología no es destino, se dice




¿Hay destino? Sí, hay destino. Voy a decir cuál ha sido mi destino, no una opinión, sino en el balance que se puede hacer a los 66 años. Que no son los 80, es verdad, pero son los que son.

Cuando tenía 19, una noche salí en Torremolinos. Conocí a una muchacha francesa, un poco ambigua, que tenía algo de vello negro en la cara. Hubo árboles, música, bebida en la mesa, bailamos, fuimos de un sitio a otro.

Al volver, había ya la luz blanca de la madrugada. Nos dimos un beso profundo en el jardín. Nos despedimos. Al llegar a mi cuarto, me miré largamente en el espejo queriendo que su rastro se quedara en mi cara, porque fue el primer beso de mi vida.

A la mañana siguiente, fui a la playa a buscarla y no quiso ya seguir conmigo. Tuve que volverme de Torremolinos. Aunque me llenaba la amargura, mirando desde el autobús los eucaliptos que había sobre un espolón, y el sol que se ponía tras ellos, pensé con convencimiento que el amor era el sentido de mi vida.

Me pasé una semana echándome a llorar con cualquier motivo. Todavía sigo con el mismo convencimiento. Pero pasé veinte años hasta que alguien me besara otra vez. Y desde entonces, han pasado otros veinte, y no me han besado todavía. Eso es un destino.

En el último decenio, he querido conformarme con la amistad, pero ni por esas. He sido muy feliz con amigas y amigos, me he divertido muchísimo, he tenido mil aventuras, y diez mil momentos tiernos, hasta que no han podido soportar las reacciones de la gente ante mi transexualidad y se ha acabado todo.

Pero encontré un amigo que era capaz de pasar sobre esos dimes y diretes y también me divertí mucho con él, y tuve mis horas de ternura, hasta que unos imbéciles entraron a saco con sus intereses y le obligaron a irse a cuatrocientos kilómetros, arrancándolo del barrio en que estaba cerca de mí, hace ya casi dos años, lo que a mi edad son muchos años.

Esto también es un destino, y el balance es que algo hay sobre mi vida dirigiéndome hacia donde estoy: sola, sin más compañía que el teléfono para hablar de vez en cuando con mi amigo.

Por eso, ahora le digo con autoridad a ese destino que no me hace falta que deje de quitarme el amor y hasta la amistad. Que sigo pensando que el amor es lo más bello que hay en la vida, lo que le da sentido, pero que ya no lo pido, ni siquiera sueño con él.

Bueno, con frecuencia me pongo una novela gay y me harto de llorar. Parece masoquismo, pero no lo es. Es querer mirar la belleza de la vida o la fiesta de la vida, aun sabiendo que yo no estoy invitada.

Es preciso seguir viviendo, y lo consigo disfrutando de las pequeñas hermosuras de cada día, del aquí y ahora. La luz del nublado entra por la ventana de mi cocina, entregando serenidad y vida casera. Veo en el anaquel una novela de prados y valles argentinos y quiero leerla. El brillo del sol alegra una hierbecita sencilla.

A los sesenta y seis años se disfruta simplemente de la tranquilidad y la sensación de descanso. O del mar, que habla del infinito. Puede haber nuevos amigos y amigas, añosos, como yo, de pelo gris, navegantes jubiladas por todos los océanos. Me encantaría encontrarlos. No los busco.

Estoy aquí, no me he ido.



Estoy aquí. Hace unas semanas mi atención está puesta en otras cuestiones, lo que me parece la conclusión perfecta para una persona disfórica de género: que ya no se obsesione en absoluto por lo que ha sido su obsesión, que pueda dedicarse a otras cosas, pensar en otras cosas, como todos.

Éste es el resultado del proceso, hay que reconocerlo. Si no hubiera podido hacerlo, sé que a estas alturas estaría tristísimo -tendría identidad social masculina-, angustiado, sentiría la vida como una grandísima estafa y mis sueños no cumplidos en absoluto aparecerían irrealmente perfectos en mi imaginación.

Ahora, para qué decir otra cosa, me siento algo triste, pero también algo contenta por lo que he conseguida, angustiada ante la vejez y la muerte como todo quisque, siento la vida como una estafa mediana, en la que he conseguido desde luego algunas alegrías -después del proceso- que no se me olvidarán y los sueños los veo con el realismo de quien ha tenido la oportunidad de medio hacerlos reales y ver a dónde llegan y a dónde no llegan.

En fin, lo normal en la vida, no mucho, pero tampoco poco, si lo comparo con que estuve en peligro de no tener nada, y de acercarme al pasillo de la muerte con la sensación de que en mi vida no había habido nada, aparte de mucho sufrimiento.

Lo ha habido. Puedo contar muchas cosas hermosas, con la alegría de que hayan pasado y la nostalgia de que estén pasadas. Puedo hablar mucho rato de todo eso. También de las cosas penosas, pero no son ya las únicas, como lo fueron, no sería sincera si me callase las buenas.

sábado, marzo 03, 2007

Ley Antonelli







Todo empezó hace muchos años, con aquella manifestación de los setentas, ¡de los setentas!, y con las valientes travestis y los homosexuales (ni siquiera con los nombres modernos), con una combinación explosiva de desesperación y de alegría, la primera alegría, el primer orgullo -¿fue así, Marieta? ¿estuvisteis vosotras?-, y salieron a la calle, y desfilaron, se divirtieron y desafiaron, anunciaron el futuro.

Luego, en los ochentas, también se juntaron las trans igual de valientes de Madrid en Transexualia, y convirtieron la calle en la base de su lucha por la dignidad y por un futuro en en el que había que conquistar cosas que ni siquiera se podían imaginar.

Siempre uso la palabra valientes al hablar de aquellas travestis y aquellas trans porque me estaban abriendo la puerta con su audacia mientras yo permanecía paralizada de miedo en mi jaula de oro, pero extinguiéndome de pena.

En este artículo voy a hablar de lo que he visto y de lo que sé. Naturalmente, eso nos pasa a todo el mundo, cada cual habla de lo que se ve desde su balcón y no puede hablar de lo que no se ve. Por tanto, si alguien sabe que hizo algo y que yo no lo menciono, que me disculpe por no saberlo.

Pasaron unos cuantos años, el profesor de Derecho Javier López-Galiacho había preparado su tesis doctoral sobre la transexualidad, y el senador Arévalo, del PSOE, la recogió para presentar el primer proyecto de Ley, la que algunas personas llamamos Ley Galiacho, por su inspirador. Aquel intento fracasó.

Siguieron pasando años -¡despilfarrábamos los años, éramos ricas en años, para qué `preocuparnos si veníamos de una millonada en años de penas!- y el Partido Popular, cuando le tocó, jugó desvergonzadamente con nosotras (y vosotros)

Y de pronto, Zapatero (que no es santo de mi devoción), puso nuestra Ley en su programa electoral, junto con la del matrimonio homosexual. Nos llenamos de esperanza una vez más. ¿Ya, cuántas llevábamos?

Y empezaron a pasar los años, de nuevo, otra vez, menos, pero pasaban. Habíamos aceptado que tuviera prioridad la Ley del matrimonio homosexual. Bueno, son más. Pero la nuestra venía a continuación. Y no venía. Y el tiempo pasaba otra vez.

Hasta que Carla Antonelli se puso en pie. Había estudiado cuidadosamente las fechas, veía que si lo dejábamos pasar, la Legislatura podía agotarse, y que todo pasara una vez más, y vuelta a empezar, o a ver que ya no se empezaba otra vez.

Yo, no sé si las demás, estaba dormida, aletargada en el escepticismo que habíamos ido aprendiendo tantas veces, hasta que Carla me despertó. Era verdad. El tiempo se agotaba. Era mayo, llegaba el verano, y si la ley no se anunciaba antes del verano, era posible que no se anunciase en octubre, o en noviembre, o en diciembre, y que si no se empezaba su trámite enseguida, sería posible que se disolvieran las Cortes y que la Ley, incluso empezada a tramitar, caducase. ¡Cuántos tecnicismos deprimentes habíamos aprendido en los años anteriores sobre el trámite de las leyes!

Carla había estudiado también fríamente las fechas. Iba a declararse en huelga de hambre, pero no ya, sino al cabo de quince días, para dar tiempo a que se fraguase una respuesta positiva. Pero había puesto en marcha el reloj, y el reloj andaba ya, como en las películas de bombas.

Pero sobre todo, lo que Carla había pensado antes de ponerse en pie, era a quién debía concederle la máxima prioridad, si a su partido o a su colectivo. Para entender este dilema, a mí, con mis creencias, no se me ocurre más que una comparación: elegir entre Dios y mi colectivo. Y es como si yo hubiese elegido a mi colectivo, enfrentándome a la condenación eterna. Sólo que, si yo hubiera hecho eso, por eso mismo me habría hecho digna de Dios.

Entonces, para Carla, que ha sido siempre socialista sin carnet, que se ha metido desde siempre en el partido, que ha sido su apoyo y la fuerza moral de su vida, se le presentó este orden nuevo de prioridades: primero, mi colectivo; y segundo, mi partido. Se jugó su futuro. Yo, que siempre he sido muy idealista y pocas veces he visto que lo que quisiera fuese realidad, vi en Carla la fuerza de una convicción. Ella no podía soportar no poder mirar a la cara a una compañera.

No tenía nada que ganar, que no fuera moral, y sí mucho que perder. Pero tenía que hacerlo. Es la primera vez que veo a una amiga mía arriesgar así todo su futuro. Sólo eso la hacía digna de un partido de personas honradas.

Unas cuantas amigas nos juntamos a su alrededor, dándole fuerza y representatividad a su acción. Casualmente, éramos del Norte, de Este y del Sur de España: estuvimos Andrea Muñiz, de Transexualidad Euskadi, Gina Serra, de ATC Libertad de Cataluña y yo de Identidad de Género de Andalucía. Y Carla, en Madrid.

Geográficamente, de manera casual –pero no hay nada casual- éramos muy representativas.

Nos pusimos en marcha, comunicados dieron la noticia de que nos sumábamos a la huelga, el reloj seguía andando pero, en este caso, tal era nuestra febril actividad, que los días que faltaban se hacían largos, y en cada uno de ellos pasaban muchas cosas.

La primera, que el sacerdote José Mantero y el político republicano Jaume d’Urgell, ambos gays, se sumaron al anuncio de la huelga, arropándonos.

Nos preparábamos, no sin miedo. Había la duda de si el PSOE habría calculado posibles costos electorales de nuestra Ley y preferiría ser prudente y no sacarla, costase lo que costase. Nadie estábamos en los círculos de decisión del partido. Podía ser que la huelga se prolongase, dos o tres días los aguanta cualquiera, pero después… Y si se prolonga, puede producir daños en los cuerpos, aunque cese.

Y no podíamos ceder. Era la cuestión de nuestra dignidad como personas. Metidas en ella, las transexuales que nos metiéramos, teníamos que estar a la altura de la dignidad que queríamos que todos vieran. Teníamos que ser respetadas y para eso era preciso demostrar que llegaríamos a las últimas consecuencias, si fuera necesario.

La razón podía decirnos otra cosa, pero el miedo es libre.

Ya por entonces, Ángel de la Granja, el marido de Andrea, que estuvo constantemente animándola, tuvo que levantarla una noche, cuando se le había caído la cabeza en el plato, de agotamiento. Ella ni se enteró.

Joana López, que no podía ir a la huelga por razones laborales, arropaba sin embargo a su pareja Gina Serra con una voluntad de expresar su solidaridad con media huelga simbólica.

Yo llamé a mi amigo Jorge Puchol, que estaba en Valencia, y como sé que puedo contar con él, le pedí que viniese a Granada si era necesario para ser la persona que estuviese a mi lado mientras durase la huelga, resolviendo las cuestiones prácticas y aceptó, lo que me sonó como si me dijera (no fue preciso, no me lo dijo) : “Soy tu amigo”.

Tatiana Sánchez Mansilla nos alivió mucha angustia al encontrar en internet el manual de consejos de la Cruz Roja para casos de huelga de hambre.

Pero ninguna de nosotras se jugaba nada aparte del sufrimiento de la huelga, que esperábamos que fuera pasajero. Carla Antonelli se jugaba además, desde el momento en que la anunció, su futuro en muchos sentidos. Mejor dicho, parecía tenerlo ya perdido. Era la única persona de las envueltas en el anuncio de huelga que podía tener sólidas razones para pensar que podía perder mucho. Pero seguía.

El tiempo seguía pasando. Ya faltaba una semana. Los mensajes volaban entre las asociaciones, las facturas telefónicas se desorbitaban, pero lo que Carla había hecho al ponerse en pie, se extendía, y ahora éramos casi todas las asociaciones de España las que nos habíamos puesto en pie.

Era una especie de Stonewall 2. Éramos las y los transexuales quienes cogíamos nuestro futuro con nuestras manos, quienes ya no pedíamos, como habíamos hecho hasta entonces, sino exigíamos.

Nos convertíamos en sujeto político, en sujeto de nuestra historia, no en objeto. La historia iba a ser nuestra, como así ha sido, y la ley iba a ser nuestra, no una ley sobre nuestras espaldas, sino una ley conseguida por nuestro empeño.

No hablo en teoría. Aquella unión maravillosa se materializó en la reunión previa a la de Ferraz, en la sede de Transexualia. No era preciso discutir, se sentía la unanimidad.

Existía por primera vez un movimiento transexual, con unidad de fines. Alguien fue a comprar comida y comimos esperanzadamente, mientras hablábamos, sin parar pero sin discutir. Juana Ramos, a mi lado, que como otras muchas se rendía a la evidencia, me dijo en voz baja: “Estoy emocionada”. Era para estarlo. La cordialidad y la unidad de criterio lo impregnaba todo. Lizette habló entristecidamente por sus compañeras inmigrantes (que pueden seguir tristes, después de todo)

Nos levantamos y nos fuimos a Ferraz. Jaume d’Urgell esperaba abajo. Aquella fue la reunión en la que Pedro Zerolo hizo unas promesas concretas.

El reloj se paró. Faltaban cinco días, como lo comuniqué a Stephen Whittle y Christine Burns, de Press For Change, a Lynn Conway, de Estados Unidos, a mi amiga Marlène Meges, de Francia, y a toda la red transexual mundial con la que se relacionan, a quienes había enviado partes día por día.

Quedaban todavía trans escépticas, con nuestro justificado escepticismo de siglos, pero en el Congreso de los Diputados, con toda la solemnidad del caso, se anunció la entrada de la Ley para el siguiente mes de junio. El Partido Socialista había cumplido su promesa.

Luego vino la época del seguimiento. En la medida en que ya todas las organizaciones trans estábamos implicadas, muy activamente, la función de Carla siguió siendo muy notable, pero ahora el protagonismo lo era de las diversas asociaciones y de los grupos en que nos constituimos, como el Comité Ley, primero, y luego la Plataforma, que era y es libre y asamblearia en la red y la FELGT, más política y formalizada.

Vinieron reuniones, propuestas, contactos con Grupos Parlamentarios, el mes de junio… Carla tuvo que organizar, deprisa y corriendo, como resumen público de todo lo que había sucedido, la Primera Fiesta del Orgullo Trans, y lo hizo en Chicote, que ya va tomando solera nuestra, para abrir un Orgullo, en el que al día siguiente me vi en la calle, en la Gran Vía, verdaderamente orgullosa entre mis compañeras –y mi amigo Jorge, que se vino conmigo a festejar aquel happy end- y del que recuerdo ahora a Jorge Martín, voceando detrás de nuestra pancarta consignas de orgullo con un megáfono, y a Jaume d’Urgell, flameando una enorme bandera repubicana cuyos colores eran su única ropa.

Luego volvió a correr el tiempo, pero ahora a nuestro favor. El verano, luego octubre, noviembre, la aprobación de la Ley por el Congreso de los Diputados, diciembre, las vacaciones parlamentarias de enero, febrero, el 1 de Marzo.

Ahora voy a hacer una precisión. Todo lo que digo a continuación, lo digo por mí, que sé lo que digo. No hablo por boca de Carla, sino por la mía. No me lo ha pedido, no me lo ha sugerido, ni siquiera lo he hablado con ella y hasta a lo mejor, a fin de cuentas, la perjudico. Pero mi criterio cuando las cosas llegan a determinado punto, es que “de perdidos, al río”.

Todas y todos tenemos algo más, gracias a tener la Ley, pero hay alguien que tiene algo menos, y es Carla. Por el momento, sigue pagando porque tuvo que hacer algo que toda persona, sea de un partido o no, tiene que hacer por lo menos una vez en su vida: actuar en conciencia.

Cualquier partido, cualquier formación social, tiene que ser capaz, a su vez, de respetar que éste sea el primero de los derechos humanos. Ése es el tema, desde hace veinticinco siglos, de la tragedia “Antígona”.

He leído en algún importante lugar que a Carla se la define como “activista transexual del PSOE”, y no como “Coordinadora del Área Transexual del PSOE”.

Si el PSOE estuviera de acuerdo con esa definición, eso me ofendería a mí. A mí. Porque querría decir que el PSOE habría menospreciado a las y los transexuales que nos sabemos representados políticamente por Carla Antonelli.

El PSOE tiene ahora la oportunidad de demostrar que es un partido democrático, que expresa y respeta la opinión de la calle, o un partido aparático y autoritario. La oportunidad nace de que haga una autocrítica interna, y reconozca que, si Carla Antonelli, integrada en el PSOE, militante por el PSOE, no se hubiera puesto en pie, el partido se hubiera dormido, no habría habido Ley, y el partido tendría que contar ahora un incumplimiento y no una gloria.

Una prueba: Si no está Carla Antonelli como Coordinadora del Área Transexual del PSOE, el PSOE no podrá realizar una política transexual y su política gaylésbica verá serias fisuras.

¿Quién se atreverá a ocupar el puesto de Coordinadora del Área Transexual del PSOE en el lugar de Carla Antonelli?

¿Quién lo haría sin recibir inmediatamente el ninguneo más absoluto por parte de los y las transexuales?

¿Se atrevería el PSOE a sufrir una erosión constante, estructural, de su política de minorías sexuales en este punto, porque consideraríamos las y los transexuales que también el PSOE nos menosprecia al menospreciar a Carla y que habríamos sacado nuestra Ley adelante contra él y no con él?

Es la inteligencia política la que debe resolver este dilema.

Yo voy a llamar siempre Ley Antonelli a nuestra Ley. Responde a la verdad histórica, Carla se levantó y la seguimos, unos después de otros, todas y todos. La Ley ha resultado de ese empuje. Si no hubiera habido ese empuje, no habría habido Ley.

Por tanto, ahora, en este acto de justicia, que me siga quien entienda lo mismo.


Kim Pérez
Presidenta Asociación Identidad de Género de Andalucía

Ángel De La Granja
Coordinador TRANSEXUALIDAD-EUSKADI

Andrea Muñiz
Presidenta TRANSEXUALIDAD-EUSKADI

Jaume d'Urgell
Secretario General del Partido Rojo

Carla Alba Represa
Activista Independiente
Islas Canarias

Aitor San José
Activista Independiente
Valladolid

Tatiana Sánchez Mansilla
Mujer transexual
Activista Independiente
Zaragoza

Gina Serra
Presidenta ATC libertad
Cataluña

Joana López
Secretaria ATC libertad
Cataluña

Jean-Claude Decuyper
Ciudadano belga
Residente en España

Iván Garde Fernández
Presidente de Ilota Ledo
"Grupo de transexuales, amigos y familiares de Navarra"

Abel Serafín García
Presidente de APERTTURA-Tenerife

Alexa Montesdeoca
Vicepresidenta-Secretaria de APERTTURA-Tenerife



jueves, marzo 01, 2007

Mi vida como mujer

Ya no me motiva identificarme con una mujer, pero sí me motiva vivir como mujer, por mi misma: no desde fuera, imitando, pero sí desde dentro; mi cuerpo como es, vida interior y casera, margen de seguridad. La clase de vida de una mujer, desde mi interior. La vida que llevo, de hecho. No se trata de averiguar las causas, sino de describir con exactitud los sentimientos. Me gusta vivr como mujer, definiendo yo lo que es eso, primero definiendo mi forma de vida y luego descubriendo que es de mujer, pero me gustan, contemplativamente, algunas mujeres.

La fluidez y la inmaterialidad, la transparencia de Ana Gugel, que ni siquiera tiene nombre, esa figura de piel gris y brillo morado en los ojos, que frunce los labios sentidora y ratificadoramenta, sin voluntad propia.

Inesperado regalo de Dios esta mañana del 1 de Marzo, que va a ser el día decisivo de la historia transexual de España.

lunes, febrero 19, 2007

Tengo identidad de género





Yo tengo identidad de género. Mi modelo es el chico del Café Flore, de París, lo que yo hubiera sido si hubiera podido: bellísimo, esbelto, elegante, delicado, ambiguo, moreno, de grandes ojos sensuales e inteligentes, un cuarenta por ciento en el continuo entre varón y mujer.

Ése era el tipo del muchacho que creía que me fascinaba, hasta que comprendí que si lo tenía en mi mente es porque era la figura idealizada de mí mismo.

(Mi verdadero interés por los hombres se despierta ante estímulos muy distintos: hombres más altos que yo; o figuras que me resultan paternales; o militares uniformados)

Las identidades se fundan en modelos externos que atraen porque desarrollan las propias potencialidades; esto es decir que yo siento que me parezco en alguna medida a mi modelo idealizado, aunque a la vez éste indica lo que yo querría ser, con realismo o sin él.

Estoy diciendo que mi realidad y mi idealización ha sido la de un muchacho bello y delicado, digno de ser deseado y querido por su belleza y su delicadeza (lo que es un sentimiento femenino)

Pero ésa era básicamente una identidad masculina, aunque matizada. El problema entonces era que el término de masculino sugiere la ausencia de matiz, la virilidad decidida.

Si yo hubiera querido adentrarme en la masculinidad sin matices, no hubiera podido, porque yo no soy así.

Pero era masculinidad sin matices lo que yo veía alrededor a mis dieciséis años y me sentía fuera de ella.

Ahí empezó mi disforia y, al faltarme cualquier referente de ambigüedad, se convirtió en transexualidad. No entendiendo que hubiera más que dos extremos, si no podía estar en uno, tenía que irme al otro.

Incluso, el deseo y después la tranquila aceptación de la operación pudo expresar la necesidad de irme de uno de los extremos, radicalmente, negando mi genitalidad, para poder afirmarme, sobre todo para dejar de ser varón como se es en los extremos, con mucha más fuerza que el pretender ser mujer.

Ahora la entiendo como la máxima expresión de que soy intergénero. No que me haya convertido en mujer, sino que la forma más innegable de mostrar socialmente que soy un varón intergenérico es haberme sometido voluntariamente a la emasculación.

Pero ahora, sabiendo lo que sé, posiblemente no hubiera sentido esa necesidad. Puesto que en nuestra cultura no se entiende la noción de varón intergenérico y se les suma simplemente a la de varón en general (por ejemplo en el acceso a los aseos) yo hubiera tenido que explorar todas las posibilidades de expresar lo intergénero, asumiendo por ejemplo (si hubiera podido) una vida profesional como travestí (palabra originalmente masculina: los travestis), que no renunciaría a su vertiente masculina aunque se maquillara y arreglara espectacularmente, como forma de expresión plástica o, por el contrario, vistiendo tan sobria y ambiguamente que no se supiera si era hombre o mujer, pero pudiendo ser visto como hombre, que es, al revés, lo que hago ahora mismo: soy legalmente mujer, pero visto de tal modo, que la mayoría me ven como “un hombre vestido de mujer”, aunque algunos me ven como una extranjera masculinota y grande, “una mujer que parece un hombre”.

Estoy en realidad entre dos aguas; donde se está en cuanto se afirma la ambigüedad, aunque mi equilibrio consiste en saber que estoy más cerca del extremo masculino que del femenino.

jueves, febrero 15, 2007

Resumen de mi experiencia





1º Identidad masculina sin fisuras hasta los siete años (pero formada en aislamiento respecto a otros niños), frente a la femenina de mi hermana.

2º Crisis de miedo ante las amenazas de un compañero, a los ocho años.

3º Falta intensa de homoafectividad: no tuve amigos que me quisieran ni a quienes pudiera admirar, sino que mis compañeros me rechazaron y yo los rechacé (porque intuirían mi ambigüedad)

4º Formación de tres fantasías de compensación: masoquista (miedo); ser príncipe (falta de autoestima); transexualidad (falta de autoestima; falta de homoafectividad)

La masoquista se extinguió por frustración y la de ser príncipe por otra frustración; la de transexualidad se reforzó por erotismo parafílico.

Pero la existencia de las otras dos, excluye que la de transexualidad sea específica. Fueron tres reacciones simbólicas frente a angustias reales.

5º Conciencia de la delicadeza o ambigüedad como definición de mi identidad.

6º No deseo a la mayoría de los hombres, en los que suelo encuentro un punto que los hace físicamente incompatibles conmigo.

Me impactan en cambio, incluso con un brusco toque de sensualidad, los muy altos, los muy distinguidos, los militares con uniforme elegante y también los que llevan uniforme de batalla y los que representan una imagen paterna.

7º Mi fantasía del amor a un muchacho ambiguo, en realidad es una proyección de mi misma imagen.

8º Carezco de sexualidad masculina (soy muy pasivo, no tengo impulso de penetración), lo que se une a mi ambigüedad (fácil llanto, hipersensibilidad…) como indicio de hipoandrogenia, que podría fundamentar mi repulsa por la genitalidad masculina madura.

9º El esquematismo bipolar de la cultura tradicional sobre la sexualidad me llevó a pensar “si no A, entonces B”, por lo que mi inadaptación, como varón ambiguo, al extremo masculino, me hizo querer identificarme al extremo femenino (mejor adaptado que al otro extremo, pero excesivo)

martes, febrero 13, 2007

La conferencia de ayer





Ayer tuve una conferencia en Nos, la asociación gay y lésbica de Granada que me es tan querida porque la fundaron mis amigos Pedro Mendoza y Jorge Puchol.

Hablé de todas estas cosas en público, lo que me obligó a hacerlas pasar el examen de la verdad que da el tener que ponerlas ante otras personas, vistas, presentes. Por eso voy a poner aquí lo que dije.

Empecé diciendo que en el género hay un factor biológico y otro biográfico. Este punto de vista es decidirse, porque la teoría de género que hoy predomina no reconoce en la práctica la parte biológica.

Llamo parte biográfica a los hechos que han ocurrido en la vida de cada cual y que la han marcado, sin poder quitarlos, porque son la historia personal.

Luego pasé a decir que el género va de un extremo masculino (Schwarzenegger) a otro femenino (Marilyn Monroe) formando un continuo, y que en la realidad realísima no hay sólo hombres y mujeres, sino intersexos, más o menos cerca de cada extremo.
Recordé que la cultura actual reconoce todavía sólo la existencia de hombre y de mujer, y se olvida de los intersexos, sin embargo igual de reales.

Añado ahora que la disforia viene de un conflicto o trauma con el sexo originario, que necesita una solución. Lo que dije fue que el conflicto puede venir de ser más o menos intersexo y ver que no se ajusta con el modelo A; pero también de ver que tampoco se ajusta con el modelo B, al que la simplificación cultural presiona para adaptarse.

Conforme lo decía, y para mis propias dudas, iba diciéndome que lo que siempre me he sentido es un varón ambiguo, porque lo soy, y que ésta es mi verdadera identidad, que me sitúa más o menos en el espacio de los intersexos y que me produce la disforia porque veo que no ajusto con el modelo A y también con el B.

Una muchacha americana, de piel lechosa y ojos quizá grises, observa entonces que si la sociedad fuera tolerante, abierta y reconociera la existencia de intesexos y su expresión normal, no habría disforia. Me quedé pensando y le dije que me parecía verdad, y de hecho que lo va siendo, en la medida en que vivimos en una sociedad mucho más abierta que la de hace treinta años.
Ella y otra muchacha española me dijeron que era pesimista, pero les hice ver que los avances suelen ser lentos, pero a veces seguros.

También dije que la idea de transexualidad viene producida por la antigua idea de “si no es A, entonces B”, pero que si se tiene en cuenta que entre A y B está lo intersexual, entonces se abren muchas posibilidades de expresión o de la intersexualidad o de la disforia, no sólo el pase de A a B.

Bueno, esto lo estoy viendo ahora mucho más claro de lo que lo dije ayer.

Lo que saqué de conclusión de mi propia conferencia (porque hablando clarificas tus propias ideas) es lo de que yo soy un varón más o menos ambiguo (también hablé de lo de más o menos), que siempre lo he sabido, que eso es lo que me ha producido la disforia, y que sé que no puedo ser del todo A, pero tampoco B, por lo que puedo quedarme en este terreno de lo intermedio, en el que de hecho estoy.

miércoles, febrero 07, 2007

Documento de identidad

No soy mujer ni ya quiero ser mujer. Soy varón, pero no quiero tener genitales de varón. Aquí he llegado. Ésta es la fórmula que, hoy por hoy, me describe y por eso digo: soy disfórico.

Lo puedo decir con la o , porque ya he culminado un largo proceso homosentimental de más de dieciséis años, en el que he aprendido a querer a los gays y a identificarme con ellos excepto en la sexualidad.

Por fin se ha formado en mí la barrera diferenciadora de las mujeres, que me pone lejos de su mundo, amándome en el mío, en la imagen de muchacho ambiguo, moreno, fino, absorto, sensible, herido, que fue la mía.

Amando a los que son como yo, porque veo en ellos mi reflejo especular, que ahora puedo reconocer que soy yo.

La negación de los genitales es la expresión de mi herida, ya gustosa porque me define y señala también mis límites frente al común de los hombres, con quienes tampoco quiero fundirme.

¿Podría llegar a no negar los genitales? Tendría que querer mucho a un hombre como yo para llegar a querer que mi cuerpo fuera como su cuerpo y entonces, sí, tal como estoy me diría "¡qué lástima!"

Pero déjame ver mi imagen en una foto, tal como ha sido, fuera de mí como si fuera otro muchacho hy dentro de mí, déjame reconocer su gracia y su belleza y que hago bien amándome justo por mi manera de ser, incluso tal como estoy, porque es una forma de decirlo.

martes, enero 30, 2007

El recorrido de la verdad






En el curso de toda la introspección que estoy haciendo, no se me debe olvidar un hecho:

Que estoy a gusto en mi estado actual en lo corporal y lo social (mi cuerpo es genitalmente liso y llevo falda)

El argumento básico que he hallado para superar la transexualidad (no la disforia) es éste: Mi deseo básico es homoafectivo; si hubiese hallado a los diez años un amigo a quien admirar y que me quisiera, me hubiera identificado con él y la fobia genital no hubiera aparecido.

Hoy alego en contra: Mi homoafectividad es de género. Pero siempre hubiera aparecido una pasividad o dependencia sutil que se hubiese convertido en disforia (Por ejemplo: nunca he querido imaginarme de rey, sino de príncipe… valorado y querido; guardiamarina, juvenil; grumete, protegido)

Fundo moralmente este proceso de introspección sólo en la necesidad de Dios, que es la necesidad de verdad racional. No llego a fundarlo en la renuncia a mí mismo, el camino cristiano, porque es un camino de perfección que no tienen que seguir todos.

Ahora bien, todos necesitamos el camino de la verdad y al escribir estas líneas lo estoy siguiendo; sólo me apartaría de él si escogiera permanecer en la mentira.

Una reflexión final por ahora: mi bienestar con mi actual estado corporal y social es seguro; la suposición de que tener un amigo que me quisiera hubiera impedido la disforia, es hipotética.

Entre lo seguro y lo hipotético, los humanos debemos moralmente valorar lo seguro.

viernes, enero 26, 2007

El principio es la disforia





El principio es la disforia. Punto.

A partir de ella, se pueden construir distintas formas.

Una. La represión. No sirve. Es contraproducente, porque exaspera el deseo y favorece los estallidos incontrolados y repetidos.

Dos. La expresión transexual (pase lo más pleno posible del sexo A al sexo B) Parte del sentimiento disfórico, traduciéndolo como “yo no quiero ser varón”, y elabora un correlato aparentemente lógico que es “yo quiero ser mujer” ( O de “yo no soy varón” se pasa a “yo soy mujer”)

Como la disforia empuja, la voluntad de cambio se expresa en el deseo de pulir y esculpir el propio cuerpo con arrerglo al modelo pretendido, mediante el maquillaje, la hormonación y finalmente la operación.

Pero si el planteamiento del problema ha sido erróneo por no estar debidamente matizado, sino ser demasiado terminante (“yo no soy; yo soy”; “yo no quiero; yo quiero”), la solución también será errónea y se manifestará en que la mujer que aparece por fuera no se la ve por dentro, o sea, que se ve que los recuerdos, sentimientos, proyectos que siguen existiendo no corresponden a los de una mujer.

Tres. Elaboración de una expresión disfórica. En esta forma de salida, no se pretende llegar a ser mujer del todo, ni negar que se es fundamentalmente varón, sino sólo expresar el profundo disgusto o desajuste personal con los esquemas del género masculino.

Entonces, la persona disfórica, consciente del grado de su disforia, puede llegar a expresiones también graduadas.

Una de ellas, la más elemental, puede ser la de un afeminamiento, también en más o menos.

La más profunda será requerir la operación quirúrgica. Según mi experiencia, esto puede corresponder a un desajuste precisamente genital, motivado por faltar los factores mentales de la plena funcionalidad genital.

Tal desajuste es compatible con una identidad masculina en lo no genital y parece corresponder a cierto grado de intersexualidad mental.

En todos los grados de la expresión disfórica, la persona disfórica no pretende ser una mujer del todo y puede aceptar ser un varón disfórico. Este punto de partida le permitirá graduar su expresión pragmáticamente, sin verse en la obligación de un todo o nada.

Pero hay una salida que puede ir más lejos y es la

Cuatro. Si la disforia de una persona determinada no es la consecuencia de una inadecuación mente-genitales, sino sólo de un trauma social, no se debe seguir en el sentido de la disforia, sino en el de la solución del trauma.

Si la causa del trauma social (son muchos “sis”, pero es preciso tenerlos en cuenta) es la falta de homoafectividad, cualquier solución que vaya en el sentido de negar esa necesidad de homoafectividad, será extraviarse en un baldío.

Se extraviará quien quiera afirmarse como mujer, si lo que hay en su corazón es la necesidad más profunda y la frustración de afirmarse como varón.

La persona disfórica que haya llegado a este punto de conocimiento de sí, deberá buscar las posibles experiencias homoafectivas que pueda recordar, aun sabiendo que pueden ser recuerdos de frustraciones y que con seguridad, han sido insuficientes, puesto que la han dejad en la disforia.

También puede ser que, en cualquier edad, surjan esas experiencias homoafectivas que le faltaban. Para mí, han sido posibles dentro de un sector restringido: la masculinidad gay, que yo valoro no homosexualmente, sino homoafectivamente.

¿Me puedo entonces insertar en ella de alguna manera? Sí, como disfórico, expresión en la que se contiene mi historia, e incluso la disfuncionalidad genital, integrada dentro de una masculinidad disfórica que podría así no haber requerido la operación si hubiera tenido conciencia a tiempo de mi necesidad de homoafectividad como tal homoafectividad.

jueves, enero 18, 2007

Pureza y traducción de la disforia





Hago un experimento imaginario más, que cuenta con la legitimidad de los que hacía Einstein, para ayudarme a pensar.

Imagino que llego a una isla desierta en la que debo pasar el resto de mi vida.

Se me plantea cómo debo vestir. Del naufragio se han salvado unos baúles con ropa diversa. Hay prendas de hombre y de mujer.

Elijo un vestido camisero de mujer, sencillo y que me llega poco más debajo de las rodillas, parecido al que hay en la foto que tanto me impresiona del travesti con barba de dos días.

Estaré cómoda con él y no tendré tensiones de ninguna clase.

Ahora un paso más. A la isla llegan otros dos náufragos, un hombre y una mujer. Pero no es posible que convivamos los tres juntos, Como máximo, podemos estar dos personas.

En abstracto, prefiero convivir con la mujer (no forzosamente de manera sexual) Me agrada más la distensión que puede traer a mi vida que las tensiones que necesariamente me traería la convivencia con el hombre.

Esto en abstracto; pero supongamos que el hombre que llega es mi amigo, desde va a hacer catorce años, y que la mujer es una desconocida.

En concreto, preferiría convivir toda la vida con mi amigo.

Ahora, una hipótesis extrema: supongamos que en los baúles de la ropa encuentro un uniforme blanco de Oficial de la Marina Británica.

Me lo pongo con orgullo; y a partir de ese momento soy el Oficial solitario de la Isla Livingstone, que cumple con su obligación todos los días aunque nadie más lo vea ni pueda exigírselo.

La blancura y la perfección del uniforme me defienden; a él me acojo, en él descanso. Hay tensión, pero es la de mi alma que ama esa perfección.

Por dura que sea la vida de náufrago, por fácil que sea ensuciarse con barro, o con la savia de los árboles que tengo que cortar, cuido de que mi uniforme esté lo más limpio que me sea humanamente posible; lo he lavado ya varias veces con agua del mar y lo he secado al sol y se mantiene medio bien, en estado aceptable de revista, teniendo en cuenta mis circunstancias.

Esta parte del experimento imaginario me ha descubierto por primera vez que el sentido del deber, del ideal y de la perfección fue probablemente lo que me causó la disforia de género en mi niñez y mi adolescencia.

Me encontré viviendo en un ambiente cultural que había llegado a ser tan decadente, tan groseramente realista, que empujaba a los muchachos, aunque en realidad eran buenos, poco agresivos y suficientemente bien educados por sus padres, a desahogarse de su pubertad de la manera más fácil, portándose con zafiedad, haciendo y diciendo agobiantes groserías, que me provocaban el rechazo más radical.

Yo era entonces espontáneamente muy puro, tal como me había educado mi padre, que era noble de carácter, caballeroso con sencillez y valiente, un hombre que no decía malas palabras, ni las pensaba.

Recuerdo, en otro aspecto, la conmoción de enorme repugnancia, la sensación incluso de un mal olor memorizable, que me produjo ver por primera vez, con trece o catorce años, unas fotografía pornográficas. Desde entonces sé que los humanos somos naturalmente puros, pero que las amarguras de la vida nos pueden degradar.

Sé que mi disforia está situada precisamente en ese punto: el rechazo de una manera de vivir masculina caracterizada por la fealdad ética, que se convertía en fealdad estética.

Imagino en cambio que en la Marina Británica ideal, los guardiamarinas estuvieran obligados como por un juramento a expresarse siempre con dignidad y a actuar de manera noble y mesurada. Aquellos principios de good manners y self control.

Sólo eso me los hacía parecer hermosos y dignos de amistad y compañerismo, y lloré cuando leí una novela que los describía, porque hubiera deseado ser uno de ellos, en el siglo XIX, en una vida tan diferente de la miserable que encontraba en España en el siglo XX.

Entonces, comprendo de repente que entiendo mi disforia en un cuadro general mucho más amplio que el de lo sexual, el de las actitudes éticas y estéticas.

La reconozco en el conflicto entre el sentido del deber, la aspiración a un ideal, la necesidad y hambre de perfección que están en el fondo de todo corazón humano, y la decepción, la conformidad, la bajeza en la que fácilmente puede dejarse caer y por las que puede dejarse llevar.

La tensión que puede suponer llevar ese uniforme, se justifica y resulta agradable al saber que significa la defensa de un ideario sobre lo necesario para todo ser humano.

En las épocas fuertes, los humanos son naturalmente idealistas; sólo en las de debilidad y cansancio son realistas, pudiendo llegar a serlo miserablemente. Platón fue seguido así por Aristóteles.

Mi disforia era por tanto efecto del espanto profundo de un niño bien educado ante la realidad de la infracultura masculina que le rodeó y de la que no encontró escape. Tampoco encontró a nadie hermoso, afectuoso, inteligente y cultivado que hubiera podido admirar y convertirse en un modelo digno de imitación.

Muy consciente de estos sentimientos, pero no de su orden, acabé sumiéndome yo mismo en la miseria moral de la masturbación desesperada y en el rechazo de lo que veía, que simbolicé en el refugio en la feminidad, que me parecía civilizada, limpia, acogedora y hermosa como una mañana clara de sol, o también como símbolo profundo de la belleza que puede ser amada y aceptada, mientras que yo era despreciado y rechazado.

Las primeras son cualidades éticas en realidad, como hoy, en esta mañana de enero en que escribo, comprendo. La necesidad de ser valorada y amada lo es también. Y en aquella cultura, la fealdad estaba asociada a la masculinidad, “el hombre y el oso…”, o por el contrario, “el bello sexo”…, que se justificaba sólo por el mayor poder.

Incluso mis obsesiones, que empezaron a ser insoportables quizás a los dieciocho años, eran el efecto de este deseo de ser amado, vuelto perfeccionismo enfermizo al desconocer que la perfección nunca puede estar en mí, sólo en Dios.

Ésta es una sorprendente visión unitaria de lo que yo soy.

Comprendo con claridad que mis compañeros eran víctimas de una cultura generalizada en la clase media española del siglo XX a la que no podían sobreponerse, mientras que yo había sido educado en una parte de la clase alta que seguía siendo más fiel a los ideales y a las formas de los siglos anteriores.

Porque afortunadamente España vivió, en el siglo XVI, una generalizada aspiración a la perfección espiritual, presente incluso en los pequeños y modestos círculos de los beaterios, pero cuya inflexión hacia el realismo desengañado se expresó perfectamente en el tiempo y la obra de Miguel de Cervantes.

Pero esa aspiración sobrevive, aunque sea residualmente, en nuestra cultura, asociada hoy, por desgracia, al conservadurismo, como corresponde a su carácter puesto a la defensiva.

En la cultura universal, hoy muy comunicada, no está a la defensiva sino en plena ofensiva en el islamismo, que puede también recordar que en él surgió el ideal del caballero, que nuestro Aben Arabí al Mursí dibujó como ejemplo de energía, justicia y generosidad como la de Dios.

Españoles e islámicos hemos sido enemigos, pero ante la desesperación del mundo de hoy, podemos sentirnos afines históricamente y respetarnos mutuamente.

La disforia se disuelve con estas reflexiones, que me dan su profundo significado y su realidad en mi biografía, como una parte y una herida profundísima sufrida en las mayores luchas espirituales que debe combatir el ser humano.

miércoles, enero 17, 2007

Manifiesto disfórico





La disforia de género es pura realidad. Un sentimiento que nos conduce a muchas personas a ser transexuales y que a otras las deja en una frustración perpetua, que le quita sentido a su vida.

Siempre me alegraré de haber recorrido el proceso transexual, porque esto me ha permitido sentir que vivo, lo que antes no me sucedía.

Pero como se habrá observado, distingo entre dos conceptos, disforia de género y transexualidad.

Disforia de género, por lo que sea, es un trauma. Transexualidad es una solución a ese trauma.

Las primeras experiencias sobre transexualidad nos han llevado a creer que es la única solución práctica a la disforia de género, incluyendo en el proceso la culminación quirúrgica.

De esta manera, se ha concebido un proceso de dirección única, que en líneas generales se puede describir como cuatro estaciones fijas que serían disforia – hormonación – prueba de la vida real – operación.

Ahora bien, si las causas de la disforia de género están, como supongo, en la falta de una experiencia homoafectiva en la niñez y la adolescencia (y en cambio soledad, rechazo, acoso, etc), mi experiencia personal me dice que la experiencia homoafectiva puede darse en cualquier momento de su vida, haciendo disminuir la disforia de género (pero no desaparecer), con lo cual cambian los datos del problema.

Si la disforia de género puede variar de intensidad, su expresión también puede relativizarse. Puede dat lugar por ejemplo a identidades o formas de adaptarse a la realidad tan sencillas y elementalmente graduadas como el simple afeminamiento, o el travestismo ocasional, que expresarían sin embargo determinadas intensidades bajas de la disforia de género.

No es forzoso, por tanto, que una persona disfórica de género tenga que pasar socialmente de una identidad masculina a una identidad plenamente femenina.

Sin embargo, como también sé por experiencia, de alguna forma hay que llevar adelante un proceso de expresión, para poder conocer los límites que corresponden a la propia personalidad.

Cuando la expresión queda completamente bloqueada, el impulso disfórico permanece igualmente congelado, en el terreno de los sueños, el exclusivamente interior, puesto que no puede llegar al terreno de la realidad, donde puede interactuar con otras realidades y modificarse en más o en menos.

Pero también la expresión real puede graduarse, y de cada momento de expresión se deducen experiencias que nos dicen cuál es nuestra verdad en la relación con otras personas.

martes, enero 16, 2007

De identidad, disfórico




Quiero ver clara la valoración moral de mi transexualidad.


1. De hecho, siento bienestar por vivir como transexual y por haberme operado. Sería una locura valorar más la vida de tensiones y de no-vida que tenía antes.

2. Mi operación corresponde exactamente a mi clase de disforia, que está muy centrada en los genitales en sí y como símbolo. Puedo reconciliarme con el género masculino, especialmente con los gays, pero me era casi imposible aceptar, y más, practicar, una masculinidad genital de la que no era capaz (¿por razones biológicas?)Por tanto, mi disforia corresponde a la verdad de lo que soy, dentro de sus límites.

3. Es verdad que tengo una identidad masculina, formada de niño, pero también es verdad que en la adolescencia se superpuso sobre ella una identidad disfórica. Por tanto, puedo estar tranquilo de que lo que hago es racional, es decir, moral.

De todo lo que acabo de decir, se deduce que puedo aceptarme como transexual, pero tengo que relativizar mi transexualidad. No soy una mujer, soy un varón disfórico y por tanto en la expresión de mi disforia no tengo que pretender una feminidad inequívoca, sino, simplemente, ser como soy.

viernes, enero 12, 2007

Dos experiencias que me faltaba procesar




Una función de xy, esto es la línea de mi ingle y mi vientre, cuando la palpo al lavarme. Empieza suave, curvadamente horizontal, y va elevándose girando hacia una línea casi vertical.

Me agrada sentir cómo encaja con la forma de mi mano, que la envuelve y la protege.

Esta experiencia la considero fundamental porque corresponde quizá a lo que espera mi cerebro, que no puede entender que haya allí la complejidad de los genitales masculinos, cuya función penetradora le es completamente ajena y desconocida.

Sé que hay muchos hombres, sobre todo homosexuales, tan pasivos como yo, por lo que la pasividad sola es compatible con la masculinidad, pero pienso que también a los hombres, incluso a los pasivos, les horrorizaría perder los genitales, y a mí me da igual o hasta me agrada.

Después de comer en el Corte Inglés, subo al autobús para volver a casa. El sol está bajo en la tarde de invierno, que es clara pero ya amenazada por la sombra, a una hora tan temprana.

Pero mientras brilla, me alegra cuando me da, en mi asiento, casi de frente, un sentimiento que equiparo con la base de bienestar que siento al estar entre la gente con falda, lo mismo que sé que de ir de hombre, todo serían tensiones.

¿Es posible saber que soy fundamentalmente masculino y a la vez aceptar con naturalidad que mi cuerpo sea ahora como es y que estoy más a gusto viviendo con mi falda?

Esos dos factores señalan los límites de mi masculinidad como si dijeran que soy varón de sentimiento pero no de sexualidad y que eso lo expreso mejor socialmente viviendo como vivo.

jueves, enero 11, 2007

Dos dimensiones de la transexualidad





La transexualidad procede de dos impulsos:

Uno. La negación traumática del propio género o disforia de género.

Dos. Como respuesta, la fusión o identificación con el otro género.

Dieciséis años después de haber empezado definitivamente mi proceso, he observado lo siguiente:

En relación con el impulso Uno, la disforia de género subsiste, como inestabilidad básica, aunque está atenuada por un proceso homoafectivo que, por pura coincidencia, empezó también hace dieciséis años, haciéndome sentir mi afinidad con los gays.

En relación con el impulso Dos, la fuerte caída de la libido debida a la hormonación y a la operación ha hecho que el deseo de fusión con la Figura de la Mujer haya desaparecido casi por completo.

Como resultado de ambos procesos, ahora estoy recuperando la identidad masculina, aunque disfórica en el sentido de inestable (es decir, en cualquier momento vuelve el rechazo) y relativizada por el hecho de que sigo siendo una persona muy pasiva sexualmente.

Estos hechos me hacen plantearme si es adecuado seguir con mi identidad pública teóricamente femenina.

Pero sé que, en la práctica, todos me ven como transexual, no como mujer, y que en esta identidad sigo encontrando un refugio que me da tranquilidad y seguridad para plantearme todo esto.

En resumen, si yo hubiera seguido, como pensé al principio, mi proceso a tiempo parcial, hormonándome y operándome, pero no hubiera llegado a una identidad social y legal femenina, ahora recuperaría mi identidad social masculina (disfórica)

Pero después de llevar años viviendo como transexual y adaptándome bien, me desestabilizaría personalmente dar el salto de vuelta a una identidad socialmente masculina (como si yo fuera un hombre como otro cualquiera, lo que tanto no soy)

No creo que en ningún caso convenga que una persona transexual quiera actuar como si esta condición no existiera. Existe y hay que tenerla en cuenta.

miércoles, enero 10, 2007

Hombres





Tara entra hoy cantando en el estadio de Limerick y allí encuentra a William, también cantando.

Los miles de voces verdes y de voces naranjas se mezclan con alegría y los rostros estallan de emoción, los ojos brillan y los labios sonríen.

El himno de batalla se alza y se baja, se escanda con buen humor y optimismo y la hierba resplandeciente del campo, espera, pura como una esmeralda, que rompa la batalla sobre ella, ahora intacta.

Y siguen los himnos acogiendo a todos los que se incorporan tarde, a los hombres de guerra, entre ellos, a mí, que he tenido que purgar una vida entera, para que ahora pueda unirme, sonriente a quienes me acogen radiantes y cordiales.

Unos con barba, otros lampiños, pero todos cantando desde el fondo de su corazón o de su vientre este himno antiguo, fuerte y divertido.

Me veo entre ellos en el lateral verde del campo verde, y enfrente, por encima de la esmeralda quieta y nítida, veo la masa, la multitud, los miles de seguidores orangistas que responden a los de la Verde Erin y cantan el mismo himno, porque sólo hay que cambiar dos o tres palabras estratégicas.

Esto no es verdad, pero es más verdad que la verdad. Un muchacho pelirrojo o castaño claro me mira resplandeciente y se agarra a mi brazo para seguir cantando. Nos apretamos, nos miramos y nos reímos, mientras nuestros labios se abren para seguir la melodía.

Un beso fugaz y juvenil, doble, de él a mí y de mí a él, se fija en nuestros labios un momento y seguimos cantando.

Un hombre de barba rizada y entreverada, de rostro digno y luminoso, se acerca también y me levanta de un abrazo mientras el coro múltiple y doble, igual y rival, llega a su mayor potencia y sus mayores risas, nos miramos, reímos y lloramos.

El hombre de la barba rizada me pregunta, esforzándose por hacerse oír entre el fragor:

“¿Dónde estabas que no te he visto antes?”

“Muy lejos, donde he estado años y años”, le respondo, oyéndome yo.

“¿Estabas herido?”, me pregunta con el movimiento de sus labios, no con el sonido de su voz.

“Tengo una cicatriz que me pasa de parte a parte del cuerpo, y la tendré siempre, pero me gusta”.

“No importa, esto está lleno de hombres activos y pasivos, mira”, me responde y mira a la multitud, como yo.

Esto es lo que he esperado siempre en el fondo de mi corazón, entender que los hombres pueden quererse unos a otros con entereza de varones, que no tienen que despreciarse y aborrecerse, que pueden tenerse tanto amor que a veces desborde en sexo comprensible y divertido, como ahora.

Lo que me había roto era pensar que estaban juntos sólo por necesidad y que no podía haber entre ellos esas miradas de entendimiento y aceptación mutua que tanto había deseado. Ahora, en este campo, las veo y me llenan el corazón y veo que se juntan porque sus corazones laten al compás, que siguen el mismo ritmo que cantan.

Y hoy en el estadio no ha entrado ni una mujer.

lunes, enero 08, 2007

Un diagnóstico





Yo soy un varón, mi orientación es básicamente heterosexual, mi temperamento es hipoandrogénico, lo que lo hace, según el esquema de Heymans-Le Senne, emotivo, no activo, secundario, por lo que soy sentimentalmente sensible y vulnerable, y eso explica que sufriera un trauma homoafectivo que me impidió, en su momento, desarrollar la conciencia y valoración de mí como varón heterosexual y me produjo por tanto una disforia de género.

Ésta es la descripción científica de lo que soy y hace que la definición más exacta de mi identidad sea la de varón heterosexual disfórico de género.

En tal definición es donde puedo encontrar la solidez que necesito como punto de partida para evitar los zarandeos de las opiniones que he mantenido: ni soy una mujer ni soy un varón heterosexual no disfórico.

Esto significa que mi definición como mujer sería inestable porque contradiría en cada momento la realidad de los sentimientos que nacen en mí, tan importantes para mi temperamento E.a.s. Y mi definición como varón heterosexual, a secas, contradiría también los importantes sentimientos que nacen de la disforia de género.

Sentimientos que son en origen negativos, de inadaptación a un entorno determinado y aleatorio, el de los varones que estuvieron a mi lado en el tiempo de mi formación, pero que tienen también una función adaptativa, y por tanto positiva.

Pero la disforia de género debe ser relativizada y medida. No puede llegar al extremo de hacerme pensar que “soy mujer”, porque esto simplemente no es verdad, por lo que resulta desestabilizador y difícil de mantener a la larga.

Si no soy una mujer, mi conducta disfórica deberá por eso encontrar las formas de expresión que correspondan a mi realidad profunda, que he definido como de varón, heterosexual, hipoandrogénico, sentimental, disfórico de género.

Necesito aferrarme a esta definición científica. He visto que, en los últimos meses, en mi diario público, he seguido oscilando fuertemente entre los dos extremos: el voluntarismo del querer ser mujer y el negativismo del afirmarme como varón heterosexual olvidando la fuerza y la realidad de la disforia.

Lo que reflexione y consiga desde ahora, tendrá que ser a partir de este diagnóstico, o conseguir superarlo, porque me parece irrefutable; en todo caso, partir de él.

Me alegro de escribir públicamente todo esto, porque así me obligo a ser más consecuente por respeto a quienes me lean.