martes, abril 22, 2014

Sumisión condicional



  1. En mí hay un sentimiento muy de mujer, que es el que acabo de poner en el título. Es elemental y primitivo, no hay en él nada de ternura, aunque sí un cálculo de poder.

    Por él, me atraen los hombres muy poderosos, física y socialmente. Me los imagino grandes, digamos de tres metros, gruesos, digamos de unos trescientos kilos, calvos, con barba gris de unos diez días, que pinche, peludos en brazos, piernas, espaldas, hombros (me encantan los pelos), y temibles. 

    Es un sentimiento animal, que me hace temblar las piernas. Tienen que ser unos mafiosos, o unos asesinos, o unos guerreros mortales. Pero eso sí, que a mí me eximan de sus agresiones diarias. Que me quieran. Que se enternezcan por mí.

    Que yo sea una maravilla para ellos. Yo, con mis veintitrés años. Que me manden todo lo que quieran, pero que me adoren. Yo les ofreceré como contrapartida mi obediencia gentil, sonriente. Pero que me tengan al margen de todo daño.

    Que sean feroces con el mundo exterior, que muerdan y golpeen, pero que a mí me acaricien.

    Físicamente, acepto cambios. Que sea un hombre cincuentón, duro, con una pistola bajo la chaqueta. Bogart. Gángster o antigángster. Que huela todos los días el peligro y el miedo.

    Y que se acueste conmigo todas las noches, palpando la seda, en un refugio.

    Yo no creo que llegue a quererlos, pero sí los admiraré. 

    Me sentiré orgullosa de que me hayan elegido.

    Y tranquila de que estén conmigo. 

    Por cierto, no sentiría nada de eso con una mujer. 

    Demasiado poco fuerte para mí.

    Demasiada poca masa.

    Las manos demasiado pequeñas. 

    Aunque sea dura. Pero la dureza de una mujer está demasiado cruda y seca.

    Es antipática, y ya está. No hay más misterio.

    Ésos dejan secos a otros, te dejan seca a ti si les pillas en mal sitio, pero después se deshacen contigo y son blandos, es decir cariñosos, mientras te envuelven en sus brazos, mientras te besan con sus labios gruesos, mojados y calientes.

    Me parece que son muchas las mujeres que se reconocen en esto. Los hombres, no. Cuando son sumisos, les gustan las mujeres, las dominatrix, no sé por que, y en esto hay una especie de juego que impide tomarlo en serio.

    Lo que digo yo es más serio, más natural y biótico.

    Hablo de sumisión, pero es condicional. El hombre fuerte debe crear un espacio protegido en torno a mí. Duro para los otros, pero blando frente a mí. Es decir, debe crear un círculo seguro en torno a mí.

    Yo debo ser joven, bella, atractiva. Ésta debe ser la razón primera por la que él se maraville al verme, me quite todos los peligros, no se atreva casi a tocarme. Que me respete infinitamente por mi belleza y mi gracia.

    Esto responde en mi mente a la estructura biótica de una hembra animal, de las que tienen madrigueras (madri-gueras: de madre, como matri-monio)

    Necesita un espacio seguro y limpio para parir y criar a sus hijos. 

    Necesita un macho terrible, que a ser posible, con sus aullidos ahuyente todo peligro. Segura, en terreno propio.

    Pero yo soy humana, soy transexual, no he tenido hijos. 

    Sí, pero una parte de mis estructuras mentales son de hembra animal.

    Como estoy haciendo ver, la sumisión es condicional. De hecho, ella es la que le da permiso al macho para que se venga con ella. Ella se puede ir.

    Esta tendencia, como de costumbre, la estropeamos los humanos. La sumisión islámica de la mujer es que es el hombre quien elige, no ella. Puede verse sometida, sin remedio. Ella no puede irse, por lo menos en la práctica. ¿A dónde? No sin mis hijos.

    Yo también lo habría tenido difícil en la práctica. Si con veintités años, siendo ya bella, una mujer, teniendo una piel perfumada de forma natural, como la tenía, me hubiera encontrado un hombre duro de los que me hacen temblar las corvas, y sabiendo lo que ahora sé, me hubiera dicho:

    “¡Alto ahí! Te desea, ¿pero estás segura de que te quiere? ¿Y si es un bruto, que nunca va a entender nada, que siempre va a hacerte sufrir?”

    Por tener la experiencia, me hubiera ido con él, pero dispuesta siempre a irme en cuanto me hartara.

    Me parece que la mayor parte de las mujeres entienden lo que estoy diciendo. La mayoría son sumisas condicionales, aunque la primera palabra de esta afirmación no se pueda decir hoy con corrección política.

    No encuentro estadísticas de la posición de las mujeres en el continuo dominancia/sumisión, en un medio ambiente real; pero entre las mujeres heteras que lo ponen en práctica como fantasía, un 89% preferían un rol sumiso, prefiriendo también un varón dominante, mientras que, de los varones heteros, un 71% preferían un rol dominante.

    Para avalar la fuerza de estos datos, voy a citar debidamente su fuente, en una revista científica de sexología del mayor prestigio: Ernulf, Kurt E.; Innala, Sune M. (1995). “Sexual bondage: A review and unobtrusive investigation”. Archives of Sexual Behavior 24 (6)

    Muchas mujeres –y para esto yo soy mujer-, tenemos una parte de sumisión, porque nos gusta sentir la fuerza y el poderío –físico, económico, social-, de un varón. 

    Esta sumisión es condicional, porque ese poderío debe estar a nuestro servicio, como un don, debe crear ese espacio seguro, y si nos hace daño, ya entramos en otra cosa.

    Es funcional, porque todo ello debe servir para que nuestros hijos se críen debidamente.

    “¡Quiero que sea el padre de mis hijos!” “¡Quiero que seas la madre de mis hijos!”, llegan a decirse, y esa frase está llena de connotaciones de vida diaria, gris, tierna, la casa como una incubadora llena de niños, los chillidos y los alborotos de los niños, las imágenes de nuestra infancia revividas ahora en nuestros niños, las meriendas, la esperanza, la rutina, tranquila, dulce, hermosa…

    ¡Qué diez años más maravillosos, al servicio de una vida que recomienza!

    Yo no lo he vivido, pero puedo pensar en eso.

    Todo lo instintivo es funcional. Por eso, la rutina de la mujer consiste en desafiar al varón. Chincharle continuamente. En realidad, lo está poniendo a prueba, comprobando su dureza como futuro padre de sus hijos.

    Y la tenacidad de su ternura junto a ella.

    Si el varón se deja engatusar por las ideas políticamente correctas, y cede ante tan continuo desafío, por ser amable con ella, probablemente acabarán hartándose el uno del otro. 

    Y si ella ve que él cede, que la decepciona, seguramente seguirá repitiendo, ya angustiada,el mismo movimiento: chincharle, provocarle, para que alguna vez, de pronto, él no ceda. 

    Ni en lo uno, ni en lo otro. Ni en la firmeza frente al mundo objetivo, ni en la ternura en las relaciones subjetivas.

    Las trans, en nuestras relaciones con los hombres –para mí, teóricas- no solemos estar tan seguras de nosotras mismas como para provocarles. Nuestro principal sentimiento cuando alguno se fija en nosotras puede ser el agradecimiento y la servicialidad. 

    Esto también es funcional para nosotras. Cuando llega a nuestro lado un hombre cansado de relaciones tempestuosas con otras mujeres, suele quedarse atónito al comprobar la paz que respira junto a una mujer transexual, que le permite dormir tranquilo, sin desafíos ni comprobaciones.

    Para nosotras suele ser suficiente saber que es un hombre junto a una trans.

    Y así pueden construirse relaciones firmes y duraderas.

viernes, abril 11, 2014

SENTIMIENTO DE FEMINOFILIA




Kim Pérez



Feminófilo o feminófila es una palabra nueva que sustituye a travestismo. Me gusta la palabra travesti, con acento en la i, la primera que encontré, y sus connotaciones en América, como desafiante, valiente, insumisa a la opresión… pero habla sólo de transvestirse, lo que no da a entender la profundidad de lo que se puede sentir y por qué se decide. En francés, su origen, se travestir es disfrazarse. Se podría decir feminófilo o feminófila, y la primera forma, en masculino, se acepta hoy por muchos varones heteros que se definen como feminófilos heterosexuales. Es una palabra que significa más de lo que dice sólo en parte: amor tan apasionado a la mujer que se desea impersonarla.

La feminofilia entra plenamente dentro del conjunto trans, y es un sentimiento difuso cuyos límites son borrosos. A veces, algunas personas transexuales hemos hecho parte del camino feminófilo. Yo entre ellas, aunque con menos pasión constante; para mí, lo más importante ha sido el sentimiento de inadaptación a la sexualidad masculina y a gran parte del género masculino. Por eso hablo de mí en femenino. Por eso soy transexual. Y por eso hablo de los feminófilos en masculino. Porque desean impersonar a la mujer, y mientras lo están haciendo, hablan en femenino, pero pueden volver con gusto a la identidad masculina y hablar de sí en masculino. Se sienten adaptados a la sexualidad y al género masculinos.

A veces se llama esta actitud como de doble identidad, o identidad alternante, pero no es bueno llamarla así, porque sugiere algo esquizoide, mientras que las personalidades feminófilas son coherentes, sencillas, lineales. Nuestra cultura los entendería mejor usando el término que se emplea en inglés de impersonación. Es incluso mejor cuando se refieren a su impersonación femenina en tercera persona, dejando la primera para su identidad masculina, que es la de su subjetividad básica, la que construye esa impersonación y luego la vuelve a deshacer, como hace el artista en el teatro, cuando expresa una parte de su ser, que se deshará fugazmente y luego se reconstituirá.

= = =

Feminofilia es mirar a una mujer y desear ser ella. Las barreras se desvanecen. Yo soy lo que deseo.

Quiero que su ropa sea la mía, para poder ser ella. La ropa es la persona. 

Quiero ser esa persona. Tan hermosa como ella.

Quiero abandonar la grisedad de mi vida masculina. Quiero compartir esa vida de hermosura.

Es encantador vivir una existencia centrada en la belleza. 

La miro durante horas. La admiro. Acepto cada molécula de su ser. Cada actitud, cada gesto. Quiero que sean los míos. La imito, sin darme cuenta. Y cuando me doy cuenta, sigo imitándola.

Puedo ser así desde que tenía dos años o tres. Entonces estaba centrada en la adoración de la belleza y la seguridad del cariño de mi madre; algo muy puro había llegado a mi existencia y yo lo sentía como siento la luz del sol de la mañana.

Su hipnotismo, sus ojos, su voz inolvidable que no volveré a oír en esta vida. Su compañía que me tranquilizaba. Me alegraba parecerme un poco a ella, me enorgullecía que mis gestos y mi manera de hablar y de moverme fueran como los de ella.

Casi éxtasis.

Otras personas trans, yo no tanto, en mi caso, hablarían también de esto: 

Les atraía desde la niñez la vida de las niñas. Tener sus muñecas, su ropa, sus cabellos. Ser como ellas. 

Yo sí quería ser vista como una de ellas, luego como una mujer. Saber que doy la imagen de mí que quiero dar.

Que todos puedan ver en mí lo que yo amo. Que me vean tal como quiero ser.

Que cada minuto de mi vida haya sido un minuto de una vida de niña, valorada, protegida, cuidada. .

Encantadora.

Una parte de esa maravilla que es la vida de mujer.

Si este sentimiento va acompañado por el desinterés por la vida masculina, si la vida masculina es para mí gris y fea, para mí, y triste, sin las ventajas que encuentran los hombres, ni sus alegrías, entonces puedo ser una transexual ginesexual o una transexual ambigua, para la que no hay sitio en la vida de varón.

Centrada únicamente en compartir la vida de las mujeres, aunque me pueden gustar también más o menos los hombres. Una cosa es ser y otra gustar. Sin desear llegar a una vida masculina, aunque pueden gustarme los hombres, incluso de hecho, sin pensarlo.

No será sólo que me impresionen más o menos las mujeres. Será también que no pueda adoptar una identidad masculina.

Puede ser incluso que sienta rechazo por los órganos masculinos. Que al tomar una ducha procure no mirarlos.

O no tocarlos. Puede ser que la intensidad del deseo me lleve a masturbarme, pero puede ser también que lo haga con amargura.

Comprendiendo que mi cuerpo no es del todo como el de una mujer, que será lo que más desee.

Ahora, la otra posibilidad. Si puedo volver a la vida masculina, si me es en conjunto agradable como tal forma de vida, entonces seré un varón feminófilo.

Que puede separar su vida profesional, familiar, social, de su pasión, como puede separarla de su amor a la música, por ejemplo.

Cinco días trabajando, en un trabajo muy masculino, que además, me guste, y el viernes, por ejemplo, tocando la batería.

Y el sábado por la tarde, ensayando.

¿No hay fans, fanáticos de la belleza, que idolatran la belleza? 

Pues yo seré una fan, que tiene pósters de mis ídolos en mi cuarto.

¿No llega a ser la identidad de las fans la imagen de sus ídolos?

Pues mi identidad será la imagen de la mujer que vibra en mi imaginación en cada momento.

Mi identidad es mi deseo.

Cuando mi deseo cese yo puedo volver a mi identidad masculina, con la normalidad y lo corriente de cualquier vida masculina. 

Otros pensamientos llenan mi imaginación.

Me interesan los deportes. Encuentro buena la afición por los deportes, porque descansa la imaginación.

Me compro un diario de deportes y encuentro conversación con los amigos.

Yo creo, yo, Kim, que la diferencia entre feminofilia y transexualidad ginéfila está en el margen que te deje de identidad masculina.

Si te deja un margen de masculinidad bastante amplio, placentero, serás feminófilo. Si no te lo deja, si el interés por la vida de mujer o la pasión por la mujer, según cada persona (interés o pasión) es lo único que te alegra y llena tu vida, serás transexual ginéfila (distinta de las andrófilas)

Kathy Dee cuenta que una amiga suya, transexual ginéfila, operada, se pasaba horas y horas bañándose, mirando su cuerpo de piel muy blanca, acariciando sus formas.

Pienso yo que la mujer con la que soñaba estaba ya allí, y no dejaba de estarlo, una vez que se levantaba y salía del baño, iba con ella, se vestía con ella, andaba con ella con sus movimientos conscientes de mujer.

La estructura de este sentimiento era dual: yo que miro y lo que miro, mi feminidad. En las mujeres heteras o lesbianas, este sentimiento es más sencillo, es sólo yo que miro.

Por eso, para los feminófilos que pueden salir del deseo y volver a su identidad masculina, todo equivale a una mujer con la que sueñan y que acercan a sí hasta el punto de expresarla con su cuerpo, que se convierte en la materia con la que un artista hace su arte.

Pueden tener incluso una identidad masculina heterosexual. Pueden hacer una vida masculina heterosexual, casarse con una mujer, amarla y desearla, tener hijos.

Sólo su sueño, su arte, es la feminofilia. Pueden dedicarle un tiempo y no otro, y en ambos se sienten a gusto. Pueden trabajar en la impersonación de mujeres y, al terminar, como vi una vez en un documental australiano, pueden volver a vestir de hombres con naturalidad. El artista de cabaret del que trataba el documental, a veces llegaba al cabaret con su hijo de unos diez años y, al terminar su actuación, con su camisa y su pantalón claros, volvía con él, andando por el paseo marítimo como cualquier padre con su hijo.

jueves, abril 10, 2014

Naturaleza e identidad


Kim Pérez


En las trans femeninas observo a menudo una diferencia entre su naturaleza de trans y su identidad femenina.

La primera puede ser visible desde los primeros años, y la segunda, ser consciente desde esos primeros años o no.

Esto es lo que quiero subrayar: hemos podido ser niños femeninos sin tener conciencia de serlo, es decir, conscientes de una identida...d masculina.

Todo ello puede ser difuso, que será, dentro de un más o menos, más bien más que menos, más femenino que menos (aunque no lo hayamos sido del todo) Esta feminidad puede corresponder objetivamente a una conducta menos androgénica, aunque esto no se puede medir todavía con precisión.

La naturaleza a la que me refiero es por tanto conductual, dependiente según muchos autores, de Swaab a Guillamón, del grado de androgenación cerebral, que es variable y puede ser mayor, igual o menor que los valores medios.

Es compatible por tanto con la androgenación mayor, igual o menor del resto del cuerpo, y estas variaciones son las normales de la naturaleza, sin que los valores mayores o menores que los promedios puedan ser llamados patológicos, sino que pueden incluso ser más adaptativos y funcionales para el conjunto de la especie.

Conducta muy androgénica, en un niño XY o XX (u otras variantes), corresponde más que menos a movilidad física, acometividad, inquietud, dominancia, emulación o rivalidad, interés por juegos de competición, trepar hasta puntos altos, tendencia a la extraspección o hacia lo exterior, interés por los vehículos, por lo mecánico, descuido por el arreglo personal…En clase, pueden haber mostrado más interés por las matemáticas, la física o la química, que por las asignaturas de tipo social, literarias o artísticas.

Todo ello se puede dar junto, determinando personalidades muy androgénicas, o como una mayoría de cualidades.

Una prueba externa de esto puede verse en que, si son XY, se integran bien en su grupo, por el que sienten su afinidad y no son acosados por razones de género (pueden serlo por otras), y si son XX, pueden integrarse bien en el grupo masculino, por el que sienten su afinidad, y no son demasiado acosados, porque saben defenderse.

Con frecuencia (aunque no siempre), su mirada es intensa, incluso brillante, y sus facciones fuertes, resultando masculinos desde pequeños.

Las niñas trans pueden observar en su naturaleza una ausencia de estas cualidades, en todo o en su mayoría, y una presencia de las que ahora voy a enumerar, también en más o menos, también en todo o en parte.

Al leer lo que sigue, puede ser que haya trans que vayan diciendo “sí, sí, sí” , pero la mayoría dirán muchos sí y algunos no. Se trata de ver un conjunto difuso, no binario, en el que la diferencia entre los sexos, siendo real en conjunto, tiene límites difusos, borrosos, indefinidos.

Vamos a ver qué cualidades corresponden a una naturaleza menos androgénica que la de los niños XY o XX masculinos, hipoandrogénica en relación con éstos.

Empezaré hablando en masculino, porque la situación previa puede ser masculina, pero menos masculina, y seguir siendo más o menos masculina. Pero usaré enseguida el femenino, porque pueden tener o llegar a tener una identidad más o menos femenina.

Pueden haber sido tranquilos y caseros (o tranquilas y caseras), jugando más bien a juegos solitarios o con niñas y en casa.

Por tanto, a vestir y peinar muñecas, a estimar y admirar las casitas, como representaciones de la propia identidad (habitáculos protectores, ventanas abiertas al sol, cortinas alegres y acogedoras…)

Pueden haber tenido facciones suaves y ojos dulces, siendo confundidos con niñas (o vistas como niñas) desde pequeños o desde pequeñas (incluso con extrañeza propia)

Pueden haber sido poco acometivos, tímidos, más bien asustadizos… o poco acometivas, o tímidas, o asustadizas…

Pueden haber sido femeninos (sí, dicho en masculino) o femeninas en gestos y actitudes, incluso inconscientemente.

Pueden haber tenido poco interés por los juegos de competición.

Puede que les haya interesado poco o nada la mecánica. No se les ocurriría romper un juguete para ver “cómo está hecho”, puesto que tenderían a encariñarse con él.

Pueden haber tenido mucha conciencia de su ser interior, introspectivos o introspectivas.

Pueden haberse interesado mucho por la lectura, y vivir en un mundo de imaginación.

Puede haberles gustado cuidar su aspecto.

En la adolescencia, pueden haberse enamorado de compañeros varones, o si han preferido a las mujeres, pueden haber idealizado su manera de ser e imaginarlas sobre todo como compañeras de vida, o pueden haber amado a unos y otras o no haberse enamorado ni de unos ni de otras (androsexualidad intensa o ginesexualidad moderada o bisexualidad o asexualidad, todo relacionado más o menos con una baja androginia).

En clase, pueden haber preferido las asignaturas sociales, literarias y la expresión artística. Pueden haber sido más torpes en matemáticas, física y química.

Una prueba externa de todo esto es que, en nuestra cultura actual, muy homotránsfoba todavía, pueden ser algo o muy acosados o acosadas por razones de género, incluso con sorpresa propia, y no suelen saber defenderse.

La experiencia muestra que todas estas actitudes pueden darse o con identidad femenina, desde los primeros años, incluso con dos años, o con identidad masculina. Estas identidades pueden depender de las referencias presentes “y” de la intensidad de las afinidades. En algunas trans puede ser efecto de una adoración por la mujer, incluso de su madre, en la que el “quiero ser como tú”, se transforma en “yo soy tú”.

La identidad femenina temprana es muy profunda y resistente. Puede ir acompañada de un rechazo de los genitales masculinos muy temprano y de un deseo de tener los femeninos, aunque este sentimiento puede faltar. Al ir acercándose a la adolescencia, se suele tomar conciencia, en nuestra cultura, de las dificultades sociales que se pueden encontrar y, ya en la pubertad, de las dificultades sexuales. Entonces es frecuente que la persona trans se esfuerce en autonegarse, e incluso en hipermasculinizarse, ensayando por ejemplo una identidad homosexual. Puede ser que incluso sienta un placer “homovestista”, al asumir una personalidad correspondiente a su sexo aparente. Puede ser que se instale en una seudoidentidad homosexual, aunque siempre sintiendo que la práctica de hombre con hombre no corresponde a su verdadera identidad.

Las niñas trans que empiezan a ser educadas como niñas durante la niñez y la preadolescencia, y son conscientes de una mayor adecuación social, pueden desear hacer este experimento en la pubertad; será conveniente un diálogo profundo sin resultado predeterminado, pues dependerá del equilibrio de los sentimientos que cada cual encuentre en sí, sabiéndose libre para elegir su camino.

La identidad masculina se suele fundar en el mínimo común de la masculinidad, en una masculinidad de límites inferiores, poco intensa, basada en la admiración del modelo paterno, más que en líneas masculinas de conducta propia. Puede consolidarse si se cuenta con amigos queridos, como “hermanos mayores”, que allanen las diferencias y posibles dificultades con los niños más androgénicos. Es más corriente que se vaya sintiendo un desajuste creciente con el grupo masculino, empezando por las distintas aficiones, que expresan una naturaleza distinta, y pudiendo llegar en la adolescencia a una distinta genitalidad y al rechazo de los genitales masculinos. A partir de la pubertad, puede reforzarse la identidad masculina también con el deseo de la compañía de la mujer, aunque también éste puede ser más bien platónico, no específicamente genital, puesto que se parte de bajos niveles de androgenia conductual.

Estas identidades primeras pueden ser de género, no genitales, cuando no se tiene conciencia de la diferenciación genital o no ha suscitado atención. Por eso, algunas trans femeninas con identidad temprana, cuando crecen, pueden no sentir necesaria una operación genital y en cambio insisten en la adecuación de género, y si llegan a una operación genital, la hacen reflexivamente, no impulsivamente, en función de la coherencia de género, más que de las funciones genitales.

Pueden tener incluso una imagen corporal femenina que incluye los genitales, viéndose como una “mujer fálica”. En este caso, la operación comprometería su autoimagen interna.

En general, muchas personas trans se identificarán más bien con el modo no binario de entendimiento de la sexualidad, más bien como mujeres o más bien como varones o más bien como personas ambiguas o más bien como queer. La identidad siempre seguirá a la naturaleza, será la forma consciente de una realidad previa, que en el momento de nacer, se sentirá pero es inconsciente.

miércoles, abril 09, 2014

Realidad cuántica

 A ver si planteo bien esta iniciación a la Realidad Cuántica.

Kim Pérez

Yo soy yo.
Yo no soy no yo.
Yo soy quien miro.
El resto es lo que miro.
Yo me veo por dentro.
El resto lo veo por fuera.
Incluido mi cuerpo.
Mis manos.
Mi sexualidad.
Todo esto es no yo.
El Universo está formado
De yo y de no yo.
Esto lo he pensado desde mis diez años.
Mil novecientos cincuenta y uno.
Datos que son de no yo.
Se ha hecho un experimento
Con objetos elementales
Una fuente de fotones
Unos fotones
Dos rendijas
Y una pantalla.
Se ha observado
Que cuando no se mira
Los fotones fluyen como vibración
Pasan como ondas por las rendijas 
Y llegan como ondas a la pantalla.
Pero cuando se mira,
Al pasar por las rendijas,
Pasan como partículas
 Y llegan como partículas.
Esto lo empezó a probar
Thomas Young en mil ochocientos uno,
Mostrando la vibración,
Y Claus Jönsson en mil
Novecientos sesenta y uno,
Demostrando que a la vez
Son vibración y partículas,
Y luego Pier Giorgio Merli,
Mil novecientos setenta
Y cuatro haciendo ver
Que son probabilidades
Cuánticas,
Como dice Wikipedia.
Pasando a interpretarlo,
Todo esto significa
Que en el momento que miro
Decido que un momento antes
Hayan salido ya como partículas,
O sea que no existe el tiempo
Que fluye.
Y también quiere decir
Que soy yo quien da forma
Probable a las partículas
Cuando las miro
Y que si esto pasa
En partículas elementales
Como los fotones
También pasará en las cosas
Más complejas formadas por quarks
Y electrones,
Los objetos grandes,
Las plantas,
Los animales,
Las estrellas,
Las galaxias,
Que suman probabilidades
Aunque también podrían volar
Libres por una mínima
probabilidad.
Por este experimento se ve
Que el universo se forma
Por el Observador y  lo observable,
Que es esa vibración
Sin forma
A la que el Observador
Da forma cuando la observa
No una forma que él inventa
Sino predeterminada
Por cálculo de probabilidades,
La forma de gránulos
Que llamamos fotones,
Y las cualidades del Observador
Tienen que ver con lo que observa
Y con lo que no observa,
Como la vibración
Forma a nuestros ojos
Los siete colores
Del arco iris,
Y  podría formar más
O menos.
Lo que llega a un Observador
Desde lo observable
Se llama información,
Y está en la vibración,
Pero no es toda la vibración.
La información forma cuantos
Y quizá por eso
Veamos la materia
En forma de cuantos
Y la teoría de la información
Pueda servir para entender
La teoría de la materia
Lo mismo que la percepción
Explica los sentimientos
Con los que los humanos
Pasamos por los chorros de formas
De nuestra existencia
Las distintas epopeyas
Que formamos al mirarlas
Con arreglo a ciertas leyes
Que vamos comprendiendo
Al ir observándolas
Como la diferencia de sexos
alcanza su plenitud
Cuando alguien observa
“Yo no soy de este sexo”
Y diferencia su cuerpo
Aparente de otro menos
Aparente y hasta quizá
De sí.
Tranquilidad,
Quietud durante horas,
Que hace que los humanos
Sintamos
La realidad de nuestra vida,
Como aquellos, desnudos,
Que han descubierto que todo
Lo que ven
Es distinto
De ellos,
Su cuerpo,
Su sexo,
Definidor,
Su historia,
Casi todo,  variación,
Fugacidad,
Menos que todo se forma
Al vivirlo y observarlo
Conforme a unas leyes
Preexistentes
Que suman probabilidades.


jueves, marzo 27, 2014

UNO


Dios, Deus, es el nombre que damos a la Unidad de la Realidad, lo que la une (por ejemplo, el Universo sigue las mismas leyes físicas), que no esté dispersa, algo que la conciencia humana necesita pensar y sobre todo, sentir.

Por eso se habla de sentimiento oceánico, a la orilla del mar, o cósmico, cuando de noche nos hallamos ante el casi infinito de las estrellas, que empieza aquí mismo. Pero todo eso es casi. Todos queremos más. Nuestra mente está hecha para desear sumirse en el Infinito de verdad, lo Perfecto (la Belleza Perfecta, el Amor Perfecto, el Placer Perfecto, la Fiesta Perfecta), lo Absoluto, lo Redondo. La realidad material nos decepciona por lo menos un poco. Queremos más.

Parece que estoy hablando sólo de nuestra mente, pero nuestra Mente es el Observador de la Materia Cuántica, que crea los hechos cuando los mira. Estoy hablando, por tanto, de Física.

La Unidad, según Buda, es indecible. Prefiere hablar de ella en negativo: no es esto o lo otro, no es siquiera, no tiene nombre. Yo prefiero hablar de ella en positivo, se escapa entre los dedos, pero es.

Quizá la Unidad es el sentido, lo que da sentido a todo. La Lógica de todo. 

Por ejemplo, la Unidad es lo que lo une todo, por tanto también es la del Bien y el Mal, o está Más Allá del Bien y el Mal… El Bien y el Mal llenan nuestras vidas (para el mal, mirad las noticias en televisión)… Todo es parte de la Unidad… Esta información, a la vista de lo que se ve, es terrible… da terror. Nos puede llegar lo uno o lo otro. 

¿Por qué vamos a pedir que venga sólo lo uno, cuando en la Unidad está lo uno y lo otro? Quizá sólo podamos mirar y esperar a comprender el sentido.

También nuestra Mente sabe que no somos el Absoluto, sino lo Relativo. A nuestra relatividad le conviene el Amor y le daña el Odio. Para los humanos es bueno el Amor que cuida y es malo el Odio que destroza. 

Uno comparte y otro separa. En el Odio hay una parte de amor, el narcisista hacia sí mismo o hacia los suyos. Lo mismo que hay el deseo de la Fiesta Absoluta, hay el ansia insaciable del Daño Absoluto. 

Sin embargo, en el Amor no hay una parte de odio, sino el asombro, y el ansia de sentido.

Mi familia



He tenido en la imaginación a unos Delfines, nadando en aguas profundas, participando en ese ballet formado cuando acometen a un banco o cardumen de Sardinas o Boquerones u otros pececillos que giran en sincronía.

Toman sus vidas para alimentar la suya.

También se defienden en grupo, dando fuertes topetazos a los feroces Tiburones que se atreven a atacarlos.

Forman sociedades que se comunican fuertemente entre sí, con un complejo lenguaje de chirridos, silbidos, yo no sé, algo extraterrestre (= fuera de la tierra firme) En medio del grupo, nadan algunas madres acompañadas de cerca por sus pequeños.

Trato de saber lo que es de ley natural y lo que no, para los Humanos. Somos racionales, menos instintivos, y tenemos que pensarlo, aunque a veces nos equivocamos... eso es ser humano... tenemos que ser disculpados de nuestros errores...

Puesto que hablamos de algo natural, tenemos que meternos en la Naturaleza, en el Reino de los Animales, para estudiar cómo viven, y entendernos así a nosotros, en cuanto que somos Animales.

Lo primero que suele funcionar en ellos es el llamado Instinto de Conservación, tanto individual como, en según qué casos, colectivo.

Sentimos ese instinto como hambre o sed, que nos obligan a reponer lo que necesitamos, y lo que es más duro, los Animales agrediendo por necesidad a otros seres vivos, vegetales o animales, aunque la sensación de saciedad modera nuestras agresiones.

También tenemos unos Impulsos de Reproducción, que nos llevan a tener hijos, de manera impulsiva, objetiva, aun sin entender lo que estamos haciendo, derramando por ejemplo los Peces miles de óvulos en los mares, cuyo olor, supongo, excita en los machos el derrame del esperma, que los fecunda sin que madres ni padres tengan noticia alguna de lo que ha pasado.

Pero en las Mamíferas, hechas para cuidar a sus hijos dentro de sus mismos cuerpos, también existe el impulso de cuidarlos cuando nacen, lamiéndolos, limpiándolos, y dejándoles mamar y seguir junto a ellas mientras lo necesitan.

Por cierto, hay por lo menos una especie en la que son los machos los que se quedan preñados y luego paren: en los preciosos Caballitos de Mar o Hipocampos, que son Peces, primero el macho fecunda a la hembra, y luego ésta, mediante un pene, pone los zigotos u óvulos fecundados en el vientre del macho, que empieza su preñez y llega al parto. No sería imposible que en algunos Extraterrestres (= de fuera de la Tierra) sucediera lo mismo.

El Instinto de Conservación, los Impulsos de Reproducción, al actuar en nosotros, los Animales, pueden llevarnos o no a formar sociedades, para mejor defendernos, para mejor reproducirnos. Hay Animales bastante solitarios, como los Tigres. No hay reglas generales, porque sus primos, los Leones (o mejor, las Leonas), son sociales.

Pero se puede decir que los Mamíferos Sociales hemos elegido la Sociedad como ley natural para nosotros.

Dentro de ella, las leyes naturales que las rigen son bastante diferentes. En las Leonas, los machos duermen y rugen e intimidan, pueden matar a las crías, y las hembras las defienden, también a rugidos feroces, cazan y supongo que llevan la vida social. En las poderosas Elefantas, los machos, una vez criados, son expulsados de la Manada, y viven solos y malhumorados y vuelven a ella sólo cuando el celo despierta el deseo de las hembras; son sociedades de madres con sus hijas e hijos, ayudadas por sus hermanas o primas para criarlos.

Las relaciones sexuadas son por tanto muy variables, según las especies, y no hay para regirlas más ley natural universal que la defensa de los hijos.

Hay Animales rigurosamente monógamos, como los Lobos y las Tórtolas, que forman parejas de por vida, pero la mayoría no lo somos.

En los Bonobos, parientes cercanos nuestros, la única relación estable es la de madre/hijo y su memoria es la bastante para que dure toda la vida. La sociedad bonoba agrupa por igual a machos y hembras, y la sexualidad entre todos y todas es libre, a ratos hetera, a ratos homosexual. Los varones (merecen este digno nombre de autoconciencia) no saben que son los padres biológicos de los niños y por tanto sus familias son sólo maternas. Los varones son más fuertes, pero más individualistas, y las madres son las que organizan la vida social.

Es un sistema bastante parecido al que vivimos los Humanos en las fases de nuestra cultura en las que hemos sido matrilineales, es decir, que hemos tenido en cuenta, como los Bonobos, sólo la relación madre/hijo, extendiéndola, por nuestra mayor memoria, a las abuelas, etcétera. En esas fases, parece que la sexualidad puede haber sido más despreocupada y que a menudo no se ha sabido muy bien la relación entre sexualidad y paternidad.

Por tanto, la única ley natural humana para la sexuación y la reproducción, es la relación madre/hijo. Las demás, son culturales, variables. Son culturales las familias patrilineales, sean monógamas o polígamas. Las familias formadas por mujeres. Las familias formadas por varones.

Cuando históricamente se ha implantado, como excluyente, el modelo patrilineal, el llamado patriarcado (que no ha existido siempre), como las familias patrilineales son precarias, por la inseguridad de la paternidad, los varones patriarcalistas (que no son todos) tienden a dominar y encerrar a las mujeres, y a atacar incluso a muerte a otros varones que no comparten su propósito de dominio, por ejemplo los homosexuales. Por tanto, es mejor un modelo como el actual, en el que se puede optar entre matrilinealidad y patrilinealidad, entre las relaciones heteras y homosexuales, entre las madres solteras y los padres solteros, todo ello cultural.

Los Humanos somos también Racionales, Animales Racionales. Entre nosotros, la ley natural se convierte en ley racional. Sabemos que la racionalidad nos obliga y a la vez es nuestra mayor fuerza. En una duda, cuando sabemos que algo es lo racional, lo lógico, nos sentimos obligados y legitimados para seguirlo. Si es de verdad lo racional, los otros humanos lo reconocerán, más pronto o más tarde, porque mejorará las condiciones de nuestra existencia, conscientemente además.

Es de ley natural y racional que personal y colectivamente deseemos proseguir nuestra existencia, extender nuestras vidas personales en lo posible, no extinguirnos. Es de ley natural y racional que protejamos a nuestros hijos. Es de ley racional que, para estos fines, elijamos libremente los medios, asociándose mujeres, asociándose varones, o mujeres con varones, uno con una, o una con varios, o uno con varias, como mejor nos venga, poniéndonos las personas más intersex, como yo, donde queramos. No hay nada natural que lo impida.

Ciertamente, mi familia sentimental es mi madre, mi abuela, mi bisabuela (muy matrilineal) Mi familia económica es la de mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo (bastante patrilineal) Mi familia personal son mis amigas y mis amigos, que me dais muchas alegrías y mucho cariño, aunque en mi caso no haya hijos. Que cada cual piense en cómo es su familia y cómo le gustaría que fuere.


En la ancianidad



He entrado en las grutas penumbrosas de la ancianidad y me encuentro ahora lo extrañamente bueno: la conciencia de la mortalidad.

(Cuando tenemos más tiempo por delante, nos consideramos inmortales)

En mi caso, reforzada por la conciencia de fragilidad: como tengo un angioma o cavernoma, una malformación cerebral quizá congénita, puede ser que de pronto me produzca un derrame con consecuencias de parálisis, o coma, o muerte…

Lo bueno de esto es que nos sitúa mejor en la realidad humana.

A mí me da ganas de trabajar. He llegado a un lugar y a lo mejor puedo llegar a otro.

¿En dónde estoy?

Lo más importante. Hace pocos años, recibí un regalo consistente en dejarme ver una parte del mecanismo del mundo, la de que mi voluntad puede querer lo que quiera, pero hay otra voluntad que me llevará a donde ella quiera. Puedo enfurecerme o aceptarlo, pero esto es lo que hay. Fue como si alguien me hiciera un juego de magia, o me gastase una broma. Lo más curioso es que usó símbolos de mi transexualidad, un espejito en forma de cajita redonda, unas medias, como si lo aceptara. Puede ser que le haga estas bromas a todas las personas, a muchas quizá en el momento de su muerte.

Otra cosa. Hace veintidós años, recibí otro regalo, esta vez humano, que me dio el punto de partida para enterarme de mi genealogía, muy bien, con mucho detalle; pues pasado el tiempo, he comprendido que su parte más interesante es mi modesta familia Pérez, de Loja, sobrenombrada de los Farfanes, porque creo que fue judía y seguro promasónica hasta 1874; y luego, católica y antimasónica, desde 1874. A mí me ha tocado descubrir sus orígenes… Y todo esto tiene mucho sentido.

Como yo he sentido desde mi niñez la pasión de la unidad (un juguete en el que poner todo mi corazón y no dispersarme… un dios), todo esto me ha ayudado a declararme judía… y tengo que ser antimasónica, porque lo masónico es el sistema, el capitalismo; yo tendré que ser antisistema, pero creyente. Judía en lo importante: apasionada por un único dios, ‘El o Eloah (luego Allah), no Ieoua (el de las cinco vocales)… librepensadora… racionalista… crítica respecto a la Biblia, en la que hay verdades y mentiras… despreocupada de ritos, ceremonias y festividades… y seguidora de las enseñanzas de Yehoshua ha Natzrathi, Mélej ha Yahudim, en dos puntos básicos: amar a ‘El sobre todas las cosas y al vecino como a mí misma.

En aplicación de esta segunda enseñanza, estoy en contra de una cosa, y a favor de dos.

Estoy moralmente contra la recomendación del aborto, de primeras, porque se aplica al niño y a la madre lo de “no quieras para otro lo que no hubieras querido para ti”. Creo que cada mujer, antes de tomar su decisión, debe pensar dónde está el bien y el mal, que existen realmente, porque cualquier decisión es buena o mala, acertada o errónea, y cuál bien es mayor que cuál mal. Esta decisión es independiente y más importante que cualquier disposición legal, que por otra parte acaba por dar derecho a vivir a ciertos niños y no a otros.

Más sobre quién debo querer como a mí misma. Como he sufrido lo que he sufrido, en mi caso desde los siete años, debo querer como a mí misma a las personas transexuales y en particular a las menores de edad, que están más indefensas. Es una cuestión de identidad, nada menos de qué eres, de cómo eres. “¿Tú lo sabes?”, dice mi amiga Merche; “yo lo sé”.

Y de manera bastante parecida, a las personas homosexuales. Me puedo figurar lo que sentirá un adolescente que se da cuenta de que se enamora de su compañero y no de su compañera. Incluso contra su voluntad. Y que todavía tiene que meterse en un armario, donde yo estuve tantos años. Es una cuestión de amor, y quisiera que pudiera vivir ese amor.

¿Y qué puedo hacer, en estas cinco cosas, mientras tenga tiempo?

Pues hablar de ellas.

Esta noche, me desperté a las cinco, me levanté, busqué algo para leer y entretenerme, la mano se me fue para una revista sobre filosofía, me figuré que iba a ser importante, y así ha sido. He sentido la necesidad de definirme, me he agobiado, pero he conseguido escribir mi definición en este artículo.


Contra el aborto



Kim Pérez

Yo no reconozco ninguna soberanía sobre mi conciencia, ni siquiera la de Dios, que me ha hecho libre para elegir el bien o el mal y atenerme a las consecuencias, y por eso tengo que decir que estoy en contra del aborto.

Digo también que ésta debe ser una posición moral y no legal, por lo que es imprescindible llamar a las conciencias, las únicas que pueden proteger a los niños.

Es inútil moralmente el esfuerzo legal. Supongamos que hubiera una legislación de cero abortos. Se vería sobre todo en la prohibición de las clínicas abortistas, privadas o públicas. La ley sería pura, y sus autores podrían decir que la responsabilidad sería de la madre. Se pretendería que el bien y el mal quedaran separados, nítidos. Pero esa separación neta no existiría en la conciencia de algunas mujeres, que dirían tener serias razones para abortar y seguirían abortando, y en malas condiciones.

Supongamos que haya, como hay, leyes de plazos o de supuestos. En todas ellas, se daría permiso legal para matar a ciertos niños. Por tanto, darían cobertura al intento de contentarse moralmente, confundiendo legalidad y moralidad. El seudocontentamiento moral es malo, pero no puede ser delito.

En cuanto se empieza a hacer leyes de plazos o de supuestos, empiezan las discusiones. ¿Diez semanas más? ¿Diez semanas menos? ¿Éstos deben vivir? ¿Éstos pueden morir? En todos los casos, a algunos podremos matarlos de acuerdo con la ley y aspiraremos a ser indiferentes, a tranquilizarnos moralmente por lo que sólo será legal. Éste es el seudocontentamiento del que hablo.

Por tanto, en estas cuestiones, yo no mezclo lo moral con lo legal. Es mejor la protección moral del niño, para que la mayoría de la sociedad comparta libremente su defensa activa y la de su madre; y pido que haya mucha más protección moral, mucha más ayuda práctica de la que hay, aunque ya hay alguna. Pero, en cuanto a lo legal, que haya libertad total. Mientras el niño esté bajo la dependencia de su madre biológica, mientras esté bajo su protección, guardado en su vientre, que ésta pueda decidir legalmente. En general, aborto libre, pero malo.

Sé que los defensores del aborto tienen razones para pensar que garantiza legalmente la libertad de la mujer. Es verdad, pero como decía al principio, se trata de la libertad moral de elegir entre el bien y el mal.

No se puede codificar el bien y el mal, porque cada cual los lleva en su corazón. Se pueden codificar conductas exteriores, no motivaciones interiores. Cuando se pretende que el aborto, en general, sea bueno moralmente, tengo que decir que, hablando en general, se puede hacer, pero legalmente.

No en general, sino en particular, es posible que, a veces, algunas mujeres hagan bien abortando. Sólo ellas sabrán por qué, sólo ellas tienen que saberlo. Yo u otras personas distintas de ellas no podemos atrevernos a juzgarlas. Sólo ellas, como todas las personas, tendrán que juzgarse. Y pueden absolverse.

Quiero añadir una experiencia personal de mi vida en el vientre de mi madre, que dicho sea de paso, tuvo que protegerme de los muchos abortos espontáneos que estaba padeciendo, mediante una hormonación que salvó mi vida, haciéndome transexual. Es un recuerdo muy intenso, una forma muy marcada, muy material, muy fijada, con gran definición, ocupando todo mi pensamiento: un gran tubo sale de mi torso, ancho como su mitad, amarillento, suavote (como el plástico), gira a la derecha, torna sobre sí, se entrelaza, sale a la izquierda, otro giro hacia el centro. Esta percepción se olvidó, pero la recordé en 1947, con 6 años, en medio de un sarampión con 39º, en el que me habían puesto la bombilla del lavabo de mi cuarto, cubierta con un trapo rojo, que atenuaba el resplandor. Debió de ser la luz roja, semejante a la del sol cuando atraviesa las manos, quizá la pared del vientre, la que despertase este recuerdo, latente hasta ese momento. Es el primer recuerdo que tengo de mi vida, que empezó antes de mi nacimiento.

Lo recordé sin entenderlo. Muchos años después, quizá con los cuarenta, entendí lo que significaba.

El parto fue largo, durando más de veinticinco horas, desde antes de las 3 del 13 al 14 de marzo de 1941, a las 4.32 horas. Mi tendencia a la claustrofobia, a la necesidad de liberación, puede derivar de él, habida cuenta de la intensa consciencia ya formada.


miércoles, marzo 26, 2014

De Berkeley a la Lógica




Kim Pérez



(Léase o recuérdese el experimento de las dos rendijas, por las que, al observar, pasan los fotones como partículas, y si no se observa, como ondas. Yo sé muy poco más de Mecánica Cuántica)



Yo soy el Observador cuántico que, cuando mira, ve las formas y, cuando no mira, sabe que vuelven a su vibración originaria. Hay por tanto dos planos en mí, el de lo que veo cuando miro, y el de lo que sé, cuando no miro. Pero todo ello se une en lo que comprendió el Obispo Berkeley: que todo lo que sé está en mi mente y no sé nada que esté fuera de ella. Si hay algo que esté fuera de mí, lo veo en la medida en que aparece dentro de mí, como una huella. 

Hablo yo y hablo dentro de mí con el lenguaje de la lógica. Esta gramática está en mí, pero no la he inventado yo, lo voy comprendiendo mientras vivo. Yo sé que puedo desobedecer a la lógica, pero que tengo que obedecerla por mi bien, porque es lo lógico. Esto parece una prueba de que hay en mí algo que no viene de mí, que me permite por ejemplo descubrir los dos planos de la observación cuántica. Por tanto, sigo la lógica. 

Lo unifico todo dentro de mí, porque está en mí, pero ver la lógica me hace deducir que hay algo grande fuera de mí y que por tanto hay una relación lógica entre ello y yo. Lo que hay fuera, puede ser plural, disperso, verdadero, engañador, divino, demoníaco, amante, odiante, sereno, angustioso, puesto que así son sus huellas en mí.

A veces me tranquilizo y a veces me retuerzo. Deben de ser muchas realidades, muchas cualidades. 

Pero si es una realidad dispersa, estará aunada, como todo, por la lógica, pues si no lo estuviere, no se podría ni siquiera pensar en ella, los porqués que sabemos preguntar desde niños no podrían tener respuesta; debe ser una porque yo me esfuerzo en comprenderla, por eso presupongo que tenga sentido. Mientras hable, es porque supongo que tiene sentido hablar. 

Sigo con la lógica. Si la lógica aúna es como una forma de amor, porque el amor es un nombre de lo que aúna. Es como si la lógica lo abrazase todo, incluso la disgregación, la dispersión, el odio. Aúna todo lo que veo en mí: todas mis percepciones y todas mis reflexiones, lo que parece dual, pero son sólo los dos extremos de un continuo, el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, el acierto y el error, lo difuso del más o menos, que vio Zadeh, y algunos discontinuos que encuentro aquí y allá, como la vida o la muerte. 

La lógica, con ternura y con ironía, nos repite: “Todos sois uno bajo mí”.

sábado, enero 25, 2014

Tacto



Esta noche del 25 de enero de 2014 he sentido de pronto que mi mano derecha tenía ansiedad por tocar un cuerpo humano que casi nunca ha tocado.

Verdadera hambre y verdadero vacío.

Casi imposible de reparar.

Acariciaba la sábana suave de invierno recién comprada para el frío, con la sensación de que con 72 años ya estoy casi al cabo de la calle; ya no es fácil que ningún cuerpo pueda encontrarse palpado suavemente entre mis dedos.
Aunque sé que hay ancianos atractivos que guardan la juventud a flor de su piel arrugada.

Me había imaginado que mi mano estaba sobre la mano de un hombre, grande y cuadrada. Y caliente. O que mi antebrazo estaba junto al suyo, en el que crecía el vello. En el que me encanta deslizar mis dedos, como entre la yerba.

La fantasía, por fortuna, me permitía evadirme, y acariciar la sábana, que es como de felpa, intentando imaginarme una piel.

Y pensar en eso.

En cambio, es verdad que no estoy hecha para que me apetezca tocar una mano de mujer, que me parece pequeña y fría. Es verdad que llega a darme sacudidas eléctricas cualquier toque casual con ella, pero deben proceder de otra parte del cerebro, no de la que está relacionada con un largo y gustoso estar al lado.

Me doy cuenta de que mi tacto es andrófilo, mientras mi vista, mi oído y mi olfato, son andrófobos. Mi gusto también es andrófilo: me figuro con placer el sabor salado de su piel.

El tacto es un sentido en el que al tocar, se es tocado. Emociona tanto como es emocionado. Requiere contacto directo con el otro cuerpo. La palabra con-tacto es significativa. El gusto también, aunque menos. La vista, el oído y el olfato son estimulados a distancia. Posiblemente, se forman en distintos momentos de la gestación. El tacto debe ser el primero, formado cuando mi cuerpo era femenino. La vista debe ser el último, formado ya en relación con los centros andrófobos de un cerebro algo masculinizado.

Supongo que, si no tuviera vista, mi imagen de los hombres, sólo táctil, sería muy diferente: seres de una blandura algo áspera, raspeada por el vello; cálidos; aromáticos; repentinamente duros, y ardientes en sus músculos firmes.

La conciencia de este deseo del tacto se venía preparando hace tiempo: cuando sentí que el punto máximo de la necesidad y la privación está para mí entre el antebrazo y el brazo derecho; hasta creer que si alguien me abraza con firmeza en ese punto, puedo tener bastante; y desear mi paraíso, que es estar sentada junto a él, con su mano apretándome en ese lugar.

La sensación de hambre de contacto, de ansiedad, en ese punto, cuando, después de constatar la cercanía entre dos muchachas lesbianas, veía la distancia entre un amigo gay y otro más querido, provocada por el armario en que estaba el primero.

El placer repentino, disfrazado por la alegría general, que me dio mantener entre mis brazos el gran gorila de peluche de otro amigo, con su pelo negro, que tanto me gusta. Cómo me hubiera gustado que me lo regalase, pero no me atreví a pedírselo. Tengo que ir a buscarlo a una gran superficie. Tiene que ser un gorila, de cara suave y sonriente y boca muy ancha, como un juguete. Tiene que ser grande y pesado, que se sienta su volumen al abrazarlo. Tiene que ser peludo, de pelo corto y negro.

Es la cualidad de los muñecos que han acompañado a quienes esperaban compañía. Los monitos de verdad,  abandonados a un estado de soledad por investigadores sin corazón, se han abrazado a sí mismos y se han acunado. Les ponían a su lado una madre hecha de alambre y recubierta de una piel de pelo artificial, y se pegaban a ella.

Es desolador pensar que los peluches no son en realidad una masa de tela, relleno y fibras inertes; que si se rompen, no queda nada de ellos; pero la fantasía humana y la de los monitos les da una  doble realidad en la que hay vida.


Lo mismo que es también encantador un beso en la boca, aunque sea un simple pico, un saludo, compartiendo la humedad de los labios, y más si alrededor sientes lo pinchudo de una barba.

lunes, diciembre 16, 2013

LIBERTAD DE GÉNERO

Kim Pérez

En la estructura de nuestra sociedad hay una ley ignorada, pero fundamental, que es el Código de Género. Todos, todas, todes la sabemos de memoria, y por eso no necesita ser escrita. Es penal, porque sanciona los incumplimientos con penas que van desde la irrisión o burla, a la culpa religiosa, expulsión de la familia, pérdida del empleo, desprestigio social y, en otros tiempos u ...otros lugares, hoy mismo, cárcel o muerte.

No tiene nada de extraño que lo tengamos grabado a fuego en nuestra mente, desde que somos pequeños. Manda en nuestro lenguaje. Manda en nuestras tiendas, dividiéndolas según sus preceptos. En nuestras compras. En nuestra ropa. En nuestros gestos. En nuestra manera de hablar o de reír.

Los Códigos de Género son variables, históricos, constituciones cuya duración se mide por decenas de milenios y no por siglos, regulan el corazón de las sociedades, mandando cómo deben ser sus familias y cómo debe ser la conducta de los sexos. 

El nuestro está en pleno cambio, se quiebra y grietea, pero sus penas aún nos hacen sufrir y nos marcan con largas cicatrices. Conviene conocerlo mejor. 

Está basado en un binarismo que excluye o condena todo lo que no es binario. Hay dos sexos biológicos, varón y mujer (por este orden), dos géneros conductuales, masculino y femenino, dos orientaciones sexuales, ginéfila y andrófila. Dos con dos y con dos. La Ley escrita incluso manda que todos los recién nacidos sean asignados como varones o mujeres. Quienes nacen intersex no pueden ser registrados como intersex. Quienes estemos al margen de este sistema, no podemos existir como marginales, y hemos de incluirnos en él.

Las personas intersex deben ser registradas como hombre o mujer, u operadas por decisión autoritaria, ajena, las transex son ignoradas o ridiculizadas (y se nos niega o regatea la operación), las homosex, condenadas. Chorros de sufrimiento humano hay tras estas palabras. 

El dos con dos y con dos oculta un significado. Estaba inventado para el poder. El poder no soporta terceros, que lo puedan debilitar. Obligaba a meter en el esquema de dominación a todas las personas. Decía que hay dominadores y dominados... Todavía lo dice, residualmente. Si has sido asignado como varón, te obliga a ser dominador, aunque no lo seas. Si has sido asignada como mujer, te obliga a ser dominada, aunque no lo quieras. Quienes estamos fuera del dos y dos y dos, seremos parias, más que dominados, sin derecho alguno, fuera de la ley binaria. 

La respuesta empezó por la lucha contra los dominadores (feminismo), que profundizó las libertades racionales, pero el clásico se quedó dentro de lo binario. Ahora ya podemos dar un paso más. La realidad no es binaria. 

El binarismo está fundado en un sí o un no. ¿Eres hombre? Sí – no; ¿eres mujer? Sí – no. ¿Eres masculino? Sí – no; ¿eres femenina? Sí – no; ¿Eres heterosexual? Sí – no. 

En cuanto te sales del binario, descubres que todas estas preguntas se pueden contestar con un más o menos. Y que ésa es la realidad, fuera de las abstracciones de los binaristas. Sales a la calle, y descubres que está llena de hombres más o menos masculinos y más o menos heteros, de mujeres más o menos femeninas y más o menos heteras, de personas más o menos intersex, más o menos homosexuales, más o menos trans… Lo corriente es la variedad, la variación que no se deja sujetar por esquemas… la vida.

Esta variedad es la de la natural libertad de género. La observación de la naturaleza nos conduce al deseo de liberación de nuestros esquemas sociales, para ajustarnos mejor a la naturaleza humana. 

La palabra género debe entenderse de otra manera. No puede ser ya una imposición, desde fuera. No puede ser ya la regla social, cuando descubrimos que ésta es abusiva, disparatada y generadora de mil sufrimientos. Serán las formas sociales que creemos por expresión, desde dentro de cada cual, por afinidades, por amistades, con libertad.

Seguirá habiendo mujeres u hombres más o menos femeninas, masculinos, más o menos heteros, heteras, más o menos homosexuales, libremente unidos, entre quienes se integrarán muchas personas intersex o trans (y dentro de poco, las células madres, generadoras de órganos propios, harán maravillas) Seguirá habiendo personas que prefieran definirse por la indefinición de sexogénero. Las personas homosexuales, bisexuales, transexuales, transvestistas, intersexuales, habremos sido el centro de esta transformación, y si en el siglo XX hemos necesitado etiquetas bien diferenciadas, ahora ya no las necesitaremos. 


El amable jardín de la Libertad de Género.