lunes, octubre 05, 2009

Sexta parte

CONJUNTOS DIFUSOS


Las ideas verdaderamente nuevas no quedan limitadas en sí mismas, sino que transforman el conjunto de la cultura de una época.

Es lo que ocurre con el descubrimiento de que el binarismo sexual es una ideología, en el sentido de una fantasía, y de que el no-binarismo corresponde mucho más a la realidad, y de que ésta se expresa en forma de conjuntos difusos de sexo/sexualidad/género.

Examinemos para empezar el conjunto Mujeres.

Todos estaremos de acuerdo en que esta palabra designa en principio en nuestro sistema de representaciones un universal formado por personas XX que han formado órganos capaces de concepción por la unión con los varones.

Sin embargo, inmediatamente empiezan las preguntas:

¿Y las personas XX, etc, que sin embargo sean estériles?

La respuesta es sencilla: se trata de una variación accidental que no excluye que sean mujeres.

¿Y las personas XX, etc, que hayan sufrido una histerectomía para solucionar por ejemplo un cáncer?

La respuesta sigue siendo la misma; eran mujeres plenas y accidentalmente se han visto privadas de toda su potencialidad.

Todos seguimos estando de acuerdo.

Las preguntas se vuelven más incisivas.

¿Las personas XX masculinizantes son mujeres?

Se puede llamar masculinizante a una persona biológicamente bastante definida como mujer, cuya conducta denota una hiperandrogenia constitucional o nivel de andrógenos superior al estándar de la mayoría de las mujeres. Se trata de una cuestión de más o menos y por tanto las personas XX masculizantes forman un conjunto difuso, cuyos elementos van desde los menos definidos (muy poco, casi imperceptibles) a los más definidos. Si la hiperandrogenia influye en la conducta, será porque ha formado determinadas estructuras cerebrales, por lo que será legítimo hablar de intersexualidad. La respuesta a la cuestión sobre las personas XX masculinizantes será que están dentro de la red de conjuntos difusos, muchos de sus elementos se integran bastante en el interior del conjunto difuso Mujeres y otros se sitúan más en el exterior, y más cerca del centro del conjunto difuso Intersexuales.

Todo ello entra dentro de la variabilidad biológica, por lo que no se puede hablar de defecto accidental. Los flujos de andrógenos recibidos en la edad prenatal se diferencian, como tales flujos, cuantitativamente, quedando expuestos al régimen de adaptación/inadaptación normal en los seres vivos.

¿Las personas XX llamadas intersexuales, es decir, nacidas con diferencias en los órganos internos y externos que puedan incluso impedir la concepción, son mujeres?

La respuesta en este puede usar de nuevo la noción de convergencia entre dos conjuntos difusos: usando algunos criterios estas personas se incluyen dentro del conjunto difuso Mujeres y usando otros, dentro del conjunto difuso Intersexuales. Individualmente, estarán más cerca del centro de uno u otro, es decir, unas serán más mujeres y otras más intersexuales.

¿Las personas XY nacidas intersexuales, con el síndrome de Insensibilidad Androgénica, que produce órganos externos de forma femenina, pero gónadas masculinas internas, son mujeres?

Esta cuestión demuestra que no estamos especulando, sino considerando hechos extremadamente prácticos dentro del régimen de las competiciones deportivas, que parte de hacer una división binarista.

La respuesta en este caso es más compleja, porque advierte que se ha pasado de lo biológico a lo social, o del sexo al género, puesto que estas criaturas son inscritas sin dudar en el Registro Civil como niñas, un hecho social, basándose en que sus órganos genitales externos son inequívocos, y en que cuando crecen suelen insertarse mejor entre las mujeres por la misma razón, aunque suelen ser bastante masculinizantes. Por tanto, se puede responder, usando la mayor precisión, que no están más cerca del centro del conjunto difuso Intersexuales que del de los conjuntos difusos Hombres y Mujeres, pero, dado que sólo hay dos sexos legales, pueden ser consideradas socialmente mujeres. Se introduce así la distinción entre sexo biológico y sexo social o legal.

Pero debe hacerse constar que la inserción social (o deportiva) de estas personas es problemática sólo porque la clasificación de los deportistas es binarista. Si no atendiera a dividirlos en dos sexos, saltando incluso sobre el binarismo legal de cada estado, y usara como referencia el nivel alcanzado al inscribirse o en la temporada anterior, estas personas se insertarían indiscutiblemente en cada grado de competición.
¿Las personas XY transexuales que se puedan considerar intersexuales si se demuestra plenamente en el futuro que su condición procede de diferencias cerebrales producidas en la gestación, son mujeres?

La respuesta es de nuevo compleja puesto que en un principio se diría que estan situadas dentro del conjunto difuso de Hombres y más dentro del conjunto difuso Intersexuales, pero la primacía del cerebro en la personalidad y la naturaleza biológica de esta condición, que sería una intersexualidad cerebral, aconsejarían situarlas también más dentro del conjunto difuso Mujeres. Pero mientras sólo haya dos sexos legales, pueden ser consideradas socialmente mujeres, incluso sin necesidad de operarse, como es el caso, por ejemplo, en la legislación española.

Observamos en resumen que el conjunto Mujeres es difuso por cuanto incluye la variable hiperandrogenia, que es una cuestión de más o menos; y queda mejor definido biológicamente al incluir la variable de accidentalidad.

Este mismo esquema, “mutatis mutandis”, se puede aplicar en los mismos términos al conjunto difuso Varones.

Nótese que en Australia ha terminado el binarismo de los sexos legales al aceptarse en el Censo de 2006 por primera vez una casilla de intersexuales entre las dos tradicionales.

Cabe preguntarse si tendría sentido crear una tercera casilla legal, a imagen de Australia, en la que se situaran todas las personas que no se hallan dentro del sistema binarista.

Es verdad que, entre las personas llamadas intersexuales, algunas de las cuales deberían definirse mejor como extrasexuales, por estar fuera del sistema XX/XY (por ejemplo, las X0, las XXY, etcétera), todas están situadas de hecho en uno de los dos sexos legales, y la mayoría están conformes con estar dentro de él (aunque hay una minoría profundamente disconforme)

La asignación, hasta ahora, ha sido heterónoma, realizada por el médico o la comadrona en el momento del parto, basándose en criterios heterónomos, tales como la posible funcionalidad genital futura, por lo que la mayor parte de las personas intersexuales son asignadas como mujeres e incluso operadas en su primera niñez para supuestamente mejorar su inserción social.

Ni que decir tiene que la asignación se hace dentro de criterios binaristas, llevando a la persona hacia uno de los dos polos reconocidos y prescindiendo de que también se podría decir la verdad más simple y verdadera: “Esta criatura es intersexual”.

Pero, a juzgar por lo que trasciende, la mayoría de las personas intersexuales se acomodan a esa asignación heterónoma. Es decir, subjetivamente aceptan una situación legal (hombre/mujer) que no corresponde a su realidad objetiva (intersexual)

Quitarse toda clase de problemas sociales, adaptarse, ser aceptada, son desde luego razones suficientes, en una cultura binarista y bajo una legislación binarista, para aceptar una clasificación binarista.

Por estas mismas razones, sin duda, hay muchas personas transexuales que prefieren considerarse hombres o mujeres dentro de un sistema binarista.

En primer lugar, el binarismo cultural ambiente les impele a decirse “si no soy hombre, soy mujer”, sin considerar siquiera que los intersexuales también existen, realmente, objetivamente.

Por otra parte, en un sistema legal binarista, se está obligado a aceptar una de las dos clasificaciones.

Y en tercer lugar, dentro de una cultura binarista, es más fácil decir a los demás “soy hombre” o “soy mujer” que presentarse con los numerosos matices y sorpresas que acompañan objetivamente a la definición “soy intersexual” (o “soy transexual”)

Sin embargo, la realidad objetiva tiene más fuerza que cualquier ideología, sobre todo en cuanto llega a la consciencia, por lo que antes o después se acabará imponiendo.

Intersexuales y transexuales (o intersexuales transexuales) constituimos también un conjunto difuso de una variedad casi infinita, en el que pueden reconocerse incluso muchas mujeres masculinizantes (y autodefinidas como mujeres masculinizantes) y muchos hombres feminizantes (idem id)

La conciencia de diferencia está sostenida muchas veces por una simple hiper- o hipoandrogenia, respecto a los estándares androgénicos de mujeres u hombres, suficiente para tener una repercusión cerebral y para determinar también conductas diferentes de las estándares.

No cabe duda de que la asignación personal al conjunto difuso Intersexuales, en vez de al conjunto difuso Mujeres o al conjunto difuso Hombres, será a veces subjetiva, dependiendo quizá de razones biográficas más que biológicas; en igualdad de circunstancias unas personas masculinizantes preferirán definirse como mujeres y otras como intersexuales (transexuales), y lo mismo pasará con algunas personas feminizantes.

Sin embargo, será preferible que en el futuro los criterios subjetivos se acerquen a los objetivos. Hay personas que son ciertamente, innegablemente intersexuales. Sería mejor, en una ascesis de realismo, que se definieran como intersexuales.

En otras, la intersexualidad es tan sutil, que entra en los parámetros de la variabilidad androgénica de hombres o mujeres. El realismo aconsejaría que estas personas se definieran como hombres feminizantes o mujeres masculinizantes.




DESPATOLOGIZACIÓN


La teoría y la práctica de la transexualidad están cambiando profundamente.

En los años cincuenta, cuando Christine Jorgensen reinició el ciclo de los cambios de sexo, inaugurado por Lili Elbe, en 1931, y Harry Benjamin los conceptualizó, la transexualidad se concibió de una manera muy simple: trans-sexualidad, es decir, paso de un sexo al otro, por vías endocrinológicas y quirúrgicas, establecidas por primera vez en aquellos tiempos.

La palabra transexual se volvió sinónima de demandante de ayuda médicoquirúrgica y se le prestó a veces por cirujanos espontáneos, a la manera de la cirugía plástica, en una época en la que no existían preocupaciones por demandas judiciales, entre los que fue famoso el Doctor Gourou que operaba en Casablanca, en una situación de vacío legal.

Poco a poco, la Asociación Internacional de Disforia de Género Harry Benjamin (HBIGDA), una asociación en realidad estadounidense pero respetada en todo el mundo, fue creando un protocolo básico que todavía se sigue usando, por lo que merece una reflexión.

El protocolo estaba impregnado del puritanismo estadounidense. Lejos de él las alegrías estéticas del Doctor Gourou. La cirugía debía efectuarse sólo con causa justificada, por el diagnóstico de una enfermedad o patología que debían estar bien tipificadas y merecer una atención médica compasiva. Se buscó una enfermedad, se la llamó síndrome de Harry Benjamin, y de hecho se transfirió a los psicólogos la autoridad de diagnosticarla.

Se aceptó de hecho porque, poco después, el seguimiento del protocolo liberaba al cirujano de demandas judiciales, y porque posteriormente permitió el acceso de los pacientes a la Seguridad Social, en Europa.

El protocolo básico consideraba fundamental el que se llamó Test de la Vida Real y se dividía, de manera tripartita, en valoración psicológica o psiquiátrica, tratamiento endocrinológico e intervención quirúrgica.

Concebía el proceso transexual como una especie de línea de metro con sólo tres estaciones, es decir, como un túnel unidireccional, con subsecciones fijas, y concebido para llegar a un fin único.

Al concebirse de esta manera, la atención de los profesionales se centraba en la autorización para viajar en ese metro privilegiado, concediendo derecho de paso a ciertas personas, consideradas como “verdaderas transexuales” y negándoselo a otras, a las que se apartaba por no corresponder a lo previsto.

Concentrada toda la atención de los profesionales en la funcionalidad de la línea, entendiéndose a sí mismos como administradores de las tres estaciones, y nada más que de las tres estaciones, muchas veces se habrá desatendido a las personas no admitidas, por intensas que fueren sus necesidades psicológicas y sus requerimientos de atención endocrinológica o hasta quirúrgica-estética.

En 1990, el CIE, un repertorio internacional de enfermedades, usado por todos los médicos para el diagnóstico de sus pacientes, introdujo la transexualidad formalmente como una enfermedad psiquiátrica, como “trastorno de la identidad de género”, lo que supuso un salto que nos trasladaba plenamente a un espacio nuevo, el de la psicopatología, cuyo correlato es la necesidad de curación; si por ahora, “el único tratamiento conocido” es el endocrinológico-quirúrgico, en el futuro podría ser otro distinto, un condicionamiento conductual arrollador por ejemplo.

En ese momento, se daba una vuelta de tuerca: la transexualidad se psicopatologizaba y en realidad se profundizaba en definirla como algo que debía ser evitado, aunque se concediera a los desde entonces pacientes el beneficio de una terapia como mal menor. No se trataba siquiera de un desajuste, como puede ser una simple cojera, sino de todo un trastorno, o el síndrome de Harry Benjamin.

Al cabo de muchos años de experiencia, empezaron a emerger problemas en ese protocolo, nacidos de que no corresponde a la realidad.

El primero, la misma noción de diagnóstico de una patología, se convierte en una autorización psicológica para entrar en el proceso médico y quirúrgico, y confiere al psicólogo un papel de juez y un derecho de decisión sobre un aspecto fundamental de la vida del usuario completamente inadecuado y que afecta gravemente a la misma función psicológica.

Constituido el psicólogo en autoridad, disponiendo sobre vidas ajenas, fue natural que los usuarios hicieran averiguaciones sobre las respuestas que tenían efectos favorables y sobre las desfavorables, arruinando la confianza usuario-psicólogo e invalidando cualquier estudio científico sobre esta población, que se basara en tests o en preguntas informales.

Como se verá más adelante, este régimen de autoridad sería fácilmente superable con que se pasara a un régimen de autonomía, en el que los únicos requisitos fueran establecer o subsanar en su caso la salud psíquica del usuario, y asegurarse de que ha recibido suficiente información durante un tiempo prudencial, dejándole al cabo de ese tiempo el pleno derecho de decisión sobre su vida, y la plena responsabilidad sobre sus posibles errores, como corresponde a una persona mayor de edad.


Pero mientras los médicos en general y luego los psiquiatras en particular (en su propio repertorio, el DSM) andaban por ese camino, la base social de la transexualidad ha ido recorriendo otro, asimilando en primer lugar conceptos como la diferencia entre sexo y género (diferencia enunciada por primera vez por Robert Stoller, observando a sus pacientes transexuales), en el cuadro de los grandes márgenes de una sociedad permisiva, que nos han permitido crear con libertad nuevas formas de vida.

En los años cincuenta se podía pensar que cualquier experiencia transexual requería el cambio quirúrgico de sexo. Género y sexo yacían todavía fundidos en la consciencia, lo único no se podía concebir sin lo otro. Puesto que cualquier variante se entendía como variante sexual, cualquier cambio debía ser cambio de sexo. Y como los dos sexos de concebían estereotipados, teníamos que pasar radicalmente de uno a otro, puesto que no se concebían estados intermedios. La fuerza de la pulsión por el cambio, se transformaba automáticamente en deseo apremiante y obsesivo por el cambio de sexo. Sin darnos cuenta, metimos a psicólogos, médicos y cirujanos en nuestra casa.

Pero a la vez, los mismos desajustes entre esa concepción y nuestra realidad personal, pues quizá no éramos ni varones ni mujeres estereotipados, nos sometía a una fuerte angustia, a vacilaciones, a culpabilidades, incluso a la sensación de estar en parte mintiendo, con graves consecuencias para nuestro equilibrio personal.

El movimiento queer (años noventa) puso también la base para unas identidades blandas y flexibles que sustituyeran a las duras de los veinte años anteriores, creadas en momentos de combate, en los que era preciso diferenciar claramente a homosexuales de heterosexuales y a transexuales de homosexuales y de heterosexuales, lo mismo que se diferencian ejércitos en batalla.

Conseguida en los años cero la igualdad de derechos, asentada una nueva visión social, incluso legal en Europa y los Estados Unidos, y particularmente en España, ha sido posible distender mucho esas identidades, y de manera más espontánea que la Teoría Queer, que distinguía entre queer (raro, rarito) y straight (severo), actitudes americanas que aquí se han convertido en algo así como un “to er mundo hase lo que le da la gana”.

Más adelante, la teoría queer de los años noventa está profundizándose en el no-binarismo de sexo y de género de los años ceros.

Hace ya casi diez años que el catalán Cesc Gay filmó “Kránpack”, película en la que aparece con toda nitidez la despreocupación por las cuestiones de orientación de unos adolescentes varones que, de camino hacia la playa, y entre tensiones emocionales muy fuertes, duermen juntos una noche, para seguir después, sin dramas ni culpas, uno en dirección heterosexual y el otro homosexual.

Vi en ella una actitud generacional nueva, y la vuelvo a ver ahora en el corto 02 de la serie “Test de la Vida Real”, en el que una exposición de gran belleza formal muestra las actitudes de género de un joven trans masculino que no se preocupa ni siquiera de tener una identidad definida, tanto menos de hormonaciones o cirugías.

La actual teorización sobre el no-binarismo y por su concreción en la teoría de los conjuntos difusos de sexo/sexualidad/género muestra la complejidad de las experiencias de transición de sexo y de género.

El no-binarismo de sexo (no todavía de género) empieza por la intersexualidad, en la que una persona reúne condiciones de los dos sexos mayoritarios, y la extrasexualidad, cuando está fuera de esos sexos (por ejemplo, en la composición cromosómica X0)

La intersexualidad puede darse de muchas maneras. Por ejemplo, parece confirmarse que ciertas transexualidades se deben a la impregnación prenatal con cantidades de andrógenos inferiores o superiores a las de los estándares mayoritarios (hipo- o hiperandrogenia) que configuran el cerebro de una manera bastante diferenciada para que reviertan sólo en determinada diferencias conductuales o a veces en diferencias de sexualidad (conducta pulsional asociada al sexo: ejemplo, penetración o recepción) e incluso en la imagen corporal genital (iidadentificación como propios y coherentes de los genitales con que se ha nacido o desidentificación, extrañeza y hasta repulsión por ellos)

Puede haber personas que, por razones incluso de una estructura cerebral que todavía estamos empezando a conocer, consecuencia de la variabilidad natural humana, crecieron esperando desarrollarse como personas del otro sexo y que vieron que esto no se cumplía; que, conforme con esta imagen de sí, este verdadero proyecto personal, vieron incluso que sus relaciones de amor, en las que cuenta tanto la imagen de la pareja como la figura propia, se veían desvirtuadas, o imposibilitadas, por una imagen personal que no coincidía en absoluto con la que emergía de sus estructuras incluso biológicas.

Todo esto es doloroso, pero nada de esto es psicopatológico. Nada de esto tiene su origen en la mente, sino en el cerebro, sino en la estructura corporal de la persona. Nada de esto es ni siquiera patológico, pues corresponde a la variabilidad natural de la vida, a los continuos ensayos de cambio en que se traduce la reproducción, alguno de los cuales pueden ser más adaptativos, según qué circunstancias, y otros, menos, también según el medio, pero todos naturales.

Algunos pueden ser muy funcionales respecto a algunas condiciones y presentar desajustes funcionales respecto a otras. Corresponde a la naturaleza de las cosas que un desajuste funcional suela producir dolor o incomodidades, aunque esto no ocurra siempre; quizá dependa de su intensidad.

Observamos que la inter- extra- transexualidad no es de por sí una condición médica; algunas personas en estos casos pueden vivir sanas sin recurrir a un médico ni desearlo, aunque otras pueden manifestar cierto desagrado. En análisis lógico, si algunas personas no necesitan algo y otras sí, es que esa necesidad no va con ese algo.

Mujeres (XX e identitarias, hiperandrogénicas) que nacieron con un clítoris que llega a ser un micropene o hasta un pene, pueden estar orgullosas de él, por ejemplo si son lesbianas, o desear no haberlo tenido, porque puede parecerles ajeno y puede estorbar su vida afectiva. Análogamente, una persona XY, hipoandrogénica, puede identificarse como varón o no adaptarse a sus genitales.

¿Qué queda entonces? Que la medicalización está indicada cuando hay, por usar una expresión del DSM, “malestar clínico significativo”. No por enfermedad, ni siquiera por enfermedad mental, sino por lo que podríamos llamar disfuncionalidad adaptativa o incluso por disfuncionalidad social.

(Un ejemplo de ésta la constituyen determinadas operaciones de cirugía propiamente estética, en las que se trata de corregir formas de la cara que son perfectamente sanas y naturales pero que en la interacción social pueden producir grave inseguridad, falta de autoestima, depresión, etc Está perfectamente indicado medicalizar estas situaciones, incluirlas en la Seguridad Social (recuérdese el segundo término de esta expresión) y sin embargo no hay enfermedad alguna que sanar)
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Pero aún hay más razones para la despatologización, yendo incluso de la psiquiátrica a la general; obsérvese que, una vez producida, no habrá diagnóstico que realizar, ningún repertorio al que seguir; la demanda de esta asistencia estará fundada en sentimientos personales imposibles de verificar o de cuantificar objetivamente. Es imposible cuantificar el sufrimiento por una parte del rostro que sin embargo nos haga sufrir realmente. Es imposible, en general, cuantificar el dolor, incluso físico y sin embargo puede ser insoportable. El servicio psicológico/médico no puede más que saber que estas circunstancias son posibles, cerciorarse de la ausencia o subsanar cualquier psicopatología (no la transexualidad) que pueda suplantarla, fiarse del usuario y de su testimonio, e informarle cuidadosamente de las consecuencias de su decisión.

Una patologización, en la práctica actual, es una tipificación cuasi jurídica de una enfermedad y la asignación de unos protocolos de tratamiento (en nuestro caso, los de lsa antigua Asociación Internacional Harry Benjamin)

La despatologización desactiva todos esos legalismos que gravitan sobre nosotros. Como en la cirugía estética, el usuario que la plantea tiene capacidad para decidir; en nuestro caso, se trataría sólo de constatar la realidad, de oir la voluntad del usuario de cambiarla, y de explicarle suficientemente el proceso, sus consecuencias, y su responsabilidad personal sobre sus decisiones. Nadie más tiene que acertar o errar; nadie más tiene que someter esa decisión a un proceso cuasi judicial de pruebas y contrapruebas (pero sin defensor); el usuario es quien decide sobre su peticióm despatologizada, pero medicalizada.

Más radical es la despatologización de personas que se consideran ambiguas, que formaron en su adolescencia una identidad ambigua (un concepto no-binarista), y que pueden haber visto cómo su desarrollo corporal las desambiguaba y las sumía en la angustia, aunque sin centrar ésta en la evolución de órganos definidos, sino de la apariencia corporal..

Obsérvese el dato importante de que los mismos procesos cognitivos y emocionales pueden seguirse en unas personas de una manera distendida y en otras con angustia. No se trata por tanto de que la ambigüedad sea patológica, sino que la situación de unas personas u otras puede seguir lógicas y encontrar circunstancias muy distintas.

La angustia procede en estos casos de la interacción social sobre todo; de ver que no se es vista con la ambigüedad que se valoró; de que los demás insisten en insertar a la persona en un cuadro binarista o de que el propio aspecto entra dentro de alguno de los parámetros binaristas.

Al mismo tiempo, no se tienen motivos internos para llegar a una hormonación o a una operación; los impulsos proceden del medio social, del deseo de afirmar en él la propia ambigüedad y de conseguir la mayor aceptación posible.

Aquí vemos personas que ya no son binaristas, interactuando con un medio binarista, y cediendo ante él y sometiéndose a sus representaciones. En atención a ellas se puede incluso desear fuertemente hormonación u operación sin que correspondan a ninguna cuestión de funcionalidad personal.

Pero llegamos así a un no-binarismo de género, cuyas expresiones son múltiples y desde luego mayoritarias.

Tiene que ver con orientaciones blandas, o difusas, de las defendidas por la teoría queer, y con la plena adopción de identidades difusas, situándose en las periferias de las mayoritarias y fluctuando de unas a otras.

Esta actitud no es incompatible con que otras personas mantengan orientaciones o identidades más definidas, más cerca de sus respectivos centros. Es simplemente una preferencia personal por estar más cerca de la periferia.

No requiere hormonaciones y menos algo tan definido como una cirugía. No pretende superar el nivel de la estética y sin embargo la estética es fundamental para su bienestar.

Son equiparables a las tribus urbanas juveniles, a un estilo de vida, a un modo de vestir ambiguo, pero pretenden llegar a la edad adulta en ellos, aunque algunas personas prefieran ceder la vez y definirse más en cualquiera de los sentidos.

Sin palabras, predican un mensaje a todas las personas variantes de sexo o género: “Si puedes, si quieres, quédate aquí”

Es decir, si no sufres, si no es para ti un agobio, permanece en este estado ambiguo, evita hormonaciones u operaciones, sé reconocido por tus compañeros de ambigüedad, crea formas de vida y de relación, rompe todas las convenciones, en espera de que algún día todos sepan reconocerte.

No te preocupes de definir tu orientación ni tu identidad, porque justamente te defines como persona de orientación e identidad indefinidas, tú, en último análisis.

Lo que te gusta de ti puede gustarte, y lo que no te gusta o te gusta menos, puedes aceptarlo porque es tuyo, puede llegar a gustarte porque es tu especificidad, lo que te ha traído a este punto en el que estás, lo que define tu ambigüedad.

Desde luego, la patologización en general y la medicalización compasiva se volatilizan para quien se hace este planteamiento.

No es nada especulativo; como digo, es la práctica de una generación que, siendo trans, me parece postransexual, y hasta postransgénero, por su rechazo a asumir formas definidas, o estéticas literalmente pasadas de moda. Si las mujeres (difusas) son ambiguas en su ropa diaria, ¿por qué las trans (difusas) hemos de ser definidas, ni siquiera como mujeres?

¿Y si una mujer se viste arrolladoramente sexy para ciertos momentos, por qué he de renunciar a vestirme sexy?

¿Y si esa mujer (difusa) requiere la cirugía estética, por qué yo no, con las mismas intenciones?

¿Y si recurro a la cirugía de reasignación de sexo, qué diferencia hay entre ella y la cirugía estética?

Los planteamientos son tan flexibles que podría pensarse que son una vuelta atrás, y que de hecho pueden llevar a una situación de represión y clandestinidad, a un “me quedo aquí porque es más fácil” y luego “me quedo donde me dejas”.

Pero no; con una perspectiva no-binarista, estas actitudes son compatibles con las más definidas; esta ambigüedad convive con la intersexualidad (difusa), la masculinidad (difusa) o la feminidad (difusa)

No se trata de restringir las formas de expresión de sexo y género, ni su medicalización, cuando esté justificada, sino de abrirlas a quienes deseen vivirlas de forma abierta.

Ya estamos llegando a esa cultura plenamente no-binarista, pero nos faltan referencias; nos parece que estamos creándolo todo de la nada y eso puede hacer que nos sintamos inseguros.

Ya se ha llegado hace milenios en las culturas amerindias, por ejemplo en la de Zapotecas, con su noción de las o los muxe, que ni siquiera usan un género definido, que pueden ser, digamos, heterosexuales u homosexuales y casarse heterosexual u homosexualmente o supongo que con otras muxes. Ha llegado la hora de aprender de ellos, de aprender de otros.


HEMOS LLEGADO A LA CONCLUSIÓN


La experiencia transexual empieza por una sensación de extrañeza por el propio cuerpo.

No ajustamos. No nos levantamos con la naturalidad con que otras personas se levantan cada mañana, sintiendo que las letras de la palabra yo se prolongan con toda sencillez por las líneas, la forma, las características, el peso de su cuerpo.

No se miran en el espejo con el pasmo que nosotras nos vemos. O con la angustia con que nos vemos.

Sin embargo, esta sensación no la tenemos sólo nosotras. Rosa Chacel escribió unas frases que entendí profundamente, referidas a que las guapas, cuando se miran en el espejo, creen ser lo que ven, mientras que las feas saben que no son lo que ven.

Por lo tanto, las personas feas tampoco son lo que vemos; las miramos, y vemos su apariencia; ellas son otra cosa.

También hay diferencias entre ellas y nosotras; en ellas, simplemente es la conciencia de un desajuste social, que va a tener consecuencias para su vida, quizá desprecios, quizá burlas, dificultades para ser queridas, dificultades para tener hijos.

En nosotras, puede ser la conciencia de una biografía, cuyas experiencias, cuyos sentimientos, cuyos golpes, cuyos consuelos, nos han llevado a pensar que seríamos más felices como hombres (pero somos mujeres) o como mujeres (pero somos hombres), algo tan sencillo, tan frecuente, a veces tan profundo como eso; o a veces, la conciencia de un desajuste hasta biológico; el cuerpo nos pide hacer cosas que hacen los hombres, pero no tenemos el cuerpo de un hombre; o no nos lo pide, y no ajustamos, y sin embargo tenemos el cuerpo de un hombre.

Nada de esto es patológico. Ni siquiera los golpes o los traumas son patológicos, porque forman parte de la vida diaria de cada ser vivo. Son adaptativos. “O crece o muere”, dice el adagio; o “lo que no mata, engorda”, su versión popular; son desafíos naturales que pueden servir para mejorar.

Tampoco son patológicos los desajustes entre un cerebro más bien de un sexo y un cuerpo más bien del otro; son parte de los ensayos y variaciones que continuamente realizan las fuerzas de la naturaleza; a veces, de ellos surgen formas de vida mejor adaptadas a un medio determinado, nuevas, llamativas por desusadas.

Sólo es patológico lo que compromete la vida. Y nuestras vidas pueden ser completamente sanas, pero nuevas, hasta mejor adaptadas.

El descubrimiento del error del binarismo ensancha nuestra visión y nuestras posibilidades.

Nuestra cultura considera que sólo hay dos sexos, perfectamente delimitados, y lleva esto al límite de establecer dos sexos legales, y obligarnos a todas las personas a meternos en uno u otro, cuando la realidad es mucho más compleja. Cuando descubrimos que este binarismo no se ajusta a la realidad, inmediatamente nos encontramos con un espacio nuevo para nosotras.

Porque puede ser que hayamos querido simplemente ser hombres o mujeres, en contradicción con la apariencia de nuestros cuerpos, pero también puede ser que el binarismo, que también hemos aprendido, nos lleve a decirnos “si no soy del sexo A tengo que ser del sexo B”, ignorando que hay también otras opciones.

Cuando lo sabemos, puede ser que nos adaptemos mejor situándonos en un plano intermedio; o que descubramos que no tenemos necesidad personal de operarnos, o de hormonarnos, o de obedecer a los cánones que rigen el sexo A y el sexo B.

¿Por qué los seres humanos vamos a tener que obedecer sumisamente a un aspecto de la naturaleza, cuando toda nuestra historia, desde que se inventó la agricultura, hace diez mil años, consiste en transformar la naturaleza?

Y menos aún, cuando la interpretación de lo que es natural, resulta errónea, como se ve en el caso del binarismo, cuando una supuesta norma natural se ha convertido en enemiga de los seres verdaderamente naturales que van naciendo.

Las únicas normas morales, en nuestras transformaciones de la naturaleza, necesarias para nuestra supervivencia, es que sean verdaderamente necesarias y que estén al servicio del hombre, y vemos que esas consideraciones suelen ser justamente las que les dan fuerza a nuestros cambios.

A fin de cuentas, puede ser que nuestra búsqueda sea la de una mejor adaptación personal a la realidad. ¿Por qué va a ser mejor someterse a modelos colectivos que seguir un modelo personal?

Una vez encontrado, puede ser que definamos nuestras afinidades, las personas con quienes nos sentimos más semejantes, con quienes nos entendemos mejor. Así conciliamos la necesidad de ser nosotros mismos con la de formar parte de una comunidad: la de los hombres (difusos), la de las mujeres (difusas) o las muy variadas de quienes no somos hombres ni mujeres (más difusas que cualesquiera otras)

Vemos que nuestra experiencia transexual nos lleva a la experiencia más profundamente humana que puede haber: la de sentirme yo.

La de reconocer la importancia de este yo, aparentemente pequeño, insignificante, casi invisible, pero que soy yo, que estoy aquí, que me pongo en mis propias manos.

Ante mí tiemblan los totalitarismos, los colectivismos, porque acabo venciéndolos. Nada masivo puede más que los sucesivos yo que vamos levantándonos, muchos machacados, pero siempre reviviendo otros.

La transexualidad es centralmente humana porque la pregunta por la identidad es una pregunta sobre el yo.

Por eso, las personas transexuales acabamos diciendo. “Yo soy persona”, es decir, no hombre, no mujer, no intersexual, sino conciencia.

Yo existo del todo cuando comprendo que yo soy yo, que estoy aquí, ahora. Distinta de lo que no soy yo. Yo soy distinta de mi cuerpo. Soy distinta de mi sexo.

El hallazgo del espacio interior me revela mis diferencias con el espacio exterior; yo que veo soy distinta de lo que veo. En cada uno de nosotros humanos el sujeto absoluto es distinto del objeto absoluto. Éste es el fundamento último de la disforia de género y la transexualidad.

Pero es el fundamento último de la humanidad. Yo soy distinta de mis circunstancias. ¿He nacido pobre, he nacido rico? Yo no soy eso, yo soy quien nace en cualquier sitio que no sabe. ¿He nacido guapa, he nacido fea? No lo sé, hasta que me lo dicen o me veo en un espejo. ¿He nacido lista, he nacido torpe? Es cuestión de suerte.

No me puedo enorgullecer de nada, como si fuera mío. No me pertenece nada, me lo he encontrado. Yo miro la vida, y en eso soy igual que todas las otras personas.

Yo descubro también que me corresponde un cuerpo que me agrada o no. Yo descubro que me corresponde un sexo que me agrada o no.

En cada persona transexual hay un distanciamiento entre su subjetividad y su objetividad, o entre lo que soy yo por dentro y lo que soy yo por fuera. Este distanciamiento es el normal de los seres humanos cuando aprenden lo que tienen que aprender. Vivo como un verdadero ser humano.

La transexualidad es un conjunto de experiencias y sentimientos que llevan, de una manera viva, a conocer mi diferencia y libertad respecto a todas las determinaciones y las ligaduras.

Y permite que a la conciencia de opresión siga la de liberación. Permite así la experiencia no sólo de los lazos, sino de la rotura de los lazos. Una vez que se han visto rotos, siguen rotos, aunque todavía no lo estén. También es transexual, libre, quien sigue bajo la fuerza de sus circunstancias o de sus compromisos personales. Ya las paredes de la cárcel no existen. El campo está abierto.

sábado, abril 04, 2009

Un Manual de Transexología (en borrador)

Por Kim Pérez


Hace varias semanas que estoy publicando en el Diario Digital Transexual CarlaAntonelli.com este Manual de Transexología (en borrador)

Se titula así, porque es la primera versión, que voy mejorando con las sugerencias de los lectores.

Hasta aquí está todo lo que va publicado hasta ahora.



PREÁMBULO

Me ha animado una querida amiga para que escriba lo que empiezo ahora, que es un “Manual de Transexología (en borrador)”

Todas las palabras del título tienen su razón de ser. “Manual”, porque espero que sea un utensilio manejero para los y las transexuales, en primer lugar, y también para quienes tengan que ver con nosotros: en el segundo e inmediato lugar, nuestras parejas, que son quienes más ligan sus vidas con las nuestras; nuestros hijos; nuestros padres y hermanos; nuestros amigos.

En tercer lugar, para los profesionales cuya ayuda requerimos a veces: psicólogos, médicos y cirujanos, incluso abogados, fiscales y jueces, profesores e investigadores y también periodistas y políticos, recordándoles siempre que la mayor autoridad sobre una persona es ella misma, y que, por lo que a la ayuda psicológica se refiere, defiendo con todo énfasis que un protocolo de reconocimiento sustituya al de autorización que hasta ahora se ha empleado (...)

viernes, octubre 31, 2008

Identificación, desidentificación, identidad



Por Kim Pérez


Publico aquí de nuevo un texto del 29 de marzo de 2001, que me parece la visión más completa de la transexualidad o la disforia a la que llegué antes de redactar el "Manual de Transexología".


RESUMEN. En este artículo bosquejo solamente el debate sobre las causas profundas de lo trans y me ciño a las causas inmediatas. Aunque parezca demasiado obvio, la causa inmediata de lo trans es una cuestión de identidad, más o menos definida. Describo la formación de una identidad como un proceso de “identificación-desidentificación”, por medio de sentimientos de “homoempatía” y “heteroantipatía” o bien de "vacío de identidad", con los que pueden generarse barreras identitarias muy funcionales en la estructura de la personalidad; valoro la "especularidad" como una solución identitaria frente a un "vacío de identidad". Describo las variantes de lo trans como procedentes de una mayor eficacia de la desidentificación o de la identificación. Pienso que el resultado del proceso trans corresponde a la definición de un estado de salud, y que la justificación de la cirugía trans es holística.


HIPOTÉTICAS CAUSAS PROFUNDAS

Muchos han visto en el origen de lo trans un condicionamiento biológico (Dörner, Diamond) Se habla en particular del hipotálamo, la zona cerebral que rige la conducta sexual. El embrión empieza por ser asexual o feminoide, pero en su gestación, la presencia o la ausencia de andrógenos, determina un proceso de configuración masculina o femenina. Un proceso: los genitales internos, los externos, el hipotálamo, deben conformarse sucesivamente, lo que supone que el flujo o la ausencia de andrógenos debe ser constante.

En nuestro caso, en el que no hay intersexualidad fenotípica, habría habido una variación androgénica en el momento de la configuración del hipotálamo. En fetos ya caracterizados como niños, habría cesado en ese momento el flujo androgénico (causas posibles: estrés intenso de la madre -estrés de guerra-, medicación con estrógenos...) o se habría producido un repentino flujo en fetos de niñas (causas: hiperplasia adrenogenital congénita, medicación con andrógenos...)

El efecto habría sido la configuración femenina de un cerebro en una persona de fenotipo masculino o la configuración masculina de un cerebro en una persona de fenotipo femenino. En ambos casos, se trataría por tanto de una intersexualidad real, orgánica, pero imperceptible a simple vista. Pero por ser el cerebro el órgano que habría resultado cruzado, el regidor de la conducta, las consecuencias de esta forma de intersexualidad serían muy considerables.

Hipoandrogenismo en personas de fenotipo masculino e hiperandrogenismo en personas de fenotipo femenino se situarían sin embargo dentro de una campana de Gauss, en la que habría que suponer la existencia de un umbral para llegar a las actitudes trans.

La normalidad gaussiana hace que también existan millones de varones que son relativamente hipoandrogénicos, en los que sólo es perceptible una conducta tranquila, reflexiva, poco activa, poco agresiva, más bien asexual, dentro de un cuadro heterosexual u homosexual o millones de mujeres algo hiperandrogénicas que son decididas, activas, expansivas, seguras, deportivas e intensamente heterosexuales u homosexuales (los andrógenos determinan la intensidad del deseo) Unos y otras se comprenden con gusto como hombres o como mujeres.

Hace falta por lo tanto algo más para llegar a lo trans. Puede ser un umbral biológico de hipo o hiperandrogenización o puede ser algo de naturaleza biográfica. Harry Benjamin calificó el condicionamiento biológico como "suelo fértil" para lo trans, pero no como su causa decisiva. En términos escolásticos, podría hablarse quizás de causa necesaria, pero no suficiente (aunque sólo quizás)

En este caso, la causa decisiva sería la propia vida, con sus condicionamientos emocionales, con sus relaciones interpersonales. La transexualidad, configurada primero biológicamente, terminaría de adquirir su forma definitiva por razones biográficas, analizables en términos psicológicos.


IDENTIDAD

Empezaré por algo que parece obvio, pero no lo es: La transexualidad es una cuestión de identidad. Puede haber condicionamientos bióticos o biográficos, pero hasta que se cruza el umbral de la identidad, no existe lo trans.

Porque la identidad es un concepto. Se forma descubriendo lo que hay de común y lo que hay de diferente entre las personas individuales y los conjuntos. Por tanto, tiene que formarse en la conciencia, es un hecho de conciencia.

En estos términos, identidad es lo que sé que soy y lo que sé que no soy. Lo que quiero ser y lo que no quiero ser.

Es lo que yo sé de mí. Un sentimiento íntimo que nace de lo que veo en mí misma y en otras personas. En lo que me parezco y en lo que no me parezco. En lo que quiero parecerme y en lo que no quiero parecerme.

Me comparo con determinados conjuntos sociales, formo conceptos, siento mis afinidades y mis desafinidades, hasta el punto en que pueda decir: yo soy así, yo soy esto.

Este proceso se llama identificación, lo que significa que consiste en mirar hacia fuera, pero nace primero de la percepción del propio interior, y de su parecido o diferencia con lo que veo en otras personas.

En la formación de la identidad hay, con más exactitud, identificaciones y desidentificaciones. Es necesario que lo uno vaya con lo otro; el conocimiento funciona con un sí y un no; el resultado es una identidad.

Kohlberg piensa que la identidad de género se forma hacia los tres años de manera irreversible; yo añado que se forma mediante un proceso de sí y no (identificación/desidentificación) que genera una identidad primaria que puede ser lineal o cruzada, hacia los tres años, pero sobre la que la dinámica identificatoria/desidentificatoria sigue operando, generando distintas situaciones identitarias, que se superponen sobre la identidad primaria, que subsiste en su primariedad, pero da lugar a nuevas formas que llegan a adquirir plena realidad en la estructura total de la personalidad.

Por tanto el esquema que postulo aquí es el de un proceso de identificación/desidentificación, permanente a lo largo de la vida, que genera hacia los tres años una identidad primaria (lineal o cruzada), que al seguir expuesta a nuevas identificaciones/desidentificaciones da lugar a formas nuevas, sin dejar de gravitar sobre ellas.

El conjunto del proceso de identificación/desidentificación, más la identidad que deriva primariamente de él, más la acción ulterior de la identificación/desidentificación sobre esa identidad, forma la estructura conjunta de la identidad de género en la edad adulta.

Poder afirmar una identidad es un sentimiento grato, tranquilizador, porque me inserta en lo existente y, más aún, en un grupo humano. Pero en este proceso de identificación/desidentificación hay quienes llegan a sentir más fuerza el “no quiero ser” que el “soy”. Lo que sigue entonces es un vacío de identidad, un sentimiento angustioso, una pérdida o extravío de sí en el mundo de los conceptos; es preciso colmarlo como sea.

El proceso de identificación/desidentificación es muy complejo y sutil; intervienen en él no solamente las propias cualidades, sino las de las personas que forman el entorno más inmediato, más operativo. Las variaciones de la condición personal y de la condición de las personas del entorno están infinitamente matizadas, bien lo sabemos.

Las explicaciones que se puedan dar acerca del origen de la identidad cruzada fundándose en lo biótico o en lo social, en el entorno personal, son probablemente acertadas para determinadas personas o conjuntos de personas; su valor es biográfico, personal. Si queremos generalizar, conceptualizar a partir de ellas, podemos decir sencillamente: un proceso de identificación y desidentificación que resulta cruzado en relación con los de la mayoría de las otras personas, entre quienes lo usual es que una persona nacida varón se identifique con los varones y se desidentifique de las mujeres o una persona nacida mujer se identifique con las mujeres y se desidentifique con los varones.

Entre nosotras y nosotros, sucede al contrario. ¿Por qué? Puede haber razones bióticas, que frisen con la intersexualidad, en ciertas personas; puede haber razones del atractivo presentado por algunas personas, de la fuerza modélica de su ejemplo, de su fascinación, de la animadversión hacia otras; todo esto tiene que ver con la variabilidad personal de lo trans; la resultante general, donde unos y otros nos encontramos, debe de ser la misma: un proceso de identificación y desidentificación cruzado, más o menos intenso.

Creo que se produce lo trans cuando la persona siente nítidamente una identidad cruzada (resultado de un proceso de identificación/desidentificación bien definido) o bien cuando hay un vacío de identidad (resultado de un proceso de identificación/desidentificación poco resuelto); en este segundo caso, suele ser lo que llamo especularidad lo que colma el vacío de la identidad.

Quien no tiene una identidad definida, quien no cuenta con una imagen o representación de sí que pueda amar, puede encontrarla en el espejo cuando se superpone o se funde su figura propia con la de una mujer (esto les sucede a algunas trans femeninas) Por eso se llama especularidad: porque requiere la presencia física de un espejo, con sus dos partes: la de quien mira y la de lo que mira. Si la figura que se ve es la de una mujer, quien se mira y no tiene identidad puede verse como mujer. En ese momento crucial, el ansia de identidad se suma a la plenitud imaginada en la figura fantasmática en un deseo único. Por eso, la especularidad es un sentimiento de identidad, puesto que tiende a llenar un vacío necesitado. Va asociada frecuentemente, o generalmente, a un placer alucinante, que tiene el efecto de reforzarla.

Este placer nace, por lo que entiendo, colateralmente: es el placer de ver unida una figura del sexo que se desea a la propia figura. Pero este deseo no es exactamente el deseo de otra persona, sino de ser como ella, de ganar así una identidad, lo que me falta. Por eso este proceso puede ayudarnos a comprender que el placer que se siente es esencialmente la expresión de la alegría hallada al encontrar la solución de un conflicto, la colmatación de un vacío.

Puede describirse como parafilia, pero es que en mi opinión las parafilias son exactamente eso: soluciones simbólicas a problemas reales que producen placer porque son soluciones y se repiten porque son sólo simbólicas, mientras subsista el problema.

Puede comprenderse que las variedades de lo trans proceden de la forma de llegar a la identidad: unas, porque se ha definido desde muy pronto, desde los tres años incluso, una identidad cruzada perfecta, sencilla, sin necesidad alguna de especularidad; otras, porque el proceso de identificaciones y desidentificaciones ha generado un vacío de identidad que ha sido corregido mediante la especularidad; y no pocas que son estados intermedios en los que predomina quizás la niebla del vacío mientras va tomando forma una identidad poco definida y una especularidad no muy intensa.

TRANSIDENTIFICACIÓN

La identificación, en todas las personas, muchas veces es un proceso difuso, medio inconsciente, que tiene lugar con la naturalidad y la poca consciencia de muchos hechos importantes de la vida, aunque otras veces puede estar muy determinado y ser muy enfático y consciente. Se siente como esa afinidad por los afines, a la que llamaré homoempatía y vaga desafinidad hacia los desafines, a la que llamaré heteroantipatía, que hacen que a los niños les guste estar con los niños, a las niñas con las niñas, o decir “los niños son tontos”, o “las niñas son tontas”, que impulsa a hombres y mujeres a formar círculos separados y a distanciarse, desahogarse e ironizar sobre el otro sexo.

Puede señalarse el carácter inverso que la identificación tiene en relación con la heterosexualidad. A los hombres heterosexuales les suele gustar la compañía de hombres (reuniones de hombres solos; incluso es una prueba de masculinidad), a las mujeres hetero les ocurre lo mismo, lo que hace ver que son hechos situados en planos distintos de la evolución personal.

El sentimiento de homoempatía y heteroantipatía es común a heterosexuales y homosexuales; es el gusto de ser hombre y de ser mujer; se forma entre los tres o cuatro años, edad de la percepción del género, y la pubertad, edad de la genitalidad. De hecho, constituye un aprendizaje y afirmación de sí mismo en cuanto al género y el sexo, por la fuerza de la simpatía con las personas que lo comparten, que forma una barrera frente a la admiración o deseo de imitación hacia el otro sexo.

Las personas trans son quienes realizan una transidentificación. Unas han sentido siempre que realmente son afines a quienes no parecen serlo, y desafines de la misma manera; en este caso podría decirse que experimentan una homoempatía/heteroempatía cruzada.

En ellas, la transidentificación puede ser tan intensa, que la barrera diferenciadora está construída como en los heterosexuales y homosexuales, no hay lugar para la especularidad y la atracción sexual salta por la sensación de la diferencia, por la polarización de la distancia, lo mismo que en las personas heterosexuales, o puede suponerse que, por la fuerza de la homoempatía, como en las personas homosexuales, creando sentimientos fortísimos de compañerismo y comprensión mutua.

Otras personas trans parten más bien del vacío de identidad: carencia de sentimientos positivos o confusión relacionada con el género. En todo caso, en su personalidad no existe una barrera que les impida querer ser como quienes han nacido con otros genitales. Creo que la presencia o ausencia de esta barrera es como la presencia o ausencia de un órgano anatómico.

De acuerdo con estas hipótesis, al carecer de barrera frente a la fuerza como modelos de las personas de uno de los sexos, estas personas trans se entregan aún más plenamente a su admiración, hasta desear ser una con ellas; la identidad queda intensificada por la especularidad, que se convierte en un segundo motor, no el más profundo, pero sí el más acelerador de lo trans.

En las personas homosexuales, en cambio, la homoempatía es tan intensa, tan absorbente, tan consciente, que no deja lugar a sentimientos heterosexuales. Los compañeros queridos se convierten en amantes, el amor por la afinidad es la regla universal; a esto lo llamó Freud, devaluándolo, fijación en un estadio del desarrollo, pero puede entenderse mejor como un efecto de la singularidad de las condiciones en que se desenvuelve cada persona, de la interacción entre su propia forma de afectividad, su propio temperamento y las personas que su destino ha puesto a su lado; si el cariño, la admiración, la identificación por los propios compañeros han sido profundísimos, si se han compartido cuerpos y almas, creo que la persona que ha sentido esto puede evolucionar en sentido homosexual.


Distingo por tanto entre homosexual, hombre que se siente hombre y que ama a los hombres, mujer que se siente mujer y que ama a las mujeres, y trans homosexual, persona en quien se ha de suponer una transidentificación muy intensa, a la vez que una honda docilidad para aceptar en la edad adulta su sexo, o bien para limitar su identidad al ámbito de lo soñado o de lo íntimo más que al de lo compartido. Estas personas suelen ser consideradas desde fuera como homosexuales, o transvestistas homosexuales, puesto que no plantean en público sus cuestiones de identidad, más que en todo caso en el plano de las actitudes, de los gestos y la voz, de la pluma, o de transvestimientos ocasionales, pero creo que deben ser consideradas como trans detenidas en su proceso por una interiorización muy profunda de la represión y del miedo.


TRANS VARIANTES

Una clase única de experiencia, la de la transidentificación, con sus elementos de identificación y desidentificación, genera una variedad de formas e intensidades, cuyos efectos en la formación de la identidad son también muy variados, generándose a veces una identidad en línea con el fenotipo, en la que sólo son trans algunas conductas, o diferentes formas de identidad dialéctica o unificadora de lo distinto, o una identidad sin fisuras.

Como la identidad es la resultante de un proceso en movimiento, efecto de las mil formas de sentimientos identificatorios y desidentificatorios que pueden llegarnos, experiencia siempre abierta, aunque lo natural sea que su mayor intensidad y fuerza configuradora se presente en la niñez, se debe suponer que estas variedades no están del todo fijas, sino que pueden transformarse en la misma persona o bien permanecer estables.

La experiencia confirma que es posible transmigrar de unas actitudes identitarias a otras, dentro de algunas pautas, por lo que creo que debe entenderse que las denominaciones de transvestismo, transgenerismo o transgenitalismo corresponden a estadios de la transidentidad que pueden fluctuar en cada persona, según sus experiencias emocionales, no a una definición de las mismas personas. Por eso, me parece que estos términos deben usarse con un valor descriptivo de una situación de hecho, no con valor explicativo ni especialmente predictivo, puesto que no se puede predecir el curso de la experiencia personal ni de la afectividad unida a ella.

Creo que la experiencia trans se desenvuelve siguiendo dos líneas, según el sentimiento que tenga la primacía sea un “no” a una identidad lineal primaria, o el “sí” de una identidad cruzada originaria. Estoy describiendo, no estoy explicando las causas. En algunas historias personales, puede suponerse que una misma causa ha podido escindirse en esas dos líneas, lo mismo que otras veces podrá pensarse que cada una de ellas nace de causas diferentes.

Puede recordarse que las personas intersexuales tienen mayor tendencia a formar identidades trans (Klinefelter, por ejemplo), pero también pueden formar identidades alineadas con su fenotipo más perceptible o con su educación; la intersexualidad puede ser por tanto un factor común de variadas formas de identidad, que pueden decantarse, dinámicamente, a partir de ella en cualquiera de los sentidos; parece también que algunas personas que se desarrollan en unión con su madre y en ausencia del padre forman también más fácilmente identidades trans, aunque otros factores imponderables pueden orientar a la persona en sentido lineal; etcétera...

LA PRIMERA LÍNEA: MEDIANTE LA DESIDENTIFICACIÓN

La línea más fuerte y operativa a veces es un “no quiero ser”. También hay un “quiero ser”, pero la fuerza del sentimiento está en la rebeldía.

Entonces hay una desidentificación. Para que exista un “no quiero ser”, consciente y resuelto, debe suponerse que ha habido la constatación previa de un “soy” que es lo que se quiere deshacer.

Debe haber también un conflicto profundo que suponga el paso del concepto “soy” al de “no quiero serlo”. Pero los conflictos son creadores. De las crisis surge lo nuevo. Pueden ser dolorosas, pero son dolores de parto.

Este conflicto ha sido descrito como disforia de género, o desagrado por el papel de género que la persona se siente obligada a representar. Término que resulta insuficiente, porque es puramente negativo. Describe sólo la parte que corresponde al "no"; pero luego viene un "sí"

Mientras todo se afirma sobre un "no", hay un vacío de identidad, que puede llegar a poner a quien lo experimenta en peligro de psicosis. En este caso, la especularidad es la defensa que puede colmar el terrible vacío de la pérdida de sí. Es conocido, psicológicamente, que el vacío de identidad produce reacciones narcisistas que deben ser consideradas entonces como funcionales y adaptativas. Especularidad es un concepto más matizado que el de narcisismo: supone el espejo, pero también la nueva figura que viene a superponerse sobre el reflejo de quien mira. No es sólo que quien mira se ve a sí mismo; ve su figura transformada.

En esta línea, lo más sencillo es el efecto sobre una primera identidad lineal (una alineación entre identidad y fenotipo), más o menos estable, de un conflicto del que surge una desidentificación que no llega a ser del todo comprendida ni conceptualizada ni pasa del plano de lo emocional, ante la barrera opuesta por la identidad previa, por lo que se expresa sólo como pulsiones o automatismos inexplicados, que pueden dar forma a un transvestismo parafílico, expresado ocasional o cíclicamente.

Este transvestismo hace sentir generalmente un placer intenso, casi alucinante. Esto surge precisamente de que es una respuesta frente al conflicto que ha dado lugar a esta secuencia, una solución. En la medida en que sea una respuesta sólo imaginaria o simbólica, el conflicto quedará latente, por lo que se tenderá a repetirla una y otra vez, en busca del placer que representa la solución soñada.

(Recuerdo que la parafilia es una solución simbólica de un conflicto mientras no se encuentre otra, y por tanto es una reacción útil y adaptativa)

Los conflictos que hayan generado esta desidentificación no conceptualizada, tampoco verbalizada, pueden ser, lo primero, muy variados y también surgir en muy diferentes edades

En nuestro ambiente se habla a veces de conflictos graves con el padre, lo que ocurre en la niñez o la adolescencia; o de fracasos sexuales que cuestionen el concepto que se tenga de lo masculino, lo que suele ocurrir en la juventud o madurez, o del cansancio por un papel masculino demasiado duro, o del estrés ante un grado de autoexigencia excesivo que se piensa que sería menor de ser mujer, que se pueden producir en cualquier edad (transvestismo de quienes han tomado un papel hipermasculino...)

En la medida en que se conceptualiza o descubre el significado desidentificador (liberador) del transvestimiento, puede producirse un transvestismo dual, o de doble identidad, en el que se oscila continuamente de la identidad primaria masculina a la femenina o se va llegando a una identidad andrógina con dos formas altenativas de expresión; puede permanecerse en este estado, especialmente si las circunstancias sociales o emocionales favorecen la estabilidad o impiden llegar más lejos, aunque se desee. El transvestismo dual es la primera y más definida experiencia de identidad creadora, dialéctica entre sus términos, no fragmentada porque no es inerte, no está rota, sino que se mueve, crea, inventa, disfruta continuamente.

La especularidad se manifiesta en muchas personas transvestistas, quizás en la mayoría, por una orientación sexual hacia la figura andrógina de sus pares (seno femenino y genitales masculinos), que no puede ser llamada por eso mismo homosexualidad ni heterosexualidad y su existencia (quizás un dos por ciento de la población) no parece haber sido todavía apenas reconocida por la teoría.

El sentimiento que expresa puede ser la esencia de la figura en el espejo, la fusión de lo femenino y lo masculino, o lo femenino deseado y lo masculino deseante; quizá despierte una intensísima y específica homoempatía, o quizás expresa el miedo masculino al sexo femenino, entendido como vacío, como abismo, contrarrestado por el deseo de la mujer fálica, materializada en el espejo o en la realidad.

El transgenerismo es la estabilización en el género cruzado, a la que se llega en esta línea por la conversión en conciencia de sí (o identidad) de las pulsiones transvestistas.

A veces, la fuerte dinámica de la desidentificación produce cansancios o sentimientos de culpa. La dialéctica entre los dos o tres estados de identidad, puede provocar movimientos de vuelta hacia la identidad primitiva o adelante hacia la nueva identidad. La naturaleza del conflicto que ha generado este cambio determinará el resultado de estos movimientos. Un estrés puede calmarse. Unos recuerdos de niñez no pueden anularse. En este punto creo que en cualquiera de las direcciones hay un margen para que las mismas personas trans, o los expertos, puedan prestar un apoyo o una ayuda pedagógica o terapéutica, hacia la que parezca más fuerte, atractiva y viable, o incluso para permanecer en el dualismo; creo que en algunos casos, suficientes (verdaderamente suficientes) compensaciones emotivas pueden permitir reasumir la primitiva identidad, no olvidar pero superar o incluso sublimar la desidentificación realísima que el conflicto haya producido; pero si el conflicto sigue siendo la realidad emocional básica, hay que ayudar a que la persona no se rinda, por cansancio confundido con el deseo de normalidad, o por acusaciones sociales confundidas con culpas reales; si se rinde (de momento) perdería años, acumularía amarguras, pero no habría conseguido encontrar una solución verdadera a su crisis.

Por eso, el transgenerismo permite en ocasiones encontrar la unidad de la persona en una unidad androgínica, en la que se unen dinámicamente, sucesiva o innovadoramente juntas, sus dos potencialidades; también puede encontrarse la unidad sencillamente en una identidad trans. La persona en estado transgenérico puede entenderse a sí misma como andrógina, o como trans, y aspirar a la fascinación que surge de una condición u otra.

Pero si la crisis ha generado una desidentificación aguda que llega hasta lo genital, un aborrecimiento de los genitales como causa y símbolo de todo lo que se quiere negar, el transgenitalismo será compulsivo y la única ayuda deseada y efectiva será la necesaria para llegar a él en las mejores condiciones. Las pruebas de que se ha llegado a esto pueden ser la disposición a afrontarlo todo con tal de conseguir la liberación, incluso el riesgo de muerte o la pérdida de cualquier placer, la pulsión de automutilación, el sentimiento de que los genitales son ajenos o repulsivos, la negativa a mirarlos o tocarlos, que puede llegar a una masturbación sin contacto directo, a no querer verlos en la ducha, a fajarlos y ocultarlos con verdadera ansiedad...

Por su carácter doloroso, por proceder de un conflicto, todos estos comportamientos suelen ser compulsivos. La compulsión se entiende como respuesta presionante, profunda, que llega a ser casi refleja. La persona trans por desidentificación está huyendo de algo que le duele y asiéndose a lo que sabe que le permite rehuir ese dolor. Por eso mismo, la conducta trans desidentificatoria se perfila como una reacción más apremiante que racional; no sería inexacto decir que es una conducta de supervivencia (o de reequilibrio emocional; pero los desequilibrios pueden cuestionar la supervivencia personal) No habiendo otra alternativa, debe respetarse por ese valor. Sin embargo, su carácter más pasional que racional, puede cargar a la persona con sentimientos culposos añadidos que dificultan todavía más su situación y deben ser superados.

En cambio, como se verá enseguida, en la línea identificatoria no hay un conflicto originario, por lo que los comportamientos que derivan de ella son no compulsivos. Los conflictos que lleguen después, cuando la identidad ya está formada, no llegan a afectarla, y por tanto todas las decisiones que se tomen sobre ella serán reflexivas, libres. La persona trans identificatoria no sentirá nunca el terrible vacío de identidad que afecta a la persona trans desidentificatoria, y por tanto podrá jugar con una identidad cruzada que siente en el fondo segura.

Por estas razones, es más difícil equivocarse con el transgenitalismo compulsivo que con el reflexivo o no compulsivo en cuanto a la decisión de la cirugía. Mientras que el compulsivo, nacido de una negación radical, tiene el éxito que necesita y encuentra en la intervención de cambio de sexo el bienestar y la paz, el no compulsivo, nacido de la reflexión y cálculo de pros y contras, depende más de los posibles errores que cualquier proceso de valoración racional comporta. La discusión, la evaluación de sí, tienen que ser mucho más afinadas en este caso.

LA SEGUNDA LÍNEA: MEDIANTE LA IDENTIFICACIÓN

Hay veces en que lo fundamental es un “soy”, o un “quiero ser”, o un “puedo ser”.

No hay nada conflictivo en esto. Es una constatación agradable y apacible. Los conflictos llegarán después, a la hora de decirlo o socializarlo, pero este sentimiento ha surgido por adhesión, por afinidad o simpatía.

Se establece una identidad trans temprana, la primaria, para lo que deben considerarse los tres años de edad, cuando se forma la identidad de género. La persona se siente naturalmente, plenamente, equilibradamente dentro del género que los otros creen que no es el suyo. Puede averiguar más o menos pronto esta opinión ajena, pero eso no puede alterar la convicción de su identidad, aunque puede dolerle mucho.

Tampoco voy a tomar en cuenta ahora las causas de esta identidad trans precoz, que pueden ser muy variadas, sino a observar que puede permanecer estable a lo largo de los años, sin fisuras, quizás sólo con un sufrimiento debido a que no hay margen para escapar mediante sentimientos de dualidad de la contradicción entre su intimidad y su condición de género y de sexo. No puede considerarse andrógina; se considera mujer u hombre y sufre porque su cuerpo se le opone. No se puede recomendar ninguna acción pedagógica ni terapéutica que pretenda someter la identidad a la corporalidad; sería dañar la identidad de la persona, la que es su única identidad.

Pero lo que no deben hacer las personas, lo pueden hacer los acontecimientos; una identidad trans precoz está expuesta también a procesos de desidentificación, con más riesgo incluso por razones de presión social que una identidad lineal, y en este caso, la consecuencia será la crisis, acaso finalmente creadora, pero desde luego más dolorosa que el estado inicial.

Creo, deductivamente en este caso, no por evidencia empírica, que muchas personas de identidad trans precoz se habrán entendido a sí mismas, tal como son, como integrantes de uno de los dos géneros, sin conceder relevancia alguna a sus genitales, por lo que también podrían pemanecer en el transgenerismo, seguir siendo lo que siempre han sido, sin necesidad de cambios genitales.

Con los años, y la percepción de la realidad social, esto puede dar lugar también a un transgenitalismo, que a veces, supongo que a veces, podría ser reflexivo, no compulsivo. El deseo de aceptación y de atracción puede llevar al deseo de cambiar de genitales, que en este caso sería reflexivo, no compulsivo, por no proceder de un conflicto interno, sino de la simple necesidad de coherencia externa, social; sería entonces susceptible de consejo y libre opción, en cuanto a decidir la operación misma. La prueba de que este transgenitalismo no es compulsivo estará en la capacidad para valorar razonablemente ventajas e inconvenientes, como en un cálculo de pros y contras.

Pero si la presión social, el miedo, el deseo de ser como todos para evitarlo, es muy fuerte, puede producirse una desidentificación que haga entrar en crisis la identidad primitiva. La salida de esta desidentificación es muy variada, como se puede probar por estudios de seguimiento: lo más frecuente es una salida aparentemente homosexual, que encubre los sentimientos de identidad cruzada, lo que antes he llamado trans-homosexualidad o seudohomosexualidad; también puede llegarse a la heterosexualidad, a costa de quién sabe qué violencias e inestabilidades; pero también son posibles reidentificaciones que conduzcan a un transvestismo dualista o de nuevo al transgenerismo o al transgenitalismo.

Cuando una persona que ha tenido una identidad primaria cruzada ha pasado por estas fases de posible negación de identidad, que a veces le han costado incluso fuertes depresiones, pero ha conseguido recuperarla, suele ser muy intransigente en cuanto al carácter inequívoco de su identidad, por ser un bien muy valioso que ha estado a punto de perder. Se define a menudo como "mujer, nada más que mujer", o como "hombre, nada más que hombre", rechazando incluso la consideración como trans, que considera cancelada en cuanto ha podido realizar su identidad. Este punto de vista es psicológicamente cierto: si su identidad primaria es de mujer u hombre, es una mujer o un hombre, definidamente.

En cambio, las personas desidentificatorias, cuya identidad primaria es lineal, tienen que armonizarla con las formas que derivan de su vacío de identidad, por lo que tienden a entenderse dualmente o a insistir en el carácter trans de su naturaleza. Esta diferencia de actitudes suele dar lugar a polémicas muy intensas entre las personas que transitan de género, que podrían calmarse si se tuviera en cuenta la diferencia de los procesos de transición.

Como recapitulación de lo expuesto, con pocas palabras, un itinerario frecuente de las transexuales por identificación femeninas puede ser el siguiente:

Desde los tres años a los diez (aproximadamente), afirmación de una identidad cruzada.

Desde los diez a los trece (también aproximadamente), negación de su identidad e intento de reidentificación lineal.

Hacia los catorce o los quince, emergencia de actitudes homosexuales o heterosexuales (en este caso, muy superyoicas)

En un momento indeterminado, dos años o veinte años después, crisis de la reidentificación y regreso a la identidad originaria cruzada, con actitudes transvestistas, transgenéricas o transgenitales, no compulsivas, y generalmente con orientación andrófila (que puede retornar, después de años de ginefilia)

El itinerario de las transexuales femeninas por desidentificación suele ser casi opuesto simétricamente :

Entre los tres y los trece años (aproximadamente) identidad lineal, progresivamente amenazada (mientras en el otro se genera una identidad cruzada).

Desde los trece años, emergencia de una reidentificación cruzada, sobre base especular (cuando en el itinerario identificatorio se suele negar esa identidad cruzada)

En los años siguientes, puede haber una vacilación entre ambas identidades, resuelta como transvestismo dual, transgenericidad o transgenitalidad compulsivas.

Más adelante, puede decidirse una actitud transgenéricas o transgenital con orientación frecuentemente ginéfila.

Los transexuales masculinos parecen seguir muy mayoritariamente itinerarios identificatorios, con orientación ginéfila como parte muy sólida del mismo, pero hay una minoría cuyo itinerario parece desidentificatorio.

GÉNERO

En la descripción del itinerario desidentificatorio he empleado en otros parágrafos la expresión disforia de género, como algo fundacional, casi la causa de las causas. En el itinerario identificatorio no tiene una función tan esencial, pero sobreviene: la persona se encuentra con problemas debidos a su identidad cruzada.

Por tanto, estamos hablando de género. Este concepto nos traslada a una dimensión que ha estado latente en toda la exposición anterior, pero que no ha quedado suficientemente explicitada: la colectiva.

El género es la dimensión cultural y social de la sexualidad; es la parte de la conducta sexual que no está determinada biológicamente; por tanto es variable.

El género se manifiesta bajo un código, no escrito, pero tan real como la Constitución británica, tampoco escrita. En la medida en que la estructura de género es una de las fundamentales de la sociedad, el código de género debe ser considerado como una ley fundamental.

No hace falta escribirlo, porque socialmente aprendemos pronto sus normas. Enumera los derechos y los deberes de las personas en esta materia.

Es un código penal, que puede ser pesado cuando sanciona gravemente las contravenciones.

Entre las sanciones que suele prever, la menos grave es la condena a la irrisión pública. Otras pueden ser la pérdida del empleo, la expulsión de la familia, la marginación... En algunas sociedades se llega a la pena de muerte para ciertas transgresiones. Por eso, puede hablarse hasta ahora de una situación de opresión de género, cuyas víctimas son las mujeres y las minorías sexuales.

En nuestro código de género, por ejemplo, una de las normas es que sólo existen dos sexos. Esto no corresponde a la realidad biológica, abundante en intersexualidades que llegan a un dos por ciento de la población, según se cree.

Otra regla relacionada con la anterior es que los sexos son inmutables. Otra más, que las personas que se encuentren poco definidas sexualmente, tienen que acomodarse lo más que puedan a su sexo fenotípico.

Nuestra disforia de género se enfrenta instintivamente con el código de género. El carácter cultural, variable, de las normas de género, hace que no puedan ser consideradas como la referencia suprema.

No puede enjuiciarse nuestra conducta a partir de las normas de género, que no son naturales, sino artificiales; al contrario, pueden enjuiciarse las normas de género a partir de nuestras pulsiones.

No nos acomodamos al código de género vigente (hasta ahora) en el que no encontramos lugar para nuestra manera de ser. Por el contrario, estamos contribuyendo a crear un nuevo código, quizá limitado a una norma, que prohiba la opresión de género.



APOYO MUTUO, PEDAGOGíA O TERAPIA



Siendo la identidad cruzada un equilibrio de afectos y desafectos, identificaciones y desidentificaciones, formado por lo que sé de mí y de los demás, por lo que quiero y lo que no quiero, puede comprenderse que, como tal equilibrio, no necesite de por sí terapia; al contrario, ha sido unas veces la única forma de superar un estado de confusión o de vacío de identidad, o bien, es lo más natural de todo, dadas determinadas circunstancias personales y ambientales.

De hecho, cuando la identidad cruzada consigue expresarse, la persona encuentra un sentimiento de bienestar general, que corresponde a la definición de salud y que antes no le era posible. Por paradójico que parezca, ésta es nuestra sensación común. Esto determina que, desde dentro de la experiencia trans, se suela rechazar cualquier terapia que pretenda curar esta condición, probablemente porque se entiende como un ataque a la identidad, que es el bien más básico de cualquier persona humana; el entendimiento de lo que significa ser yo. Únicamente estamos dispuestos de buena gana a aceptar terapias paliativas de daños colaterales, y por supuesto, la de seguimiento y apoyo durante la transición; es decir, terapias pedagógicas o pedagogías terapéuticas. El apoyo mutuo de otras personas trans, si se consigue, es lo más valioso de todo.

La justificación de la cirugía es holística. La identidad es un factor suficientemente central en la conciencia, y la conciencia suficientemente central en el ser humano, como para que puedan subordinarse a ellas otras consideraciones.

Los problemas de identidad pueden afectar tan fuertemente a la estabilidad afectiva, a la capacidad de inserción familiar, laboral y social (retraimiento) de la persona, y a sus posibilidades de ese bienestar general en que consiste la salud (riesgos de depresión, distimia...), como para justificar la ablación de unos órganos que, aunque estén localmente sanos, son holísticamente no sólo no funcionales sino perjudiciales.

Puede argüirse que, con un criterio externo, se trataría de una identidad errónea. Pero la identidad no es un fenómeno cognitivo, sino afectivo. Versa sobre realidades de hecho, pero las valora. Es imposible negar al ser humano la necesidad y capacidad de valorar los hechos. Esta valoración está formada por una secuencia de sentimientos positivos y negativos que se han formado por razones sutiles, que sólo el sujeto puede conocer en su justa fuerza, y por tanto estos sentimientos son bien reales, y no pueden ser erróneos porque el error versa sobre los conceptos, y estos sentimientos son lo que son. La definición de lo trans incluye no cometer error sobre el hecho de haber nacido hombre o mujer, pero valorarlo negativamente.

Puede aducirse también que quizás se encuentren terapias menos radicales. No es así, ni por la observación empírica, ni por principio.

Empíricamente, puede demostrarse que si se pretende tratar con psicoterapia lo trans como hecho central, se falla constantemente. Incluso puede ser que parezca dar resultados momentáneamente, pero no se puede olvidar nunca que el proceso transexual puede reaparecer más tarde, con la sensación de un desquite o con el problema añadido de la pérdida de años y de la posibilidad de una buena inserción social, que suele ser más fácil cuanto más temprana.

Este fallo constante debe de atribuirse al mismo principio implícito en el concepto de aplicar la psicoterapia a lo trans en sí. Lo trans no es una patología psíquica, que pueda ser curada. Es una estructura afectiva, formada frecuentemente durante la niñez y la adolescencia en su lógica y su virtualidad, como consecuencia de determinadas condiciones que pueden ser personales, ambientales o ambas; también es una estructura buena, puesto que permite dar una solución real a un conflicto profundo, o bien ceñirse al sentimiento de la autenticidad personal.

Por lo temprano de su formación, ocurrida durante los años de configuración de la personalidad, no puede ser rehecha porque es imposible rehacer las condiciones de la niñez y la adolescencia, hacer de una persona adulta un niño y dirigir sus pasos: la estructura afectiva es un hecho con el que hay que contar, comparable a la formación anatómica de los órganos.

El apoyo mutuo, la pedagogía o la terapia pueden centrarse en procurar el equilibrio y la dignidad de la persona trans, no en anular su condición de trans. En determinados momentos del proceso de identificación y desidentificación cruzadas es posible proponer o ayudar a formar un equilibrio distinto; pero no es posible negar el hecho de ese cruce de los fenómenos de identidad ni el de que la identidad es una forma de equilibrio.



VALORACIÓN

El concepto de campana de Gauss nos muestra que lo normal en la naturaleza es mucho más amplio que lo que hemos considerado normal como sinónimo de mayoritario.

El hipoandrogenismo de las personas con fenotipo masculino o hiperandrogenismo de las personas con fenotipo femenino se sitúan en zonas minoritarias de una línea doblemente acampanada en la que vuelven a ser minoritarios el hiperandrogenismo masculino (hombres sumamente activos o agresivos) y el hipoandrogenismo femenino (mujeres extremamente pasivas y tímidas)

Pero la vida real nos muestra que cada una de estas experiencias humanas determinan modos de ser variados y distintos que configuran las mil formas de nuestra creatividad. Contra los eugenistas (entre ellos el propio Dörner) hay que decir que calificar a cualquier segmento de la curva de Gauss como indeseable, y tender a suprimirlo aunque sólo fuera por detección prenatal e intervención medicamentosa, sería perder alguna de las formas de la variedad y la inteligencia humanas.

Cada forma de ser se transforma en una forma de experiencia; cada forma de experiencia, en una forma de acción. Algunos seres humanos expresan lo más intenso de su naturaleza componiendo versos o canciones; otros, en el combate (real o simbólico: en el deporte) Todos formamos la humanidad.

Esto se puede aplicar exactamente a la experiencia trans, tenga o no que ver con los andrógenos prenatales. Pero la manera de vivir la vida, las formas de nuestros sentimientos y nuestras acciones son necesariamente distintas. Si alguien creyera que lo trans no debiera existir y tomara las medidas médicas, psicológicas o políticas para cumplir su pensamiento, y lo consiguiera, la humanidad habría perdido una parte de sí misma.

lunes, mayo 19, 2008

De la transexualidad a la intersexualidad



En la semana del 11 al 18 de mayo de 2008, publiqué este comentario en el Diario Digital de Información Transexual, http://carlaantonelli.com/


La transexualidad es un hecho que ocurre en el plano de la consciencia. Independientemente de que ocurra por razones biológicas, o psicológicas, no hay transexualidad mientras no haya consciencia de la transexualidad, es decir, consciencia de un deseo de cambiar de sexo.

Esta condición de hecho de conciencia pone la transexualidad muy cerca de los hechos de cultura, si no es un hecho de cultura ella misma. En la medida en que la cultura es un proceso de aprendizaje, siempre revisable, podemos preguntarnos si no debemos revisar el hecho que llamamos transexualidad.

Porque el nombre y el concepto son recientes; se crearon hacia 1955, por David O. Cauldwell, divulgador sexológico, y los recogió y prestigió su gran colaborador, Harry Benjamin. Quiero decir que si este nombre y este concepto tienen una historia dentro de la cultura sexológica, corresponden a la historia de la cultura, cuyas formulaciones son variables, y por eso es lógico que deban ser revisados.

Transexualidad es la traducción de nuestro primer deseo, el de transitar de un sexo a otro, el cambio de sexo, el paso de A a B (o a veces, el de afirmar un sexo mental definido y distinto del aparente) Sin embargo, un análisis más cuidadoso muestra que este esquema mental depende de un concepto previo: el de que "hay dos sexos, A y B". Pero la realidad muestra a la reflexión que la sexualidad no está tan nítidamente definida: hay A, hay B, y hay AB o intersexuales. Por otra parte, dentro de A y dentro de B hay una gama real que va desde la mayor intensidad a cierta indefinición o ambigüedad.

Por tanto, si en la realidad, más allá de nuestros conceptos, además de A y B hay AB (simplificando), cabe la posibilidad de que el deseo de cambio de sexo, sabiéndolo, se dirija a AB, como más propio de quien siente ese deseo.

Este cambio de perspectiva tiene algunas ventajas. En primer lugar, es más conforme a la realidad. Como sabemos, hay que admitir que, hoy por hoy por lo menos, la transición de género no equivale a un cambio de sexo pleno, sino a una aproximación. Las personas que transitamos quedamos, objetivamente, en una situación AB. Por tanto, es más realista considerarse AB que considerarse plenamente B o A. Es realista subjetivamente, para entendernos nosotras mismas, y es realista objetivamente, para que nos entiendan los demás.

Identificarse como AB tiene también ventajas prácticas. No hay que obsederse por una mimetización perfecta de las cualidades de B o A, puesto que no se pretenderá ser B o A. Se llegará hasta donde se pueda o hasta donde se quiera. Cada cual se expresará a su manera, dando a los demás un ejemplo de autenticidad. Serán concebibles, en particular, todas las situaciones ambiguas, como intergenéricas o intersexuales, por ejemplo aquéllas en las que se engendra o se concibe un hijo, y a la vez se vive intergenéricamente. Las experiencias drags o rompegéneros han intuido y señalado el camino.

Es verdad que lo difícil será hacerle comprender al resto de la sociedad este concepto de intergeneridad o intersexualidad. Pero es necesario, dado que nuestra sociedad, como conjunto, está culturalmente equivocada en este punto, y también aprendiendo mucho en este punto. No hay "dos sexos, dos géneros", hay más de dos sexos biológicos y más de dos géneros culturales, y ésta es una verdad objetiva que debe aprenderse y quienes debemos enseñársela somos precisamente las personas transexuales, porque estamos situadas en el punto crítico de este error. Lo conseguiremos; éste debe ser nuestro próximo esfuerzo y nuestra próxima reivindicación, por nuestro bien y el de todos.

Por cierto, es posible, a efectos prácticos, seguir usando el término transexual, pero no necesariamente en el sentido de tránsito de A a B, sino en el sentido de transición o intermediaridad dentro del sistema sexo-género. De aquí que tengan razón muchas personas de entre nosotros que afirman su identidad, no como hombres ni como mujeres, sino como transexuales, no como "transitadas", sino como "transeúntes" o "en tránsito", lo que a todas luces está muy cerca de afirmarse como intersexuales o intergenéricas.

La consciencia transexual surge inmediatamente, directamente, de complejos procesos afectivos de identificación y desidentificación, que se dan por una gran variedad de circunstancias, tales como problemas con el padre del mismo sexo, que estorban identificarse con él, problemas con otros hombres y mujeres, o niños y niñas, problemas de fracaso, incluso de estrés. Pero mediatamente, indirectamente, a veces puede surgir también de cierta intersexualidad o ambigüedad biológica, AB, que produce un desajuste con el sexo considerado como propio, A o B, y por tanto una disforia que conduce a la transexualidad.

Hablo aquí de una transexualidad en sentido amplio, que incluye a los homosexuales variantes de género y a las tres formas que es frecuente reconocer en la transexualidad, transvestismo, transgenerismo y transgenitalismo, que no me parecen realidades diferentes, sino expresiones circunstanciales del mismo sentimiento, en las que cada persona puede pasar de una a otra, hacia más o hacia menos, con el paso del tiempo.

(Intersexualidad como adaptación e intersexualidad biológica)

Hemos visto ya que el origen de la transexualidad está muchas veces en un proceso afectivo, originado en traumas o carencias realísimas de la niñez y la adolescencia, especialmente la imposibilidad de identificarse con el progenitor del propio sexo, por su ausencia, distancia o actitud hostil, o bien con los pares de edad, por las mismas razones.

Otras veces, son los traumas de la edad adulta, especialmente los fracasos afectivos o el estrés laboral o familiar los que desencadenan el proceso, pudiendo estar preparado por otros traumas o carencias infantiles y adolescentes que no resultaron determinantes en su momento.

Pero en ambos casos, la salida transexual produce una intersexualidad psicogénica que debe ser valorada como solución a esos traumas o carencias, precisamente por su función de equilibrio y adaptación. Otra cosa es que los problemas externos, sociales, sean tan grandes, que estorben o impidan la funcionalidad de esta salida, convirtiéndose en un nuevo problema y trauma por sí mismos; pero esto no debe ser atribuido a la transexualidad en sí, sino a un entorno intolerante.

Otra cosa es también que la salida transexual sea la única concebible. Hablando por mí diré que mi experiencia es que en mi adolescencia se me presentaron de hecho tres soluciones, pero la transexual fue la única viable.

La transexualidad como proceso afectivo puede proceder también de una intersexualidad biológica más o menos acentuada. En este caso, discernible por test proyectivos, como el "test de los Reyes Magos" del que he hablado ya, o por observaciones sobre la sexualidad o conducta sexual, puede que la intersexualidad produzca una inadaptación profunda al esquema binarista de los sexos A y B, y por tanto una disforia. Puesto que la persona disfórica participa de la cultura binarista, es natural que se diga "si no puedo ser A, seré B", o viceversa. Sólo un estudio más profundo de sí misma y de la realidad de los sexos puede permitirle decir "soy AB".

Por tanto, resulta importante estudiar aquí la intersexualidad biológica, con la perspectiva que puede dar la experiencia transexual. El primer efecto de esta experiencia es percibir que la intersexualdad puede referirse en sentido estricto a quienes tienen órganos genitales no definidos, o bien a la vez órganos masculinos y femeninos, pero que en sentido amplio puede referirse a la amplísima gama de los seres humanos situados entre un polo de masculinidad máxima y otro de máxima feminidad.

Si representamos esos polos por personas como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe, es fácil ver que la mayoría de las personas no llegamos a tal polaridad. Pero quien se vea como definidamente masculino o femenina no debe preocuparse por este hecho. Intuyo que la repartición de las personas sigue dos grandes campanas de Gauss, cuyas cumbres están cerca de los extremos, aunque no en ellos, pero que están unidas por un seno cuyos valores mínimos no llegan nunca a cero.

Los grados de masculinidad y feminidad pueden o podrán medirse por la intensidad de los flujos de andrógenos recibidos en la edad prenatal. Como se sabe, los embriones son en un principio indiferenciados anatómicamente, aunque no cromosómicamente. Los embriones XY dan vía libre a un gran flujo de andrógenos, mientras que los XX reciben pequeños chorros. Parece que los flujos no se dan de una vez, sino espaciados. Los primeros diferencian el fenotipo, el cuerpo visible, y posiblemente, los últimos diferencian el cerebro.

Pero estamos hablando de flujos, y por tanto de intensidades o cantidades variables. Si los flujos que reciben los cuerpos XX son mayores de lo habitual (hiperandrogenia) o los de los cuerpos XY son menores (hipoandrogenia), los primeros se masculinizarán o diferenciarán más, y los segundos menos, lo que dará lugar a formas intermedias, al hermafroditismo humano. Pero incluso si el cuerpo se ha diferenciado plenamente, puede ser que el cerebro se diferencie parcialmente, formándose niñas relativamente masculinas y niños relativamente femeninos.

Así puedo formular una hipótesis: Una gran parte de las historias de homosexualidad y transexualidad puede explicarse por una intersexualidad cerebral relativa.

Ciertamente, otra parte de la homosexualidad y la transexualidad se debe a factores afectivos muy complejos, relacionados sobre todo con la identificación o desidentificación, e incluso puede ser que toda homosexualidad y transexualidad derive inmediatamente de la afectividad identificatoria y desidentificatoria, pero una parte de ellas puede proceder mediatamente de esa intersexualidad cerebral.

Más en concreto: una niña relativamente masculina y un niño relativamente femenino tendrán dificultades para identificarse con la feminidad y la masculinidad mayoritarias, lo que provocará procesos de identificación y desidentificación que conducirán a sus propias formas de identidad y afectividad-sexualidad.

(Evaluación bioética)

El punto de vista que sigo difiere completamente del que postula la "perspectiva de género", que niega valor a la diferencia de los dos sexos, lo que vengo llamando A y B y pretende unificar, con métodos culturales, a todos los seres humanos en una condición intergenérica o AB.

Yo mantengo aquí la realidad de A y B y la realidad de AB.

Pretendo también responder a la pregunta por el valor de salud de AB. ¿Se trata de una patología que deba ser prevenida o curada o de un hecho natural y sano, que debe ser respetado?

Cuando la transexualidad-intersexualidad procede de procesos afectivos que siguen a graves traumas o carencias, hay que señalar su función de equilibrio y adaptación. Pueden ser prevenidos, mediante la observación cuidadosa de la persona en edad de formación, intentando compensar esos traumas o carencias, pero si no se consigue, hay que respetar la formación precisamente por su función equilibradora y adaptativa. Cuando la persona transexual-intersexual muestra voluntad de salir de este proceso, se le puede ofrecer ayuda profesional en dos sentidos: primero, explorando la existencia o no de traumas o carencias que puedan explicarlo, y la posibilidad o no de compensaciones conscientes diferentes de la transexualidad-intersexualidad; segundo, en el caso de que esta exploración resulte negativa, mostrándole la función positiva de la transexualidad-intersexualidad.

Cuando la transexualidad-intersexualidad tiene origen biológico, fundado en una hipo- o hiperandrogenia comprobable o bien en la sexualidad o bien en las inclinaciones conductuales, su valoración debe ser la de la intersexualidad en general.

En principio, debe ser entendida como un hecho natural, que aporta variedad adaptativa a la vida. A veces, ha sido aprovechada para estructurar incluso a ciertas especies, como sucede con las abejas y las hormigas, en las que hay hembras, machos y una mayoría de hembras no definidas, que no se reproducen directamente, pero crean las condiciones de reproducción de la especie. En el caso de los seres humanos, las características intersexuales modulan y diversifican las que serían muy rígidas de los extremos masculino y femenino, y en los puntos más centrales se podrían definir, parafraseando una célebre definición de la bisexualidad, como "ni hombre ni mujer, ni medio hombre ni medio mujer, sino completamente neutro", es decir, distinto. Se puede decir que el interés de las funciones neutras para las potencialidades humanas es complementario del que tienen las funciones femeninas y las masculinas.

Pensemos de nuevo en los arquetipos de extrema masculinidad y extrema feminidad que he representado como Arnold Schwarzenegger y Marilyn Monroe. Pueden ser muy atractivos, pero sería muy monótono un mundo formado sólo por personas como ellos. Más aún, supongo que sería un mundo en el que no habría posibilidad de comunicación profunda entre los sexos, más allá de la edad del atractivo. Pues bien, de hecho hemos contado siempre con las posibilidades de la intersexualidad de la que vengo hablando. En personas XY, de la actividad y la agresividad ligadas con los altos niveles de andrógenos, se pasa a cierta tranquilidad, reflexión y sensibilidad ligadas a los niveles medios de estas hormonas, lo que permite por ejemplo la creatividad científica y artística. En personas XX, de la pasividad y la coquetería ligadas con los bajos niveles de andrógenos, se pasa a la sobriedad y energía ligadas también a los niveles medios. En resumen, la humanidad no podría pasarse sin hombres relativamente femeninos, sin mujeres relativamente masculinas, y sin personas definidamente neutras. Por cierto, no existen sólo personas XX y XY, aunque sean la mayoría, sino personas que tienen XO y combinaciones de más de dos cromosomas, y esto forma parte de la realidad. Ni siquiera el sexo cromosómico es dual.

miércoles, abril 02, 2008

Nuevos planteamientos




El fundamento real de las actitudes trans (transvestistas, transgenéricas, transexuales) está en:

I. La naturaleza hipo- o hiperandrogénica de algunas personas XY o XX, que no puede expresarse en el código de género vigente, que sigue siendo rígidamente binarista. La rigidez del código favorece una solución rígida, en términos de binarismo transgenérico, aunque son posibles otras formas de expresión: ambigüedad, rompegenerismo, etcétera.

II. Y, o alternativamente, en la falta o debilidad de un proceso homoafectivo en la niñez y en la adolescencia (relación difícil o inexistente con el progenitor del mismo sexo o los compañeros) que impide una homoidentificación y favorece una identificación alternativa con el otro sexo.

En este segundo caso suele producirse una disforia de género o hasta una fobia hacia los propios genitales, como símbolo del conflicto vivido, que tiende a una solución quirúrgica, cuya eficacia suele ser estable, por la memoria del conflicto.

Será más estable todavía la propia afirmación como persona más o menos neutra, más o menos hipo- o hiperandrogénica, y la expresión del hipo- o hiperandrogenismo como tal, que ensancha por sí misma el código de género.

Estos fundamentos reales deben ser distinguidos de una formación paralela que los acompaña con frecuencia en las personas XY, consistente en un deseo de fusión con la “imagen de la mujer en el espejo” o autoginefilia.

Es una tendencia erótica de base heterosexual que se desarrolla como fantasía y puede llegar a generar una seudoidentidad, muy intensa por su fundamento erótico, pero precaria porque depende de la intensidad de la libido. Procede de causas muy variadas: débil homoafectividad y homoidentificación; frustración sexoafectiva; estrés ante la difícil afirmación masculina; simple fascinación en circunstancias de aislamiento.

Paradójicamente, su materialización mediante la hormonación o la cirugía hace decaer la intensidad de la libido que la mantiene, por lo que pierde fuerza como estímulo y provoca un estado de desconcierto y depresión, que sólo puede ser superado por la afirmación de la propia identidad, hipo- o hiperandrogénica, o bien disfórica.

Estas consideraciones me permiten saber lo que quiero hacer en adelante:

Afirmar la realidad de la naturaleza neutra y de formas de género neutro.

Distinguir los procesos de autoginefilia y alertar sobre sus contradicciones.