jueves, octubre 28, 2010

Despatologización



Publicado en Dos Manzanas, el 27 de Octubre de 2010


Me he encontrado a gusto dentro de la Red por la Despatologización Trans y de la Campaña STP 2012 desde que supe que optaban por el no-binarismo, que es ya un logro irreversible del conocimiento sobre el sistema sexogénero.

Pero no-binarismo no quiere decir, ni mucho menos, que estemos a favor de que la sexualidad sea un puré o un gazpacho homogeneizado.

Todo al contrario: es reconocer que existe una multitud de formas, desde las más definidas a las más ambiguas, todas las cuales forman parte de la realidad desde siempre, las hemos visto siempre, sólo que ahora sabemos que todas son igualmente legítimas.

Y además, desde que sabemos que el sistema sexogénero está articulado por dos partes, sexo y género, sabemos que cualquier persona transexual puede también situarse en los lugares más definidos o los más ambiguos, y que la decisión debe ser siempre suya.

El segundo punto postulado por la Red de Despatologización y la Campaña STP 2012 que suscita mi entusiasta adhesión es este reconocimiento de que las decisiones deben ser siempre nuestras.

Hemos postulado hace años un cambio del régimen de autorización vigente por un régimen de autonomía. La Red y la Campaña son los instrumentos adecuados para llegar a eso.

Autonomía informada; decisión de la persona candidata después de un período de asesoramiento y consultas con un psicólogo, que pase a ser un amigo en vez de un juez temible que asume un poder fundamental sobre nuestra vida.

Y la consecuencia de esta tarea que hemos asumido será simplemente un cambio de protocolo, mediante el cual, la decisión será sólo de cada persona, que conoce sus motivaciones como nadie, después de un periodo de extensa información.

Pero solo cada cual tiene poder sobre su vida, lo que incluye el derecho de equivocarse o acertar.

Por la propia experiencia de lo que es ser transexual, sabemos que para algunas y algunos es esencial la cirugía.

¿Cómo se defiende? Por lo que puede suponer de mejor ajuste personal, en circunstancias que producen dolor. Nariz grande, orejas abiertas, seis dedos, pueden producir inmenso dolor, especialmente en la adolescencia, y hacen indicada la cirugía mediante una autonomía informada. [Y no son una patología] Yo sufría tremendamente a consecuencia de que mis genitales fueran masculinos, y no concedo a nadie el derecho a medir mi dolor.

Sé -yo misma estuve a punto de creer que yo no podría hacer más- que, para algunas personas que ansían la operación, no es posible moralmente, por sólidas razones familiares y laborales que sólo ellas pueden evaluar, hacer un cambio de género, en ninguna medida.

Para ellas -para mí-, al menos la operación, la íntima constatación de que el problema ha desaparecido, sería el mínimo suficiente. Sé que a veces la operación es la única esperanza.

¿Qué es lo que pedimos en resumen?

Que se tomen en cuenta todas las inmensas posibilidades del no-binarismo y, más concretamente, de los conjuntos difusos de sexogénero, tanto para situarse en los puntos más definidos como en los menos definidos y los más indefinidos.

Que los protocolos para los cambios de identidad legal sigan un modelo de autonomía informada de la persona que los solicite.

Y que se siga el mismo modelo de autonomía informada, respetando y atendiendo en particular a las personas que requieran tratamientos endocrinológicos y quirúrgicos.

miércoles, octubre 27, 2010

La transexualidad no es una enfermedad



Por Kim Pérez


Hace más de un siglo que reflexionamos acerca de la variedad de la sexualidad.

Antes, por un platonismo asumido por el cristianismo, se negó el cuerpo y se afirmó la conciencia desnuda; toda la sexualidad quedaba bajo sospecha, y hasta el matrimonio era un mal menor, frente al ideal de la castidad perfecta.

Por tanto, cualquier divergencia de lo tolerado era un vicio o un crimen, que se castigaba hasta con la hoguera.

En el siglo XIX, un paso movió las aguas: los divergentes fueron considerados enfermos, dignos por lo menos de atención, respeto y cuidados. En vez de sodomía, se habló de inversión o de homosexualidad. Se distinguió entre los “invertidos” a los homosexuales de los transexuales.

Como patología, sin embargo quedaba abierto el paso a la terapia y al intento de curación incluso autoritaria.

A mediados del siglo XX, se comprendió que la homosexualidad era natural, lo que empezaba a liberarla de la patologización. Pero la transexualidad quedó atrapada dentro de la patología porque nos convenía a las personas transexuales: era la única manera de conseguir la atención médica que tanto necesitábamos.

A fines del siglo XX, hace nada, la Teoría Queer planteó que no existe homosexualidad ni heterosexualidad; las personas tienen prácticas homosexuales, heterosexuales o ambas, y pueden pasar de unas a otras, que son formas variadas de la expresión sexual.

Mientras tanto, descubrimos que la visión tradicional de la sexualidad era binarista (hombres y mujeres, masculinidad y feminidad, todo bien separado) e irreal; ahora emergía el no-binarismo de género e incluso de sexo, con la fuerza de la realidad: no hay sólo masculinidad y feminidad, no hay sólo hombres y mujeres, hay una infinidad de formas intermedias, intergenéricas, intersexuales, y todo es natural.

Se diluyen con estos conceptos los de heterosexualidad y homosexualidad y hasta el de transexualidad.

Todos dejan de ser círculos cerrados y se convierten en prácticas abiertas, dirigidas por el deseo/necesidad y la experimentación.

El deseo profundo no es caprichoso, sino que está movido por profundas estructuras de necesidad. La experimentación puede ser un juego, pero es mucho más cuando responde a esa necesidad. Lo mismo es el deseo/necesidad de tener hijos y criarlos, que el deseo/necesidad de los distintos o de los iguales, o el deseo/necesidad del cambio de género o el de sexo.

Estos dos últimos, el deseo/necesidad transexual, no es sólo de las personas que hoy somos llamadas transexuales, sino de todas las que alguna vez han deseado ser del otro sexo, o de ningún sexo. La necesidad a la que responde es la mejor adaptación mutua entre las personas individuales y el sistema sexogénero.

Éste es siempre humano, conceptual, por lo que la inadaptación se debe a las inadecuaciones del sistema sexogénero a la realidad.

Por eso, el deseo/necesidad transexual instaura un diálogo personal con el sistema sexogénero que se potencia inmensamente cuando alcanza dimensión colectiva, de conciencia literaria (“Orlando”) y especialmente de militancia.

Los resultados personales de este diálogo pueden llegar a formas como la integración plena en los actuales estereotipos de sexogénero (aunque no es estereotípica la adscripción voluntaria a ellos) o la ambigüedad, ya muy generalizada entre muchísimas mujeres-binarias y algunos hombres-binarios; o el cambio de género (el más difícil, público) sin cambio de sexo (íntimo), o el cambio de sexo sin cambio de género (cuando no hay más remedio por las obligaciones laborales o familiares); o creando formas nuevas, como hoy sólo se atreven a hacer las tribus urbanas.

Partiendo del deseo/necesidad, algunas de estas formas necesitan de una ayuda endocrina o quirúrgica para alcanzar el bienestar que el actual sistema sexogénero niega; pero no será por atender a una patología, sino a ese deseo/necesidad profundamente arraigado en la persona, como, en menor medida, en todas las personas.

miércoles, octubre 20, 2010

Empleo en tiempos de desempleo



Una amiga mía se ha colocado porque es más que simpática.

Pero no todas somos tan simpáticas.

Y de todos modos, los prejuicios siguen haciendo que nuestra tasa de paro, como transexuales, siga siendo ¿del 98 %?, en unos momentos en que la tasa general en España es nada menos que del 20 %.

Es inútil llorar.

Ante esto, en vez de pedir que nos "den" empleo, es el momento de que nosotras lo creemos.

Podemos crear por ejemplo una cooperativa.

Las preguntas previas serían:

=Primera. ¿Qué podemos hacer? Para responder, buscar las actividades para las que estemos càpacitadas, que nadie hace en nuestro entorno y que tienen, aun ahora, demanda.

=Segunda. ¿Qué sacrificios requiere? Puede ser que tengamos que estar un año o dos trabajando sin ganar. Pero eso tiene un valor económico: es una inversión que crea capital, que incluso de puede contabilizar como fondo de empresa.

=Tercera. ¿Quiénes pueden ser mis socias, socios o socies? Sobre todo, quienes estén dispuestos a afrontar los sacrificios de los primeros tiempos, que son una excelente prueba.

martes, octubre 19, 2010

Camino transexual (I , II y III)



Publicándose en http://carlaantonelli.com/

Por Kim Pérez




Un niño callado.

Tímido. Torpe para tratar a otros.

Más absorbido por sus lecturas que por la realidad. Leyendo a todas horas. En la mesa, durante las comidas, cuando tiene la suerte de comer solo.

Viviendo en las novelas de aventuras. Protegido de la realidad.

Fracasado y desdeñado al jugar con sus tíos-primos (de su misma edad). Porque es tímido, reflexivo, nada impulsivo, nada activo, nada alegre, nada seguro, nada arrollador.

Sabor áspero en la boca. Ni piensa en sus tías-primas; un paraje inaccesible, desconocido, inexistente. Consuelo: Isolde, en la dulce cotidianidad de su jardín: la tela metálica de sus gallinas, sus patos y sus conejos. Pero en cuanto llega a su casa, se sume en la lectura.

No hay nadie compartiendo su vida. Bueno, sí: en el cortijo, símbolo de la frustración, de la tierra quieta y gris con cercas fijas, la Mode y él haciendo cortijicos de barro, mulicos de bellota. Todo tierno, pero rudo y él no es rudo. Tampoco desea ir con el Nono a tirar piedras en el campo, ni montar en las yeguas y darse una corrida, ni... nada.

Sólo a veces sube solo a los cerros a mirar el horizonte... Las lomas lejanas, azules como joyas, entre las que quizá se vea, desde alguna parte, el llano del mar...

Pero en ese tiempo, tendría como once o doce años. Se puede ir más atrás.

Su padre empezó a enseñarle a leer desde los tres años, con una cartilla muy sosa y fea.

Pero recuerda su primer libro, la figura de un negrito redondito, de colores vivos, y una sola estrofa en cada página, que recuerda perfectamente:

“Está muy triste/ pobre Pepito/ porque no es blanco/ porque es negrito”.

Y luego, en una tina de madera con espuma:

“Se lava el cuerpo/ con afición/ con estropajo/ y con jabón”.

La conclusión:

“Pero no es blanco/ pobre Pepito/ que sigue siendo/ negro, negrito”.

Y una cantinela de entonces, que le enseñó su madre:

“Señor Don José
¡qué gordo está usted!”
“¿Cómo no voy a estar gordo
si vivo muy bien?
Me fumo mi puro,
me tomo mi té
y por eso me llaman
Señor Don José”.

Pero los recuerdos principales de su madre son otros.

Bella. Como una actriz de cine. Así de sencillo la ha visto siempre.

En el piso. Una mañana de sol, en invierno o primavera. Su madre haciendo la cama de su dormitorio. Cantando:

“Cuando yo te digo adiós en la ventana,
pienso en mañana,
y así es mejor...”

O en la casa de los abuelos, con motivo de una fiesta, él tumbado sobre una cama y su madre inclinándose sobre él:

“¡Mi carita de luna!”

Antes de ser tímido, era contemplativo.

Al despertarse, medio entrando la luz de la mañana por la persiana, contemplaba una modesta colgadura que había en la pared, junto a su cama: era como un mantel blanco, bordado en azul, con aves como asirias, algunas con tres patas, y recuadros.

Él empezaba a pedir que vinieran a vestirlo. Llamaba como si fuera un rito, un día y otro:

“¡Levántame!
¡Vísteme!
¡Ábreme la ventana!”

Analizaba lo que decía, aunque parezca imposible que lo haga un niño de cuatro o cinco años. Le sonaba como

“Levanta-me.
Viste-me.
Ábre-me la ventana”.

Era como un juego de palabras. “Me” es lo que dicen las cabras. Entonces, decir “levanta Me” era como decir a una cabra que se levantase. Estaba bien. Pero con “viste Me”, ya no servía el juego. Y menos con “abre Me la ventana”.

Leía tebeos y disfrutaba de las imágenes en las hojas apaisadas, antes de la contraportada en la que venía la lista de los títulos sugestivos, en tinta azul.

“El Guerrero del Antifaz”.
“Roberto Alcázar y Pedrín”.

El Guerrero era guapo y elegante, su casco de metal, su máscara negra, sus facciones finas y macizas. La musculatura, clave para los otros lectores, dibujada incluso bajo la ceñida cota de malla, más bien le disgustaba. Le interesaban los campos, la vegetación, el aire romántico del Guerrero.

Roberto Alcázar, moderno, prosaico, policial, seguro, protector de Pedrín, que peleaba a sus órdenes.

(No le interesaban las peleas, aunque fueran el verdadero tema del tebeo. Le interesaban los personajes y su ambiente, quizá porque se identificaba con ellos)

Una vez, una sola vez, tomó para analizarlo un solo tebeo de su hermana.

Eran más pequeños que los tebeos para niños, y de las protagonistas se realzaban las grandes melenas rizadas.

Se le caía de las manos. Nunca volvió a querer leer otro. La verdad es que a su hermana tampoco le interesaban mucho, porque tampoco vio nunca otro tebeo de niñas en su casa.

Ahora, al pensar en aquello, piensa que si hubiera estado suficientemente aburrido, lo habría leído, como una vez, con más edad, llegó a absorberse en un muestrario de punto de cruz con casitas de tejados colorados, y ovejitas y arbolitos, todo en colores vivos... O la otra vez que tuvo que leer una novela rosa porque no había otra a su alcance...

Y se habría quedado asombrado al comprobar el carácter indeleble de aquellas impresiones en su imaginación.

Más segura era la dualidad de los juguetes. Su hermana tenía una muñeca Gisela, de dos palmos de estatura, absolutamente ininteresante...

A él le regalaban cochecitos (aburridos) o camioncitos (más interesantes) o una canoa que, en teoría, podía navegar por el baño con un mecanismo ¡a reacción! con aceite de la cocina que olía a quemado... y que nunca funcionó.

Pero maravillosa. Más maravilloso, el avioncito con hélice que vio una vez, en un escaparate, y que nunca le compraron. Le recordaba a los aviones de verdad en que volaba su padre.

O las maquetas de un barrio de verdad que hacían en un sótano, junto a su casa, que vio un día por las ventanitas a ras del suelo, que estaban abiertas ese día y que jamás volvieron a abrirse.

= = = =


Los niños.

Alguien de quien hay que huir.

Niños en pandilla “debajo de los árboles”, el bulevar terroso de Madrid.

Peligrosos. Lejanos. Observadores. Amenazantes.

Un momento, una excepción.

Walter era el hijo de unos alemanes refugiados que vivían en el piso de arriba.

Era mayor; tenía por lo menos seis años. Un día tuvo que subir a su casa.

Walter estaba sentado a la mesa de despacho de su padre, alumbrada por la pantalla de un quinqué, y tenía delante de él un libro de cuentos que, al abrirse, ponía en pie desplegables de vivos colores. Algo maravilloso. Y Walter era el dueño de tales prodigios.

Bajó a su casa con un sentimiento confuso que más tarde entendió como el de que Walter fuera su hermano mayor.

Un hermano mayor sabe más que uno mismo y puede enseñarle las maravillas que domina. Un hermano mayor protege al menor de la hostilidad del mundo. Protege.

Aquel niño no encontró jamás, en la realidad, un hermano mayor, a la vez que lo deseó siempre, profundamente.

Lo soñó. ¿No se parecía, muchos años más tarde, a aquel muchacho de ojos profundos que miraba desde un gran sillón en el que estaba cómodamente sentado, junto a una hogareña lámpara de pie?

Aquel muchacho apareció en las fotos de una revista porque había sido un intersexual cuyo sexo masculino emergió de repente haciendo gimnasia o algún movimiento brusco parecido. Había también una foto de cuando creían que era una niña, sonriente e ingenua.

Ahora, lo que atraía de él era su belleza masculina, de mandíbulas cuadradas pero en un contexto suave, en el que la mirada honda expresaba a la vez una melancolía extraña y más sensibilidad que en cualquier otro muchacho.

La preparación de la Primera Comunión. Desagrado profundo, material, cósmico, por los compañeros. Uno, guapo, rubio, alto (para tener siete años) le parecía muy petulante. Lo veía todo por el lado malo: los ojos le eran desagradables. La boca desagradable.

Otro menudo y muy moreno, gracioso, simpático, pero por alguna razón, incorporable al grupo del anterior.

Sólo el último día llegó un niño agradable. ¿Por qué? No lo sabe. Flequillo despeinado. Sencillo. ¿Amistoso?

Ninguno de los niños que le desagradaban le había hecho nada malo. Era mera repulsión, biológica, yo qué sé. Una sensación de incompatibilidad.

Ese mismo mes de octubre entró en un Colegio de niños, ya empezado el curso.

Tenía algunas esperanzas. Otro niño ingresó el mismo día que él y quedó convencido de que eso sería el fundamento de una amistad que duraría toda la vida, pero nada de eso. El otro niño, un tanto avieso, hizo su vida por su lado desde el primer momento.

Entre clase y clase, solos, un rato en que el profesor no estaba, de conversación general. Las luces encendidas. Espacio entre los alumnos. Faltaban todavía muchos. Debían de ser las ocho de la mañana. Percibió la extraordinaria aspereza masculina, en niños de siete años. Conversaciones duras. Seguridad en sí mismos. Hostilidad. Desdén mutuo. Como hombres adultos.

Por tanto, él no era así. ¿Qué pretendía? Amistad, dulzura, ojos amables, afinidad, compartición de lecturas y de gustos y sentimientos.

No hubo nada de eso. Aislamiento profundo. El profesor de la clase era un hombre menudo y algo zafio que ajustaba perfectamente con aquellos alumnos. Descuidado, la sotana mal abrochada en el cuello, bullanguero.

¿Qué puede hacer un niño de siete años cuando se siente en un medio extraño?

Desesperarse. No querer ir a clase. Tener que ser conducido a rastras unos cuantos días, llorando.

El profesor de otra clase que estaba situada justo al lado de la suya era un hombre espiritual y alto. Era todavía joven, pero ya sacerdote. Se dio cuenta del desamparo de aquel niño.

Una mañana, en el sol que daba en la fachada del sur, se le acercó y le preguntó atentamente por qué estaba así.

El niño le explicó lo que pudo. Aquella conversación duró un cuarto de hora, pero para su alma triste, fue como el sol que brillaba alrededor.

Tuvo la impresión de que alguien lo había tomado bajo su protección. Y además, por fin alguien se había interesado por él, le había hecho existir a la vez que le mostraba su propia existencia, había hecho reales la sensibilidad, la delicadeza y los sentimientos que ansiaba.

Pero el animal unicelular y devorador que había abierto las fauces un momento bajo la luz del sol, como para dejarlo salir, volvió a cerrarlas, atrapándolo dentro.

= = = =

Era frecuente que sintiera fobia hacia muchos, no hacia todos los varones, pero sí hacia muchos.

Hasta el punto de pensar más adelante que era algo instintivo, precisamente masculino, de varón contra varón.

Pero no, era por la manera de ser de ¿algunos? ¿muchos? ¿la mayoría? de ellos. Aspereza, prepotencia, indiferencia a quien no fuera como ellos.

Manera de ser que ahora entiende como mala educación. ¿Es posible educar mejor a todo el mundo? Sí.

Cuando ahora repasa sus fracasos sentimentales con ellos, se da cuenta de que esa mala educación era precisamente lo que le agobiaba en los que le repelían.

(La palabra “repelían” es más exacta que “desagradaban”)

Sabía que había otros varones libres de esas taras, y quizás de los más fuertes, que eran a la vez sensibles y delicados de sentimientos, gracias a su buena educación.

Vio una vez, mucho más tarde, una película, “Los 400 golpes”, que le hizo soñar en un muchacho que fuera enérgico y dulce, un poco mayor que él, más experimentado, capaz de guiarle en la vida y también de protegerle con dulzura cuando fuere necesario de los ataques de los otros.

Capaz también de compartir aficiones, de hablar de los mismos libros que a él le fascinaban, de planear y hacer reales las aventuras que él sólo podía soñar.

De ir al mundo para vivirlas juntos.

Un verdadero hermano mayor.

¿Pero dónde estaba ese muchacho, aparte de la pantalla del cine? En su vida no apareció nunca.

Piensa ahora, a menudo, que si lo hubiera conocido de verdad, si estuviera en sus recuerdos, llenándolos de sentimientos y tranquilidad, si su hermano mayor le hubiera acompañado desde los siete, los ocho o los nueve años, si cuando pensar en su niñez y su adolescencia fuera pensar en él con alegría y con amor, su vida habría sido muy diferente.

Hubiera aprendido quizá a ser varón, porque habría sido ser como él. Todo habría sido parte de esa felicidad. Recuerdos en el campo, en los sembrados vallados y luminosos bajo el sol de la tarde...

Recuerdos en el mar, bajo las galernas...

Muchas veces habría ansiado fundirse en un abrazo con él... Entre el agua espolvoreada por el viento sobre los dos ¿Homosexualidad? Quizá, a veces, en el ardor de la juventud en el que todo se superpone... Pero no, no era un sentimiento sexual, esas sorpresas indecibles y cosquilleantes que le atacan de pronto, inexplicablemente, al ver los blandos pechos de una mujer...

Amor se llama la palabra de lo que sentiría por él, pero amor de amistad, amor de las almas. Una palabra que no existe en castellano y que haría falta encontrar...

Ansia de compañía, necesidad, alegría... habría que meter todo eso en una palabra.

Pero lo ha descubierto ahora, de mayor, viendo el hueco que se quedó en su vida.

Bueno; lo sintió también entonces, leyendo una novela, porque al fin y al cabo las únicas realidades que contaban en aquellos años eran las novelas.

En aquélla se narraban las aventuras de los guardiamarinas ingleses que tripulaban una goleta en una navegación por los Mares del Sur.

“¡Guardiamarinas! ¡Qué palabra tan hermosa! Eran ingleses, del siglo XIX, perfectamente educados, idealistas, nobles en sus sentimientos y sus actos.

“Estaban uniformados de blanco inmaculado. Algo que supera todo lo que puedo sentir yo. Sus ropas tan blancas como sus conciencias, su sentido del deber y su cumplimiento.

“Delante del mar azul. Bajo el sol claro.

“Pensando en que yo podría haber estado entre ellos pero no estaba, me eché a llorar amargamente leyendo esta novela. Era una forma de la vida humana, verdaderamente humana, que existía pero que me había sido negada.

“¡La elevación de la vida! ¡La dignidad humana! ¡La nobleza de la educación, porque aquellos guardiamarinas estaban aprendiendo a ser oficiales!

“La grisura de mi vida real era un amargo contraste con aquella imaginación.”

Olvidaba hablar de algunos aspectos particularmente zafios del colegio de niños en el que el muchachillo estudiaba.

Quizá sea éste el momento, al lado del relato de la novela de los guardiamarinas, para que se pueda comprender con más fuerza lo que rechazaba.

En aquel colegio de niños, las letrinas y urinarios estaban dispuestos con total familiaridad y naturalidad entre las clases.

Había dos. Unas, en el patio, al lado mismo de donde se jugaba, al aire libre, había una fila de urinarios y detrás de retretes de ponerse en cuclillas.

En las letrinas del patio, lo más asombroso eran las filas de niños amontonados, en el recreo, para hacer pis. Pero no eran lo peor.

Lo peor eran las letrinas de dentro, las que estaban en uno de los pasillos del claustro, con las puertas abiertas al corredor, dimanando un olor profundo y repugnante.

¡Y las cocinas estaban cerca, cuarteleras, hediendo de manera todavía más terrible y repulsiva aunque no parezca posible!

La familiaridad con el cuerpo masculino que representaban las letrinas, casi a la vista, se convertía en una señal que acompañaba a la rudeza de la vida masculina, que debía sobrevivir superando escenas feas y malos olores. Quizá para un hombre consciente de esa condición fueran sólo un círculo del purgatorio que había que ignorar y sobrepasar.

Para un muchachillo tierno eran casi un salón de los infiernos.

No le era fácil aprender a ser hombre.

Hasta aquí no sucedía nada de extraordinario (pero sucedería)

Si repartimos a los varones en tres grandes sectores, según el nivel de los andrógenos que hayan configurado su cerebro durante la gestación y condicionen así su conducta, podemos percibir las categorías de los hiperandrogénicos, mesoandrogénicos e hipoandrogénicos.

Los hipoandrogénicos son hombres tranquilos, meditativos, poco deportivos, sensibles... Nada fuera de lo corriente. Si sólo fuera por eso, este muchachillo entraría con naturalidad en este tercio.

También, dentro de las diversas tipologías que proponen los psicólogos, entraría dentro del tipo sentimental, o del leptosomático (cuerpos largos), o del cerebrotónico.

Habría soñado mucho, habría hecho poco. Habría elegido finalmente vocaciones contemplativas: la investigación; la enseñanza; la literatura; la pintura.

Habría sentido siempre sus propios sentimientos con toda su atención puesta en ellos. Habría sido melancólico y nostálgico y se habría complacido en ello. Habría sido propenso a transformar su respeto por algunos varones nada menos que en homosexualidad. Sabría que su cuerpo largo y delgado, sus manos largas, sus dedos largos hacían de él una persona ambigua.

La habría afirmado dejándose el cabello largo, si lo hubiera mantenido. Un romántico. Un Chopin.

Pero quizá habría sabido siempre que estaba dentro de ese tercer tercio de los varones ambiguos y civilizados y no habría pretendido salir de él.

Si finalmente salió, es que hubo algún elemento que no era visible con esos años y se hizo visible después.



(Continúa publicándose el capítulo IV en http://carlaantonelli.com/)

Binarismo y no-binarismo

Cuando éramos binaristas

creíamos

que sólo había y debía haber hombres y mujeres,

lo masculino y lo femenino,

el amor de los hombres por las mujeres

y de las mujeres por los hombres

y que todo lo demás era enfermedad o vicio.

pero ahora que somos no-binaristas

sabemos

que hay hombres y mujeres y más,

lo masculino, lo femenino, lo ambiguo,

el amor con frecuencias pero sin reglas,

la paz de la libertad.

viernes, octubre 15, 2010

viernes, octubre 08, 2010

¿Soy una persona religiosa?




¿Soy yo una persona religiosa?

Normalmente, no. Me fascina mucho la vida de tejas abajo.

Hasta que me figuro que me estoy muriendo, y que ya no tengo nada que hacer aquí abajo.

(Excepto preocuparme por la suerte de las personas a quienes quiero)

Entonces, al mirar adelante, no quedará delante de mí nada más que el misterio.

Que me figuro, no en los términos usuales, sino en los del Dios que está dentro de mí: el deseo de una Belleza Absoluta, de una Pureza Absoluta, de un Amor Absoluto...

Narrativas transexuales




He comenzado a publicar en CarlaAntonelli.com una nueva serie de comentarios que se llama "Camino Transexual".

Aunque los primeros tienen aspecto autobiográfico, van poco a poco entrando en una reflexión sobre mi experiencia transexual.

Las experiencias transexuales son tan variadas, que es muy difícil hacer una "teoría general de la transexualidad".

Por eso, el método adecuado para entendernos puede ser que escribamos estas narrativas, detalladas y repensadas.

Al verlas juntas, podremos ver los parecidos y las diferencias de unas con otras.

¡Animaos! ¡Y contadlo!

martes, septiembre 28, 2010

Razones para el cambio de sexo sin cambio social.



Yo desde luego hubiera sido una de estas personas muy fácilmente.

Hubiera sido bastante que mi trabajo fuera por cuenta ajena, en vez de ser socia cooperativista.

¿Hacer el cambio social, que es el más difícil, teniendo una hipoteca y otra persona a mi cargo?

Imposible. Entonces me hubiera conformado con el cambio de sexo, sabiéndolo sólo yo.

Pero, tal como están las cosas en nuestra Seguridad Social, no me lo hubiera pagado, y habría tenido que pagarlo por mi cuenta.

¿Y si no hubiera tenido ese dinero? ¿Mi equilibrio, mi bienestar, mi paz, lo que nos da la operación y lo sabemos, pendiente de mi falta de dinero?

Por eso les digo a los psicólogos de las unidades, puesto que ellos mismos son los primeros que pueden avisar de esta situación, que revisen los protocolos.


Ambigüedad o ninis




A veces lo más sencillo es lo más difícil.

Para mí, lo más sencillo es saber que no soy hombre ni mujer.

Y supongo que para otros miles de personas.

Lo sabemos por dentro, al recordar nuestra historia.

Pero lo más difícil es mantenerlo fuera, incluso acordarse cuando estamos en sociedad, situarse en lo que somos.

Porque nuestra cultura no entiende más que de hombres y mujeres.

Y no sabe ni ver lo que ve, como lo saben otras, cuando somos ninis, a nuestra manera!

lunes, septiembre 27, 2010

Cambio de sexo sin cambio social




Hay personas transexuales que se conforman con el cambio de sexo, sin el cambio social.

Sabiéndolo sólo ellas, pueden ser felices.

Un secreto íntimo, maravilloso.

La razón puede ser que no quieren el cambio de género o que no pueden, porque se lo impiden sus responsabilidades familiares o laborales.

Pero hay un hueco legal en España para ellas:

si quieren operarse por la Seguridad Social, necesitan ir a una Unidad, y en éstas se entiende que, para operarse, es preciso pasar por el "Test de la Vida Real".

¡Como si fuera lo más fácil! ¡Cuando es lo más difícil o para ellas, imposible!

¡Tienen derecho a salvar sus familias o sus trabajos (éstos, en esta época de paro masivo)!

¡Psicólogos, haced el favor de revisar vuestros protocolos!

Bienestar



Las personas transexuales estamos más que acostumbradas a pensar y observarnos.

No es fácil descubrir que eres transexual!

Después de la transición, solemos encontrarnos mejor, con mayor bienestar y tranquilidad.

Que esto nos sea suficiente! No seamos tiquismiquis!

Bendito sea haber encontrado una mayor paz!

Las reclamaciones, al maestro armero.

domingo, septiembre 26, 2010




¡Espera un poco, Kim!

Está bien que pienses en ideas tan abstractas.

¿Pero no sabes pensar en cosas más prácticas?

¡Estamos un montón de personas trans que necesitamos respuestas!

¡Tú puedes intentar hablar!

¡Mucho te lo agradeceremos!

Aunque no digas más que tonterías, pero por lo menos lo habrás intentado!

¡Venga!


jueves, septiembre 23, 2010

Filosofía transexual



Por Kim Pérez


Publicado en CarlaAntonelli.com el 13 de septiembre de 2010



Me pregunté la otra noche si yo había hecho algo que creyera verdaderamente importante, y me contesté que sí.

Me refería a estas ideas, que he escrito de nuevo y que caben en una página,

¿Tienen algo que ver con la transexualidad? Parece que no, pero sí, por lo menos con mi transexualidad y puede ser que con algunas otras.

Partí, desde los diez años, con el descubrimiento de que yo era yo. Ése nunca me ha abandonado: la sensación de que todo pasa por mi juicio, por mi aceptación o rechazo, por mi voluntad.

Esta filosofía es distinta de todo lo que ponga fuera de mí el fundamento de mi vida, sea la sociedad, sea un Dios externo, fuera de mí; y éste es el fundamento de mi transexualidad.



Yo soy yo.

Traducción:

Yo que pienso soy yo que estoy aquí. (Yo soy este cuerpo: miro mi mano)

(No es: yo sujeto del pensamiento soy yo, objeto del pensamiento; no es pensamiento sólo; es la realidad)

Yo: nombre propio que designa mi propia realidad. Inequívoco. No es un pronombre que valga para todos. Vale para mí. Debería sustituirlo siempre por Yo-Kim.

Unicidad de Yo-Kim: existo desde Junio 1940. No existo antes. Sólo Yo-Kim soy Yo-Kim. Cuando deje de existir, nadie podrá decir esta frase. Realidad única, en la inmensidad de las realidades. Valiosísima por ser única. El No-Yo-Kim seguirá existiendo por su lado, pero esta luz se habrá apagado.

(Sustituye en este párrafo mi nombre por el tuyo para saber lo que quiero decir)

En mi intimidad es suficiente con decir Yo soy yo o Yo estoy aquí, pues no hay más yo que yo.

Interioridad de Yo: Lo que yo veo no se puede ver desde fuera de mí. Yo soy un vértice que no existe en la inteligencia artificial, en el razonamiento maquinal.

Ésta es mi mano, la izquierda, la derecha, éste es mi cuerpo, éstos son mis genitales. Me miro en el espejo: ésta es mi cara. Sorpresa: todo eso me gusta o no.

Derecho natural

Publicado en CarlaAntonelli.com el 21 de septiembre de 2010

En el anterior comentario expuse el fundamento de la vida humana, incluso de la transexualidad, que es la conciencia de sí.

En éste voy a exponer cómo el Derecho Natural ampara la verdadera orientación o la verdadera identidad sexual de cada persona.

El Universo tiene una estructura matemática (Galileo, Newton, Einstein, Planck)

Luego la materia está organizada conforme a algo pensable (es natural, porque el pensamiento humano nace de la materia y reproduce sus estructuras)

Las Matemáticas están vacías, no contienen ninguna afirmación fuera de ellas. Son sólo un sistema de razones y relaciones. Son una sintaxis.

Lo que estructura el Universo es una sintaxis inmóvil y que parece no tener sentido (sentido como dirección) porque no se mueve.

Su forma es la del álgebra; algo más otro algo es igual a algo distinto. En esta fórmula, lo matemático son sólo las palabras “más” y “es igual”, debidamente ordenadas.

Pero esta estructura, propia del Universo, está por encima de la voluntad humana. Nos guste o no nos guste, tenemos que acatar la Lógica que es la Matemática.

Es una ley natural independiente en su origen de nosotros pero que está sobre nosotros. Incluso para contradecir la Lógica tendríamos que usar la Lógica.

¿Una ley natural gobierna nuestras vidas? ¿Es tan natural que de hecho todos la sabemos intuitivamente, sin necesidad de que nadie nos la explique?

Sí; esta ley natural nos lleva a lo que es bueno o es malo, porque podemos elegir entre hacer lo que sea lógico o no hacerlo.

Los humanos tenemos la experiencia de ser libres, porque tenemos que tomar decisiones. Nuestra libertad le da sentido o dirección a la ley natural porque la convierte en lo bueno o lo malo.

Primero. Es bueno lo lógico.

Segundo. Es malo lo absurdo.

Todos lo sentimos. Pero es difícil definir lo lógico y lo absurdo.

Requiere concreción:

Primero. Es bueno lo que ayuda a la vida humana.

Segundo. Es malo lo que daña la vida humana.

Ya tenemos con esto una multitud de hechos que se pueden definir como buenos o como malos.

Las necesidades y posibilidades básicas:

Viviendo libremente, como humanos, alimentarse, abrigarse, comunicarse, aprender y desarrollarse, es lo bueno.

Lo que impide o dificulta algo de esto es lo malo.

Comprobación:

Para saber si ésta es una ley natural, “grabada en el corazón de todos los hombres”, piénsese si los padres y madres de cualquier lugar del mundo piensan así o no respecto a sus hijos.

En un nivel superior de abstracción, es bueno lo que supera la maldad que estorba la vida: liberarse de la opresión, curar un daño...

También todos los hombres, incluso los malvados, saben que la realidad es ésta.

Es precisa una abstracción mayor cuando la opresión no es evidente; pero la norma a aplicar es de derecho natural cuando deriva de los principios anteriores: aquí se sitúa la liberación de homosexuales y transexuales.

No dañamos a otros (principio que excluye el mal)

¿Nos dañamos a nosotros mismos, al no procrear u operarnos?

No, si se tiene en cuenta que la vida humana es un equilibrio dirigido por la conciencia, a la que corresponde la primacía. Nuestra orientación o nuestra identidad son hechos de conciencia a los que les corresponde la primacía en nuestro equilibrio.

De la conformidad con el derecho natural, anterior a nuestra voluntad, depende la legitimidad de las leyes que establecemos voluntariamente los hombres. Por tanto, nuestra Ley de Identidad de Género será imperfecta, pero es legítima.

¿Es legítima, conforme a la ley natural, la Ley del Matrimonio Homosexual?

Aplicándole el mismo criterio, resulta:

No daña a nadie.

Beneficia a quienes desean contraerlo.

Luego es legítima.

La búsqueda de la propia orientación o la propia identidad descubre que están llenas de matices. Sólo cada cual puede llegar a conocerlas con precisión, libres de los estereotipos que se plantean desde fuera.

El derecho natural manda respetar la verdad, que es la correspondencia entre lo que es, lo que pienso y lo que hago.

En otro caso, me encontraría en el error, que me hace daño a mí y a los demás.

Por tanto, es de derecho natural que yo deba buscar mi verdad personal en cuanto a mi orientación o mi identidad, y que una vez encontrada, ésta deba ser respetada por las demás personas.

lunes, septiembre 13, 2010

SS + IVA

Por Kim Pérez


Publicado en CarlaAntonelli.com el 5 de septiembre de 2010


No todas; lo diré en honor de muchas buenas amigas; pero un sector de feministas ha caído en lo más primitivo que suelen caer algunas mujeres: un nuevo puritanismo, una beatería, una gazmoñería, una sexofobia de la que están siendo víctimas numerosos mujeres biológicas y transexuales: las que realizan el trabajo sexual.

Las palabras que he empleado muestran cuál puede ser la opinión general, el juicio de nuestra cultura de fondo sobre esas posiciones: puritanas, beatas, gazmoñas. Las pongo aquí y las repito para situarme en el terreno de la realidad y esperar que haya quien lo pueda ver y hasta quien se arrepienta de tanta exageración.

Es preciso decir, enseguida, que no son todas las feministas, no lo son, las que están involucradas en esta cursilería dañina.

En España, están libres de ella mujeres como Cristina Garaizábal, que hace tiempo que viene trabajando por los intereses de las prostitutas en la asociación Hetaira, incluyendo a las prostitutas transexuales.

No sé, de un sector y otro, cuáles serán las mayoritarias; pero sí puedo decir que las puritanas son las que están en el poder en este momento, bajo el calificativo de “abolicionistas”. Y sus aliados son inquietantes: las patrullas de vecinos.

Hago una llamada al sentido común. ¿Se puede abolir la prostitución? O dicho de otra manera, ¿se puede abolir el sexo?

El sexo en el que se integran parejas felices e individuos más o menos ansiosos de sexo, que tienen que pagarlo porque si no, no lo tendrían, así de sencillo. Supongamos que, con la más antigua y la más represiva de las mentalidades, se decreta que esta segunda forma de sexo es ilegal. Habrá multas, ¿pero se impedirá? ¿O simplemente se lo hará clandestino, añadiéndole toneladas de marginalidad?

Los puritanos de América ya consiguieron un éxito histórico, ante un deseo un poco menos fuerte que el sexual: el del alcohol.

Promulgaron una Ley Seca, una ley abolicionista del alcohol, y supongo que creyeron haber triunfado. Pero lo que consiguieron fue la creación de garitos con mirilla y contraseña, el desarrollo de un negocio clandestino del alcohol, el alimento para los gangs y los gángsteres, que lo vieron llegar como un maná.

A los pocos años, fue la Ley Seca la abolida.

¿Hay dudas de que si en España se ponen leyes contra la prostitución, se impide su publicidad legal, se la expulsa hacia los polígonos más invisibles, se llega a multar a las prostitutas o a los usuarios, etcétera, se están alimentando esas mafias clandestinas, endureciendo a esos proxenetas, dificultando la vida personal de las propias prostitutas, su normalidad, su buena integración social, sus amistades, su capacidad de regular sus propias vidas racionalmente?

El pretexto que se aduce para ilegalizar la prostitución es que es un ataque contra la dignidad y la libertad de la mujer.

Respecto a lo primero, dejen que cada cual defina su dignidad, y sus razones, y ustedes no se pongan a definir dignidades ajenas, porque puede ser que sus razones no sean las mismas que las de cada prostituta.

Respecto a lo segundo, alegan la existencia de un proxenetismo y unas mafias de proxenetas. Pero es como si, para imponer una ley seca, se alegara el alcoholismo. Prostitución y proxenetismo son dos realidades distintas, lo mismo que alcohol y alcoholismo. El proxenetismo y el alcoholismo son dos peligros relacionados con la prostitución y el alcohol, pero es perfectamente posible y frecuente ser prostituta y no caer en manos de proxenetas, o beberse unas cañas y no caer en el alcoholismo.

El proxenetismo, la trata de mujeres, deben ser ilegales, penalizadas, castigadas. Eso es lo que ataca la libertad de las mujeres; y ya está castigado por nuestra ley.

Pero algo falta; algo hace que en nuestra sociedad la prostitución siga siendo una realidad precaria y marginal, primitiva.

Hoy por hoy es libre, pero el trabajo sexual sigue haciéndose en condiciones distintas a las de otros trabajos, que favorecen que el Estado se desentienda o sólo haga caso a las represoras.

¿Cuál es la solución? La legalización definitiva y valiente de la prostitución.

La fórmula de esta legalización es muy simple: SS + IVA.

Para explicarla también sencillamente: todos los derechos de la seguridad social, en un régimen comparable al de los autónomos, gracias a haber pagado los impuestos correspondientes.

Y vigilancia contra el proxenetismo

Llamémoslo "Experiencia de la Vida Real"


Por Kim Pérez


Publicado en CarlaAntonelli.com el 23 de agosto de 2010




Pasar a la vida social como mujer es lo más difícil para una mujer transexual. Mucho más difícil que la cirugía.

Por eso, la “experiencia de la vida real” o EVR, como se la llama en las Unidades de “Trastornos” de Identidad de Género es la más difícil de las pruebas que hay que pasar, no la más sencilla, no la más elemental.

La más difícil. Mucho más que la cirugía, porque ésta al fin y al cabo es en la práctica un trámite privado que transcurre entre la usuaria (voy a hablar de las trans) y un reducido equipo, especializado y familiarizado con la cuestión, que te va a cuidar y ayudar.

La experiencia de la vida real es el gran salto social.

El salto desde un trampolín a la piscina, confiando en que tenga agua. Pasar de ser considerada como un varón, por todos, a esperar que te consideren mujer, y que te consideren todos.

No se puede minimizar la dificultad de ese tránsito. Hace falta ser trans y haberlo pasado para saberlo. Señores y señoras psicólogos de las U “T” IG, ustedes no pueden saberlo, sólo por no ser trans, por no haberlo pasado personalmente.

Los psicólogos no pueden ser jueces de los angustiosos esfuerzos de las trans para darlo, sin haber salido a la calle con nosotras, ni decidir que es una prueba “sine que non” para seguir adelante.

Mucho menos para obligar a que se dé al principio de todo, cuando muchas veces debería ser al final, cuando puede ser que la mujer trans no se haya depilado la cara, ni haya eliminado hábitos de gestos o modales masculinos, de cuando el objetivo era el contrario, que no se me note lo que soy.

Muchas personas trans somos tímidas, y tenemos que seguir un lento proceso interior de representación mental de lo que vamos a hacer, prepararnos, decidirnos, arrojarnos a la piscina, a la una, a las dos, a las dos y media, a las tres menos cuarto...

Y además vivimos en una época en la que existe la ropa unisex!

Muchas mujeres biológicas visten indistinguiblemente de los varones, pantalones, jerseys, camisetas, pelo rapado... ¿Por qué nosotras deberíamos vestir como las mujeres más conservadoras?

Los psicólogos han estudiado Psicología, pero no asesoramiento de imagen. No están capacitados -¿lo está alguien?; pero desde luego, ellos no- para dictaminar sobre la estética del vestido; no pueden condicionar nuestra vida, tomar sus decisiones pretendidamente soberanas sobre nuestra vida, sobre la base de que a ellos les parezca suficientemente femenino o no nuestro estilo.

Una amiga había elegido, y le va muy bien, el estilo “pin up”, provocativo, seductor. Coletas casi de niña, labios muy pintados, pantaloncitos cortos que dejan ver sus espléndidos muslos...

Pues bien, el estilo paternalista inducido por los actuales protocolos llevó a una médica de una U “T” IG a permitirse regañarle sobre su forma de vestir.

¿Con qué paciente haría otro tanto?

Pero mi amiga, rápida de lengua, le respondió lo de “creía que usted era una médica, no una asesora de imagen”.

Lo que podría tener gracia, si nuestro destino en algo tan fundamental no estuviera comprometido por esas extralimitaciones profesionales.

Hay unas trans que tienen la inmensa suerte de parecer lo que son. Una amiguilla mía, muy joven, es modelo de pasarela y desfila, guapísima, entre una fila de chicas guapísimas, literalmente igual que ellas; el mismo tipo de cara, de maquillaje, de silueta, de manera de andar, de estatura...

Las demás tenemos que arreglarnos como podemos y darnos por contentas si, a veces, medio pasamos.

A mí, a veces, algunas personas (una gitana en la Alhambra, vendiendo romero, una chica en el Corte Inglés) se me han dirigido como si fuera una guiri, por lo grandota (1’87, talla de baloncestista femenina)

Eso son mis trofeos, mis memorias de guerra. La voz suele terminar de fastidiarlo. Pero en fin, estoy acostumbrada.

¿Puede ser lo primero, requisito ineludible, dar el salto social?

¿Puede medirse lo que significa arriesgar la subsistencia de la propia familia?

¿O la del puesto de trabajo?

¿Se puede minimizar todo eso, con un pretexto como “quien algo quiere, algo le cuesta”, pero condicionando el llamado “diagnóstico” a que se sigan las instrucciones del psicólogo?

¿O ignorar que, “hecha la ley, hecha la trampa”, y que la propia usuaria trans, desesperada, puede vestirse convencionalmente de mujer para ir a la U “T” IG, incluso en casa de una amiga, y desvestirse en cuanto termina la sesión?

¡A dónde conduce un indebido autoritarismo psicológico, los protocolos en régimen de autorización actualmente vigentes!

¿Se puede forzar a una persona a que, sin que ella misma estudie “su” terreno y tome “sus” decisiones, se arriesgue, por no haber podido practicar suficientemente con su imagen, a pasar de ser una persona respetable a ser un pimpampúm de risas y comentarios por llevar una ropa inadecuada?

Yo siempre acabo hablando de mí, pero es que tuve a mi manera mi propia experiencia de la vida real; tuve que estudiar por mí misma, literalmente, hasta donde podía llegar y hasta dónde no. Y pasé una época de pimpampúm. Me asombro, y no me río, porque me duele, al ver algunas fotos.

Tenía que salvar mi trabajo como profesora cincuentona, el respeto de mis alumnos.

Estuve durante quizá un año vistiendo de chándal, lo más unisex que se me ocurrió, completándolo con algo de maquillaje, un collarito, alguna cosilla. Creyendo que iba bien: no iba bien.

Pregunto: ¿Habría eso sido considerado suficiente por una U “T” IG, seis años antes de que, por mi acción, se fundara la primera U “T” IG?

Por mi estatura, por mi voz, me parecía imposible dar un paso más. ¡Me costaba un mundo! Sufría comentarios de la gente a mi paso, en voz alta, unos con burla, otros con compasión.

¡Aguantaba sólo por el ansia de cambiar! Pero pude, poco a poco, muy poco a poco, encontrar un estilo discreto, el mío, que me iba bien y ante el que la gente parecía no reaccionar.

Era y es muy sutil; colores; líneas; estilos; todo experimentado muy poco a poco, mirando a quienes me miraban, ideando, cambiando. Un auténtico estilismo, muy femenino por cierto, muy paciente.

Fue un año después de haberme operado cuando me decidí a usar falda, en octubre de 1996, al volver a clase.

¿Podría eso sustituirse por un "ya", "a la orden" del psicólogo, lanzarse al agua de golpe, porque es la condición para seguir, para complacer sus requerimientos personales, sus gustos estéticos, y arriesgando incluso que parezcan un fracaso en la "prueba de la vida real" todos los estropicios y las angustias que una tenga que soportar, ya, por complacer al psicólogo?

Y, como fondo, en todas las preocupaciones de mi transición, había un dato a mi favor que no tiene que ver con mi condición de mujer transexual: que mi puesto de trabajo era mío, dato importantísimo para justificar mi seguridad.

¿Y si no lo hubiera sido? Simplemente, con una hipoteca y mi anciana madre a mi cargo, no hubiera podido.

Mi transexualidad hubiera sido exactamente la misma, pero si yo hubiera trabajado por ejemplo en un colegio privado, no hubiera podido ponerme falda, ni pasar de los chándales.

Y ahora, lo mismo. No se puede minusvalorar el miedo al paro, ni decretar que sea señal de que no se es “una verdadera transexual”.

Para este estado de cosas tan lamentable están contadas las horas, desde que el Gobierno ha decidido sumarse al movimiento de despatologización de la transexualidad, de autonomía transexual, se puede llamar.

Pero las guerras no acaban con la intención de firmar la paz, sino hasta que no se pega el último tiro.

Mientras, seguirá habiendo en España y en otros países personas amenazadas por este tiroteo.

Por eso escribo estas líneas, para los psicólogos de las U “T” IG que tengan conciencia. ¡Disparen ustedes alto, al aire, no al cuerpo, por favor! ¡La guerra ya está decidida!

Déjennos que las trans vivamos tranquilamente y sean nuestros consejeros, no nuestros jueces tan temidos.

Sexuación



Por Kim Pérez


Publicado en CarlaAntonelli.com el 16 de agosto de 2010


Este estudio de la sexuación humana es biologicista. Es verdad que existen otras dimensiones de la misma que son sociologistas o culturalistas o psicologistas, pero hay un orden en todo ello en que lo primero es la biología y los segundo lo social o cultural o mental, esto ya no sé decir en qué orden. Por encima de lo que querríamos que fuera, pero no es, la biología es bioquímica y la química ya sabemos el poder que tiene sobre nuestra vida: una simple pastilla nos mata o nos revive, nos hace delirar o nos estabiliza.

Los humanos, como lo mamíferos, empezamos nuestra existencia manifestando una anatomía muy uniforme, en la que aparecen estructuras comunes a todos como un órgano clitorideo y unas glándulas mamarias, sólo diferenciada por la existencia de grupos cromosómicos XX, XY u otros.

La presencia de uno o varios cromosomas Y determina un flujo de andrógenos que masculiniza al ser en formación, desarrollando el órgano clitorideo hasta convertirlo en pene, dejando las glándulas mamarias en su estado germinal y configurando el cerebro de una manera diferenciada que generará una conducta y una sexualidad igualmente diferenciadas..

Este flujo no tiene valores exactamente prefijados, sino que tiende a unos valores medios que pueden ser individualmente menores o mayores, hecho que puede ser denominado hipo- o hiperandrogenia XY.

También las personas XX experimentan flujos de andrógenos, procedentes de las cápsulas suprarrenales que, en una escala distinta a la de las personas XY, pueden ser también menores o mayores, en una hipo- o hiperandrogenia XX que, en sus valores más altos, puede alcanzar los niveles bajos de las personas XY.

Por tanto, los resultados del flujo de andrógenos en la gestación generan lo que en términos matemáticos se llama un conjunto difuso caracterizado porque sus elementos (cada uno de nosotros) se identifican por un “más o menos” de la propiedad que lo forma (en este caso, la androgenización) y no como un “sí o no”, con el que se forman otros conjuntos que son cerrados, no difusos.

No es el único conjunto difuso en que nos agrupamos los seres humanos; otro puede ser el de la estatura; o el de la fuerza física; o el de la inteligencia; o el de la belleza; o el de la generosidad; todos ellos caracterizados por ese “más o menos” de lo difuso, que estadísticamente da lugar a medias, medianas y modas. Precisaré también que “más o menos” no es “mejor o peor”, sino más o menos de una cualidad determinada, que puede ser “menos o más” de otra.

El conjunto difuso de la androgenización genera dos modas que son las personas con niveles más bajos y las personas con niveles más altos en andrógenos, llamadas en el lenguaje común “mujeres” y “varones”, que pueden interactuar en la reproducción sexuada.

¿Hay por tanto mujeres y hombres? Es evidente. ¿Puede haber mujeres y hombres que lo seamos desde dentro, independientemente de nuestra apariencia? Sabemos que sí. ¿Puede haber personas que no se identifiquen ni con los hombres ni con las mujeres? También, porque estas mismas personas lo dicen y sabrán por qué. Voy a explicar todo esto.

Recuérdese que, dentro de la gama de valores numéricos que constituye ese binario, existen en los dos casos hipo- e hiperandrogenias relativas, de modo que mujeres y varones no tienen valores de andrógenos homogéneos, sino caracterizados por el “más o menos” difuso.

Como la androgenización actúa sobre la configuración del órgano clitorideo, la distinción de las gónadas, el desarrollo de las mamas y la forma del cerebro, las diferencias del flujo de andrógenos pueden generar distintos grados de diferenciación sexual, todo ellos derivados del “más o menos” androgénico.

Todos corresponden por tanto a una intersexualidad difusa, un “más o menos” que los separa del binario mayoritario y también difuso. Esta intersexualidad puede manifestarse en particular en la intersexualidad fenotípica o perceptible a simple vista (a la que hasta ahora se ha reservado este nombre) y en otras que requieren estudios anatómicos más profundos. Muchas veces la intersexualidad se puede definir como desarrollos segmentados de ciertos órganos, masculinizados unos y no masculinizados otros.

Esta diferenciación sectorial puede darse también en el cerebro, cuya masculinización o no masculinización puede ser independiente de la del resto del cuerpo, puesto que ésta sobreviene en un flujo que tiene lugar hacia la cuarta semana de vida, mientras que la del cerebro se produce mediante un flujo especial hacia la octava, flujos que se dan todos dentro del más o menos de lo difuso.

La no-masculinización o la masculinización del cerebro, o sus rasgos intermedios, tienen máxima importancia puesto que de ella depende el concepto de nosotros mismos o identidad y nuestra conducta sexuada, muy en particular la sexualidad o conducta relacionada con la unión sexual misma.

Puede verse que las transexualidades, en sus distintas manifestaciones (transgenitalidad, transgenericidad, transvestismo) son hechos de identidad o autoentendimiento derivados de una diferenciación sectorial del cerebro, lo mismo que algunas homosexualidades, la feminizante XY o la masculinizante XX.

La importancia de los hechos sexuados cerebrales es que son los más específicamente humanos puesto que constituyen nuestra consciencia. Lo mismo que yo me veo existir como persona pero no tengo consciencia directa del funcionamiento de mis órganos por separado, se puede decir que tengo una consciencia de mi sexo cerebral diferenciada y más fuerte, intensa e íntima que la del funcionamiento de los órganos genitales, que pueden llegar a ser entendidos como ajenos. Así puedo decir legítimamente que soy mujer o soy hombre o soy ambiguo independientemente de lo que el resto –pero sólo el resto- de mi cuerpo afirme.

Lo mismo que no se puede apreciar que sea “malo o bueno” ser hombre o mujer, tampoco estas diferencias son “sanas o enfermas”, en cuanto que la persona que las experimenta puede vivir establemente e incluso reproducirse.

Se puede observar que las diferencias de “más o menos” en la sexuación corresponden todas a la variabilidad natural, presente incluso dentro del binario mayoritario, y que puede extenderse hasta fuera del binario. Muchas veces, se puede observar que estas diferencias son claramente útiles para la especie: mientras que la hiperandrogenia XY es útil a efectos de defensa física –agresividad, fortaleza-, los valores intermedios o la hipoandrogenia XY son más útiles para el desarrollo de la abstracción. Mientras la hipoandrogenia XX favorece el cuidado de los niños –maternalidad-, la hiperandrogenia XX desarrolla también la asertividad y la abstracción.

miércoles, mayo 05, 2010

Un nuevo feminismo, una nueva transexualidad



Publicado en el Diario Digital Transexual, http://CarlaAntonelli.com y republicado en los periódicos digitales Diagonal y Rebelión


El no-binarismo, cuya consecuencia es transformar los sistemas cerrados de sexogénero en conjuntos difusos, está teniendo una serie de efectos en todos los conjuntos identitarios y en sus políticas.

En el feminismo, ha transformado lo que ya se llama “feminismo clásico” en un “transfeminismo”, todavía incipiente, pero que manifiesta señales de representar el futuro.

En él, alentado también por la teoría de la decolonización, el feminismo supera cualquier riesgo de limitarse a ser un simple corporativismo o sindicalismo de las mujeres, que tutele sus intereses inmediatos en competencia con otros, para volver a su pleno entendimiento como liberacionismo de género, protagonizado por mujeres (difusas) y por cualquier otra persona con planteamientos afines.

Así se supera históricamente la paradoja de que, cautivado por el binarismo generalizado, el feminismo, el primero de los movimientos de liberación de género, haya caído hace ya tiempo en un binarismo radical, concebido biologistamente como lucha de “mujeres” contra “hombres”, o de “todas las mujeres” contra “todos los hombres”.

De hecho, apenas tomó fuerza el feminismo, y a imagen suya, surgió otro liberacionismo de género, el de los gays, que resultaban ser hombres que sufrían la opresión de otros hombres, en términos mucho más violentos e incluso letales que la que sufrían las mujeres. Esto visuabilizaba que la opresión de género no era sólo de los hombres contra las mujeres, sino de los hombres contra algunos hombres por lo menos; e incluso, hacía pensar que, si había algunos hombres víctimas de la opresión de género, también podía haber hombres que no quisieran funcionar como opresores, y que la línea de la opresión de género, aun siendo de género, no pasaba por la separación biológica entre “hombres” y “mujeres”, entendidos binaristamente.

Tiene gran interés a efectos dialécticos, es decir, a efectos de discusión histórica, y de clarificación de las ideas, un hecho que por tanto no considero negativo, sino la negación de una afirmación previa que deberá ir seguida por una nueva afirmación, a un nivel de comprensión mayor: me refiero a que, en las recientes e históricas Jornadas Feministas Estatales de Granada, al mismo tiempo que entraba en ellas en tromba el transfeminismo (nueva afirmación), se preparaba una fiesta de clausura reservada para mujeres, que se quiso cerrada para hombres (negación de la previa afirmación del dominio masculino), lo que despertó una fuerte contestación por los sectores más renovadores.

Si los efectos del no-binarismo en el feminismo son espectaculares (las consecuencias de todas estas aparentes minucias son inmensas), los que pueden tener en los colectivos trans son grandísimos en teoría, aunque en la práctica lo único que hacen es confirmar la validez de muchas prácticas personales.

Precisaré que, entre las personas trans, hay muchas que tienen una identidad definidamente femenina, otras muchas que tienen también una identidad definidamente masculina y otras muchas que tenemos una identidad o unas identidades que a falta de una mejor descripción definiremos como trans.

Pues bien, el no-binarismo y la teoría de los conjuntos difusos de género dan a cada una de esas identidades un sitio justificado lógicamente, a la vez que les permiten afirmar los puntos de contacto o intersección entre conjuntos.

Una vez afirmado y entendido que, más que mujeres, existe un conjunto difuso de mujeres, que abarca a una gran variedad de seres humanos, resulta natural que entre ellas estén las trans femeninas.

Lo mismo se puede decir frente al anteriormente entendido como conjunto cerrado de hombres, tan cerrado, que en definitiva dejaría fuera a numerosos varones. En cuanto vemos que en realidad es un conjunto difuso de hombres, resulta natural que entre ellos se considere a los trans masculinos.

Si, como efecto de todo ello, vemos que también existen conjuntos más difusos todavía, como el de los intersexuales o andróginos, que tengan identidad intersexual o andrógina (y no masculina o femenina), resulta también más natural que las personas trans con identidad intersex o neutra, o la que queramos decir, tengamos plenamente nuestro lugar en este conjunto difuso.

Por otra parte, por la manera de exponer lo que hasta ahora he dicho, se discierne claramente una de las intersecciones entre estos conjuntos difusos: la condición de trans, de personas que hemos hecho una transición de género, común a trans masculinos, trans femeninas y trans neutros, o ambiguos, o intersex, o como queramos decirlo.

El cambio de unos conceptos a otros es tan fuerte que, teóricamente, sería incluso conveniente ajustar con mayor precisión el mismo nombre de “trans-sexual”, entendido hasta ahora como persona que transita de un sexogénero (cerrado) al otro (no menos cerrado)

Se puede entender desde ahora como persona que transita externamente de uno de los conjuntos difusos a otro, bien sea de las formas más diferenciadas de uno a las formas más diferenciadas de otro, bien desde, o hacia las formas menos diferenciadas de uno u otro.

Es decir, se puede transitar hacia un modelo Stallone, con toda conciencia y voluntad, o hacia un modelo Jennifer López, con la misma conciencia y voluntad, y todo eso es legítimo, u optar por quedar en una zona menos diferenciada, y sin embargo difusamente masculina o femenina, y también es eso legítimo.

Si se piensa en esta segunda posibilidad, la transición resulta inmediatamente menos definida, e incluso se puede afirmar que a veces casi no hay transición, que la persona permanece simplemente donde está, en un lugar relativamente alejado de los centros más densos y definidos de esos conjuntos difusos.

Ni que decir tiene que las actuales "pruebas de la vida real", realizadas con presupuestos binaristas por las unidades de género, dejan de tener sentido. Yo (cualquiera) podría pretender una transición de hombre a mujer, y optar por vestir vaqueros y saquitos anchos.

Justamente, y ya históricamente, en su corta historia, el no-binarismo, o su consecuencia, la teoría de conjuntos difusos de género, lo que hace es darnos un lugar racional a las muchas personas trans, sea que entendamos nuestra identidad como cercana a los centros de los dos mayores conjuntos difusos, el de hombres y el de mujeres, sea que nos entendamos lejos de esos centros, en la periferia más difusa, es decir, que no queramos ser hombres (difusos) ni mujeres (difusas), sino simplemente nosotros mismos, asumir nuestra singularidad.

En los dos casos, la palabra transexual gana en agilidad o flexibilidad o comodidad al tratarse de la plena inserción en conjuntos difusos y no cerrados.

En los conjuntos cerrados, en efecto, era preciso afrontar su cerrazón; su definición cerrada, caracterizada por la lógica del sí o el no (XY sí o no; XX sí o no; o genitales de esta forma, sí o no; o de la otra, sí o no) podía siempre intentar cerrar el paso a quienes no coincidieran con ella.

En cambio, la definición difusa de hombres puede incluir por igual a varones XY o XX. La definición difusa de mujeres incluye por igual a mujeres XX y XY (y en los dos casos, a otras variantes cromosómicas) con las consecuencias revolucionarias que hemos visto para el feminismo.

Por otra parte, la persona transexual no tiene que preocuparse demasiado por no alcanzar una igualdad perfecta con las personas que están allí de nacimiento, pues en realidad, unas y otras pertenecemos al mismo conjunto difuso, en el que siempre hay un más y un menos. La lógica difusa es la del más o menos, no la del sí o no, y en esto consiste su adecuación a muchas de las realidades humanas.

sábado, abril 10, 2010

La existencia de la Lógica y el residuo extralógico




La Filosofía ha llegado a muy pocas nociones fundamentales, tales que se pueden poner en unos párrafos; cada filósofo puede poner en muy pocas palabras las ideas que ve como una revelación; el resto son vueltas sobre lo mismo y comentarios.

Las nociones básicas, aceptadas en general y ya como léxico común filosófico, son la de la Lógica y el razonamiento, la deducción y la inducción, la intuición, la determinación y el condicionamiento, la materia, el sujeto y el objeto, el fenómeno, y quizás los apriorismos y las estructuras del conocimiento. Creo que entendiendo este vocabulario se comprende lo poco, pero fundamental, que ha descubierto el hombre en Filosofía.

En general se está ya de acuerdo en que la noción de Dios no es una noción filosófica. Pero se puede plantear una cuestión previa: si puede existir algo que no sea material, puesto que Dios sería una realidad inmaterial (que no cambia), no observable materialmente, no manipulable, independiente de la voluntad humana.

Esto es lo que vieron los antiguos que convenía a las Matemáticas, una serie de enunciados que les sorprendían por lo exactos, por lo pensables, y por la imposibilidad de representarlos por medios materiales: el dibujo de un cuadrado no es un cuadrado.

Pero a la vez, una bola (un astro, una gota de agua en suspensión) es una bola, pero a la vez, un esferoide, cuyas relaciones interiores se acercan tendencialmente a las relaciones matemáticas; no es una forma enteramente irregular, sino un esferoide, lo mismo que hay hexagonoides (panales, copos), prismoides (cristales), todos ellos objetos más o menos irregulares pero tendentes a esas formas exactas.

También la relación que se nombra como número fi o proporción áurea (1,618...) está tendencialmente presente en las flores o la distribución de las hojas en un tallo o de las pipas en un girasol o en las falanges de los dedos humanos...

Por tanto, cada uno de esos objetos contiene neblinosamente todas las relaciones matemáticas, las que sabemos y las que no sabemos; sus superficies se detienen cerca de esas formas exactas o las sobrepasan, pero se sitúan relativamente cerca de ellas.

Por eso, la realidad material muestra una tendencia hacia las formas exactas, que por tanto le son transcendentes y existen independientemente de que las pensemos, como se manifiestan en esas formas materiales irregulares que se les acercan.

Las Matemáticas son transcendentales, y las Ciencias Matemáticas, como lenguaje convencional, las van describiendo poco a poco, y no se pueden hallar en su exactitud en el universo material, que sin embargo tiende a ellas.

De manera análoga a la observación de la naturaleza macroscópica, cuyas formas vemos atraídas por esas Matemáticas transcendentales, la observación de la naturaleza cuántica está estructurada de acuerdo con el Cálculo de Probabilidades, exacto, que es una parte de las Ciencias Matemáticas; las realidades observadas conforme a las Ciencias Matemáticas muestran cierto grado de incertidumbre al observador, pero las Ciencias Matemáticas determinan sus relaciones de probabilidad con precisión; pero no agota la realidad, por lo que los físicos cuánticos no pueden retirarse a su gabinete sólo con papel y lápiz para deducir matemáticamente la realidad; sino que tienen que permanecer atentos a los ciclotrones, haciendo investigación inductiva, no deductiva.

Hace falta distinguir entre Matemáticas Transcendentales y una realidad natural que se acerca a ellas pero que no llega a ellas. Las Matemáticas Transcendentales no agotan la realidad material, siempre particular. Las Matemáticas Transcendentales son universales, la realidad material es individual. Por eso, el conocimiento deductivo no llega a toda la realidad material, y debe ser completado por el conocimiento inductivo.

No ya las Matemáticas Transcendentales, sino el razonamiento, se elabora también formando conceptos, que son los elementos comunes entre seres distintos, y uniéndolos mediante proposiciones, a éstas mediante silogismos, etc, lo que deja por definición un residuo de cada ser no conceptuado y probablemente no conceptuable, el de su singularidad.

El residuo de la realidad que no es matematizable es susceptible en efecto de ser razonado en otros escalones de razonamientos; pero también es accesible a otro modo de conocimiento que es la intuición que no se puede conceptuar. No es discursiva, no es gradual, es instantánea, abrupta, se da o no se da. Los conceptos relacionados con ella, como el de bello, la enuncian y se retiran dejando un vacío, porque no pueden continuar el discurso lógico, y por eso las intuiciones son inefables, extralingüísticas en sí.

Únicamente se pueden mostrar, como hace el pintor, o el arquitecto, o el músico o cualquier artista. El novelista o el versificador usan como material el lenguaje, pero sus intuiciones sólo pueden sugerirse, provocarse, aludirse como entre líneas, pero no expresarse, como sabía con plena conciencia un poeta místico como San Juan de la Cruz al comentar sus poemas mayores..

No es lo mismo la critica de arte, que examina sus aspectos conceptuables, que la experiencia artística, o la intuición en general. La experiencia artística puede ser profundísima, pero mostrarse con más o menos arte, como pueden comprender los críticos. La intuición propiamente dicha no se puede razonar. Es una percepción, que se tiene o no se tiene. Los razonamientos son comunicables en lo fundamental (aunque no las intuiciones que suscitan) Las intuiciones son incomunicables. Sólo se puede dar vueltas en torno a las propias, para explicarlas, usando analogías, y teniendo la esperanza de que alguna de ellas libere en quien nos oye la percepción intuitiva; pero si se da, si manifiesta sus propias analogías de entusiasmo o interés, ni siquiera podemos estar seguros de que percibe lo mismo que nosotros.

La experiencia de lo divino, si existe, pertenece al orden de la intuición y por tanto no es comunicable lingüísticamente de manera racional entre los hombres. O se siente o no se siente, y en este segundo caso, por más explicaciones que se den, ninguna adquiere la irrefutabilidad de la intuición. Algunos conceptos aluden a ella, pero se detienen en sí mismos: Uno, Absoluto, Perfección, Pureza, Amor.

En resumen, la intuición percibe las realidades enteras, no fragmentadas conceptualmente, singulares, por lo que se puede decir razonablemente que la intuición de lo divino es legítima, pero no se puede razonar ni por tanto universalizar. Y será la intuición de la singularidad de lo divino.

La existencia de la intuición es para el razonamiento una prueba de que la realidad no es enteramente racional (aunque su racionalidad fuere muy compleja y no hubiere sido asequible a nuestra ciencia) La intuición percibe justamente, y no por un método racional, lo que nuestra racionalidad es incapaz de ver, y lo que ve es la singularidad de cada realidad. Por tanto, racionalmente se puede decir que (proposición condicional) si existe un instrumento de conocimiento tan poderoso como la intuición que no es racional, es que la racionalidad no agota la realidad, y que en ella queda un residuo no racional que es justamente su singularidad.


BINARISMO Y NO BINARISMO DE SEXOGÉNERO


Las Ciencias Matemáticas son la parte cuantitativa de la Ciencia Lógica, que en su conjunto está mucho menos desarrollada. Pero si las Matemáticas son transcendentales también la Lógica debe de ser transcendental, a menos que creamos que sólo las relaciones numéricas lo son..
Hecha la distinción entre Lógica Transcendental y Ciencia Lógica, resulta posible distinguir en ésta entre el conocimiento sistemático, propio de los especialistas, y el conocimiento empírico, propio de la mayoría de la población.

Éste se desarolla también mediante el razonamiento, aunque más fragmentario y más expuesto al error que el ordenado. Pero todos los humanos razonamos, en lo rutinario o en lo acuciante, para entender nuestro medio natural, para manejarlo, para entender nuestras vidas.

Ttambién nos guiamos siguiendo golpes de intuición, pero aún así, no podemos dejar de comprobar racionalmente lo que vemos por intuición. Un “¿por qué?” y su respuesta son las unidades mínimas del razonamiento.

De hecho, no podemos dejar de razonar, ni de saber que las conclusiones lógicas son conclusiones. Por eso, la Lógica nos es soberana. No nos limitamos a expresar en cualquier lenguaje lo que vemos, sino que sabemos que debemos respetar lo que hemos visto, que está sobre nosotros, por encima de nuestra voluntad o nuestros gustos, aunque luego decidamos no respetarlo.

Tomamos de hecho nuestras decisiones basándonos en cadenas lógicas fragmentarias,
que se fundan a la vez en la visión empírica del mundo, que es coherente con la Física newtoniana.

Estas cadenas se forman a partir de un axioma condicional, que se puede enunciar así:
“Si (esto) es verdad, entonces...”. Algunos de estos condicionales están implícitos y fundan órdenes civilizatorios enteros.

Podemos verlo así en una definición fundamental, la de justicia, que los juristas romanos enunciaron como “justicia es dar a cada cual lo suyo”. Si la aceptamos como axioma condicional, entonces extraemos y hemos extraído deductivamente de hecho una serie de consecuencias teóricas y prácticas.

La más importante sería constatar la diferencia entre la justicia ideal y la justicia material (que nos remite a la interpretación platónica de la realidad), lo que insiste en que resulta imposible medirla exactamente su aplicación material sino por aproximaciones, existiendo a la vez una tensión o tendencia a conseguir el pago más exacto que se pueda, y descansar sólo cuando se consigue. Jueces y profesores sabemos de la dificultad y hasta casi imposibilidad de “dar a cada cual lo suyo”, y a la vez de las tensiones propias o de los justiciables para conseguir una remuneración que sea lo más aproximada que se pueda.

Puede decirse que esta diferencia entre justicia ideal y material es suficiente en el orden empírico de la realidad.

En otros campos de la realidad parece observarse esta diferencia. Una cuestión análoga es la sexualidad, que podría definirse lógicamente como “la relación entre un varón y una mujer, estimulada por el deseo y el placer, tendente al intercambio de genes para la reproducción”. Es sólo análoga porque la definición de la justicia es la de un “debe ser”, en manos de los humanos, mientras que la de la sexualidad es la de un “es” abstraído de la observación de la realidad.

Esta definición ideal es binaria, no porque sea un acto que tiene lugar entre dos personas (podría especularse con una relación sexual que requiriese tres personas y dos actos), sino porque supone un “sí o no” en cuanto a su cumplimiento.

En ese binarismo ideal reside la tradicional moralidad sexual, que pretende trasladar a la vida material la integridad de esa lógica, lo que es un error tan grave como si pretendiese realizar materialmente el cuadrado perfecto; de hecho, la planificación imperativa es otro caso de voluntad de racionalización íntegra de las realidades a las que afecta que excluye sus singularidades (este error no se da en la planificación indicativa)

El binarismo lógico puede sostener la trama informática porque traza relaciones basadas a priori en un “sí o no” en las que después se cuelgan los contenidos o programas; otras relaciones, por ejemplo las de contabilidad, se fundan en rigores matemáticos suficientes; pero lo que hay colgado en esas relaciones, tiene todas las complejidades lógicas y extralógicas de la vida real.

Porque la vida material tiene unas condiciones de individualidad que no pueden ser absorbidas dentro de ese binario lógico; no se contienen sólo en un “sí o no” sino también en un “más o menos” (la lógica difusa comienza a aplicarse con gran éxito a grandes partes de la realidad material) No sólo hay uniones entre hombres y mujeres que no pueden reproducirse. También hay personas que no son exactamente hombres ni mujeres, pero tienen una sexualidad, y tienden a unirse con otras personas. Las naturalezas masculinas y femeninas son difusas, hasta el punto de que lo más general es que sean más o menos masculinas o femeninas.

Igualmente hay hombres que no desean unirse con mujeres, y prefieren unirse con hombres, con quienes obtienen esa sensación de placer. Y mujeres que hacen y sienten lo mismo con mujeres. Y también personas calificadas como hombres o mujeres cuyo bienestar depende de cambiar su posición sexogenérica.

Finalmente, la experiencia de las personas que se encuentran más cerca de los bordes de los conjuntos difusos de sexogénero puede ser no renuncian a su individualidad, a su singularidad, y que se definen como personas (un paso más sería definirse por su nombre propio)

Nada de esto es deductivo. Todo requiere una comprensión inductiva, porque es material, y por tanto único en cada persona. Se ajusta más o menos a la sexualidad ideal, o no se ajusta. He pronunciado la expresión “más o menos”. Esto es no-binario, entra dentro de la lógica no-binaria (de las relaciones no-binarias que intervienen entre seres reales) Si pretendiéremos ajustarlo al binario, haríamos la desgracia de muchas vidas, no sólo las de estas personas muy no-binarias, muy fuera de la abstracción binarista que exige un “sí o no”, sino de las personas a las que forzadamente se unieren binaristamente.

Se trata del residuo material y particular de la racionalidad universal y requiere una nueva moralidad cuyo punto primero tiene que ser el respeto a estas realidades individuales aunque no sean lógicas, pues la condición de su existencia es precisamente la falta de lógica; si todos fuéramos completamente lógicos, no existiríamos materialmente. Seríamos teoremas, no personas.

Somos las personas más difusamente alejadas de las abstracciones de la Lógica binaria las que mejor garantizan la libertad individual de todos. Muchos de los que están más cerca de esas abstracciones pueden quedar seducidos por ellas. Sucedió así con las abstracciones binarias que definían a los nobles y sus privilegios en el Antiguo Régimen; fueron los empresarios y financieros, que no tenían lugar en esa abstracción, quienes necesitaron la libertad de abolirla.

De la misma manera, las personas que estamos fuera de la abstracción binaria relativa al sexogénero, necesitamos abolirla. En este proceso encontramos muchas veces la incomprensión y hasta el odio de los no-binaristas, hasta el punto de que el respeto a las minorías sexuales suele ser modernamente el termómetro de la libertad social. Lo que hace que nuestra necesidad de libertad sea visceral, literalmente.

Haré aquí una mención, que al final revelará su interés general, sobre la preocupación sobre la etiología de la homosexualidad o la transexualidad, frecuente entre quienes pertenecemos a las difusas minorías sexuales para justificar nuestra realidad; con ese fin justificatorio de lo que otros veían como irracionalidad, y por tanto condenable, se han usado tanto las etiologías biológicas, primero, como después biográfica, y hasta especialmente política, como rebeldía frente a lo constituido.

Podemos advertir que esta perspectiva que ve a la vez la Lógica y lo que no es lógico, larealidad no-binaria de todo lo material, no necesita usar la Etiología más allá de su naturaleza de ciencia fáctica, sobre lo que es, no sobre lo que debe ser; versa sobre realidades tendenciales, pero fácticas de hecho; la sexualidad tiende por ejemplo hacia una sexuación dual, pero una vez constituída una intersexualidad, existe y debe ser reconocida.

La Etiología, encuentre causas biológicas, o biográficas, o ambas no tiene que ser considerada como legitimadora o no legitimadora de determinadas conductas consideradas como anómalas o extralógicas, queriendo llegar a un logicismo absoluto que incluya la sexualidad regular y la irregular.

No; la realidad material es siempre más o menos lógica, como todos los sistemas no-binarios son más o menos lógicos, no lógicos o ilógicos, es bueno en un plano metafísico que las todas las realidades sean lo que son, individuales, imperfectas, aunque experimenten la atracción del modelo lógico, que cumplirán también en más o menos. En ese más o menos está su moralidad.

miércoles, enero 06, 2010

Mística no-binarista

Una cuestión cultural mayor, que funciona como cuestión previa, es la elección de un método de pensamiento. Digo elección, porque es prácticamente imposible decidir entre la verdad o no-verdad de las distintas opciones. Yo me aparto del materialismo, porque no tiene en cuenta los muchos indicios existentes de la realidad como pensamiento (el principal, la correlación entre matemáticas y materia) También me aparto del idealismo puro, en la medida en que la materia no es enteramente, sino sólo tendencialmente matematizable. Me quedo en un realismo (o quizá postrealismo), en el que es preciso observar empíricamente la materia o lo que cambia, a la vez que se tiene en cuenta sus tendencias hacia lo que no cambia. En este realismo o postrealismo, tengo sitio para un análisis childeano (neomarxiano) de la estructura histórica, en el que debo añadir las observaciones sobre los hechos culturales que están fuera de ella, como los derivados de la intuición estética o ética.

Conviene detallar este último párrafo: estoy convencida de que las formaciones históricas se explican en una medida grande por la relación entre infraestructuras tecnoeconómicas y superestructuras ideológicas y políticas y en otra medida grande por la presencia o ausencia de intuiciones como la de belleza o la de bien, ajenas a esta relación estructural; la prueba fundamental de que dispongo para esta aserción es que las formas del arte paleolítico nos sigan pareciendo bellas después de que hayamos pasado por sucesivas formaciones estructurales.

Porque hay en efecto dos formas de conocimiento: el razonamiento, basado en la elaboración de conceptos, que son las partes comunes de las distintas realidades, y en el establecimiento de relaciones entre ellas (que es gradual y objetivo) y la intuición, que es la percepción de esas realidades en su integridad (que es instantána y subjetiva y por tanto, puede darse o no darse)

Trazada así mi respuesta, la de toda una vida, a la cuestión previa, me encuentro con que mi atención en la práctica ha tenido que centrarse en las cuestiones de la transexualidad, que me han llevado a las de género y éstas a las del no-binarismo.

Al observar empíricamente la realidad superestructural actual, advierto que la mayor parte del pensamiento no-binarista se sitúa dentro del método materialista, creo que más por inercia cultural de la tradición libertaria, que por una reflexión nueva sobre las estructuras de la realidad y lo que las sobrepasa.

Como consecuencia, si yo me sitúo dentro de un método realista (postrealista), tendré que definir cuáles pueden ser las consecuencias de su aplicación al no-binarismo.

O dicho más detalladamente: si entiendo cuáles son las del no-binarismo materialista, hoy predominante, podré explicitar mejor, las del no-binarismo realista (o postrealista)

El no-binarismo materialista vigente, por su inercia libertaria, comprende la liberación de género como un fin en sí, una exención de los sistemas de poder que abruman la vida humana (Foucault), cuyo resultado final se puede definir en términos de fiesta, más allá de la cual su teleología calla. No hay lugar para la perfección estética ni ética en esta fiesta, no hay nada fuera de la celebración de la propia fiesta.

En mi no-binarismo realista o postrealista analizo el género como decreto fundamental de un código de género, cuyo sentido último es el mantenimiento de una relación de poder determinada. Por tanto, no le doy legitimidad intemporal, sino sólo estructural. La liberación “del” género procede de la subjetivación, que descubre las discrepancias entre las dinámicas personales y las prescritas por el código de género, y en este sentido contribuye a la liberación de la subjetividad frente a las circunstancias que la atenazan.

Se puede añadir que el descubrimiento de la subjetividad es un hecho de intuición, no de razonamiento, que por tanto resulta preestructural, extraestructural y postestructural. Lo subjetivo aparece como una realidad distinta de todo lo objetivo. Se diferencia gradualmente y se separa de todo.

También aquí debo detallar esta noción. El descubrimiento de la subjetividad, que es el de que “yo soy yo”, es el de la intuición de una realidad hasta entonces no percibida; espacio interior, única realidad vista desde dentro que se opone a toda otra realidad, vista desde fuera, objetiva. Mi propio cuerpo, mis manos, que muevo ante mis ojos, mi sexo, mi situación social, las otras personas, animales, cosas, el Universo entero menos yo, son realidades objetivas. Esta diferenciación me libera de ellas. no son yo.

Pero la noción básica del realismo (o postrealismo) binarista, que parte de la noción de límite matemático, es la de la tendencia de las formas materiales a su perfección conceptual. Hay una ascética implícita en este proceso y por tanto, una mística.

La concepción del ser humano como tendente a una subjetividad libre de cualquier determinación, empezando por las de género. La puesta en práctica de esta libertad. La experiencia de esta libertad y de sus dificultades. La generalización intuitivamente solidaria de esta liberación. Lo que se halle más allá de una consciencia liberada de sus determinaciones. Éste es el programa de esta ascética guiada por esta intuición mística.